lunes, 28 de junio de 2010

"DISERTACIONES" EN LAS FACULTADES

Durante el año 1981 el TUBA hizo tres presentaciones en el Aula Magna de la Facultad de Medicina, los días 6 de julio, 3 de agosto y 14 de septiembre. El programa de cada fecha aparecía anunciado en affiches oficiales de la UBA de la siguiente manera:
6 de julio: “CHEJOV, EL ESPIRITU DE LOS BOSQUES” Disertación a cargo del director del TUBA, ilustrada con la representación de “Un trágico a la fuerza”.
3 de agosto: “DISCEPOLO, EL NAVEGANTE SOLITARIO” Disertación a cargo del director del TUBA, ilustrada con la escena final del primer acto de “Stéfano”.
14 de septiembre: “CALDERON Y LA PROBLEMÁTICA DE LA VIDA” Disertación a cargo del director del TUBA, ilustrada con grandes escenas de “La vida es sueño”.
La palabra “disertación” no cuadra con lo que yo intentaba hacer en esas charlas frente al estudiantado que, ávido de participar en algo en aquellos tiempos de clausura (los centros de estudiantes habían dejado de existir a partir de 1976), se agolpaba para ocupar asientos en el vasto anfiteatro semicircular.
El desafío que siempre me impuse al salir a hablar en las facultades era el de no usar libreto alguno. Lo estructurado, lo ceremonioso, lo “académico” estaba de más, si uno quería “atraparlos” con un relato que tuviese la capacidad de sorprenderlos y procurar su aprobación o su discrepancia.
Triste reflexión la que me viene en este momento a la memoria: aquellos jóvenes estudiantes de los años del “Proceso” no eran capaces de discrepar con nada. Habían sido duramente educados en el acatamiento.
Cada vez que alguna de mis intencionales provocaciones pasaba de largo sin surtir efecto alguno, yo sentía dentro de mí la aplastante comprobación de que estaba frente a una “clase muerta”, como reza el título de uno de los alucinantes montajes del “Cricot 2”, que dirigía el genial Tadeusz Kantor.
Hubo, a lo largo de los nueve años de historia del TUBA, muchas otras “disertaciones” en facultades. Recuerdo las que me tocó hacer en Ingeniería (sobre Terencio); en Agronomía (sobre el teatro nacional de la década del sesenta); en Derecho, sobre “La Orestíada”, de Esquilo y la de Córdoba, en el Pabellón de las Américas de la Universidad(que en algún lugar de este Blog se puede escuchar en forma completa).
Me gustaba eso de pararme frente a una tribuna colmada de jóvenes (sin importarme si algunos iban y venían, entrando y saliendo para asistir a sus clases o volviendo de ellas) y poder despojarme de esa estúpida pacatería de los que se creen “iluminados de la cultura”, para así hablarles con su propio lenguaje de lo que el teatro tiene de esclarecedor y hasta transformador, en las sociedades sojuzgadas por el poder amedrentador de facciones religiosas, ideológicas y partidarias.
Con que sólo algunos entre aquellos jóvenes que me escucharon en sus épocas de estudiante, hoy, siendo profesionales, ejerzan sus profesiones con un criterio menos mercantilista y más parecido a ese altruismo que nos caracterizaba a los del TUBA, puedo darme por satisfecho. Lo único pesado de tener que afrontar esas “disertaciones” era la obligación de ponerme traje. Siempre preferí la ropa gastada (aunque no demasiado sucia) del trabajo en el escenario.

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