domingo, 18 de abril de 2010

"FEDRA", CON TODO SU PUDOR, EN EL TUBA

La temporada de 1980 del TUBA tuvo como espectáculo de cierre a la más noble de las tragedias en lengua francesa: “Fedra”, de Jean Racine (1639 – 1699), que se estrenó el 25 de octubre y que durante el año anterior habíamos traducido nosotros mismos, desdeñando la versión de Mujica Láinez (muy artificiosa) y la más autorizada pero un tanto obsoleta de Pedro Henríquez Ureña. Al fin de cuentas, éramos el Teatro de la Universidad de Buenos Aires y eso nos obligaba a realizar nuestras propias traducciones de los clásicos. (Habrá quedado algún ejemplar de esa prolija traducción en algún anaquel de la Facultad de Filosofía y Letras o de la actual Dirección de Cultura de la UBA…?).
Con “Fedra” se había inaugurado la célebre Comedia Francesa unos 300 años antes y jamás se la había representado en Buenos Aires. El TUBA, cumpliendo con el más encomiable cometido divulgador, la estrenaba a 303 años de haber sido dada a conocer por su autor, en su propia traducción sacada directamente del original.
Las tragedias de Racine poseen una gran profundidad psicológica y “Fedra” es considerada unánimemente su obra maestra en este sentido. Sarah Bernhardt y otras grandes trágicas han visto en esta historia de una reina enamorada de su hijastro, uno de los mejores papeles de toda la literatura dramática.
Racine, identificado en su tiempo como “el humanista de Port-Royal”, supo expresar con rara mezcla de osadía y recato, lo más recto y lo más deleznable del comportamiento humano.
Sin caer en recursos de versificación, el ritmo musical de las frases fue cuidado en extremo en nuestra traducción, con un objetivo quizá aventurado puesto por meta: lograr que el texto de “Fedra” dicho en español, sonase al oído de los espectadores alertas, como dicho en francés y aportase a los no informados la posibilidad de acceso a un lenguaje bello, hecho de austeridad y recato.

Estrofa final del primer acto, en la traducción del TUBA:

FEDRA:
Y bien, vivamos, si hacia la vida se me lleva.
Que el amor de un hijo, en este día funesto,
de mi débil espíritu reanime lo que queda...

En el programa de mano se insertaba una nota firmada por Roger Caillois, miembro de la Academia Francesa y asiduo visitante de nuestro país, por su íntima amistad con Victoria Ocampo, cuya traducción del texto en francés de Caillois (poco inclinado a la indulgencia para con la atribulada Fedra) utilizábamos:
“Los mitos son sólo escudo o coartada para Fedra. Los usa para invitar a todos a apiadarse de ella. El genio de Racine, que la adorna con todas las seducciones de la desdicha, hace que lo consiga.
“La poesía, la música de los versos, la nobleza de la expresión, nos conducen a compadecerla y a temblar por ella. Sin embargo, se las arregla a las mil maravillas con esas debilidades. No trata de librarse de su infortunio. Y los dioses, a quienes transfiere la responsabilidad de su destino, si verdaderamente han querido perderla, no han tenido que tomarse demasiado trabajo...
“Sospecho que la firmeza esencial de Fedra es más bien una conquista, una recompensa, que una predestinación o una fatalidad.
“Cada mínima decisión la conforta o la rebaja. Fedra o la dimisión, el íntimo desfallecimiento repetido que, insensiblemente, ha dejado de ser debilidad para transformarse en fuerza irresistible.
“En ese sentido, Fedra puede considerarse la tragedia por excelencia. La víctima, que también es la heroína, no lo ignora. Ella misma, en un breve instante de veracidad, habla de su “cobarde complacencia”. “Las acusaciones que se prodiga en el curso de todo el drama no llegan a convencerla, si bien el arte del dramaturgo persuade a través de ella a lectores y espectadores. Sólo ella sabe que su desgracia ha sido inevitable únicamente a causa de ella y que no hay segundo en que no lo haya hipócritamente elegido.”.
El vestuario para “Fedra” fue suntuoso pero sencillo, digno de la austeridad del texto de Racine. La acción, mínima, transcurría íntegramente sobre un practicable a modo de isla, situado en el centro del escenario totalmente vacío.
El personaje de Fedra fue interpretado por una abogada, a su vez egresada del Conservatorio Nacional pero que nunca había ejercido como actriz. Costó convencerla de que podía ser una digna Fedra, (tenía ya algo más de 40 años), porque padecía el "bloqueante miedo al público", característico de quienes se pasan muchos años estudiando actuación, pero sin haber afrontado nunca lo que Barrault define como "la ceremonia de la iniciación" (o sea: gastar el primer par de zapatos sobre las maderas de un escenario).
El toque innovador para la puesta de una tragedia clásica fue en este caso el de la música: usamos la banda sonora de un film francés llamado “Ignacio”, escrita y ejecutada por el griego Vangelis Pappathanassiou, que recién al año siguiente, en 1981, obtendría su consagración mundial por la acertada música para el film “Carrozas de fuego”.
“Fedra”, (debo admitirlo) no resultó "un suceso" de público, al estilo de los que nuestros espectadores nos tenían acostumbrados, pero esto era lógico. La tragedia de Racine es parca en desbordes; serena aun en los momentos de mayor dramatismo; un verdadero canto a la dignidad de los sentidos.
Los espectadores del TUBA estaban más acostumbrados al ruido y a la vorágine. Los habíamos impregnado del espíritu de “fiesta” que fue el que originó el teatro: la fiesta de la celebración del ciclo de las estaciones y de la degustación del vino fermentado; el ritual dionisíaco en el que un día, hace miles de años, participó Tespis, el primer “actor” de la Humanidad, que se atrevió a separarse del coro y a danzar solo la pantomima del macho cabrío, ese “tragos odés” que luego fue “tragoedia” y finalmente tragedia y naturalmente, “Fedra” resultaba muy digna, muy elegante, pero un tanto aburrida.
Se hicieron de ella sólo veintiocho funciones en Corrientes 2038 y dos más, en las Facultades de Derecho y Medicina. El estudiantado, poco familiarizado con este tipo de teatro, solemne y estático, se mantuvo en silencio, respetuosamente, sin las efusividades que en tantas otras ocasiones nos venían dispensando.
De todos modos, fue un honor para el TUBA haber estrenado “Fedra” en la Argentina y cuando al año siguiente fue puesta en escena en el Cervantes, con María Rosa Gallo como protagonista y Don Rodolfo Graziano la anunció como “primicia”, nos apresuramos a aclarar a todos los medios periodísticos que, humildemente, el mérito de la “primicia” había sido nuestro.

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