domingo, 11 de julio de 2010

TADEUSZ KANTOR: EL EVANGELIO UNIVERSAL


El TUBA ya no estaba; lo habíamos cerrado nosotros mismos en junio de 1983. Creo haberlo contado ya varias veces a lo largo de los sucesivos capítulos de este Blog: nos impedían hacer una temporada de un mes en el Auditorium de Mar del Plata, porque no había forma de pagar viáticos a los diecisiete del elenco que iban a viajar. El pretexto: no eran “personal” de la UBA como para merecer pago de viáticos. Sin embargo, éramos el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES desde hacía nueve años seguidos…
Vuelvo al comienzo: el TUBA ya no estaba, pero yo me seguía viendo con algunos de sus ex integrantes, sólo por poco tiempo. La dispersión es inevitable en estos casos.
Fui con varios de ellos a la sala Casacuberta del San Martín (probablemente en 1984 ó 1985, no recuerdo) a ver “Wielopole, Wielopole”, la creación del polaco Tadeusz Kantor que había revolucionado la escena mundial en 1975 con ese impresionante tratado sobre el derrumbe de la sociedad moderna, llamado “La clase muerta”.
En nueve años de trabajar investigando sobre las formas de concreción del hecho escénico, habíamos arribado a unas cuantas zonas inexploradas en el TUBA (como cuando tratamos de montar “Los coribantes”, de Esopa de Samos o cuando creamos el Teatro Multívoco en el gimnasio que hoy llaman “la Sala Cancha”, en el Rojas), pero de golpe todos nuestros interrogantes, nuestros desconciertos y nuestros desgarros ante lo inasible, lo indescifrable de ese misterio que es la comunión masiva del público con los oficiantes de la representación, nos fueron revelados por ese “Wielopole, Wielopole”, del que no habíamos entendido una sola palabra y ante cuya fuerza evangelizadora habíamos conseguido acceder, sin esfuerzo ni adoctrinamiento alguno, a una suerte de Credo universal inapelable.
Si por culpa de la enajenante manía persecutoria de la Dirección de Cultura de la UBA no hubiésemos tenido que abandonar y cerrar el TUBA un tiempo atrás, al salir de aquella ceremonia sagrada que había sido asistir al “Wielopole, Wielopole”, estoy seguro que nada hubiera podido ser igual en nuestro trabajo futuro. Nos habían transformado. Nos habían retornado a una infancia perdida. Nos habían sumergido en la ceremonia de la iniciación. Y nos habían puesto, desnudos, inocentes, ante la perspectiva de afrontar caminos nuevos.
Mi sereno consejo de hombre de teatro retirado del teatro para siempre a partir de la muerte del TUBA, a todos aquellos jóvenes que están hoy quemándose las pestañas en los talleres de aprendizaje dramático, es: “Vayan en busca de Tadeusz Kantor (no importa que haya fallecido en 1990; su obra ha quedado preservada en muchas partes) y traten de recibir el mensaje de su Evangelio universal”.

1 comentario:

  1. Comparto a pie juntillas su sentir... Un cordial saludo desde Caracas...

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