jueves, 15 de agosto de 2019
LA CÁTEDRA DE DRAMA QUE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES NO QUISO INCORPORAR A SU PRESTIGIOSA CURRÍCULA
En 1982, cuando el Teatro de la Universidad de Buenos Aires (el TUBA) atravesaba su octava temporada consecutiva de vida pública, el diario Clarín se interesó por mostrar -desde adentro-, cómo funcionaba este Centro de Drama que estaba convocando a tan enorme caudal de público a sus funciones de fin de semana en el edificio de la avenida Corrientes 2038, en pleno centro de Buenos Aires.
La nota, hecha en forma sorpresiva un día de poca actividad en el teatro, con sólo unos veinte de sus casi sesenta integrantes, apareció publicada en la primera página de la revista dominical del diario Clarín, "consagrando" al TUBA como una suerte de "cátedra de teatro", nunca incorporada a la currícula de la UBA, con un subtítulo en medio del texto que rezaba: "CRÓNICA DEL ENTUSIASMO".
¡Y esa sí que fue una hermosa parábola, rotundamente definitoria, de lo que fueron los nueve años de vida de aquel teatro universitario de repertorio, tan castigado por el olvido: EL ENTUSIASMO, lo que Ortega definía como "la cualidad ontológica por antonomasia"; el ENTUSIASMO que hizo que aquellos cientos de jóvenes que habitaron el TUBA a lo largo de sus nueve años de vida, pudiesen hacer tantas cosas en pro de la divulgación del hecho escénico, sacando a relucir desde un abismo de siglos a autores como Menandro, Terencio, Esopa de Samos o Alonso de la Vega o poniendo al alcance del público en forma gratuita, obras clásicas y contemporáneas, nunca antes descubiertas por elencos oficiales o privados de la República Argentina.
domingo, 11 de agosto de 2019
SIEMPRE VALE LA PENA ANIMARSE A EMPEZAR, AUNQUE SEA DESDE LA NADA
Acabo de cumplir 79 años y sin tener que ver con eso, mi amigo cinéfilo Samuel Wolpin me ha regalado un libro: las memorias de Lee Strasberg, cuyo título: "Un sueño de Pasión", me lleva una vez más a la necesidad de contar más cosas (como si no fueran suficientes los cientos de capítulos de este Blog), sobre aquel lejano TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que -también por estos días-, está cumpliendo 45 años de haber empezado a existir.
Yo no tenía la menor idea, cuando le propuse una mañana de agosto de 1974 a un improvisado "director de cultura", en el viejo edificio de la UBA de Corrientes 2038 (hoy sede del Rojas), cómo se podía concretar la edificación de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO.
Menos idea todavía debió tener aquel milico, improvisado "director de cultura", cuando me aprobó el proyecto de palabra.Como había sido puesto a dedo a "dirigir" la cultura en la Universidad de Buenos Aires, le debe haber parecido una forma de apoyo el contar con un individuo como yo, que ya tenía prestigio como director teatral de obras importantes del teatro contemporáneo y que no provenía de ninguna de las facciones de izquierda, que acababan de ser desplazadas de los centros estudiantiles, a comienzos de 1974.
Propuse hacer un llamado, mediante afiches en todas las facultades y colegios dependientes del Rectorado de la UBA y lentamente empezaron a inscribirse postulantes a formar parte del futuro "Centro de Drama" universitario. Digo "lentamente" porque el llamado no era para anotarse en un "curso de actuación" ni nada por el estilo. Era -tal el texto de la convocatoria-, "ingresar a un Teatro de Repertorio". ¡Vaya propuesta para aquel tiempo de clausura de toda participación activa del estudiantado, dentro de los claustros universitarios...!!!
Pasaron les meses. Yo iba todas las tardes a la Dirección de Cultura, sin estar nombrado ni percibir sueldo alguno y cuando por fin, hacia fines de octubre decidí empezar a hacer algo -porque en aquella "dirección de cultura" nadie hacía nada-, convoqué a un grupo de actores profesionales amigos y monté una adaptación escénica del diálogo de Platón llamado "Fedón, o Del alma", que habían realizado más de treinta años antes los profesores Carlos Biedma y Manuel Somoza y que un gran Maestro de Teatro: Antonio Cunil Cabanellas, había montado en las escalinatas de la facultad de Derecho.
Tras el éxito de aquella primera representación de un Teatro Universitario que todavía no existía (fue en Corrientes 2038, el 30 de noviembre de 1974), mis acciones subieron repentinamente. El improvisado "director de cultura" (tragos de wisky mediante) me alentó a avanzar con la idea de concretar el Centro de Drama, el Teatro Universitario de Repertorio, y fue así como se llamó a los únicos 230 inscriptos que había hasta ese momento, a una reunión que se llevó a cabo en los primeros días de diciembre de 1974, en el polvoriento gimnasio abandonado del último piso de Corrientes 2038.
Sólo recuerdo de aquella primera reunión, mis primeras palabras: "Estamos aquí para erigir un teatro". ¿Y eso...? Aquellos 230 o más jóvenes se abalanzaron sobre la precaria mesita desde la que yo les hablé durante más de una hora, pidiéndome precisiones que yo no estaba en condiciones de darles. La pregunta que sobresalía entre todas era: "¿En qué consiste erigir un teatro...?".
Llegó el receso de fin de año; la época de los exámenes y las vacaciones. Se citó a todos aquellos jóvenes para la primera quincena de marzo de 1975. "Pasen y pregunten" fue la única respuesta que salió de la boca de las empleadas de la "dirección de cultura", unas buenas señoras muy mayores todas que de lo único que hablaban era del alivio que les había significado que "limpiasen" a los zurdos que, según ellas, las tenían amenazadas.
Borrosa fotografìa de una funciòn de "El sainete rioplatense", primer espectáculo del incipiente Teatro Universitario, en el Centro Cultural San Martín (mayo de 1975)
Llegó marzo de 1975. La primer quincena. De todos aquellos jóvenes del gimnasio, apareció solamente la mitad: unos cien o poco más.El resto se debe haber olvidado que se había inscripto en una convocatoria "para erigir un teatro".
Mientras en la Dirección de Cultura estudiaban el proyecto de repertorio inicial que yo había presentado (para un teatro que ni siquiera había empezado a existir), todas las noches, en la sala del fondo de Corrientes 2038 yo les hablaba a los que asistían, que siempre fluctuaban entre noventa y cien, sobre la vida interna de un teatro. Un joven, que trabajaba de operador del cine Cosmos, que estaba al lado y que dejaba la película andando, confiando en que no se terminase el rollo, para asistir a esas charlas, me reclamaba todos los días que quería empezar "el curso de actuación", pero yo seguía hablando de cómo era un teatro por dentro: clasificar maderas para los futuros decorados; limpiar los baños de los camarines; estudiar textos de futuras obras del repertorio... todo lo que había vivido, años atrás, junto a Alejandra Boero, Pedro Asquini, Héctor Aterio, Enrique Pinti y tantos y tantos "laburantes" más, en el glorioso Nuevo Teatro.
Hasta que un día dije lo que no debí decir, a los que mandaban dentro de esa "dirección de cultura": "Voy a comenzar los ensayos".
¡Pusieron el grito en el cielo...!!! "¿Ensayos...? ¡No, Quiroga, ensayos no...! ¡Bajo ningún punto de vista...! ¡Siga dándoles charlas hasta que se aburran y se vayan...! ¡Nada de ensayos, por el amor de Dios!" (Y tuvieron el coraje de ponerlo a Dios de por medio).
¿Qué había en el hecho de empezar a ensayar una primer obra de un futuro repertorio, que los alarmaba tanto...? Imposible saberlo. Es como querer saber qué hay dentro de la mente de un represor, en el momento que ejecuta la tortura de un prisionero. Lo cierto es que no tuve más remedio que seguir dando charlas, todas las noches, hasta que un buen día me convocaron del Centro Cultural San Martín para dar una conferencia en la Sala Enrique Muiño, sobre los orígenes del sainete rioplatense.
Se me ocurrió ilustrar la conferencia con algunas escenas de los sainetes más famosos, como "Tu cuna fue un conventillo", "Los disfrazados" o "El debut de la piba", en las que interviniesen varios jóvenes de los asistentes a mis charlas diarias sobre "el futuro Centro de Drama".
Sin darnos cuenta (Mentira: ¡DÁNDOME CUENTA!) se empezaron a agregar escenas; más y más escenas de muchos más históricos sainetes. Hasta que terminaron interviniendo prácticamente todos de aquellos más de cien asistentes a las charlas diarias en la sala de Corrientes 2038.
Y así fue como se hizo, una noche de mayo de 1975, en la sala Enrique Muiño del Centro Cultural San Martín, EL PRIMER ESPECTÁCULO DE UN TEATRO UNIVERSITARIO QUE TODAVÍA NO EXISTÍA...!!! ¡Y estuvieron todos juntos, ACTUANDO, en un mismo escenario, sin haber hecho nunca el tan reclamado "curso de actuación"...!!!
A partir de esa noche de mayo de 1975, no nos pudieron parar más. El teatro que prometí ERIGIR, en diciembre de 1974, se ERIGIÓ SOLO, por generación espontánea y por decisión furiosa, indoblegable, apasionada y febril, de un Hombre de Teatro de 34 años y de cientos y cientos de jóvenes universitarios, que fueron llegando un año tras otro, hasta completar NUEVE AÑOS ininterrumpidos de hacer TEATRO DE REPERTORIO, hasta la derrota final, la que nos obligó a cerrar las puertas, en mayo de 1983, cuando se nos negó la posibilidad de hacer una gira de 15 días al Teatro Auditorium de Mar del Plata.
Por eso no entiendo a la Universidad de Buenos Aires, a partir de la creación del Centro Cultural Rojas, en el mismo edificio donde existió nueve años el TUBA, al no querer formar un nuevo TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, cuando sería tan fácil haberlo hecho, en plena Democracia y sin las turbias, necias y "bien razonadas barbaries" que asolaron al TUBA y a sus hacedores, durante su fértil trayectoria de nueve años.
Una escena de "El gorro de cascabeles", de Luiggi Pirandello, en la sala de Corrientes 2038, cuando el TUBA ya era UN TEATRO DE VERDAD, con decorados y puestas como las de los teatros profesionales (Año 1982)
Otra foto, de cuando el TUBA ya era UN TEATRO DE VERDAD: "La noche de San Juan", de Henrik Ibsen. Temporada 1982.
Lamentable pero cierto: A la Universidad de Buenos Aires nunca le interesó contar con un Centro de Drama, de labor permanente durante todo el año, como lo fue el TUBA entre 1974 y 1983. Erigió "el Rojas" en el mismo vetusto edificio de Corrientes 2038, donde había funcionado el TUBA, remodelándolo y dotándolo de todos los adelantos técnicos habidos y por haber.Lleva más de 30 años convocando a una gran diversidad de cursos cada año y cuenta con un Departamento de Teatro que hace espectáculos pagos (los del TUBA eran GRATUITOS), elaborados por grupos extra universitarios. ¿Por qué, teniendo el potente pasado de todo lo realizado por el TUBA a lo largo de nueve temporadas consecutivas, no buscó la UBA formar un nuevo Teatro Universitario de Repertorio, como los que existen desde hace siglos en todas las Casas de Altos Estudios del resto del mundo...? Un misterio que yo, Ariel Quiroga, no puedo ni quiero descifrar.
Seguiré leyendo, a mis 79 años recién cumplidos, el libro de memorias de Lee Strasberg que me regaló mi amigo cinéfilo Samuel Wolpin: "Un sueño de Pasión", evocando de paso aquel hermoso y furibundo "sueño de pasión" que fue el Teatro de la Universidad de Buenos Aires (el TUBA).
domingo, 21 de julio de 2019
A 45 AÑOS QUE EMPEZÓ LA HISTORIA DEL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
En pocos días más se van a cumplir 45 años de la mañana en que entré por primera vez al edificio de Corrientes 2038, donde funcionaba la Dirección de Cultura de la Universidad de Buenos Aires y como al pasar, mencioné la posibilidad de formar un grupo teatral con estudiantes, docentes y graduados, a la manera de los Teatros Universitarios que existen en todas las universidades del mundo, desde los albores del Humanismo.
La persona con la que hablé, en una entrevista acordada desde la oficina pública en la que yo trabajé por espacio de cuarenta y seis años, era un militar retirado, puesto como "interventor cultural" por una de esas "vueltas de tuerca" que se dan cada tanto en la política: la fluctuación de la derecha a la izquierda y viceversa.
Lo que sucedió a partir de ese incierto día de agosto de 1974 (del que, como dije, se van a cumplir 45 años), se me representa hoy, que estoy tan viejo y tan alejado del teatro desde que toda esta historia del Teatro Universitario concluyó, a fines de 1983, como algo parecido a una pesadilla o más bien, a un viaje fantástico por lugares de fantasía, como en aquellas viejas películas de Walt Disney que me asuntaban en mi infancia.
El Teatro Universitario, que Buenos Aires nunca había tenido, se terminó concretando, pero de un modo casi disparatado. Hoy lo veo como si un grupo de vándalos hubiese logrado copar la Universidad y hacer dentro de ella de las suyas durante casi diez años. De lo que estoy seguro hoy, es de que ni aquella mediocre "dirección de cultura" ni el Rectorado de la Universidad, de 1974 en adelante, querían tener un Teatro Universitario funcionando permanentemente durante todo el año, invierno y verano, que se auto sustentase y se manejase como un organismo no dependiente de nadie, dentro de un edificio de la UBA y recorriendo por su cuenta diversos ámbitos del país, sin darle gasto alguno a la Universidad, pero funcionando con "demasiada" libertad para los tiempos que corrían, a partir de marzo de 1976, o sea "EL HORROR".
La historia descabellada, pero a la vez PORTENTOSA, de aquello que terminó siendo EL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES está más que detalladamente contada en este Blog, en los cientos de capítulos que lo componen, en sus videos y miles de fotografías, de modo que no hace falta volver a contarla ahora. Con abrir el Blog en alguno de sus años, a partir de 2010, la Historia del TUBA cobra vida, como si milagrosamente se encarnase en una suerte de Fénix dispuesto a revivir, desafiante, de sus inmerecidas cenizas.
Sí, me gustaría, a estos 79 años repletos de recuerdos, recordar aquellas épocas iniciales del Teatro de la Universidad de Buenos Aires, cuando no era nada todavía, más que un remolino de más de cien jóvenes entusiastas, que salían con sus bártulos arriba de camiones alquilados, para ir con su teatro a cuestas, muy a la manera de La Barraca de Federico, a llevar por los pueblos, las bibliotecas y las parroquias, la voz de Terencio, de Plauto, de Florencio Sánchez, de Carlos Mauricio Pacheco y de tantos otros, mucho antes de convertirse, como lo fue, en un Teatro de verdad, que practicó el repertorio con obras nunca vistas en la República Argentina, de Moliere, de Chéjov, de Ibsen y (olvidándome de tantos otros) del autor joven que nos significó la prohibición "por propender a la infiltración marxista", que había nacido y muerto muchos años antes de que Carlos Marx publicase el Manifiesto. Me refiero a Georg Büchner y a su sacudiente "WOYZECK", que nos fue vergonzosamente (vergonzosamente para la Universidad), prohibido a la tercera representación, en 1978.
De aquellos años iniciales en los que todavía no nos habíamos puesto siquiera el nombre (porque nos lo tuvimos que poner nosotros, a partir de nuestra incursión en el Teatro Nacional Cervantes en 1976: TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES), recuerdo con enorme ternura aquellas funciones del Sainete Rioplatense (una cabalgata evocativa de los años de auge y decadencia del llamado "Género Chico Nacional"), en la que intervenían más de cien integrantes del apenas esbozado "elenco de teatro universitario", por aulas y gimnasios de algunas facultades; en un cuartel de bomberos de Florencio Varela; en la Biblioteca Popular de Olivos; en el Colegio Carlos Pellegrini y en tantos otros "espacios no convencionales", donde aquellos jóvenes ilusos pero decididos y yo, que ya andaba por los treinta y pico, revivíamos la odisea de los cómicos de la legua, a la manera de las troupes de funámbulos y saltinbanquis, que llevaban a las plazas, a los mesones y a los establos, los entremeses y pasos de comedia de Lope de Rueda.
El tiempo ha transcurrido vertiginosamente. El Teatro de la Universidad de Buenos Aires no volvió a existir después de su forzado cierre a mediados de 1983. Yo no volví a pisar un teatro. Los más de 1.600 jóvenes que integraron el TUBA entre 1974 y 1983, siguieron adelante con sus carreras (algunos hoy son jueces de la Nación) o se dedicaron a vender automóviles o zapatos. Otros se fueron del país hacia "tierras más cálidas" y unos cuántos tengo entendido que ya se murieron.
Pero la idea un un teatro, un Centro de Drama, dentro y fuera de los claustros de una Universidad, no debiera morir nunca. Ojalá lo entiendan alguna vez quienes tienen el privilegio de regir los destinos de la Universidad de Buenos Aires.
martes, 5 de junio de 2018
A 35 AÑOS DE LA DESAPARICIÓN DEL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
Para los que nos hemos dedicado al oficio teatral durante décadas, lo más común es que las obras un buen día bajen de cartel o que los proyectos teatrales se aborten, a menudo antes de empezar o que obras con las que soñamos largamente, nunca lleguen a concretarse. Jean-Louis Barrault define al teatro como "el arte de lo efímero". Totalmente de acuerdo con "mi maestro" Barrault, pero...
... haber sacado un teatro (y un TEATRO DE REPERTORIO) prácticamente de la nada, en un ámbito inhóspito y con todas las contras habidas y por haber ensañándose día a día con el proyecto... haber logrado que ese teatro (ese TEATRO DE REPERTORIO) se mantuviese en pie, activo cada día de cada año, durante nueve años y haber conseguido que ese teatro (ese TEATRO DE REPERTORIO) presentase más de cien obras de dramaturgos de todas las épocas, desde los griegos hasta la actualidad, concretando unas 1.163 representaciones con acceso LIBRE y GRATUITO, recorriendo diversos lugares de la República (un poco a la manera de La Barraca de García Lorca) y haber tenido que decidir un día, al cabo de nueve años, cerrar sus puertas, teniendo que aceptar que una Universidad insensible a las gestas del entusiasmo, no diese nunca explicaciones de porqué no había querido tener un TEATRO DE REPERTORIO, creado inicialmente como "TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES", pero al que le exigió llamarse "TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES", estaba condenado a la desaparición y al olvido, es un sentimiento de fracaso que lo puede acompañar a uno por todo el resto de sus días.
El 5 de junio de 1983 cerró sus puertas el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que había llevado a cabo su primera representación el 30 de noviembre de 1974, en el vetusto edificio de la Avenida Corrientes 2038, en el centro de Buenos Aires, con la escenificación del Diálogo de Platón llamado "Fedón, o Del Alma".
De entonces a este 5 de junio de 2018 han pasado unos tristísimos 35 años de ausencia de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO en la Universidad de Buenos Aires. Yo, que fui su creador, agoté en estos 35 años todo mi bagaje de armamento (de armamento literario) para luchar por la restitución a la vida activa de aquel heroico TUBA, que en sus nueve años de intensísima labor nucleó en sus talleres y sus escenarios a más de 1.600 jóvenes, provenientes de todas las disciplinas científicas y humanísticas que integran la currícula de la UBA.
Llevo unos diez años viviendo en la ciudad con la que soñé desde mi lejana niñez: Mar del Plata, al sudeste de la Provincia de Buenos Aires y todo lo que pude hacer en estos últimos años es trabajar en este BLOG, poniendo en él, a partir del año 2010, todos mis recuerdos y mi archivo de fotografías, para poder dejar para la posteridad y para el mundo, un testimonio fehaciente de lo que ese teatro llamado TUBA (el único hasta hoy TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES), pudo lograr a fuerza de prepotencia de trabajo, en una época hostil, fraticida y demencialmente exterminadora de mi querido pais.
Un amigo que me aprecia me invitó a grabar un pequeño video, donde apenas acierto a balbucear, a mis casi 78 años, algo de esa permanente añoranza del teatro que fue, pero que no pudo ser.
He aquí ese video y perdón por mi torpeza de anciano evocador, que ya tiene poco y nada para decir. ¿Se animarán a verlo las actuales autoridades de la Universidad de Buenos Aires...?
domingo, 31 de diciembre de 2017
¿PODRÍA VOLVER A EXISTIR EL TUBA, A 35 AÑOS DE SU DESAPARICIÓN EN JUNIO DE 1983...?
Una tranquilidad me queda en estos, mis avanzados 77 años: El TUBA no será algo perdido e ignorado para las futuras generaciones de teatristas, estudiantes de teatro y formadores de centros de drama en institutos y universidades. En los 316 capítulos (o entradas) que contiene este Blog, (partiendo del año 2010 y hasta hoy) está detalladamente narrada su historia, sus inicios, su paulatino crecimiento, sus montajes escénicos, sus giras, sus proyectos concretados o inconclusos y su lamentable derrota. La Historia del Teatro de la Universidad de Buenos Aires (1974 – 1983), si el mundo no estalla y la Internet no desaparece, está aquí, guardada en este Blog, que algún estudioso maniático podrá desentrañar, partiendo de las primeras “entradas” de 2010 hasta esta de fines de 2017, que probablemente sea la última. Lo que no está escrito ni documentado en ninguna parte es porqué la Universidad de Buenos Aires no trató nunca más, una vez cerrado el TUBA, de tener un Centro de Drama Universitario, como lo tienen desde, hace siglos en algunos casos, casi todas las universidades del mundo. Alguien debe haber pensado que un Centro Cultural multidisciplinario, como el Centro Cultural Rojas, emplazado en el mismo solar que ocupara el TUBA durante casi una década, en el que se dan cursos de actuación y se montan obras hechas por grupos de circunstancias, podía suplir la ausencia de un Teatro de Repertorio, de actuación permanente los doce meses de cada año, con espectáculos montados en simultaneidad y con textos de la dramática universal de todas las épocas, desde Esquilo a Luiggi Pirandello o desde la ignota Esopa de Samos al más ignoto todavía Junji Kinoshita. Alguien no quiso que volviera a existir el TUBA, a partir del inicio de la era democrática en la Argentina. ¿Porque el TUBA había subsistido durante la dictadura militar genocida, la de 1976 a 1983…? ¿Es que no era suficiente que el TUBA hubiese sido censurado, extorsionado, amenazado y que igual hubiese seguido luchando por permanecer, aun en esos horrendos años, como para reconocerle el derecho a volver a existir en Democracia, libre ya de prohibiciones y atentados (como el del incendio que destruyó todo su bagaje de obras, vestuarios y elementos de utilería, en 1979…?. Los responsables de haber hecho DESAPARECER al TUBA, ya dentro de la era democrática, tal vez haga muchos años que se hayan borrado de lugares de decisión dentro de la Universidad de Buenos Aires, pero hay otros responsables que están hoy, ocupando cargos rentados en la Dirección de Cultura de la UBA y en el Centro Cultural Rojas. ¿No se le ocurrirá a ninguno de ellos abrir las páginas de este Blog y enterarse de cuánto hizo (Y CUANTO QUEDÓ SIN HACER) en aquel Teatro de la Universidad, desaparecido hace 34 años…? Tal vez si lo hicieran, podrían llegar a pensar y decidir que aquel Teatro de la Universidad de Buenos Aires que se vió obligado a cerrar sus puertas en junio de 1983… deba volver a existir, precisamente en 2018, a 35 años de aquella injusta desaparición del TUBA.
viernes, 21 de abril de 2017
AQUELLOS AÑOS DIFÍCILES, PERO DESAFIANTES
No era fácil ser un integrante del TUBA. Por el contrario: era agotador y hasta peligroso. El TUBA realizaba actividades en ese derruido e infecto edificio de Corrientes 2038 todos los días de la semana, durante los doce meses de cada año. En verano estaban los cursos introductorios y los preparativos de las obras de la siguiente temporada. Se leían internamente decenas de obras y la mayoría de ellas debían ser descartadas, por temor a que cayesen en las garras de los censores de la propia Universidad. En el edificio de Corrientes 2038 se cursaba la carrera de Psicología y pululaban por sus pasillos los espías a sueldo, que no veían con buenos ojos las tareas de armado de decorados, los ejercicios de expresión corporal y el bullicio que imperaba durante las horas nocturnas, en las que la muchachada del TUBA llevaba a cabo sus ensayos y sus tareas artesanales y hasta de limpieza, no sólo de la sala sino también de los baños, que usaba la gran cantidad de público que asistía a las funciones con entrada LIBRE y GRATUITA para ver obras de Moliere, de Discépolo o de Terencio.
Mientras que cada noche veinte o treinta integrantes del TUBA ensayaban nuevas obras o repasaban las que estaban en la cartelera, dispersándose por los pocos rincones del edificio que no le estaban clausurados, otros tantos salían por las calles del centro a repartir volantes e invariablemente eran demorados por los autitos de la policía, logrando zafar sólo porque en esos volantes estaba impreso el membrete de la UBA. Cuando el TUBA debió cerrar sus puertas, en junio de 1983, agobiado por tantas detracciones emergentes del seno de la propia Universidad, con nueve años de labor ininterrumpida a cuestas, hubo muchos que pensaron (y llegaron a publicar) que lo hacíamos para “desprendernos” de la dictadura, ante el advenimiento de la tan ansiada Democracia. ¡Nada que ver…! Nosotros no queríamos “desprendernos” de la dictadura del llamado “Proceso”. Habíamos tenido que convivir con esa dictadura. Habíamos sufrido amenazas y vejaciones de todo tipo. ¿Nos habrá faltado tener algún o varios desaparecidos…?. Las nuevas autoridades culturales de la Universidad, a partir de diciembre de 1983, no quisieron saber de nada con que la historia del TUBA continuase. En lugar de reconocérsenos el mérito de haber permanecido firmes, defendiendo nuestro puesto de combate, desde esa trinchera de la calle Corrientes al 2038 y habiendo llevado la voz de los clásicos y los modernos por distintos ámbitos de la República, se nos condenó al destierro y al olvido y para sepultar todo vestigio de la existencia del TUBA, se demolió prácticamente el edificio de Corrientes 2038, erigiendo en su lugar el llamado “Centro Cultural Rojas”, donde no quedó el menor rastro de que allí hubiese existido un prepotente y laborioso TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, en cuyos talleres internos y en cuyos múltiples escenarios abiertos al público de todos los sectores sociales de la ciudad de Buenos Aires, del conurbano y del interior, cientos de jóvenes habían levantado en alto la bandera del ENTUSIASMO, para proclamar el lema de Romain Rolland: “El teatro será Pueblo, o no será nada”.
Los jóvenes que en años posteriores hasta llegar a hoy, toman sus clases de teatro, casi siempre pagas a alto precio, a salvo de amenazas y hasta pérdida de sus vidas, no sabrán nunca cuán difícil, aunque fascinantemente inspirador, era ser un integrante del TUBA, el ejemplar CENTRO DE DRAMA DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, entre los años 1974 y 1983. Si se adentran en las páginas de este cuantioso Blog, tal vez lleguen a comprenderlo.
viernes, 24 de marzo de 2017
HAY ALGO DEL DOLOR QUE NO SE VA MÁS
“HAY ALGO DEL DOLOR QUE NO SE VA MÁS”. Escuché esta frase hoy, en la televisión argentina, con relación al golpe cívico-militar de 1976, del cual se recuerdan hoy, 24 de marzo de 2017, los 41 años transcurridos desde aquello que derivó en tanto horror, en tanta muerte de jóvenes idealistas, en tanta sinrazón genocida. Ese dolor que no se va más es el que me lleva a escribir este mensaje, recordando en este Día de la Memoria cuánto injusto olvido sobrellevamos los que hicimos aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA), porque nos tocó llevar adelante gran parte de nuestra historia precisamente en esos años de la feroz dictadura. Ni la Universidad de Buenos Aires, ni el periodismo especializado en investigaciones históricas, ni los estudiosos del devenir teatral en áreas dedicadas a ese fin dentro de CONICET, ni el Instituto Argentino de Estudios de Teatro (que ni siquiera sé si existe todavía) ni el Instituto Internacional del Teatro (ITI), se han ocupado en todos estos largos años sucesivos al cierre del TUBA (Junio de 1983), en reivindicar la epopeya de todos aquellos jóvenes (unos 1.600), que a lo largo de casi una década habitaron, con esfuerzo y entrega desinteresada, los talleres escenotécnicos del TUBA, su escenario de la Avenida Corrientes 2038 (hoy ocupado por el Centro Cultural Rojas) y los múltiples escenarios de la ciudad de Buenos Aires (incluido el Teatro Nacional Cervantes), del conurbano y del interior, donde se llevaron a cabo las 1.163 representaciones con obras de autores de todas las épocas, clásicos y modernos, siempre con la consigna del ACCESO LIBRE Y GRATUITO. “Hay algo del dolor que no se va más”, todos los días pero sobre todo en este Día de la Memoria, por el olvido, el injusto olvido de aquello tan portentosamente heroico que fue el derrotero del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA). Será por eso que la más adecuada imagen que se me ocurrió ponerle a este capítulo, es el rostro sufriente, fotografiado durante una representación de “La ofensiva”, de Martha Lehmann en 1977, del otrora joven Gustavo Lespada y hoy docente universitario e investigador de la literatura latinoamericana contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
viernes, 3 de marzo de 2017
EL CRECIENTE SIGNIFICADO DE UNA FOTO
La fotografía que encabeza este capítulo de la Historia del TUBA data de mayo de 1975, hace casi 42 años. Es la escena final del sainete “Los disfrazados”, de Carlos Mauricio Pacheco y en el centro estoy yo, Ariel Quiroga, que en agosto de 1974 había tenido la peregrina idea de proponer a la Universidad de Buenos Aires la creación de un Centro de Drama, a la manera de los que desde hace siglos existen en las universidades del Viejo Continente, en Heidelberg o Alcalá de Henares. En mis manos están las glosas que se leían, como hilo conductor de una cabalgata evocativa del llamado Género Chico Nacional, o más simplemente: el sainete rioplatense. A lo largo de unas dos horas, unos cien jóvenes surgidos de la convocatoria inicial a formar parte de este proyectado Centro de Drama, (todos estudiantes de las más diversas carreras), daban vida a los personajes arquetípicos del vivir suburbano, eternizados en los dramas o pasos de comedia de autores como Nemesio Trejo, Ezequiel Soria, José González Castillo, Alberto Novión, Enrique Buttaro, Roberto Cayol, Florencio Sánchez, Alberto Vaccarezza, César Iglesias Paz o Francisco Defilippis Novoa.
Durante todo el año 1975, un grupo de Teatro Universitario todavía sin nombre (recién al año siguiente, al debutar en el Cervantes con tres comedias clásicas, nos decidimos a “autobautizarnos” TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES), recorrió los más diversos e insólitos lugares, llevando a cuestas esa “Cabalgata Evocativa del Sainete Rioplatense”, cuyo único decorado era una soga con ropa tendida. Estuvimos en la sala Enrique Muiño del Centro Cultural San Martín, en la Parroquia Santa María de Betania, en el Colegio Carlos Pellegrini, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, en el Complejo Turístico de Chapadmalal y hasta en un Cuartel de Bomberos de Florencio Varela. El espectáculo, de dos horas de duración, era fundamentalmente una muestra de fervor contagioso, de libertad creativa y de irreverente amor por la vida humilde, laboriosa y romántica de una época, no tan lejana en el tiempo pero muy distinta en cuanto a valores éticos o ideológicos a la que le tocaba transitar a los jóvenes teatristas del Teatro de la UBA, tan próxima como estaba la amenaza de una dictadura agobiante y cercenadora. Hoy, en los inicios de 2017, no hay sombras de dictaduras en esta Argentina confundida, cuyo rumbo no parece demasiado preciso y lo que más me duele, como anciano que recuerda aquella época idealista del TUBA, es que los jóvenes de la actualidad no se atrevan a empujar con la fuerza de sus músculos, la telaraña de los sueños que merecen ser concretados.
sábado, 4 de febrero de 2017
CONTRADICCIONES DE FONDO Y DE FORMA, QUE HACEN AL TODO
Cuando yo –Ariel Quiroga-, llegué a la Universidad de Buenos Aires (más precisamente a una llamada “dirección de cultura”), a mediados de 1974, con 34 años a cuestas, era como Hombre de Teatro el producto de veinte años de militancia dentro del movimiento de Teatros Independientes. Una militancia no carente de contradicciones. Porque los teatros independientes cobijaban, en igual medida, a esteticistas de ultra derecha, un tanto feminoides y a jóvenes obreros, enrolados en las varias corrientes de izquierda, para los cuales el teatro era sólo un medio para llegar a concientizar en las problemáticas sociales a los amantes del teatro tradicional (el “teatro burgués”, como se le decía despectivamente). En los teatros “esteticistas” (donde hubo puestistas renovadores, como Marcelo Lavalle, creador junto al arquitecto Hernán Lavalle Cobo, del Instituto de Arte Moderno), se montaban obras de Tennesee Williams o de James Joyce o de Paul Claudel. Por su lado, los teatros de izquierda montaban a Andrés Lizarraga, a Osvaldo Dragún, a Arthur Miller o a Carlos Gorostiza. En mi caso, me había formado en un grupo llamado “Los pies descalzos”, a las órdenes de un director extremadamente refinado: Francisco Silva, que era un especialista en Lorca, en Jean Anouilh y en Gabriel D’Anunzio. Pero luego había estado unos cinco años en Nuevo Teatro, la fortaleza inexpugnable de los teatros de combate, con Alejandra Boero y Pedro Asquini a la cabeza de un ejército de “forajidos”, encabezados por el inefable Héctor Alterio, cuya causa era la de la consigna de Romain Rolland: “El teatro será Pueblo, o no será nada”. Con ese bagaje de tendencias contradictorias y algunas puestas en escena que me dieron notoriedad: la de “La Arialda”, de Giovanni Testori, un escritor de izquierda que había brindado a Luchino Visconti el cuento “Il ponte della Ghisolfa”, punto de partida del guión de “Rocco y sus hermanos” o la de “Historia de Pablo”, basada en la novela “Il compagno”, de Césare Pavese o la de “Magia roja”, de Michel de Ghelderode o “El viaje”, de Georges Schehadé, llegué en 1974 a la Universidad de Buenos Aires (sin haber pasado antes por sus aulas), para crear un Centro de Drama que terminaría siendo, durante nueve años seguidos, el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, o como lo conocía el público de la calle: “El TUBA”. Será por eso que el TUBA pudo resistir los ataques permanentes, día a día, de esa “dirección de cultura” facciosa de la que le tocó depender: porque si montábamos una obra de marcado tinte “revolucionario” (como el “WOYZECK” de Georg Büchner, que nos fue prohibido a la tercera representación, acusándosenos de “propender a la infiltración marxista”), también montábamos textos de exaltado preciosismo e “incontaminada” belleza, como la “FEDRA”, de Jean Racine o la “TRAGEDIA FLORENTINA”, de Oscar Wilde. Producto de varias corrientes contrapuestas, yo era un Hombre de Teatro carente de filiación política partidaria, pero abierto a todas las posturas estético-filosóficas del drama representado y eso es lo que caracterizó al TUBA como un TEATRO DE REPERTORIO, en el que Terencio y Plauto pudieron “convivir” saludablemente con Anton Chéjov o con Armando Discépolo, o hasta con el irreverente “borrachín de la Ribera”: el genial anarquista Enrique Wernicke. Ilustran este capítulo fotografías de dos montajes “antagónicos” del TUBA: el descarnado de “Woyzeck”, de Büchner y el plásticamente muy bello de “Comedia de errores”, de Shakespeare.
viernes, 3 de febrero de 2017
LA REDENCIÓN POR VÍA DEL AMOR
El Tuba puso en escena, a lo largo de sus nueve temporadas consecutivas, muchas obras de distintas épocas que apuntasen a producir un encuentro con la juventud de esos años (1974 – 1983), en una época en que todo intento de participación de los jóvenes, universitarios y no universitarios, era ferozmente sojuzgado.
Pese a tantas amenazas, censuras, detracciones y catástrofes (como el incendio intencional de 1979, en el que se perdieron decorados, trajes, elementos de utilería y material literario imposible de recuperar), el TUBA logró sobrevivir nueve años y convocar a una corriente de público verdaderamente multitudinaria.
El pequeño video que encabeza esta nota es un ejemplo de todo lo bello y testimonial que el TUBA logró concretar: el estreno (tardío estreno) en Argentina de la tenue comedia de Henrik Ibsen “LA NOCHE DE SAN JUAN”. Fue una historia de jóvenes para jóvenes, donde a través del embrujo de las hogueras de la noche de San Juan, se celebraba al amor juvenil como única posibilidad de redención, frente a lo impiadoso del arremeter genocida que asolaba a nuestra Patria.
domingo, 29 de enero de 2017
LOS RECUERDOS DE DANIEL HADIS... ¿Y EL RESTO DE AQUELLOS OTRORA JÓVENES INTEGRANTES DEL TUBA...?
Séneca, mi filósofo favorito de la antigüedad, menciona el tema de los recuerdos en su “Brevedad de la vida” y dice: “Los recuerdos, tu única pertenencia, acudirán a tu memoria cuando más los necesites y ni bien los convoques”. (Ojo: lo acabo de escribir a mi manera; traductores mediante, vaya a saberse si Séneca lo expresó exactamente así). Lo cierto es que los recuerdos nos acompañan toda la vida y por eso debe ser muy triste cuando las personas pierden la capacidad de recordar. Por aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA), pasaron cientos de jóvenes estudiantes de todas las carreras, que por el lapso de una semana, un mes o de varios años, prestaron su fervor, su incontaminado ENTUSIASMO, al servicio de un TEATRO DE REPERTORIO, que no paró un solo día durante nueve años, de montar espectáculos para ofrecerlos gratuitamente, descubriendo autores ignorados o celebrando a los consagrados de todas las épocas y todos los estilos. En estos días he recibido el testimonio de los recuerdos de uno de aquellos otrora “jóvenes apasionados del TUBA”: el de Daniel Hadis, el que abrió la brecha de incorporar, en 1982, a autores universitarios con su “El día que mataron a Batman”, una urticante burla a los adoradores de los héroes impuestos en nuestras latitudes Sudamericanas, por las revistas de comics elaboradas por las mentes demenciales de los fabuladores del Norte.
Voy a reproducir a continuación lo que me ha escrito Daniel Hadis, generándome la incógnita de poder saber qué recuerdan de aquel lejano TUBA todos cuantos en sus talleres y su escenario, depositaron tanta entrega de PASIÓN AL SERVICIO DE LOS DEMÁS, en tiempos en los que la persecución y la muerte eran la única “pasión” posible para los crápulas genocidas: “Mi MUY QUERIDO Ariel: Periódicamente entro al Blog en búsqueda de tus andanzas "escritóricas" (más que literarias). Invariablemente leo los nuevos posts, pero también vuelvo a releer una y otra vez más los anteriores; y cuando me topo con aquellos que refieren a mi breve estancia (1981/83, creo) y con rostros conocidos, me suceden tres cosas: Mis ojos se humedecen, me corre un escalofrío por el alma y se apodera de mi ánimo una nostalgia infinita. "Sólo cuando se es viejo se tiene derecho a vivir de recuerdos", dijo alguien. ¿Estaré viejo entonces? Digo, porque los recuerdos que se me vienen a borbotones uno tras otro, de momentos extremadamente felices, del éxtasis orgásmico de sólo traspasar aquella pesada y herrumbrada puerta de calle del 2038 no se han repetido, ni se volverán a repetir ya nunca jamás. Quien no pisó aquel escenario por el que daba cierto temor caminar (temor de que se cayera a pedazos, digo). . . ¿podrá emocionarse como yo lo hago al leer tus historias? No sé. No lo creo. Extraño mucho, MUCHO aquellas noches de ensayos, de armados, de limpieza, de volanteadas cagándonos de frio los viernes de invierno... mis trasnoches esperando horas sentado en Radio RIvadavia a Miguel Angel Merellano, en Mitre a Alejandro Mancini o en Continental a Jorge Beillard... para que me dieran 5 minutos para hablar del Tuba; y al otro día tempranito a laburar!!! A mis casi 63 volvería a hacerlo!!! Y eso es lo bueno, Ariel, ¡¡¡ Que volvería a hacerlo !!! Creo que en un afán egoísta: Sólo para volver a sentir aquel éxtasis orgásmico del que te hablé. Bueno, "me fui de mambo" como dicen los pendejos.”. GRACIAS DANIEL HADIS, por recordar al TUBA y respecto a tus dudas sobre si aquello podría repetirse hoy, esa es precisamente mi testaruda incógnita: ¿POR QUÉ NADIE SE LARGA A HACER OTRO TUBA O ALGO QUE SE LE PAREZCA, EN LUGAR DE PERDER EL TIEMPO EN TRATAR DE HACERSE FAMOSO EN LA TELEVISIÓN…????.
ALBERTO WAINER: AUN DESDE EL EXILIO, UN FORJADOR DEL TUBA
Del capítulo anterior de este Blog, referido al “tiempo perdido de los jóvenes en Argentina”, recibí algunos comentarios que vale la pena que estén presentes aquí, por su significado. Uno de esos comentarios me llegó vía correo electrónico, de parte de Alberto Wainer y lo transcribo seguidamente: “Leí la continuación de ese viaje por el mundo de tus recuerdos, que constituyen una crónica del TUBA. Me enorgullece ser parte de todo eso y, a la vez, haber sido sustraído de su realización. Seguí, no parés de recordar, que todos recordamos y viajamos con vos. Un abrazo Ariel. El jueves cumplí 78 años ¿Y vos hablás de viejo?”. Es importante que Alberto Wainer me escriba, porque Alberto Wainer ES importante. Puede leerse su extensa trayectoria literaria en el sitio http://albertowainer.com/, pero además Alberto Wainer TAMBIÉN es importante por su inabdicable militancia política, que lo llevó al exilio precisamente en esos años en los que la muerte y el miedo sojuzgaron a la Argentina. Los que hicimos el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA), queremos mucho a Alberto Wainer, porque en un teatro de repertorio que bajaba las obras de cartel por simple programación previa, o sea: un teatro que no buscaba “éxitos de taquilla”, simplemente porque en el TUBA el ingreso de los espectadores era LIBRE y GRATUITO, Alberto Wainer nos proporcionó –sin él saberlo, porque estaba en España, exiliado-, uno de los “grandes éxitos” –sobre todo en cuanto a concurrencia de jóvenes-, de la historia del TUBA. El curioso título que agrupaba dos obras cortas de disímil estilo: “CORRETE UN POCO”, debía tener algún tipo de “gancho” para aquella muchachada de los años setenta, privada de todo lo que pudiese ser tenido por “transgresor” por las infames hordas de la dictadura y evidentemente ir a ver algo, sin pagar un centavo, que se llamase “CORRETE UN POCO” y encima, en un teatrucho hecho por universitarios… bueno, hizo que se volcasen verdaderas multitudes de jóvenes a nuestra pequeña salita de Corrientes 2038 y fue ese el motivo por el cual “CORRETE UN POCO”, que figuró en la cartelera del TUBA de 1976 (un año desafortunado por el golpe de estado del 24 de marzo), volviese con la misma puesta en escena pero diferentes actores, en la temporada de 1979. ¡Y SIEMPRE CON EL MISMO ÉXITO…!!! Un éxito que vale la pena destacar, porque no era producto de costosas promociones ni de haber nombres “rutilantes” en el cartel. Era el éxito incomparable del “boca a boca”, al punto que en la oficina pública donde trabajé 46 años (¡pobre de mí!), vino un día una compañera, “la vieja Pérez” (que era una gallega genial) a comentarme que su nieto había ido a ver una obra que lo había encantado, que se llamaba “Correte un poco”. No le aclaré a la vieja Pérez, a la que le hacíamos todas las maldades habidas y por haber (y que le encantaban, porque era una vieja pícara), que esa obra que le había gustado tanto a su nieto la dirigía yo, en el “glorioso” (aunque pobre de solemnidad) TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES (el TUBA). Gracias, enormes y emocionadas Gracias, Alberto Wainer y felices e inclaudicables 78.
viernes, 27 de enero de 2017
EL TIEMPO PERDIDO DE LOS JÓVENES EN ARGENTINA
Los nacidos en Argentina a partir de 1983 son jóvenes todavía. Tienen 33 años, o 25 o apenas 16, si nacieron en el 2000. Ninguno de ellos conoció la dictadura, la horrenda dictadura que empezó a gestarse antes del 24 de marzo de 1976 y que permaneció hasta casi fines de 1983. No haber vivido en dictadura los salvó de morir, de sufrir torturas y vejaciones, de haber sufrido la desaparición de sus padres, o de sus hermanos o de sus amigos, o de sus profesores o de los hombres y mujeres de pensamiento esclarecido, que intentaron luchar contra esa dictadura. Pero también los privó de algo importante: EL TENER IDEALES POR LOS CUALES VIVIR PELIGROSAMENTE.
Los jóvenes que hoy van a las fiestas electrónicas para jugar a la ruleta rusa con las drogas sintéticas o con el alcohol; los que se anotan en cuanto reality en el que puedan dar rienda suelta a sus represiones sexuales o su afán de exhibicionismo… no saben lo que es verdaderamente el miedo, la sensación constante de sentir que se está siendo espiado, seguido, amenazado. Los cientos de jóvenes que durante casi una década compartieron los talleres de fabricación de espectáculos del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES y que cada noche salían por las calles del centro de Buenos Aires a repartir sus volantes impresos clandestinamente, sabían que esos autitos de la policía que los seguían a marcha lenta, podían ser los que los transportasen a “eso” de lo que se hablaba en voz baja y que no se sabía del todo bien si realmente existía o eran producto de la imaginación: los centros clandestinos de detención, que recién después de asumir el primer gobierno democrático, el del Dr. Raul Alfonsín, se supo que eran, que habían sido, una tenebrosa realidad.
De ese TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, surgido prácticamente de la nada a mediados de 1974, en un edificio en ruinas de la Universidad de Buenos Aires sito en la Avenida Corrientes al 2038, surgieron obras de Terencio, Moliere, Ibsen, Roberto Cossa, Florencio Sánchez, Shakespeare, Esquilo, Lope de Rueda, Armando Discépolo, Pedro Calderón de la Barca y decenas de autores más, clásicos y modernos… se concretaron en nueve temporadas consecutivas 1.163 representaciones con acceso libre y gratuito… giras a universidades y centros culturales del conurbano y el interior… y todo ello llevado a cabo bajo un clima de severa vigilancia, de aberrantes censuras (como la “Woyzeck” de Georg Büchner en 1978, por adjudicársele la intención de “propender a la infiltración marxista”), de agobiantes detracciones, como el incendio de todo el material literario, de vestuarios y elementos de utilería, en 1979… Los jóvenes de hoy en Argentina tienen la posibilidad de volcar su pasión por hacer y su entusiasmo por realizarse, en algo más altruista pero también más significante, que anotarse en realitys para intentar ser “famoso” y ganar alguna plata por un ratito… tienen la posibilidad de edificar TEATROS UNIVERSITARIOS DE REPERTORIO, como lo fue el TUBA, pero sin la aplastante sombra de una dictadura sobre sus cabezas. ¿Qué están esperando para largarse a hacerlo…? Háganlo de una vez por todas y no esperen que nadie les regale nada. El TUBA se hizo sin nada y llegó a ser un Teatro con mayúsculas. No lo olviden: EL FUTURO ES DE USTEDES, PERO POR PREPOTENCIA DE TRABAJO.
domingo, 7 de agosto de 2016
UNA VIDA COLMADA DE IDEALISTAS REALIZACIONES ASEGURA UNA VEJEZ LLENA DE HERMOSOS RECUERDOS
Hoy cumplo 76 años. Cada año, cuando llega el 7 de agosto, me pregunto: “¿Hasta cuándo…?”. Mi vida está cumplida; harto cumplida. Camino mucho todas las tardes, con mi perrita IFI, por esas calles silenciosas de Mar del Plata, la ciudad de mi destino final y también disfruto de la cercanía del mar, sobre todo en invierno, cuando no hay turistas. Pienso y escribo… escucho mis discos de María Callas, de Bruno Walter, de Giuseppe Di Stefano, de Claudio Abbado… Vuelvo a ver mis cientos de películas preferidas, ahora en BLU-RAY, como “Senso”, de Visconti; “Adiós a las armas”, de Charles Vidor o “Al este del paraíso”, de Elia Kazan, sin olvidarme de “Los primos”, de Chabrol o “Una noche en la Opera”, de los Hermanos Marx.
Si algo tiene de muy disfrutable esta edad de los 76, es la posibilidad de seguir recordando. Giordano Bruno, el mártir de la Inquisición, escribió sobre El Arte de la Memoria y yo, insignificante anciano lleno de recuerdos, celebro haber tenido una vida colmada de acontecimientos recordables, cosechados en una intensa y apasionada VIDA DE TEATRO.
A los dieciséis años ya militaba en los grupos de teatro independiente y mientras trataba de terminar la escuela secundaria, actuaba a las órdenes de un genio como Francisco Silva en aquellas legendarias carpas municipales, instaladas precariamente en plazas y paseos, sin baños y con hasta cuatro obras en cartel simultáneamente.
Después, ya hacia los 24, vinieron las obras montadas en calidad de “director de escena”, una faena en la que busqué obstinadamente seguir las enseñanzas de Jean Louis Barrault y plasmar en mis puestas mi admiración absoluta por Luchino Visconti.
Cercano a los 30, se dieron tres años seguidos (1967, 68, 69) en los que pude montar obras que desafiaron a los críticos más urticantes, a tener que emplear epítetos laudatorios nunca imaginados por sus acendradas mezquindades. “EL VIAJE”, de Georges Schehadè; “HISTORIA DE PABLO”, de Cesare Pavese; “EURIDICE”, de Jean Anouilh; “LA ARIALDA”, de Giovanni Testori; “MAGIA ROJA”, de Michel de Ghelderode; “LUCRECIA BORGIA”, de Victor Hugo; “EL PROFANADOR”, de Thierry Maulnier; “EL DOCTOR Y LOS DEMONIOS”, de Dylan Thomas; “UN FENIX DEMASIADO FRECUENTE”, de Christopher Fray… un bagaje de producciones concretadas en sólo tres años (y me estoy olvidando de algunas), que me hubieran servido de trampolín para convertirme en “un realizador importante”. ¿Importante…? ¿Qué es “ser importante” frente a la posibilidad de concretar un sueño, en el cual la “importancia” a nivel personal no interesa…?. A los 34 años, casi por casualidad, logré concretar mi sueño, anhelado largamente, de crear UN TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, que terminó siendo este “TUBA-El Teatro de la Universidad de Buenos Aires”, cuyo derrotero histórico de casi una década ocupa las páginas de este Blog, armado en base a testimonios dispersos, a partir del año 2010, cuando ya hacían 27 años que el TUBA había tenido que cerrar sus puertas, hostigado con perversidad digna de mejor causa por la propia Universidad que le ponía su membrete en los programas de mano.
Llegar a los 76 años con los recuerdos vívidos de haber hecho algo tan portentoso como aquel TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES, es un privilegio que agradezco a la Providencia y una modesta invitación de mi parte (como viejo “aconsejador” que intenta seguir enseñando algo valedero a los jóvenes con los que quise trabajar siempre), a no prenderse en burdas tentaciones de “tener éxito fácil” y “ganar plata fácil”, porque todo eso pasa pronto y no deja nada. En cambio, una travesía llena de desafíos, de necesidad de entrega total de las energías creadoras y sobre todo del entusiasmo más desinteresado por aportar algo a los otros, como puede ser la creación de TEATROS UNIVERSITARIOS, TEATROS LIBRES, TEATROS NO COMERCIALES, TEATROS CON ACCESO GRATUITO PARA EL PUBLICO EN GENERAL, TEATROS DE REPERTORIO, donde los clásicos y los modernos convivan armónicamente… eso es trabajar por una ancianidad llena de recuerdos hermosos, como es esta ancianidad mía de hoy, que cumplo mis 76 años. “Gracias a la Vida, que me ha dado tanto”, aunque habiendo nacido en el día de San Cayetano, tuve que trabajar mucho para hacer todas las cosas que hice… ¡Y qué saludables que fueron todas esas fatigas…!!!.
En la foto, año 1975: primera temporada del TUBA, estoy libreto en mano, en el escenario del Teatro San Martin, durante la función inicial de “EL SAINETE RIOPLATENSE”, una cabalgata en la que intervinieron los primeros cien integrantes de ese Teatro, que durante nueve años ininterrumpidos congregó una corriente de público multitudinaria, brindando obras nunca representadas en Argentina de Esquilo, Moliere, Plauto, Terencio, Georg Buchner, Jean Racine, Anton Chejov, Henrik Ibsen, Alexander Puchkin y muchísimos autores más.
martes, 19 de julio de 2016
EL TUBA, UN "TEATRO DE VERDAD" AL QUE NADIE QUISO DARLE CONTINUIDAD
Cuando se me dio la oportunidad de concretar un sueño largamente acariciado: la creación de un TEATRO UNIVERSITARIO en mi ciudad natal, Buenos Aires, yo tenía 34 años. Era agosto de 1974 y en unos días más, agosto de 2016, voy a cumplir (si la Providencia no dispone lo contrario), la friolera de 76. El TUBA logró existir a fuerza de “prepotencia de trabajo” y fue, durante nueve temporadas consecutivas (1974 – 1983), un TEATRO DE VERDAD (valga la paradoja, puesto ¿qué debería ser un teatro que se crea de la nada, sino UN TEATRO DE VERDAD…?). En los 33 años que van desde el forzoso cierre del TUBA, en 1983, lo sorprendente es que a nadie se le haya ocurrido volver a instalar un TEATRO DE VERDAD en la Universidad de Buenos Aires. ¿En qué falló el TUBA, para que nadie tratase de darle continuidad, máxime que en el edifico donde hizo la mayor parte de su historia (Corrientes 2038, en pleno centro de Buenos Aires), se erigió hacia 1985 el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, con mucho mejores condiciones que las que le tocó padecer al TUBA, cuando ese histórico solar de la UBA era un barracón en ruinas, atestado de ratas y plagado –además-, de otro tipo de roedores (de uniforme y de civil, en esos años aciagos en los que tantos jóvenes fueron sacrificados). Tal vez el TUBA debió haberse contentado con ser un AULA DE APRENDIZAJE DE LA ACTUACION, sin involucrarse en esa faena ardua, pero fascinante, de montar espectáculos y ofrecerlos al público, con hasta seis o más montajes EN ALTERNANCIA, una disciplina extenuante, alucinante, que implica –por ejemplo- dar a conocer un clásico como Esquilo o Molière, un moderno como Ibsen o Pirandello y un autor nacional, contemporáneo, como Juan Carlos Ghiano o Roberto Cossa, EN UNA MISMA SEMANA…!!!. Para demostrar que el TUBA logró ser (solito, con el conjunto de las voluntades jóvenes de sus cientos de integrantes universitarios y sin el menor apoyo presupuestario ni técnico de la Universidad), un TEATRO DE VERDAD, valga el recuerdo de lo que significó, en su tercera temporada, la de 1977, la puesta en escena en carácter de estreno, de la obra de la dramaturga argentina fallecida años antes, Martha Lehmann: “LA OFENSIVA”. Para “La ofensiva” hubo que construir un decorado corpóreo (como los que se acostumbran en los grandes teatros profesionales), que tenía de todo: muebles enormes, techo, arañas de alabastro, ventanas, puertas… todo lo necesario para recrear el ambiente de una pensión de los años cuarenta y cincuenta, cercana al puerto de Buenos Aires. Eran años en los que se temía que la Argentina pudiese llegar a ser invadida por alguna potencia extranjera, de las que habían logrado la victoria de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, en conocimiento de que nuestro suelo había servido de refugio para muchos genocidas del derrotado nazismo. La historia de “LA OFENSIVA” mostraba a un grupo de personas inertes, adormecidas en su quietud ociosa de todos los días absolutamente iguales y grises.
El acierto del texto de Martha Lehmann sera la "vuelta de tuerca", por medio de la cual uno de los habitantes de la pensiòn -precisamente un estudiante universitario, lograba convencer al resto de los huespedes de que LA OFENSIVA, de verdad, se estaba produciendo y era entonces cuando aquellos seres grises y opacos, TOMABAN CONCIENCIA de que la Patria debia ser defendidida a toda costa y comenzaban los preparativos para el inminente enfrentamiento. Al final, todo se descubria... pero ya sus vidas no volverian a ser iguales...
La construcción de las paredes de ese enorme decorado la hicimos entre todos, en base a lo que diseñó uno de los integrantes del elenco, que estudiaba arquitectura. Como veterano hombre de teatro, les enseñé a mis discípulos “el arte de la guindaleta”, que consistía en una forma práctica de lograr que la caja escénica no se tambalease durante las funciones, mediante el enlace de cuerdas estratégicamente ubicadas en cada juntura de los paneles del decorado. “LA OFENSIVA” fue, lo que en le jerga teatral de los viejos profesionales, se denomina UN ÉXITO ABSOLUTO. Estuvo todo el año 1977 en la cartelera del TUBA, desde marzo a diciembre, totalizando 83 funciones, en simultaneidad con otros dos espectáculos: “Jácaras y mojigangas” y “El alma del suburbio” y un Ciclo de Teatro Leído que iba los sábados por la tarde. No se la pudo “sacar” nunca de Corrientes 2038, en nuestras habituales recorridas por las Facultades y centros culturales de la ciudad, porque todo su mobiliario y su escenografía eran prácticamente “intrasladables”. La llevamos al Teatro Municipal de Rio Cuarto (Córdoba), en septiembre, pero debimos ingeniárnosla para armar allá una suerte de réplica del decorado de Buenos Aires. En concreto: con “LA OFENSIVA” el TUBA pudo demostrar que podía ser UN TEATRO DE VERDAD, en tiempos en los que el precario escenario de la sala de Corrientes 2038 (hoy llamada Sala Batato Barea), debía ser compartido con el enorme entarimado del Coro Polifónico de Ciegos ¡Y CON SU PIANO DE COLA…!!!. Vuelvo al interrogante del comienzo de esta nota: ¿En estos 33 años de ausencia de un TEATRO UNIVERSITARIO en la Universidad de Buenos Aires… no se quiso o no se pudo volver a erigir UN TEATRO DE VERDAD, como buscó y consiguió ser el TUBA, pese a tantas dificultades, detracciones y faltas de apoyo como se le opusieron en el camino…? A continuación, una serie de fotografías tomadas durante algunas de las 83 representaciones de “LA OFENSIVA”, en 1977, en el escenario del TUBA:
miércoles, 13 de julio de 2016
EL TUBA TODAVIA ESTA VIVO
El TUBA (que se autodenominó primero TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES y a partir de su quinto año de vida, la Universidad de la cual dependía lo obligó a llamarse TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (una forma implícita de oficialización, que nunca se concretó en papeles resolutivos), todavía está VIVO, a 33 años de su forzado cierre, en 1983.
Pasa que yo tenía guardadas algunas cintas grabadas en los viejos casetes, de varios de sus espectáculos. Encontré en estos días la de “JÀCARAS Y MOJIGANGAS”, que se hizo en la temporada de 1977, en alternancia con “LA OFENSIVA”, de Martha Lehmann y “EL ALMA DEL SUBURBIO”, un collage sobre el ambiente suburbano, compuesto por obras breves de Florencio Sánchez, Pedro E. Pico, José González Castillo, glosas de Ernesto Sábato e Ignacio B. Anzoátegui y poemas de Evaristo Carriego.
Descubrí que en un localcito escondido al fondo de una galería, aquí en Mar del Plata, la ciudad donde transcurren mis años de vejez desde hace ocho, hacen copias a CD de esos antiquísimos casetes y desde ayer tengo de nuevo, es espléndido sonido estereofónico, la grabación integral de una función de hace TREINTA Y NUEVE AÑOS de las “Jácaras y mojigangas” del TUBA, en las que revivíamos la vida trashumante de los cómicos de la legua, junto con los entremeses y pasos de comedia del insigne Lope de Rueda (padre del teatro español) y hasta una adaptación del “Quijote” cervantino debida a Francisco de Ávila.
Volver a escuchar, como lo hice ayer por la tarde, las voces jocundamente vitales de aquellos tempranos oficiantes del TUBA… de una Analia Yunis, un Gustavo Lespada, una Alicia Diez, un Daniel Toppino (descollante juglar que hacía las presentaciones de los entremeses), de un Mario Azcona, un Héctor Becerra, un Horacio Baldasarre (que aparece, exultante, en la foto superior), una Susana Canosa, un Osvaldo Mazaglía, una Marta S. Gil, un Carlos Lanari, el lamentado Juan José Noto, que falleció tan joven y los “veteranos” Jorge Fargas, abogado y Carlos Gascón y Néstor Menini, actores provenientes del mundillo de los teatros vocacionales (¿qué será hoy de todos ellos… entre los que había estudiantes de derecho, de medicina, de arquitectura, de filosofía y letras y hasta un cocinero que trabajaba en el Hospital de Clìnicas…?), fue sentir un estremecimiento y un maravillamiento difíciles de expresar con palabras. El TUBA fue capaz de aquellas hazañas de “glorificación del entusiasmo”, como lo fue volcar ante miles de espectadores jóvenes (porque venían a su sala en Corrientes 2038, aulas completas de colegios secundarios), un derrotero de altruismo, desenfado y lucha por la supervivencia, que hizo del teatro representado en plazas y establos, en atrios de iglesias y en mesones pueblerinos, la cimiente de un arte superior, como lo fue y lo sigue siendo, ese GRAN TEATRO DEL MUNDO edificado por Lope, Tirso de Molina y Calderón.
Hay un video de pocos minutos en YouTube, en el que se pueden escuchar algunos momentos de una de las representaciones de “Jácaras y mojigangas” de 1977, en el TUBA, pero el CD que desde ayer tengo en mi discoteca privada, abarrotada de óperas y conciertos y películas de todas las épocas y estilos, tiene –milagrosamente preservadas, con sus 39 años a cuestas-, esas voces alegres, desafiantes, insolentes en su plenitud, de aquella juventud del TUBA, que ni el tiempo ni la indiferencia de las posteriores autoridades culturales de la Universidad de Buenos Aires podrán acallar nunca, por más que se empeñen en lograrlo. El TUBA VIVE, mas allà de todas las muertes urdidas por la barbarie arrasadora de “la historia oficial”, la que pretender instalar que antes del Centro Cultural Rojas, en el solar de Corrientes 2038, en materia de teatro universitario, NO HUBO NADA.
miércoles, 6 de julio de 2016
LO QUE SE PODRIA HACER... PERO NO SE QUIERE HACER EN LA UBA, EN MATERIA DE TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO
En el capítulo (o Entrada) anterior de este Blog, se me ocurrió plantear la disyuntiva de por qué en la Universidad de Buenos Aires no volvió a existir un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERETORIO, a partir del cierre del TUBA en 1983.
Me puse a “curiosear” qué se está haciendo en el Centro Cultural Rojas en materia de teatro en estos momentos y me encontré con una propuesta escénica llamada “Proyecto Familia”, integrado por las obras “Inundación”, de Magdalena de Santo (que se ofrece los jueves a las 21, en un espacio de 30 localidades); “Un nuevo continente”, de Sofía Wilhelmi (que se ofrece tres viernes de julio, en ese mismo espacio de 30 localidades); "Caipiriña“, de Victoria Castelvetri (que se ofrece los cuatro sàbados de julio, en la sala Cancha) y “Casa expandida”, de Jessica Pinkus (que se ofrece tres viernes de julio en la sala Biblioteca).
Frente a este panorama del teatro en el Centro Cultural Rojas de la UBA (que funciona en el mismo edificio de Corrientes 2038 donde el TUBA hizo la mayor parte de su historia), caben –a mi entender-, algunas apresuradas reflexiones: En primer lugar, mientras que el TUBA buscó llegar con sus espectáculos a una convocatoria masiva de espectadores de todos los sectores sociales de la comunidad, el teatro en el Rojas se hace en espacios con sólo 30 o a lo sumo 60 localidades para eventuales asistentes. En segundo lugar, pero no menos importante: Mientras que las 1.163 representaciones que el TUBA llevó a cabo en sus nueve años de historia, fueron todas con acceso LIBRE y GRATUITO, en el Rojas se cobran entradas de $ 40, $ 60 y $ 80,-. (¿Podrán los estudiantes que quieran ver estas obras, pagar esas sumas por ver obras de carácter estrictamente experimental…?).
Por último: En el TUBA los repertorios no eran elegidos en base a temáticas (como, en este caso del Rojas, la temática de la familia), pero si así hubiese sido en alguna oportunidad, sobre el tema de la familia hubiésemos elegido obras tales como, por ejemplo, “En familia”, de Florencio Sánchez; “Los hermanos queridos”, de Carlos Gorostiza; “Reunión de familia”, de T. S. Eliot; “Las de Barranco”, de Gregorio de Laferrere o las notables “La casa de Bernarda Alba” y “Yerma”, de Federico Garcìa Lorca. ¡Ah…!: Y “El día que mataron a Batman”, de Daniel Hadis, que era estudiante de derecho e integrante del TUBA cuando se estrenò en 1982, también trataba un tema de familia…! ¡Y “La suegra”, de Terencio, que el TUBA estrenò, a 2.000 años de distancia, en el Teatro Nacional Cervantes en 1976, también trataba el tema de la familia, con un humor àcido que sacudìa todos los esquemas de las llamadas “buenas costumbres familiares”…!!! Es evidente que en la Universidad de Buenos Aires NO SE QUIERE HACER TEATRO DE REPETORIO. Y que tampoco se quiere hacer teatro para un público heterogéneamente masivo, ni mucho menos hacer teatro con acceso GRATUITO. ¡Qué lástima…!!!
martes, 5 de julio de 2016
UN DEBATE QUE ESTA PENDIENTE HACE 33 AÑOS: ¿POR QUÉ LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES NO QUISO TENER MÁS UN “TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO” DESPUES DEL TUBA…?
Hacen 33 años que el TUBA (el Teatro de la Universidad de Buenos Aires) se vio forzado a cerrar sus puertas, ante la insostenible hostilidad que durante los nueve años de su labor en continuidad, le propinaba la propia Universidad, bajo cuyo emblema institucional había sido creado, a mediados de 1974.
Treinta y tres años en los que la polémica sigue en pie: ¿Tiene razón de ser un TEATRO DE REPERTORIO, abierto al público, de acceso gratuito y conformado por estudiantes de diversas carreras, dentro de los claustros de una Universidad…?.
La historia de los legendarios teatros universitarios, surgidos a la vera del Humanismo, durante los Siglos XVI y XVII, en las antiguas universidades europeas, como Heidelberg o Alcalá de Henares, pareciera dictaminar que SI.
En el sur del continente americano, en Santiago de Chile, el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, creado en 1941, fue el punto de partida de un movimiento que prontamente se expandió por todo el territorio nacional y en la actualidad ningún chileno parece plantearse si la labor de los teatros universitarios debe seguir existiendo o no. Sin embargo, en la Argentina las cosas no han sido ni son tan claras y contundentes. El TUBA logró existir nueve años, “a duras penas”. Desde los primeros intentos de constituirse en un TEATRO DE VERDAD, con obras montadas y funciones regulares ante el público (como cualquier teatro, valga la casi redundante analogía, porque, ¿qué va a ser un teatro sino montar obras y darlas a conocer al público…?), el TUBA tuvo dificultades e impedimentos. Vale recordar la alarma que provocó en un funcionario de la dirección de cultura de la UBA, cuando en marzo de 1975 le comenté que íbamos a comenzar los ensayos de las obras del primer repertorio: “¡ENSAYOS…NO, QUIROGA, POR FAVOR NADA DE ENSAYOS…POR AHORA DELES CHARLAS Y NADA MÀS…!!!". ¿Qué podía haber de “amenazante” en el hecho de comenzar a ensayar “La montaña de las brujas”, de Julio Sánchez Gardel, que era una de las primeras obras programadas para el incipiente TEATRO DE REPERTORIO que me habían autorizado erigir dentro de la Universidad de Buenos Aires…?.
En mi imaginación de teatrista de 34 años, cansado de montar obras con elencos profesionales y tras una larga experiencia de más de veinte años en los grupos de teatro independiente (que para 1974 ya estaban en extinción), un TEATRO DE REPERTORIO en la Universidad era la posibilidad de acudir a los clásicos, a los modernos y a los contemporáneos, sin las limitaciones del factor ÈXITO, que condiciona inevitablemente a las compañías de teatro comercial.
Y una vez que el TUBA logró afianzarse como CENTRO DE DRAMA EN CONTINUIDAD, a partir de su tercera temporada de vida (1977), haciendo hasta CINCO funciones diferentes, cada fin de semana, en la sala de la planta baja del edificio de la avenida Corrientes al 2038, los clásicos, los modernos y los contemporáneos se fueron dando cita, alternadamente, hasta llegar a conformar un REPERTORIO digno de figurar a la par de los repertorios de las grandes instituciones teatrales, tanto de la Argentina (Teatro Nacional Cervantes o Complejo del Teatro San Martín), como del mundo entero.
Entonces, la pregunta que necesariamente hay que plantearse hoy, a 33 años de la desaparición del TUBA, es: ¿POR QUÉ NO PUDO VOLVER A HABER OTRO TEATRO DE REPERTORIO EN LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES…?. Haber dejado solo al TUBA, luego de su desaparición, en 1983… ¿no es evidencia de una, en verdad, inexplicable incapacidad para llevar adelante empresas que no dependan ni del dinero que las solvente ni de condiciones políticas “ideales”, que no siempre se dan, desgraciadamente, ni en la universidad de Buenos Aires ni en el resto de nuestra querida República Argentina. El TUBA se “auto sustentó”, porque la Universidad no le aportaba nada, más que una mísera caja chica que sólo alcanzaba para comprar clavos y alguna lámpara que se quemase en los focos de la iluminación del escenario y en cuanto a condiciones políticas, no las pudo haber peores a lo largo de su historia de nueve años, habida cuenta que siete de esos nueve fueron los de imperio del terror de una dictadura despiadadamente genocida.
El TUBA se hizo con voluntades jóvenes dispuestas al altruismo y a no medir el esfuerzo a cambio de ninguna paga. Los estudiantes de las más diversas carreras que habitaron los talleres actorales, técnicos y artesanales del TUBA a lo largo de sus nueve años de existencia (se calculan en alrededor de 1.600) no necesitaron de otro aliciente más que la satisfacción de hacer las cosas POR AMOR A LAS COSAS y concretaron cientos de espectáculos muy bien montados (ver fotos a continuación de este texto), siguiendo el axioma de Jean Louis Barrault que yo, su director, les inculcaba cariñosamente: LA TEORÌA NO ES NADA DIFÌCIL… PERO MÁS FÀCIL AUN ES LA PRÀCTICA.
¿No sería hora de que entre tantos coloquios y mesas redondas sobre el tema TEATRO, que se suelen llevar a cabo tanto en el Centro Cultural Rojas de la UBA, como en otros centros o foros culturales de la ciudad de Buenas Aires, se plantease esta disyuntiva…?: ¿POR QUÉ NO HUBO NUNCA MÁS UN “TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO” EN LA UBA, DESPUÈS DE LA DESAPARICIÒN DEL TUBA…?. Dejo picando la pelota, como se suele decir…
jueves, 18 de febrero de 2016
A CUARENTA AÑOS DEL DEBUT DEL TUBA EN EL CERVANTES, CON SU PRIMER REPERTORIO
Pronto se van a cumplir cuarenta años de la presentación en el Teatro Nacional Cervantes del TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES con su primer repertorio: “LA SUEGRA”, de Terencio; “LOS CAUTIVOS”, de Plauto y “EL DÍSCOLO”, de Menandro.
Ningún elenco nacional, ni siquiera la ilustre Comedia Nacional dirigida por Don Orestes Caviglia (1956 – 1960), había logrado hacer “REPERTORIO” (varias obras en simultaneidad en una misma temporada), algo que era habitual en las presentaciones de elencos extranjeros, tanto en el Cervantes como en otras salas oficiales y privadas de la Ciudad de Buenos Aires. Compañía francesas, como el Teatro de Francia, dirigido por Madeleine Renaud y Jean Louis Barrault o el TNP (el Teatro Nacional Popular), dirigido por Jean Vilar, con María Casares y Gerard Philppe a la cabeza, o compañías inglesas, como el Old Vic o italianas, como el Piccolo Teatro de Milán, dirigido por Giorgio Strehler o el elenco itinerante dirigido por Vitorio Gassmann, venían a Buenos Aires con hasta seis obras en su REPERTORIO, que se daban alternadamente en una misma semana.
Ese TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES que inauguraba nombre propio al presentarse en el Cervantes, abriendo la temporada del año 1976 del gran teatro legado por María Guerrero, era la resultante de un llamado a inscripción en las facultades dependientes del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires, a fines de 1974.
Mi idea, mi añejo proyecto de crear un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, había sido presentado a la Dirección de Cultura de la UBA a mediados de 1974. A la convocatoria inicial acudieron unos 230 jóvenes, provenientes de las carreras más diversas, desde Medicina a Ciencias Exactas, desde Veterinaria a Filosofía y Letras… Llegaban con la aspiración de PARTICIPAR, sin tener la menor idea de qué era eso de “ERIGIR UN TEATRO DE REPERTORIO”, que fue lo primero que les dije cuando los reuní en un gimnasio polvoriento, en el último piso del edificio en ruinas de Corrientes 2038, en pleno centro de Buenos Aires.
Todo 1975 esa agrupación informe, condenada a deambular por oficinas atestadas de escritorios y ficheros metálicos, o patios a la intemperie vecinos a la Morgue Judicial, en los fondos de la Facultad de Ciencias Económicas, había recorrido centro culturales, parroquias, almacenes de ramos generales del conurbano y hasta cuarteles de bomberos en Florencio Varela, representando una Cabalgata Evocativa de los años de auge y decadencia del llamado Género Chico Nacional: EL SAINETE RIOPLATENSE. También habían estado en el Centro Cultural San Martín, en la Biblioteca Popular de Olivos, en el salón de actos del Colegio Carlos Pellegrini y en la sala de cine de la empresa Subterráneos de Buenos Aires, en el barrio de Once.
Eran más de cien chicas y muchachos, que daban vida a ese mundo epigramático del viejo sainete, que había surgido de la mezcla de historias de los inmigrantes y los criollos, en los patios de los conventillos. El único decorado del espectáculos de dos horas de duración, era una soga con ropa tendida, que se colgaba y se descolgaba en cada ámbito dónde fueran a parar con sus glosas y sainetes de Vaccareza, Pedro Pico, Roberto Cayol, Florencio Sánchez, Alberto Novión, José González Castillo, Nemesio Trejo y muchos más…
Pero también durante 1975, sin tener sala propia ni nombre propio ni nada, ese incipiente grupo universitario de teatro, dependiente de una Dirección de Cultura abúlica, indiferente y sobre todas las cosas: peligrosamente tendenciosa, había estado preparando en secreto su PRIMER REPERTORIO. Como los teatros universitarios de Salamanca y Alcalá de Henares, había acudido a los clásicos de veinte siglos atrás, los que aleccionaban sobre la condición humana, satirizando y clavando filosos aguijones en las costumbres (las malas costumbres) y la soberbia de los que se creen “estar por encima” de los que bregan todos los santos días por subsistir y tratar de realizar sus postergados sueños.
No éramos tontos; sabíamos que con obras actuales no se podía cuestionar lo que pasaba (y lo que estaba por pasar) en esa Argentina oprimida, siempre sometida a vaivenes de izquierda y de derecha, de los cuales el único que terminaba pagando el pato era el pueblo.
Y fue así como, teniendo montado nuestro PRIMER REPERTORIO, que habíamos llevado hasta un hotel de Chapadmalal y a unos cuántos lugares más, me largué a pedir una entrevista con el director del Teatro Nacional Cervantes, que era en ese momento el profesor Néstor Suárez Aboy. Le interesó enseguida el proyecto. El Cervantes solía recibir la visita de otro elenco universitario, pero de larga y fructífera trayectoria: El Teatro Universitario de Tucumán, creado y dirigido por Boyce Días Ulloque.
Súarez Aboy sólo me pidió ver algunos ensayos y sin titubear me dijo: “Vamos, lo hacemos”. De inmediato me preguntó: “¿Cómo se llama la compañía…?” y me salió de cuajo la respuesta: TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES.
Los de la Dirección de Cultura se desayunaron tarde. Cuando se enteraron, ya estábamos debutando en el Cervantes, con “LA SUEGRA”, de Terencio; “LOS CAUTIVOS”, de Plauto y “EL DÍSCOLO”, de Menandro, en ALTERNANCIA. En la vereda del edificio del Ceravantes, en sus carteleras de hierro forjado, figuraba en letras enormes el nombre con el cual nos habíamos auto bautizado: TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES y debajo, la mágica palabra: REPERTORIO.
ESCENA DE "LA SUEGRA" DE TERENCIO
ESCENA DE "LOS CAUTIVOS" DE PLAUTO
ESCENA DE "EL DÍSCOLO", DE MENANDRO
Hubo funciones en los que el Cervantes estuvo lleno hasta las galerías superiores, algo que no sucedía desde hacía mucho. Hice abrir por completo la embocadura del escenario y (a la manera de las puestas wagnerianas en Bayreuth), la escena estuvo sólo iluminada en colores cambiantes, dentro de un círculo central en medio de la oscuridad reinante, como en el círculo mágico de los pastores celebrando el renacer de las estaciones, lo que dio origen al teatro.
Han pasado de aquellos días de 1976 la friolera de cuarenta años. ¿No existirá la posibilidad de que hoy, en 2016, otro elenco de la Universidad de Buenos Aires vuelva a presentarse en la sala del Cervantes, con un REPERTORIO EN ALTERNANCIA…?
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