martes, 5 de junio de 2018

A 35 AÑOS DE LA DESAPARICIÓN DEL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES


Para los que nos hemos dedicado al oficio teatral durante décadas, lo más común es que las obras un buen día bajen de cartel o que los proyectos teatrales se aborten, a menudo antes de empezar o que obras con las que soñamos largamente, nunca lleguen a concretarse. Jean-Louis Barrault define al teatro como "el arte de lo efímero". Totalmente de acuerdo con "mi maestro" Barrault, pero...

... haber sacado un teatro (y un TEATRO DE REPERTORIO) prácticamente de la nada, en un ámbito inhóspito y con todas las contras habidas y por haber ensañándose día a día con el proyecto... haber logrado que ese teatro (ese TEATRO DE REPERTORIO) se mantuviese en pie, activo cada día de cada año, durante nueve años y haber conseguido que ese teatro (ese TEATRO DE REPERTORIO) presentase más de cien obras de dramaturgos de todas las épocas, desde los griegos hasta la actualidad, concretando unas 1.163 representaciones con acceso LIBRE y GRATUITO, recorriendo diversos lugares de la República (un poco a la manera de La Barraca de García Lorca) y haber tenido que decidir un día, al cabo de nueve años, cerrar sus puertas, teniendo que aceptar que una Universidad insensible a las gestas del entusiasmo, no diese nunca explicaciones de porqué no había querido tener un TEATRO DE REPERTORIO, creado inicialmente como "TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES", pero al que le exigió llamarse "TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES", estaba condenado a la desaparición y al olvido, es un sentimiento de fracaso que lo puede acompañar a uno por todo el resto de sus días.


El 5 de junio de 1983 cerró sus puertas el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que había llevado a cabo su primera representación el 30 de noviembre de 1974, en el vetusto edificio de la Avenida Corrientes 2038, en el centro de Buenos Aires, con la escenificación del Diálogo de Platón llamado "Fedón, o Del Alma".


De entonces a este 5 de junio de 2018 han pasado unos tristísimos 35 años de ausencia de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO en la Universidad de Buenos Aires. Yo, que fui su creador, agoté en estos 35 años todo mi bagaje de armamento (de armamento literario) para luchar por la restitución a la vida activa de aquel heroico TUBA, que en sus nueve años de intensísima labor nucleó en sus talleres y sus escenarios a más de 1.600 jóvenes, provenientes de todas las disciplinas científicas y humanísticas que integran la currícula de la UBA.

Llevo unos diez años viviendo en la ciudad con la que soñé desde mi lejana niñez: Mar del Plata, al sudeste de la Provincia de Buenos Aires y todo lo que pude hacer en estos últimos años es trabajar en este BLOG, poniendo en él, a partir del año 2010, todos mis recuerdos y mi archivo de fotografías, para poder dejar para la posteridad y para el mundo, un testimonio fehaciente de lo que ese teatro llamado TUBA (el único hasta hoy TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES), pudo lograr a fuerza de prepotencia de trabajo, en una época hostil, fraticida y demencialmente exterminadora de mi querido pais.

Un amigo que me aprecia me invitó a grabar un pequeño video, donde apenas acierto a balbucear, a mis casi 78 años, algo de esa permanente añoranza del teatro que fue, pero que no pudo ser.

He aquí ese video y perdón por mi torpeza de anciano evocador, que ya tiene poco y nada para decir. ¿Se animarán a verlo las actuales autoridades de la Universidad de Buenos Aires...?

domingo, 31 de diciembre de 2017

¿PODRÍA VOLVER A EXISTIR EL TUBA, A 35 AÑOS DE SU DESAPARICIÓN EN JUNIO DE 1983...?

Una tranquilidad me queda en estos, mis avanzados 77 años: El TUBA no será algo perdido e ignorado para las futuras generaciones de teatristas, estudiantes de teatro y formadores de centros de drama en institutos y universidades. En los 316 capítulos (o entradas) que contiene este Blog, (partiendo del año 2010 y hasta hoy) está detalladamente narrada su historia, sus inicios, su paulatino crecimiento, sus montajes escénicos, sus giras, sus proyectos concretados o inconclusos y su lamentable derrota. La Historia del Teatro de la Universidad de Buenos Aires (1974 – 1983), si el mundo no estalla y la Internet no desaparece, está aquí, guardada en este Blog, que algún estudioso maniático podrá desentrañar, partiendo de las primeras “entradas” de 2010 hasta esta de fines de 2017, que probablemente sea la última. Lo que no está escrito ni documentado en ninguna parte es porqué la Universidad de Buenos Aires no trató nunca más, una vez cerrado el TUBA, de tener un Centro de Drama Universitario, como lo tienen desde, hace siglos en algunos casos, casi todas las universidades del mundo. Alguien debe haber pensado que un Centro Cultural multidisciplinario, como el Centro Cultural Rojas, emplazado en el mismo solar que ocupara el TUBA durante casi una década, en el que se dan cursos de actuación y se montan obras hechas por grupos de circunstancias, podía suplir la ausencia de un Teatro de Repertorio, de actuación permanente los doce meses de cada año, con espectáculos montados en simultaneidad y con textos de la dramática universal de todas las épocas, desde Esquilo a Luiggi Pirandello o desde la ignota Esopa de Samos al más ignoto todavía Junji Kinoshita. Alguien no quiso que volviera a existir el TUBA, a partir del inicio de la era democrática en la Argentina. ¿Porque el TUBA había subsistido durante la dictadura militar genocida, la de 1976 a 1983…? ¿Es que no era suficiente que el TUBA hubiese sido censurado, extorsionado, amenazado y que igual hubiese seguido luchando por permanecer, aun en esos horrendos años, como para reconocerle el derecho a volver a existir en Democracia, libre ya de prohibiciones y atentados (como el del incendio que destruyó todo su bagaje de obras, vestuarios y elementos de utilería, en 1979…?. Los responsables de haber hecho DESAPARECER al TUBA, ya dentro de la era democrática, tal vez haga muchos años que se hayan borrado de lugares de decisión dentro de la Universidad de Buenos Aires, pero hay otros responsables que están hoy, ocupando cargos rentados en la Dirección de Cultura de la UBA y en el Centro Cultural Rojas. ¿No se le ocurrirá a ninguno de ellos abrir las páginas de este Blog y enterarse de cuánto hizo (Y CUANTO QUEDÓ SIN HACER) en aquel Teatro de la Universidad, desaparecido hace 34 años…? Tal vez si lo hicieran, podrían llegar a pensar y decidir que aquel Teatro de la Universidad de Buenos Aires que se vió obligado a cerrar sus puertas en junio de 1983… deba volver a existir, precisamente en 2018, a 35 años de aquella injusta desaparición del TUBA.

viernes, 21 de abril de 2017

AQUELLOS AÑOS DIFÍCILES, PERO DESAFIANTES

No era fácil ser un integrante del TUBA. Por el contrario: era agotador y hasta peligroso. El TUBA realizaba actividades en ese derruido e infecto edificio de Corrientes 2038 todos los días de la semana, durante los doce meses de cada año. En verano estaban los cursos introductorios y los preparativos de las obras de la siguiente temporada. Se leían internamente decenas de obras y la mayoría de ellas debían ser descartadas, por temor a que cayesen en las garras de los censores de la propia Universidad. En el edificio de Corrientes 2038 se cursaba la carrera de Psicología y pululaban por sus pasillos los espías a sueldo, que no veían con buenos ojos las tareas de armado de decorados, los ejercicios de expresión corporal y el bullicio que imperaba durante las horas nocturnas, en las que la muchachada del TUBA llevaba a cabo sus ensayos y sus tareas artesanales y hasta de limpieza, no sólo de la sala sino también de los baños, que usaba la gran cantidad de público que asistía a las funciones con entrada LIBRE y GRATUITA para ver obras de Moliere, de Discépolo o de Terencio. Mientras que cada noche veinte o treinta integrantes del TUBA ensayaban nuevas obras o repasaban las que estaban en la cartelera, dispersándose por los pocos rincones del edificio que no le estaban clausurados, otros tantos salían por las calles del centro a repartir volantes e invariablemente eran demorados por los autitos de la policía, logrando zafar sólo porque en esos volantes estaba impreso el membrete de la UBA. Cuando el TUBA debió cerrar sus puertas, en junio de 1983, agobiado por tantas detracciones emergentes del seno de la propia Universidad, con nueve años de labor ininterrumpida a cuestas, hubo muchos que pensaron (y llegaron a publicar) que lo hacíamos para “desprendernos” de la dictadura, ante el advenimiento de la tan ansiada Democracia. ¡Nada que ver…! Nosotros no queríamos “desprendernos” de la dictadura del llamado “Proceso”. Habíamos tenido que convivir con esa dictadura. Habíamos sufrido amenazas y vejaciones de todo tipo. ¿Nos habrá faltado tener algún o varios desaparecidos…?. Las nuevas autoridades culturales de la Universidad, a partir de diciembre de 1983, no quisieron saber de nada con que la historia del TUBA continuase. En lugar de reconocérsenos el mérito de haber permanecido firmes, defendiendo nuestro puesto de combate, desde esa trinchera de la calle Corrientes al 2038 y habiendo llevado la voz de los clásicos y los modernos por distintos ámbitos de la República, se nos condenó al destierro y al olvido y para sepultar todo vestigio de la existencia del TUBA, se demolió prácticamente el edificio de Corrientes 2038, erigiendo en su lugar el llamado “Centro Cultural Rojas”, donde no quedó el menor rastro de que allí hubiese existido un prepotente y laborioso TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, en cuyos talleres internos y en cuyos múltiples escenarios abiertos al público de todos los sectores sociales de la ciudad de Buenos Aires, del conurbano y del interior, cientos de jóvenes habían levantado en alto la bandera del ENTUSIASMO, para proclamar el lema de Romain Rolland: “El teatro será Pueblo, o no será nada”. Los jóvenes que en años posteriores hasta llegar a hoy, toman sus clases de teatro, casi siempre pagas a alto precio, a salvo de amenazas y hasta pérdida de sus vidas, no sabrán nunca cuán difícil, aunque fascinantemente inspirador, era ser un integrante del TUBA, el ejemplar CENTRO DE DRAMA DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, entre los años 1974 y 1983. Si se adentran en las páginas de este cuantioso Blog, tal vez lleguen a comprenderlo.

viernes, 24 de marzo de 2017

HAY ALGO DEL DOLOR QUE NO SE VA MÁS

“HAY ALGO DEL DOLOR QUE NO SE VA MÁS”. Escuché esta frase hoy, en la televisión argentina, con relación al golpe cívico-militar de 1976, del cual se recuerdan hoy, 24 de marzo de 2017, los 41 años transcurridos desde aquello que derivó en tanto horror, en tanta muerte de jóvenes idealistas, en tanta sinrazón genocida. Ese dolor que no se va más es el que me lleva a escribir este mensaje, recordando en este Día de la Memoria cuánto injusto olvido sobrellevamos los que hicimos aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA), porque nos tocó llevar adelante gran parte de nuestra historia precisamente en esos años de la feroz dictadura. Ni la Universidad de Buenos Aires, ni el periodismo especializado en investigaciones históricas, ni los estudiosos del devenir teatral en áreas dedicadas a ese fin dentro de CONICET, ni el Instituto Argentino de Estudios de Teatro (que ni siquiera sé si existe todavía) ni el Instituto Internacional del Teatro (ITI), se han ocupado en todos estos largos años sucesivos al cierre del TUBA (Junio de 1983), en reivindicar la epopeya de todos aquellos jóvenes (unos 1.600), que a lo largo de casi una década habitaron, con esfuerzo y entrega desinteresada, los talleres escenotécnicos del TUBA, su escenario de la Avenida Corrientes 2038 (hoy ocupado por el Centro Cultural Rojas) y los múltiples escenarios de la ciudad de Buenos Aires (incluido el Teatro Nacional Cervantes), del conurbano y del interior, donde se llevaron a cabo las 1.163 representaciones con obras de autores de todas las épocas, clásicos y modernos, siempre con la consigna del ACCESO LIBRE Y GRATUITO. “Hay algo del dolor que no se va más”, todos los días pero sobre todo en este Día de la Memoria, por el olvido, el injusto olvido de aquello tan portentosamente heroico que fue el derrotero del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA). Será por eso que la más adecuada imagen que se me ocurrió ponerle a este capítulo, es el rostro sufriente, fotografiado durante una representación de “La ofensiva”, de Martha Lehmann en 1977, del otrora joven Gustavo Lespada y hoy docente universitario e investigador de la literatura latinoamericana contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

viernes, 3 de marzo de 2017

EL CRECIENTE SIGNIFICADO DE UNA FOTO

La fotografía que encabeza este capítulo de la Historia del TUBA data de mayo de 1975, hace casi 42 años. Es la escena final del sainete “Los disfrazados”, de Carlos Mauricio Pacheco y en el centro estoy yo, Ariel Quiroga, que en agosto de 1974 había tenido la peregrina idea de proponer a la Universidad de Buenos Aires la creación de un Centro de Drama, a la manera de los que desde hace siglos existen en las universidades del Viejo Continente, en Heidelberg o Alcalá de Henares. En mis manos están las glosas que se leían, como hilo conductor de una cabalgata evocativa del llamado Género Chico Nacional, o más simplemente: el sainete rioplatense. A lo largo de unas dos horas, unos cien jóvenes surgidos de la convocatoria inicial a formar parte de este proyectado Centro de Drama, (todos estudiantes de las más diversas carreras), daban vida a los personajes arquetípicos del vivir suburbano, eternizados en los dramas o pasos de comedia de autores como Nemesio Trejo, Ezequiel Soria, José González Castillo, Alberto Novión, Enrique Buttaro, Roberto Cayol, Florencio Sánchez, Alberto Vaccarezza, César Iglesias Paz o Francisco Defilippis Novoa. Durante todo el año 1975, un grupo de Teatro Universitario todavía sin nombre (recién al año siguiente, al debutar en el Cervantes con tres comedias clásicas, nos decidimos a “autobautizarnos” TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES), recorrió los más diversos e insólitos lugares, llevando a cuestas esa “Cabalgata Evocativa del Sainete Rioplatense”, cuyo único decorado era una soga con ropa tendida. Estuvimos en la sala Enrique Muiño del Centro Cultural San Martín, en la Parroquia Santa María de Betania, en el Colegio Carlos Pellegrini, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, en el Complejo Turístico de Chapadmalal y hasta en un Cuartel de Bomberos de Florencio Varela. El espectáculo, de dos horas de duración, era fundamentalmente una muestra de fervor contagioso, de libertad creativa y de irreverente amor por la vida humilde, laboriosa y romántica de una época, no tan lejana en el tiempo pero muy distinta en cuanto a valores éticos o ideológicos a la que le tocaba transitar a los jóvenes teatristas del Teatro de la UBA, tan próxima como estaba la amenaza de una dictadura agobiante y cercenadora. Hoy, en los inicios de 2017, no hay sombras de dictaduras en esta Argentina confundida, cuyo rumbo no parece demasiado preciso y lo que más me duele, como anciano que recuerda aquella época idealista del TUBA, es que los jóvenes de la actualidad no se atrevan a empujar con la fuerza de sus músculos, la telaraña de los sueños que merecen ser concretados.

sábado, 4 de febrero de 2017

CONTRADICCIONES DE FONDO Y DE FORMA, QUE HACEN AL TODO

Cuando yo –Ariel Quiroga-, llegué a la Universidad de Buenos Aires (más precisamente a una llamada “dirección de cultura”), a mediados de 1974, con 34 años a cuestas, era como Hombre de Teatro el producto de veinte años de militancia dentro del movimiento de Teatros Independientes. Una militancia no carente de contradicciones. Porque los teatros independientes cobijaban, en igual medida, a esteticistas de ultra derecha, un tanto feminoides y a jóvenes obreros, enrolados en las varias corrientes de izquierda, para los cuales el teatro era sólo un medio para llegar a concientizar en las problemáticas sociales a los amantes del teatro tradicional (el “teatro burgués”, como se le decía despectivamente). En los teatros “esteticistas” (donde hubo puestistas renovadores, como Marcelo Lavalle, creador junto al arquitecto Hernán Lavalle Cobo, del Instituto de Arte Moderno), se montaban obras de Tennesee Williams o de James Joyce o de Paul Claudel. Por su lado, los teatros de izquierda montaban a Andrés Lizarraga, a Osvaldo Dragún, a Arthur Miller o a Carlos Gorostiza. En mi caso, me había formado en un grupo llamado “Los pies descalzos”, a las órdenes de un director extremadamente refinado: Francisco Silva, que era un especialista en Lorca, en Jean Anouilh y en Gabriel D’Anunzio. Pero luego había estado unos cinco años en Nuevo Teatro, la fortaleza inexpugnable de los teatros de combate, con Alejandra Boero y Pedro Asquini a la cabeza de un ejército de “forajidos”, encabezados por el inefable Héctor Alterio, cuya causa era la de la consigna de Romain Rolland: “El teatro será Pueblo, o no será nada”. Con ese bagaje de tendencias contradictorias y algunas puestas en escena que me dieron notoriedad: la de “La Arialda”, de Giovanni Testori, un escritor de izquierda que había brindado a Luchino Visconti el cuento “Il ponte della Ghisolfa”, punto de partida del guión de “Rocco y sus hermanos” o la de “Historia de Pablo”, basada en la novela “Il compagno”, de Césare Pavese o la de “Magia roja”, de Michel de Ghelderode o “El viaje”, de Georges Schehadé, llegué en 1974 a la Universidad de Buenos Aires (sin haber pasado antes por sus aulas), para crear un Centro de Drama que terminaría siendo, durante nueve años seguidos, el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, o como lo conocía el público de la calle: “El TUBA”. Será por eso que el TUBA pudo resistir los ataques permanentes, día a día, de esa “dirección de cultura” facciosa de la que le tocó depender: porque si montábamos una obra de marcado tinte “revolucionario” (como el “WOYZECK” de Georg Büchner, que nos fue prohibido a la tercera representación, acusándosenos de “propender a la infiltración marxista”), también montábamos textos de exaltado preciosismo e “incontaminada” belleza, como la “FEDRA”, de Jean Racine o la “TRAGEDIA FLORENTINA”, de Oscar Wilde. Producto de varias corrientes contrapuestas, yo era un Hombre de Teatro carente de filiación política partidaria, pero abierto a todas las posturas estético-filosóficas del drama representado y eso es lo que caracterizó al TUBA como un TEATRO DE REPERTORIO, en el que Terencio y Plauto pudieron “convivir” saludablemente con Anton Chéjov o con Armando Discépolo, o hasta con el irreverente “borrachín de la Ribera”: el genial anarquista Enrique Wernicke. Ilustran este capítulo fotografías de dos montajes “antagónicos” del TUBA: el descarnado de “Woyzeck”, de Büchner y el plásticamente muy bello de “Comedia de errores”, de Shakespeare.

viernes, 3 de febrero de 2017

LA REDENCIÓN POR VÍA DEL AMOR

El Tuba puso en escena, a lo largo de sus nueve temporadas consecutivas, muchas obras de distintas épocas que apuntasen a producir un encuentro con la juventud de esos años (1974 – 1983), en una época en que todo intento de participación de los jóvenes, universitarios y no universitarios, era ferozmente sojuzgado. Pese a tantas amenazas, censuras, detracciones y catástrofes (como el incendio intencional de 1979, en el que se perdieron decorados, trajes, elementos de utilería y material literario imposible de recuperar), el TUBA logró sobrevivir nueve años y convocar a una corriente de público verdaderamente multitudinaria. El pequeño video que encabeza esta nota es un ejemplo de todo lo bello y testimonial que el TUBA logró concretar: el estreno (tardío estreno) en Argentina de la tenue comedia de Henrik Ibsen “LA NOCHE DE SAN JUAN”. Fue una historia de jóvenes para jóvenes, donde a través del embrujo de las hogueras de la noche de San Juan, se celebraba al amor juvenil como única posibilidad de redención, frente a lo impiadoso del arremeter genocida que asolaba a nuestra Patria.