martes, 3 de abril de 2012

EL TUBA Y LAS ESCUELAS DE TEATRO: UNA DISYUNTIVA ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA

“La teoría no es nada difícil... pero más fácil aun es la práctica”. Esto lo afirma Jean Louis Barrault, director y actor francés (1910 – 1994), cuya energía vital y su pasión por el teatro integral (clásicos, modernos, vanguardistas) quedó demostrada a través de cientos de espectáculos, en los que sus alumnos más jóvenes tuvieron activa participación en ciclos “de repertorio”, que abarcaban hasta siete espectáculos montados en simultaneidad, bajo el sistema llamado “de la alternancia”: hoy Molière, mañana Pinter, pasado mañana Esquilo y a continuación Ionesco, Goldoni, Marguerite Durás y finalmente Copi, todo en una misma semana. "Los mejores actores pertenecen, generalmente, más al tipo intuitivo que al intelectual", afirma Tyrone Guthrie, y nada mejor para despertar la intuición en un jóven que ingresa a una compañía teatral, que sumergirlo de una sola vez en la práctica del repertorio. La experiencia de nueve años al frente del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES me sirvió para corroborar algo que ya había descubierto años antes, como integrante de Nuevo Teatro (esa portentosa fábrica de espectáculos rigurosos, montados siempre con elementos en formación, que durante más de 25 años capitanearon Pedro Asquini y Alejandra Boero): “UNA TEMPORADA HACIENDO REPERTORIO ES MÁS ÚTIL PARA LA FORMACIÓN DE UN ASPIRANTE A ACTOR QUE UNOS CUANTOS AÑOS HACIENDO IMPROVISACIONES Y EJERCICIOS DE RELAJACIÓN CORPORAL EN UN TALLER DE ACTUACIÓN, POR EMINENTE QUE SEA EL PROFESOR QUE LO CONDUCE”. Es que la actuación no es una parte aislada del conjunto del espectáculo. El aula de formación actoral no provee de la totalidad de elementos que configuran la producción de una obra. Aparte del aprovechamiento de la luz, del desempeño del actor dentro del decorado y del manejo adecuado de la utilería para no producir desastres en medio de la función, está ausente en el aula el factor decisivo para el desempeño actoral, que es nada menos que LA PRESENCIA DEL PÚBLICO. La aspiración máxima de un hombre de teatro (director, actor, escenógrafo o vestuarista), es que la representación logre MODIFICAR al público que asiste a presenciarla (o sea: que al volver a su casa, ningún espectador sea el mismo que llegó dos horas antes al teatro, pensando sólo en pasar un rato de distracción). Pero sucede que el público TAMBIÉN MODIFICA, sin proponérselo en este caso, al conjunto de hombres de teatro que ofrecen la representación. Esto es clave para entender la diferencia entre “hacer vida de teatro dentro del teatro” o asistir a cursos de formación actoral. Seguramente muchos alumnos de teatro saldrán MODIFICADOS de algunas clases reveladoras, en las que han descubierto zonas inexploradas de su sensibilidad o de sus resortes emocionales, pero también es seguro que después de haber intervenido en una función ante el público, así se haya participado mínimamente en un rol insignificante, NADIE ESTÁ IGUAL QUE A LA HORA EN QUE LLEGÓ AL TEATRO, tal vez agobiado por una jornada de trabajo en una oficina, o habiendo tenido que rendir exámenes de derecho o de geología o luego de una riña que parece definitiva con la pareja de turno. Hacer VIDA DE TEATRO dentro de un teatro de repertorio (lo que fue el TUBA), es el equivalente a practicar escalamiento de montaña EN LA MONTAÑA o llegar al conocimiento de la filosofía trascendental EN EL TIBET y no quedándose sólo en la lectura de los libros de Osho. Yo recuerdo los rostros sudorosos, transfigurados, de los jóvenes del TUBA cuando en medio de un berenjenal bullicioso, mientras acarreaban butacas traídas de otros recintos del edificio de Corrientes 2038 para ubicar al exceso de público que colmaba nuestras funciones, mientras unos armaban decorados de la siguiente función a la par que otros desarmaban los decorados de la que acababa de terminar, mientras se trepaban a tambaleantes escaleras para cambiar la dirección de los artefactos lumínicos o el color de sus gelatinas, mientras algunos se cambiaban de ropa tratando de disimular desnudeces entre los telones, porque no había camarines donde hacerlo, mientras unos repasaban sus textos libreto en mano, ajenos al griterío que los rodeaba y otros comentaban jocosamente qué les había pasado en la función que acababa de concluir... Yo recuerdo hoy, a tantos años de distancia de aquel mágico desorden, de aquella plenitud de emociones juveniles a flor de piel, de aquella FIESTA TEATRAL que se repetía con similares exultancias cada fin de semana y me reafirmo en mi postura de no haber querido nunca “dar clases de teatro”. Creo haber hecho por los jóvenes con inquietudes teatraleras algo que seguramente quedó indeleblemente incorporado a su bagaje de experiencias vitales definitivas: POSIBILITARLES LA PARTICIPACIÓN EN LA VIDA INTERNA DE UN TEATRO DE REPERTORIO. Al fin de cuentas, no hice nada del otro mundo. Simplemente seguí lo que el vanguardista Barrault me había sugerido desde su libro de memorias, (que fue siempre mi libro de cabecera): “LA TEORÍA NO ES NADA DIFÍCIL... PERO MÁS FÁCIL AUN ES LA PRÁCTICA”.

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