miércoles, 16 de enero de 2013

STANISLAVSKI Y EL TUBA: CIERTA COINCIDENCIA DE OBJETIVOS FRENTE A LA NECESIDAD DE QUE EL TEATRO SEA DE ALCANCE POPULAR

UN HALLAZGO EN YOUTUBE: STANISLAVSKI
DIRIGIENDO UN ENSAYO DE MESA DEL "TARTUFO", DE MOLIÈRE

Casi de la misma manera como él formó sus primeras agrupaciones de aficionados en el mediocre ambiente teatral ruso de fines del siglo XIX, me tocó poco menos que por casualidad dar inicio a la actividad de un difuso “centro de drama universitario”, en medio del maloliente clima ideológico de la dirección de cultura de la Universidad de Buenos Aires, de mediados de 1974.
Había él nacido en Moscú, un 5 de enero de 1863, con el nombre de Konstantin Sergueievich Alekseiev. Radicado en su juventud en París, atendiendo negocios de su padre, comenzó a mezclarse con la bohemia de las compañías de artistas semiprofesionales, donde conoció a un actor polaco a punto de retirarse llamado Stanislavski. Tanto como para no desprestigiar el apellido paterno, adoptó ese de “Stanislavski” para sumergirse en la “ilegalidad” de sus experimentos teatreros con absoluta libertad.
Aquel incipiente “centro de drama universitario”, nacido en la Argentina sin partida de nacimiento en 1974, empezó a tomar forma, deambulando de un lado para otro, hasta que su debut en el Teatro Nacional Cervantes en mayo de 1976, con unas zafadas comedias de Terencio, Plauto y Menandro, le permitió “autobautizarse” como TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES.
De regreso en Moscú en 1888, el bohemio artistucho autobautizado “Stanislavski” se aventuró a formar una “sociedad de artes y letras”, sin teatro propio pero decidida a afrontar un REPERTORIO de calidad mediante la realización de nuevos montajes cada semana...!
Con similares ímpetus pero también sin sala propia ni apoyo de ninguna naturaleza por parte de la Universidad donde había surgido, ya a comienzos de 1977 el Teatro Universitario de Buenos Aires anunciaba “repertorios en alternancia”, al mismo tiempo que se instalaba (poco menos que a los empujones), en la precaria sala del antiguo edificio universitario de la avenida Corrientes 2038, donde antes, en la década de 1960, había funcionado el prestigioso (y por eso mismo abolido) Instituto de Teatro creado por Oscar Fessler.
Hacia 1897 el experimentador teatrero Stanislavski fue invitado a una reunión con un dramaturgo y director escénico llamado Vladimir Ivanovich Nemirovich-Danchenko. De esa charla en un lugar llamado “Bazar Eslavo”, que según dicen duró catorce horas, nació la idea de formar un “centro de drama” bajo la revolucionaria denominación de TEATRO DE ARTE DE MOSCÚ ASEQUIBLE A TODOS.
Quienes tuvimos la iniciativa (sin reunión previa de catorce horas mediante), de convertir al Teatro Universitario de Buenos Aires en un auténtico TEATRO DE REPERTORIO, también decidimos, bajo nuestra absoluta responsabilidad, que fuera un centro dramático asequible a todos.
Tal vez en esa decisión haya tenido origen nuestro divorcio con el elitista criterio cultural de esa malhadada “dirección de cultura” de la que nos tocaba depender y que nos terminó destruyendo, tras nueve años de estéril (aunque encarnizada) lucha.
El TUBA (así lo rebautizó el mismo público), se convirtió en un teatro abierto a la comunidad, al que el público de todos los sectores sociales pudo ingresar GRATUITAMENTE a las 1.163 representaciones que logró concretar en sus nueve años de vida en continuidad.
A la Universidad de Buenos Aires eso del acceso LIBRE y GRATUITO no le caía nada bien. Insistían en que había que cobrar entrada, para "seleccionar" al público.
Todavía suenan en mis oídos de 73 años las voces hostiles (y hasta burlonas), de aquellos jerarcas pedantes y de aquellas abúlicas empleadas de la “dirección de cultura de la universidad de buenos aires”, alegando que no concurrían a las funciones del TUBA porque estaban colmadas de “gente sucia, mal vestida y con facha de comunistas” (sic).
El Teatro de Arte de Moscú sigue existiendo; el TUBA existió sólo nueve años. No hay demasiados puntos en común entre uno y otro, salvo en aquello del REPERTORIO. Desde los inicios el moscovita apuntó al sistema del repertorio y así es como en su escenario han estado Shakespeare, Ibsen, Gorki, Tolstoi, Molière, Goldoni, Chéjov, Maeterlinck... mientras que en el modesto TUBA de la convulsionada, aterradora Argentina de 1974 a 1983, estuvieron Esquilo, Sófocles, Discépolo, Florencio Sánchez, Racine, Molière, Oscar Wilde, Enrique Wernicke, Lope de Rueda, Juan Carlos Ghiano...
El TUBA no era una escuela de teatro. Era un teatro donde los jóvenes universitarios aprendían a hacer teatro desde la experiencia directa sobre el escenario, montando obras de repertorio. Pero las teorías que el teatrero Stanislavki elaboró prolijamente sobre el desarrollo físico y emocional del actor (que erróneamente algunos definen como “Método”), circularon permanentemente por los talleres internos del TUBA, mecanografiadas a modo de apuntes de casi todos sus libros.
Hacen pocos días se cumplieron 150 años del nacimiento de este ejemplar hombre de teatro, cuyo sistema de trabajo en pos de la divulgación a nivel popular del arte escénico, habitualmente restringido a las minorías “informadas”, mucho contribuyó a solidificar, por emulación, el empecinado criterio de PUERTAS ABIERTAS PARA TODOS que logramos instalar desde el primero hasta el último día en el TUBA y que hizo posible el ingreso (con ropa elegante o con ropa sucia) de un promedio de 38.000 espectadores por temporada a los edificios de la aristocrática Universidad de Buenos Aires, a la que (al menos en aquella época), las señoras que acudían a las juras como médicos o abogados de sus hijos lo hacian ataviadas con sombrero y vestidos largos.




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