domingo, 30 de noviembre de 2014
UN LLAMADO DE OTRO MUNDO EN EL DIA DEL CUMPLEAÑOS DEL TUBA
Domingo 30 de noviembre de 2014, 11:00 de la mañana. Suena el teléfono en mi casa de Mar del Plata. No tengo ganas de atender porque estoy por almorzar. Vivo solo pero como digo siempre: "en "mi" geriátrico me dan de comer temprano". Es una polenta instantánea que acabo de prepararme. Finalmente atiendo. Una voz cercana me pregunta: "¿El señor Ariel Quiroga...?". Dudo en contestar, hasta que termino aceptando que soy yo el que atiende. "Soy Eduardo -escucho del otro lado de la línea-, un amigo tuyo de hace muchos años...".
"¿Eduardo qué...?", pregunto. "Eduardo Pacetti, el iluminador de Los Pies Descalzos", escucho casi como si oyera un llamado del otro mundo.
La vetusta computadora de mi cerebro apenas alcanza a rememorar. "Los Pies Descalzos... las Carpas Municipales... Años 1957 - 1959...".
Eduardo Pacetti me comenta que vive en Mar del Plata y que hace tiempo que trata de ubicarme. Cuando yo ingresé al elenco Los Pies Descalzos y conocí a mi maestro: Francisco "Paco" Silva, tenía apenas 17 años. El arquitecto Linares, de la Municipalidad, inauguró carpas que eran apenas unos endebles tinglados (sin baños, como tampoco los había en el TUBA), en distintos lugares de la Ciudad de Buenos Aires.
Al elenco Los Pies Descalzos, que dirigía el talentoso (aunque arbitrario) Francisco Silva, se le adjudicó primero la carpa de Plaza Irlanda y al año siguiente la de Cabildo y Juramento, justo al lado de una feria.
En esas carpas hicimos "Cecilia o La escuela de los padres", de Jean Anouilh; "Las cuatro verdades", de Marcel Aymé; unas cuantas obras para niños y en 1959 tuvo lugar en la de Cabildo y Juramento el histórico estreno de "Narcisa Garay, mujer para llorar", de Juan Carlos Ghiano.
No creo haber reparado por entonces en quien era el iluminador de aquellos espectáculos, pero él, Eduardo Pacetti, sí se acuerda todavía de mi Plomero Viramblin de "Las cuatro verdades", que se terminaba tirando al vacío desde una ventana cuando descubría que su mujer lo engañaba con un vigilante.
Aquí, entre mis manos, está al programa original de "Narcisa Garay", dedicado por Juan Carlos Ghiano con palabras que hoy me suenan sumamente conmovedoras: "Para Ariel Quiroga, que tiene la lúcida pasión del teatro, con la amistad añosa y la admiración de Juan Carlos Ghiano".
Hilda Suárez, Dora Ferreiro, Laura Saniez, Ovidio Fuentes y Eduardo Nóbile integraban el numeroso elenco; Luis Diego Pedreira es el escenógrafo; Nydia Dimitriadis la vestuarista; Horacio Malvicino el autor de la música original; yo, Ariel Quiroga, el asistente del director Francisco Silva... y Eduardo Pacetti el iluminador...
Han transcurrido desde entonces 55 años... y Eduardo Pacetti me llama hoy para tratar de vernos, porque sabe que vivo en Mar del Plata, al igual que él. No recuerdo que hayamos sido amigos; ni siquiera haber intercambiado con él más que unas pocas palabras.
Sin embargo...alguna vez debo haber dejado alguna huella, algún rastro de mis entusiasmos, mis frustraciones, mis búsquedas, mis hallazgos o mi consabidas tribulaciones, como para que un Eduardo Pacetti, a tantos años de distancia, me recuerde y trate de encontrarme. Yo tengo 74; él ahora tiene 76.
Dos veteranos de la vida y de quien sabe cuántas batallas...
Mientrastanto, en Buenos Aires, la gente que impera hoy en la Universidad y en su Centro Cultural Ricardo Rojas, sigue empecinada en ignorar lo que fue mi "obra capital": la creación y sostenimiento de aquel Teatro Universitario de Repertorio, que tanta luz prodigó en tiempos de oscuridad absoluta y que hoy -justo hoy-, cumple 40 años de su primera representación, el 30 de noviembre de 1974.
Y también en Buenos Aires se están por dar a conocer libros donde se cuestiona todavía si fui o no fui "cómplice de la dictadura militar".
A Eduardo Pacetti, por lo visto, todo eso no le preocupa demasiado. Quiere encontrarse conmigo, para recordar viejos tiempos... ¿Será, acaso, que todo tiempo pasado fue mejor...?
A CUARENTA AÑOS DE LA PRIMERA REPRESENTACION DEL TUBA
Hoy, 30 de noviembre de 2014, se cumplen 40 años de la primera representación del que fuera, durante prácticamente una década (1974 – 1983), el “Teatro de la Universidad de Buenos Aires”, un centro de drama que abarcó todas las disciplinas del drama representado y cuyo repertorio de más de cien producciones escénicas montadas con exhibición pública, con acceso Libre y Gratuito para el público en general, cubrió todas las corrientes estético- filosóficas de la dramática universal, desde Esquilo y Sófocles, pasando por los clásicos como Racine, Calderón, Moliere, Lope de Rueda o Shakespeare, hasta los más modernos, como Pirandello, Valle Inclán, Ibsen, Oscar Wilde, Anton Chéjov o el irlandés John Synge.
Y por supuesto hubo un lugar preferencial en los repertorios del TUBA (como se lo conoció), para los autores rioplatenses, empezando por el paradigmático Armando Discépolo y siguiendo por Florencio Sánchez, Nemesio Trejo, Pedro E. Pico, Francisco Defilippis Novoa, Leopoldo Marechal, José González Castillo, Alberto Novión… hasta los contemporáneos Martha Lehmann, Alberto Wainer, Julio Cortázar, Victoria Ocampo, Roberto Cossa, Enrique Wernicke y el académico entrerriano Juan Carlos Ghiano, quien estrenó tres de sus tragicomedies en el escenario del TUBA, en 1980.
No faltó lugar para dar cabida a una nueva dramática surgida de su propio seno, concretada en la lograda puesta durante todo el año 1982 de “El día que mataron a Batman”, una aguda crítica a ciertos sectores “privilegiados” de la sociedad, escrita por el entonces estudiante de derecho e integrante del TUBA Hugo Daniel Hadis.
Hacen hoy 40 años que el escenario del viejo edificio universitario de la Av. Corrientes 2038 (sede actual del Centro Cultural Rojas), se iluminó con los sones de la Sinfonía Nro. 2, “Resurrección”, de Gustav Mahler, dando paso a la escenificación del diálogo de Platón llamado “FEDÓN, o DEL ALMA”, en base a un texto elaborado por profesores de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA, treinta y dos años antes.
Fue el inicio de una vorágine de actividades que no tendrían resuello durante los siguientes nueve años, a lo largo de los cuales cientos de jóvenes alumnos de carreras científicas y humanísticas, docentes, no docentes, graduados y hasta actores profesionales con mentalidad amateur, poblaron los talleres artesanales de un auténtico TEATRO DE REPERTORIO, a la usanza de lo que en las universidades del resto del mundo, desde los albores del Humanismo, se conoce como TEATRO EXPERIMENTAL UNIVERSITARIO, pero que en la República Argentina (concretamente en la ciudad de Buenos Aires, urbe multifacética si las hay), se ha hecho escasamente antes de la aparición del TUBA y que después de su cierre (obligado cierre por acumulación de circunstancias demoledoramente negativas, provenientes de la propia Universidad), no se intentó seguir haciendo, incomprensiblemente, hasta el día de hoy.
Al TUBA le tocó nacer, vivir y sobrevivir a duras penas en una época de terrorismo subversivo y terrorismo estatal sin precedentes. Atacadas su precaria estructura funcional y sus sacrificadas y heroicas huestes a diario por amenazas, prohibiciones, calumnias y concretas manifestaciones de odio racial, al impedírsele una gira de 15 días a la ciudad de Mar del Plata y en medio de los preparativos de una proyectada por cuenta propia gira latinoamericana, a mediados de 1983 su director-fundador (o sea yo, Ariel Quiroga) y todos sus integrantes renunciamos en masa, desmantelamos todo cuanto habíamos construído con nuestras propias manos (decorados, vestuarios, infinidad de elementos de utilería, luces, etc.) y nos fuimos con la esperanza de que al sobrevenir la anhelada Democracia, a fines de ese mismo año 1983, una Universidad saneada de toda esa caterba de facciosos que la habían desnaturalizado en su esencia humanística, nos convocaría para seguir con la historia del TUBA, ya libres de acechanzas y vejámenes.
Porque nueve años de una historia, tan fecunda como lo fue la de ese “Teatro de la Universidad de Buenos Aires” que se inció hacen hoy 40 años, eran más que suficientes como para que esa historia continuase, aunque nunca se la hubiese oficializado en papeles de escritorio.
Lo dije en mis palabras finales al público de la última función, el 5 de junio de 1983: “Habrá en el futuro un lugar para nosotros donde la sinrazón no halle cabida”
Pero no fue así. Un año más tarde de la “desaparición” del TUBA (un matutino había titulado en una extensa nota a toda página: “DESAPARECE EL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD”), las autoridades académicas de la flamante Democracia decidieron remodelar y ampliar el viejo edificio de Corrientes 2038 y poner en funcionamiento allí un Centro Cultural (lo mismo que el TUBA había intentado concretar), bajo la denominación de “Centro Cultural Rector Ricardo Rojas”.
“El Rojas”, denominación que se ha hecho tan popular como lo fue la de “El TUBA” en su tiempo, lleva 30 años desarrollando una enorme actividad de cursos, folklore, música, danza, exposiciones fotográficas, mesas redondas, ponencias… y también teatro. Cuenta con un Departamento de Teatro como el que tenia la Dirección de Cultura de la que no tuvo más remedio que depender el TUBA, pero ese Departamento de Teatro del Rojas, en los 30 años que viene funcionando como tal, jamás propició la restitución a la vida activa de un Centro de Drama orgánico, como lo fue aquel “Teatro de la Universidad de Buenos Aires” que hicimos entre 1974 y 1983.
Necesito decirlo porque lo sé con certeza: Dentro del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, las distintas gestiones directivas que se han sucedido a partir de su creación en 1984 y hasta el día de hoy, han negado sistemáticamente la existencia previa, en ese mismo solar de la Av. Corrientes 2038 de la ciudad de Buenos Aires, de un “Teatro de la Universidad”.
¿No se preguntó nunca nadie dentro del Rojas porqué se había instalado el Rojas precisamente en ese vetusto edificio…?
¿De qué plato volador bajaron los que conformaron la estructura del Rojas en sus comienzos, que no sabían que allí había funcionado un Teatro de Repertorio durante casi una década…?
Las escasas veces (no más de tres) en que logré entrevistarme con alguna autoridad del Rojas, hace ya muchos años, con la intención de aportar iniciativas para que el TUBA volviese a existir, fui atendido a desgano, a las apuradas o sencillamente con agresividad y desprecio.
Un encargado del Rojas, ya fallecido, cuando le quise dejar programas y fotografías de lo hecho en el TUBA, me dijo con aspereza: “Llévese todo eso; lo que usted hizo aquí antes, a nosotros ahora no nos interesa”.
¿Y que había hecho yo antes, allí…?: Teatro. Teatro durante nueve años seguidos, sin parar un solo día, invierno y verano. La concreción de 1.163 representaciones, con la sala siempre atestada de público, que podia acceder GRATUITAMENTE al conocimiento de obras y autores tan poco frecuentados (o nunca antes mostrados en ninguna cartelera de Buenos Aires), como “La grulla crepuscular”, de Junji Kinoshita, o “Mozart y Salieri”, de Pushkin, o “La novela del contrabajo”, de Chéjov, o “Escenas de la vida bohemia”, de Mürger o “Los cautivos”, de Plauto o “El atolondrado o Los contratiempos”, de Moliere o “La sombra del valle”, de Synge o “Los reyes”, de Julio Cortázar, o “El grabador”, de Enrique Wernicke o “Los testigos”, de Juan Carlos Ghiano o “Por siempre alegre”, de Roberto Cossa o “Las coéforas”, de Esquilo…
Teatro y más teatro, entre ruinas (porque el edificio de Corrientes 2038 era una ruina, atestada de ratas, en la época del TUBA), vigilado y perseguido por espías a sueldo, con tableros de luz instalados precariamente, sin apoyo presupuestario de ninguna naturaleza, pero con la compañía invalorable de los jóvenes estudiantes de la Universidad, de todas las carreras, que se inscribían cada año, en una renovación constante de voluntades, sin saber que dentro de ese teatro al que ingresaban con la idea de ser, quizás, “artistas”… iban a tener que ser antes que nada obreros, con la enorme dignidad que significa ser “Obrero del Teatro”, como lo fuimos todos cuantos formamos parte durante nuestras juventudes de aquel movimiento de lucha, de desafío y de prepotencia de trabajo que fue el movimiento de teatros independientes en Buenos Aires.
Nadie que intentara hoy aproximarse, con afán investigativo, a averiguar cómo era el TUBA por dentro, aun con las referencias más fehacientes, podría llegar a entender cómo llegó a funcionar, dentro de la Universidad, un centro de drama que prácticamente se manejó en forma autónoma, en forma aislada y autosuficiente, obligadamente autosuficiente por las circunstancias anómalas que lo rodeaban.
Internamente, el TUBA se consolidó como una comunidad cerrada, como lo fue en su tiempo Nuevo Teatro, el señero grupo liderado por Alejandra Boero y Pedro Asquini y en el cual milité por espacio de cinco años, entre 1965 y 1969.
La solidaridad entre sus integrantes estuvo siempre a la orden del día y el espíritu de compañerismo aun en los pocos momentos de discordia, emanada del afán de dividirnos que supo estar orquestado desde afuera, desde la propia “dirección de cultura” de la que el TUBA estaba obligado a depender, privó siempre, como una inabdicable cuestión de principios.
El TUBA fue un remanso, un islote de paz en un continente en guerra, como lo fue la Argentina de su época y si hubo quienes se enojaron y se marcharon dando un portazo, los recuerdo a todos con el mismo cariño porque, parafraseando el título de una obra de Anthur Miller: “todos fueron mis hijos”.
El TUBA, el “Teatro de la Universidad de Buenos Aires”, el que existió entre mediados de 1974 y casi fines de 1983, el que hoy está cumpliendo 40 años de su primera representación, debió haber sido un ejemplo para toda actividad escénica que se hiciese a partir de él en una Universidad y su Legado tendría que haber seguido vigente para todo centro de exploración del drama representado que se crease en el futuro.
Sin embargo, su existencia fue premeditadamente sepultada en el olvido. En tiempos de Democracia en la Argentina y en un contexto de afán conjunto de todas las fuerzas cívicas de la República por recuperar la Memoria de los hechos horrendos que ensombrecieron el pasado, no hubo la más minima intención de recuperar la Memoria de un colectivo de voluntades jóvenes, comprometidas con el afán por mejorar las cosas y hacer del altruísmo una bandera de combate, como lo fueron las casi 1.600 voluntades jóvenes de aquellos oficiantes del TUBA, que con el mismo Entusiasmo empeñaban la espada de utilería para representar a un caballero andante en una obra clásica, que la escoba y la pala para barrer el escenario y la sala donde llevaban a cabo su faena divulgadora y también limpiar los baños para uso del público (que ellos no tenían a mano, una vez ingresados al espacio escénico, durante las funciones) o treparse a claraboyas a quince metros de altura, para reparar con brea las goteras, para que los espectadores no se mojasen cuando llovía, en la sala improvisada en el gimnasio del ultimo piso de Corrientes 2038.
Ese Legado de los jóvenes del TUBA, que nadie quiso atender una vez recuperada la Democracia (tal vez porque era y es aun hoy demasiado molesto, por simple comparación con lo que se ha venido haciendo en material de teatro en la Universidad, después del TUBA), es el que creo que está inapelablemente plasmado en este video de nueve minutos, que circula por la web y que debe estar ya antes en las multiples páginas de este Blog.
Este video del Legado de lo que fue el TUBA es, quizá, el único y mayor homenaje que se me ocurre para celebrar los 40 años de aquella primera representación, la del 30 de noviembre de 1974.
Lo confeccioné ya anciano, viviendo aquí, en mi soñada Mar del Plata, con referencias a mi vida de hombre de teatro que abandonó de buen grado la “escena profesional”, para dedicarse a formar conciencias de “Mujeres y Hombres de Teatro” en el páramo que era el área de extensión cultural en la abúlica pero tendenciosa “dirección de cultura” de la UBA, en 1974.
Fueron nueve años en los que enseñé aprendiendo, porque mis enseñanzas de los diversos quehaceres que se aglutinan entre las paredes, siempre cargadas de misterios, de un espacio escénico, fueron retribuídas por mis decenas, cientos de discípulos venidos de los claustros de aprendizaje de las leyes, la medicina, las ciencias económicas o la filosofía, con el traspaso vía ósmosis de su savia de vitalidad rejuvenecedora, su apetito por la Verdad y su infatigable derroche de arremetedora energía.
Yo no era un “profesor de teatro”, era –como me definió alguna vez el inefable Cátulo Castillo, “un iluso transitador de los escenarios”, y ese haber transitado por tantas obras y tantos tablados y tanta mugre, sudor y miedos, como se da en esa aventura de cada noche que es “el salir al ruedo” frente a las candilejas, es lo que me interesó inculcar a aquellos improvisados teatristas, que con su alegría desmesurada, su cantar desvergonzado y su rechazo al exitismo fácil, hicieron del TUBA un lugar de convocatoria al que los represores de la dictadura cívico-militar imperante no lograron aplastar con sus necios designios aniquiladores.
Porque al TUBA no nos lo cerraron ellos; lo cerramos nosotros, con la misma firmeza en la decision que nos había motivado a abrirlo, nueve años antes.
El nombre TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES (que luego nos fue modificado por el de “Teatro de la Universidad de Buenos Aires”, por imposición de la propia Universidad), se lo pusimos nosotros y nosotros fuimos quienes, sin tenerlo registrado en ninguna parte, inconscientemente se lo quitamos. Prueba de ello es que en estos 31 años que han transcurrido desde el cierre del TUBA, todavía nadie que haya venido hacienda teatro dentro del Rojas, se atrevió a usarlo.
¿Habrá sido por miedo a no poder emularnos, por verguenza a no ser capaces –teniendo la enorme ventaja que significa gozar de una plenísima Democracia-, de ser tan “corajudos” como lo fuimos nosotros… o –en el mejor de los casos, querría suponerlo-, por respeto al recuerdo de aquella epopeya, tan signada por el triunfo del espíritu, pero también por la injusta derrota, como lo fue la del grupo “La Barraca”, de Federico García Lorca, en la oscurantista España que precedió a la oscurantista Argentina en la que le tocó vivir y morir al TUBA.
Aunque parezca inverosímil, logré filmar muchas horas de los espectáculos del TUBA con una cámara de Super-8, pero esas filmaciones se fueron autodestruyendo con el paso del tiempo y la obra de la humedad. Lo que sí se conservaron fueron los miles de fotografías, que forman parte de este Blog y son una demostración irrecusable de los logros artísticos de ese Teatro, tan carente de apoyos y de subsidios.
“La noche de San Juan”, de Henrik Ibsen, una tenue comedia sobre las nostalgias de los primeros amores juveniles, fue durante la temporada de 1982 una de nuestras producciones de las que se conservan mayor número de fotografías, que hace algunos años aglutiné en un video, que inserto a continuación como rúbrica de tantos conceptos reiteradamente vertidos (aunque al parecer muy poco escuchados) sobre la atmósfera de realismo y a la vez de magia con que buscamos imbuir a cada uno de los más de cien montajes escénicos que el TUBA logró concretar, intentando no solo iluminar sino también embellecer, en años de tanta oscuridad, las conciencias de nuestros fieles espectadores.
Constantin Stanislavsky, el gran Maestro ruso, buscó precisamente eso a lo largo de su brega por perfeccionar el arte teatral: “Reflejar las contingencias de la vida humana con Verdad y también con Belleza”:
jueves, 27 de noviembre de 2014
LO QUE "NO" REVELARA EL LIBRO DE MARIANO UGARTE SOBRE EL TUBA
En el capítulo de este Blog del dia martes 18 de octubre de 2011, con el título “MARIANO UGARTE: LO QUE REVELARA SU LIBRO SOBRE EL TUBA”, narro mi encuentro con un joven estudiante de la carrera de periodismo, Mariano Ugarte, que prácticamente no había nacido cuando el TUBA se cerró, en junio de 1983 y cómo de ese y otros muchos encuentros surgió en él la idea de escribir un ensayo sobre la Historia del Teatro de la Universidad de Buenos Aires (1974 – 1983), que es la que en forma no cronológica yo he venido narrando en este Blog a partir de febrero de 2010.
El arduo trabajo de Mariano Ugarte, al cual aporté toda la documentación que yo conservaba de esa historia a comienzos de la década del 2000, verá finalmente la luz el próximo 3 de diciembre, en el Centro Cultural de la Cooperación, en pleno centro de Buenos Aires.
Me han invitado a asistir al acto de presentación del libro y tuve toda la intención de hacerlo, pese a mi “acostumbramiento” a esta vida serena y solitaria en Mar del Plata, mediando ya mis 74 años.
Sin embargo, hoy he decidido no viajar, a pesar de tener ya los pasajes de ida y vuelta para el próximo miércoles.
Una lectura febril del libro que me fue acercado vía correo electrónico ayer, me ha dejado un tanto (o más bien, bastante) desilusionado de lo que yo hubiese querido que fuse un testimonio, finalmente puesto en letras de molde y editado, de esa PORTENTOSA EPOPEYA, que fue erigir un Teatro de Repertorio dentro de una Universidad, con una producción que iguala o supera la de otros teatros oficiales de la Argentina, en una época de terror y muerte en nuestro país, pero con la enorme diferencia de que en ese Teatro de Repertorio de la Universidad de Buenos Aires no hubo actores ni técnicos profesionales, sino que, por el contrario, sus talleres actorales y escenotécnicos fueron poblados, durante la friolera de nueve años en continuidad, por cientos (unos 1.600 en realidad) de jóvenes estudiantes de todas las disciplinas curriculares, de las ciencias y las humanidades, puestos a oficiar de comediantes, fabricantes de escenografías, iluminadores, tramoyistas y limpiadores de sala, a la manera de los oficiantes obreros de aquellos legendarios teatros independientes, que sacaron a la escena de Buenos Aires, durante décadas, de la asfixia de la burda escena comercial, enquistada en el mercantilismo.
El trabajo de Ugarte me erige (a mi entender, erróneamente) en casi absoluto protagonista (mi nombre figura cientos de veces en el trabajo), se detiene en nimiedades de mi vida privada y constantemente hace hincapié en mi relación de trabajo de 46 años en la Fuerza Aérea Argentina, como si ese (mi único trabajo rentado, porque en el teatro fui siempre un amateur), hubiese sido un descrédito inhabilitante a la hora de acercarme a la Universidad para proponer y llevar adelante la creación de un Teatro Universitario de Repertorio.
Haber trabajado de oficinista 46 años en la misma repartición (la Obra Social), de la Fuerza Aérea Argentina es hoy (y lo fue siempre) para mi, un motivo de orgullo y no me averguenza en lo más mínimo haber pertenecido a esa Institución, cuyos jóvenes aviadores dieron muestras de ejemplar coraje y merecieron elogio de todo el mundo por su participación en el Conflicto Bélico del Atlántico Sur, en 1982, por la recuperación de nuestras (legítimamente Nuestras) Islas Malvinas.
Ugarte deja en claro, tímidamente, que no formé alianzas ni contubernios con los facciosos de ultraderecha que coparon la Universidad en 1974, justo el año en que yo me acerqué a proponer la creación del TUBA, pero se dedica meticulosamente a dejar interrogantes en suspenso, como si en el fondo quisiera demostrar que no fui tan “inocente” como los hechos revelarían, a la hora de mostrarme enfrentado a los esbirros de un gobierno de facto, torturador y genocida.
Lo que a mi me toca de ganancia o de pérdida en el abundoso trabajo de Ugarte sobre mí mismo (llega a contar mis años de escuela primaria y mis fracasos en la secundaria), no me afectaría en lo más mínimo. A esta altura de la vida (74 años y medio), estoy en condiciones de desnudarme y que me desnuden, por fuera y por dentro, sin verguenzas ni arrepentimientos.
Lo que realmente me abruma, me genera rechazo y hasta indignación, es la omisión que Ugarte hace del esfuerzo “ciclópeo” de todos esos cientos de jóvenes, que durante años robaron horas al descanso y hasta arriesgaron sus vidas, por sostener inclaudicablemente un teatro de alcance masivo y popular, en el que se recitaba a Terencio, a Esquilo, a Lope de Rueda, a Valle Inclán, a Discépolo, a Florencio Sánchez o a Moliere con una actitud de desafiante entrega, sin desfallecimientos, que estos chicos de hoy, movidos por el afán de aparecer en “realitis” o novelas televisivas por el sólo interés de la fama y el dinero, serían incapaces de brindar, pese a vivir en tiempos de definitiva Democracia y no como los del TUBA, permanentemente amenazados por la demencia represiva de una dictadura feroz.
Ugarte menciona las obras, la enorme cantidad de obras que integraron el repertorio del TUBA, como si hacerlas hubiera sido cuestión de “moco de pavo”. En tal año hicieron esto y aquello; al año siguiente hicieron tal otra cosa…
¿Se puso a pensar Mariano Ugarte en todo este tiempo en que su libro esperó para ser editado, lo que significó sacar un teatro de la nada, con toda una muchachada que se iba acercando a sus clases y jornadas de ensayo sin tener la menor idea de lo que es VIVIR dentro de un teatro que funciona todos los días del año sin respiro ni atenuantes...?
Porque los jóvenes acuden entusiasmados a lo que se suele llamar "clases de teatro" o "escuelas de actuación", donde se pasan las horas haciendo improvisaciones o relajación en el piso, pero en un TEATRO DE VERDAD hay que "laburar", hay que convivir con la mugre, con la transpiración, con los interminables ensayos generales, con las horas previas a los estrenos, que son siempre acuciantes, con las ganas de vomitar o de ir al baño justo al momento de levantarse el telón, y encima en el escenario del TUBA en Corrientes 2038 no había salida a baños y había que hacer lo que se necesitase hacer dentro de una lata, que iba pasando de mano en mano, igual para las chicas que para los muchachos...
Ugarte no intenta (con todo el material que yo le brindé a su entera disposición…!!!), relatar cuánto había que ensayar, estudiar, martillar, serruchar maderas, pintar lienzos, instalar telones y juegos de luces, buscar telas viejas, remendarlas, coser esas telas para que pareciesen trajes de época, armar bandas sonoras, barrer la sala, limpiar los baños que utilizaría el público, salir a volantear para enterar al futuro público, supercar enfermedades, superar exámenes de las carreras de cada uno, hacer traslados de decorados por la calle para armar funciones en las facultades, en una palabra: trabajar, trabajar, trabajar, sufrir, soñar, vibrar, estremecerse, llorar con el fracaso y llorar también con el estímulo del aplauso exultante del público y volver a empezar, una y otra vez, durante un año tras otro durante nueve seguidos, para que el Teatro de la UBA estuviese en pie, sin recesos de vacaciones, funcionando invierno y verano, como una verdadera “máquina de hacer espectáculos”, que llegaban a cientos de miles de espectadores por año y que, siempre a pulmón, se llevaban a bibliotecas, centros culturales, parroquias, cuarteles de bomberos y hasta almacenes de ramos generals del conurbano y del interior.
Mariano Ugarte ha hecho un arduo trabajo de investigación sobre las circunstancias políticas que rodearon la existencia de nueve años del TUBA, pero no ha buscado (no ha querido o no lo ha considerado valioso), profundizar en el ALMA DEL TUBA, en las conciencias de esos cientos, miles de jóvenes que vivieron, sin proponérselo, la vida interna de un Teatro de Repertorio, como lo deben haber vivido aquellos juglares de la comedia del arte, los que acampaban en las caballerizas de los establos o los que, a cuestas de un desvencijado carromato, recorrieron los caminos polvorientos de la España franquista, en la recordable “Barraca” de Federico Garcia Lorca.
¡Qué casualidad….! Ugarte no menciona a “La Barraca”, de García Lorca, como un antecedente cercano, humanamente cercano a la identidad fisonómica de la epopeya del TUBA.
Como nada de toda esa pasion, ese idealismo, esa lucha, ese desinterés, esa templanza, ese coraje, ese sufrimiento, esa enaltecedora nobleza de los jóvenes del TUBA está reflejado en las páginas, demasiado objetivamente frías, del libro de Mariano Ugarte, no voy a viajar a Buenos Aires para asistir a su presentación.
El testimonio para los jóvenes teatristas o no teatristas de hoy y para los de mañana sobre lo que fue aquel Teatro de la Universidad de Buenos Aires que existió entre mediados de 1974 y mediados de 1983 está en las páginas de este Blog, en sus decenas de capítulos de texto, en sus documentos probatorios, en sus crónicas de ensayos, viajes y montajes; en sus videos, sus cientos de fotografías y en los registros sonoros que dan cuenta elocuente de lo que fue el TUBA, más allá de los datos sociopolíticos de quienes, en puestos de funcionarios, de vigilantes o represores, deambulaban por los vericuetos de la Universidad de Buenos Aires en esos años, sencillamente porque el TUBA no los tuvo en cuenta, los ignoró o en muchos casos se burló de ellos, a través de los mensajes subliminales que escondían, a la vista y la captación del público, las obras de todas las épocas que se representaban, como cuando en “Las coéforas”, de Esquilo, vociferábamos con toda la resistencia de nuestras gargantas: “Y QUE MUERAN HOY LOS QUE AYER MATARON…!!!” o “LA MUERTE ES LA UNICA LEY PARA JUZGAR A LOS TIRANOS…!!!”.
sábado, 6 de septiembre de 2014
LA HISTORIA DEL TUBA CRONOLOGICAMENTE NARRADA
Amigos de todo el mundo:
En este Blog sobre el TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES o, en realidad, sobre el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el único hasta hoy, el que tuvo la desgracia de existir entre 1974 y 1983), he narrado en forma dispersa, a partir de febrero de 2010, hechos y circunstancias vinculadas a la heroica historia de este Centro de Drama, pero sin respetar una estricta cronología; sólo a medida que los recuerdos acudían a mi gastada memoria de septuagenario.
También existe otro Blog: ARIEL QUIROGA: EL TEATRO QUE HICE, UN COMPROMISO CON LA VIDA, en el que me dediqué a narrar (también en forma no cronológica), mis comienzos en la vida de teatro, allá por 1956 y la concreción de algunos montajes que "hicieron historia", como los de "El viaje", de Georges Schehadé o "La Arialda", de Giovanni Testori, entre muchísimos más.
Podría decirse que en este Blog quise dejar testimonio de cómo había llegado a ser un director "importante" (...?) en el ambiente del teatro profesional de la ciudad de Buenos Aires, en la que nací en 1940.
Allá por 2006 había escrito un frondoso libro, que nunca llegué a publicar, en el que no sólo narraba, cronológicamente, mi vida como Hombre de Teatro entre 1956 y 1989, sino que intentaba abarcar varios períodos del devenir de la escena a nivel mundial y la incidencia de ciertos dramaturgos en ese devenir.
Recientemente, merced a la técnica de Blogger, logré "subir" el texto de ese proyectado libro, adjuntando videos y fotografías, al ámbito sin fronteras de la web.
Lo encontrarán en el siguiente sitio: www.arielquirogateatro.blogspot.com
Gracias.
jueves, 7 de agosto de 2014
EL ENCUENTRO DE ESTELA Y GUIDO... Y EL FINAL DE ESTA "HISTORIA DEL TUBA"
Hoy cumplo 74 años.Hoy acabo de leer, a primera hora de la mañana, que Estela y Guido ya se han encontrado.
Hace cuarenta años, por estos mismos días de agosto de 1974, yo presentaba ante la "dirección de cultura" (...?) de la Universidad de Buenos Aires, el proyecto de crear un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO.
Nueve años después ese teatro, salido de la nada pero convertido por su propio accionar en un Centro de Drama reconocido a nivel internacional, se veía forzado a cerrar sus puertas, por la tarea constante emanada de esa "dirección de cultura" (...?), para lograr su destrucción.
El TUBA, como se conoció popularmente a ese teatro de jóvenes universitarios (alrededor de 1.600), tuvo que existir (en realidad: subsistir) en una época de terror, depredadora de los más bellos ideales de la juventud: 1974 - 1983.
En una Argentina en Democracia para siempre no le fue permitido volver a abrir sus puertas.
Hubo mucha muerte, mucho desprecio por la vida... y luego, -tal vez comprensiblemente-, mucho rencor.
Los que hicimos el TUBA fuimos metidos en la misma bolsa que los genocidas.
Desde el escenario del TUBA se cantó a la Vida, a la Libertad y al Derecho a Pensar, a través de 1.163 representaciones ante auditorios colmados, en Buenos Aires, en Córdoba, en Mar del Plata y en tablados precarios, armados en parroquias, bibliotecas, cuarteles de bomberos, almacenes de ramos generales y a cielo abierto, en pleno campo.
Tal vez su canto no bastó para limpiar su historia de la sospecha de que "aceptó ser cómplice de la dictadura militar".Esa supuesta complicidad no fue ni será jamás probada, sencillamente porque no existió.
Hubo de parte de aquella muchachada: pasión, coraje, idealismo y entrega sin reservas de sus mejores fuerzas.
Hoy leo que Estela y Guido se han podido, por fin, abrazar en el encuentro.
Hoy cumplo 74 años y esta Historia del TUBA ya no necesita seguir siendo contada.
Hay demasiados textos, fotos, videos en este Blog como para que quien quiera saberla tenga años por delante para revisarla, aprobarla o descartarla.
Lo importante hoy es que Estela terminó su búsqueda, aunque la muy empecinada vaya a seguir buscando infatigablemente.
lunes, 28 de julio de 2014
EL INCIERTO COMIENZO DEL TUBA, HACE CUARENTA AÑOS
Primeros días de agosto de 1974, cuarenta años atrás.
Una compañera de la oficina en la que yo -Ariel Quiroga-, trabajaba desde los 18 años, sabía que me estaba dedicando al cine en Super-8 y que acababa de terminar un largometraje en ese sistema: la adaptación del cuento de Horacio Quiroga "El solitario".
Esta compañera quiso que me entrevistase con un antiguo jefe, un bioquímico que acababa de ser nombrado Director de Cultura en la Universidad de Buenos Aires, para que se pudiese proyectar allí, en esa dependencia de la UBA, mi película.
Acudí a la entrevista con los tres rollos de "El solitario" bajo el brazo y mientras esperaba ser atendido me surgió la idea de volver a un proyecto que me obsesionaba desde comienzos de los años sesenta: la creación de un Teatro Universitario.
Lo habíamos intentado allá por 1961 junto con Emilio Stevanovich, el único crítico teatral del que fui realmente muy amigo, pero no fue posible concretarlo. En la Facultad de Derecho, donde estuvimos, los centros de estudiantes de distintos bandos andaban por entonces a los tiros y una encargada del área de extensión cultural (omito su nombre por respeto, porque ha fallecido), fue la que nos dijo aquella "genialidad" de: "Aquí, en esta facultad, no se puede hacer nada, ni de teatro ni de música, porque de inmediato copan los comunistas, que son los únicos que se interesan por la cultura".
En aquel agosto de 1974 la Universidad estaba cambiando de rumbo: de la extrema izquierda pasaba a ser manejada por la extrema derecha. Jamás un término medio en cuanto a lo ideológico dentro de los claustros...
Yo cumplía 34 años en aquel agosto de 1974 y tenía a mis espaldas un considerable bagaje de experiencia como hombre de teatro.
Había sido actor, escenógrafo y principalmente director de escena. "El mejor puestista de Buenos Aires", como me rotuló Alejandra Boero, con quien compartí años de lucha en aquel baluarte del teatro de compromiso social que fue Nuevo Teatro.
Unas cuantas producciones del período 1967 - 1970 me habían, dicho esto con cierto "escozor", consagrado como un director de avanzada. "Sus puestas en escena -escribió Rómulo Berruti en el poco confiable matutino Clarín-, abren nuevos rumbos en las formas de concreción del hecho escénico".
Había un problema, sin embargo, frente a la posibilidad de que yo pudiese llevar a cabo un proyecto teatral dentro de la Universidad: carecía de título universitario y ni siquiera tenía terminado el ciclo secundario.
Es que jamás pude llegar a rendir física, química y matemáticas de cuarto año y hoy, a mis 74 años, sigo siendo un bachiller sin recibir.
Fui llamado al despacho de aquel flamante "director de cultura". No hablé nada de mi película "El solitario" y sin medir las consecuencias (que fueron por igual muy buenas y muy malas), lancé la propuesta, que fue enunciada así, con estas mismas palabras: "Me gustaría formar un Teatro Universitario de Repertorio".
Pocos meses más tarde, ese titubeante, indeciso, temeroso elenco de Teatro Universitario, hacía su primera presentación ante el público: el 30 de noviembre de 1974, con la escenificación que otros cuarenta años atrás se había hecho en la Facultad de Derecho, a las órdenes de Don Antonio Cunill Cabanellas, del diálogo de Platón llamado "Fedón, o Del Alma".
Pero para saber como se consolidó, con la prepotente fuerza de un volcán en erupción, lo que llegaría a ser, hasta hoy, el único Teatro de la Universidad de Buenos Aires en toda su historia, hay que adentrarse en los meollos de este Blog, incursionar en los años y meses donde se alojan sus capítulos, sus imágenes, sus videos y sus testimonios sonoros, y entonces sí, preguntarse en todo caso:
¿Por qué ese teatro, que el público colmó en todas sus 1.163 representaciones con acceso gratuito, fue tan combatido, censurado y aniquilado por la propia Universidad que le dio su nombre...?
¿Por qué, luego de su febril trayectoria de nueve temporadas consecutivas, con tantas obras y autores de valía dados a conocer, tuvo que cerrar sus puertas en junio de 1983...?
¿Y por qué nadie intentó continuar su historia o crear otro "Teatro de la Universidad de Buenos Aires", en estas más de tres décadas en las que la UBA cuenta con el moderno Centro Cultural Rojas...?
El video insertado a continuación de todos estos interrogantes, (que la Universidad de Buenos Aires se resiste a contestar), es un apretado resumen de lo que logró llevar a cabo aquel Centro de Drama universitario, con la participación, denodadamente febril, de unos 1.600 jóvenes estudiantes, docentes y graduados, que rindieron su desinteresada pasión al culto de Talía.
sábado, 26 de julio de 2014
LA HERMOSA TAREA DE CONSTRUIR TEATROS
La imagen superior corresponde a un alto en la construcción del Nuevo Teatro Apolo, que más de cien jóvenes "actores-obreros" llevamos a cabo, capitaneados por la indoblegable Alejandra Boero, el indoblegable Pedro Asquini, el indoblegable Héctor Alterio y el indoblegable Rubens W. Correa, allá por los años 1965, 1966 y 1967.
Una tarea titánica, porque erigimos un moderno teatro en plena calle Corrientes, dominio por décadas del rutinario teatro comercial, para enarbolar desde su escenario la bandera del teatro de compromiso social, el que no cede terreno a los intereses de boletería.
Algunos años más tarde, también en la calle Corrientes, pero "del otro lado de Callao", o sea: en Corrientes y Ayacucho, a una cuadra de donde Nuevo Teatro había hecho su historia, en el barracón del Nro. 2120, un grupo de más de 100 jóvenes universitarios, provenientes de todas las disciplinas científicas y humanísticas del ámbito curricular de la Universidad de Buenos Aires, en otro barracón: el viejo edificio de Corrientes 2038, se largaba a la quijotada de erigir un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, a cuyas representaciones el público que llegase de todos los sectores sociales de la comunidad, pudiese acceder GRATUITAMENTE.
De aquella quijotada, cuya propuesta llevé a cabo hace 40 años, en lo que era una supuesta "dirección de cultura" de la UBA, surgió un prepotente, heroico TEATRO DE REPERTORIO, que el público de Buenos Aires conoció como "el TUBA" y en el cual se dieron a conocer, -durante nueve fatigosos años-, textos ignorados de muchísimos autores clásicos, modernos y actuales.
Los lazos de parentesco del TUBA con aquel Nuevo Teatro de la Boero y Asquini que construyó el Apolo, fueron tejidos por la misma trama de desprecio por lo comercial y la búsqueda de una dramática que despertase las conciencias de los espectadores, en la misma línea de Antoine, Max Reinhardt, Jean Louis Barrault, Bertolt Brecht y Tadeusz Kantor.
Fueron, como dije, nueve fatigosos años, en los que se concretaron 1.163 representaciones, bajo amenazas y detracciones sólo entendibles en el marco de una tenebrosa dictadura como la que sojuzgaba a la Argentina en aquellos años.
Vale la pena recordar hoy que existió "el TUBA", porque la Universidad de Buenos Aires, a lo largo de los 31 años que llevamos en Democracia, no ha intentado darle continuidad a su heroica historia, vaya a saberse por qué motivos, que jamás aceptó revelar.
Dos fotografías de aquel TUBA de 1974 a 1983, que seguramente ya figuran en este Blog: una, con sus jóvenes integrantes llegando a una nueva jornada de trabajo, en la que no sólo se desentrañaba el mensaje de Moliere, de Esquilo o Discépolo, sino que también se cosían ropajes, se serruchaban maderas para decorados, se instalaban puentes de luces y se salía a repartir volantes por la calle, entre infinidad de tareas más y la otra, con una imagen parcial de la platea abarrotada, en alguna de esas 1.163 representaciones en el precario edificio de Corrientes 2038, que hoy y desde hace mucho es sede del Centro Cultural Rojas, pero en el que no hay más un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, como lo fue el TUBA.
sábado, 19 de julio de 2014
LA DESPEDIDA A ALGUIEN QUE ESTUVO EN EL COMIENZO DEL TUBA
Eduardo en 1974, el año en que se creó el TUBA
A estos primeros 100 se fueron sumando sucesivas camadas de “iniciados” en la vida de un TEATRO DE REPERTORIO que, en medio de una época de terror, masacradora de todo impulso creativo de la juventud, llegaron a ser alrededor de 1.600, que militaron en el fragor del hecho escénico desde múltiples escenarios, desde el Teatro Nacional Cervantes hasta tablados montados en pleno campo, en pueblos suburbanos y del interior.
Eduardo y aquellos 1.600 idealistas, que se fueron sumando en la quijotada de mantener activo un Centro de Drama que iluminase desde los claustros de la UBA, con la voz inacallable de un Esquilo, un Sófocles, un Valle Inclán, un Georg Buchner, un Armando Discépolo, un Anton Chéjov, un Juan Carlos Ghiano o un trágicamente irónico Moliere, las conciencias de un pueblo sometido al oprobio de la esclavitud, desde un terrorismo de Estado tan inhumano como exterminador.
Eduardo estaba a mi lado cuando emprendí, a lo loco y sin haber pasado antes por la Universidad, la desaforada tarea de erigir un TEATRO DE REPERTORIO en un desierto frío y sin alma, como lo era por entonces la oficina de “extensión cultural” de la Universidad de Buenos Aires.
En nuestro pequeño departamento del barrio de Congreso se pintaron enormes telones de fondo (como el que servía de decorado para “El farsante más grande del mundo”, de John Synge, que se estrenó en el Aula magna de la Facultad de Medicina en marzo de 1975), se llevaron a cabo ensayos clandestinos, cuando los autos de la represión nos esperaban a la salida del barracón que habíamos adoptado como sala, desde la cual proyectábamos nuestros espectáculos con entrada LIBRE y GRATUITA, en el viejo edificio de Corrientes 2038, que hoy ocupa (totalmente remodelado) el Centro Cultural Rojas.
Eduardo participó de toda la ardua etapa inicial, cuando lo que sería –recién algunos años después-, el elenco oficial de Teatro de la Universidad de Buenos Aires, era sólo un bosquejo y fue testigo, en soledad, de mis derrumbes anímicos, de mis “desinfles” y mis llantos de impotencia, cuando la encarnizada animosidad emergente del seno de la propia Universidad, amenazaba todos los días con destruir ese TEATRO DE REPERTORIO, que con su prepotencia de trabajo y su indoblegable espíritu de libertad les demostraba todos los días que no eran más que una manga de retrógrados facciosos.
Eduardo partió hace dos días a una tierra tal vez mejor.
Descansa en paz Eduardo, luego de tantas batallas, de tantos viajes mochila al hombro y de tantas ilusiones como las que nos llevó a imaginar que un TEATRO DE REPERTORIO podía ser posible dentro de una Universidad.
Durante nueve gloriosos años, el TUBA fue posible y como tantos otros que pusieron su granito de arena, su pasión y su feroz idealismo, vos también, Eduardo, podés estar orgulloso de haber sido partícipe.
Hace dos días falleció un amigo mío, con quien compartí largos años de cine, teatro, música clásica, Joan Baez, los Beatles y Mercedes Sosa, viajes de mochileros por los lagos del sur argentino y muchas cosas más.
Eduardo fue quien tomó la enorme foto en gris que encabeza este Blog, que corresponde al primer saludo, en el Centro Cultural San Martín, de la troupe inicial del TUBA, que formaban más de 100 jóvenes estudiantes de las disciplinas más diversas que se cursan en el marco académico de la Universidad de Buenos Aires.A estos primeros 100 se fueron sumando sucesivas camadas de “iniciados” en la vida de un TEATRO DE REPERTORIO que, en medio de una época de terror, masacradora de todo impulso creativo de la juventud, llegaron a ser alrededor de 1.600, que militaron en el fragor del hecho escénico desde múltiples escenarios, desde el Teatro Nacional Cervantes hasta tablados montados en pleno campo, en pueblos suburbanos y del interior.
Eduardo y aquellos 1.600 idealistas, que se fueron sumando en la quijotada de mantener activo un Centro de Drama que iluminase desde los claustros de la UBA, con la voz inacallable de un Esquilo, un Sófocles, un Valle Inclán, un Georg Buchner, un Armando Discépolo, un Anton Chéjov, un Juan Carlos Ghiano o un trágicamente irónico Moliere, las conciencias de un pueblo sometido al oprobio de la esclavitud, desde un terrorismo de Estado tan inhumano como exterminador.
Eduardo estaba a mi lado cuando emprendí, a lo loco y sin haber pasado antes por la Universidad, la desaforada tarea de erigir un TEATRO DE REPERTORIO en un desierto frío y sin alma, como lo era por entonces la oficina de “extensión cultural” de la Universidad de Buenos Aires.
En nuestro pequeño departamento del barrio de Congreso se pintaron enormes telones de fondo (como el que servía de decorado para “El farsante más grande del mundo”, de John Synge, que se estrenó en el Aula magna de la Facultad de Medicina en marzo de 1975), se llevaron a cabo ensayos clandestinos, cuando los autos de la represión nos esperaban a la salida del barracón que habíamos adoptado como sala, desde la cual proyectábamos nuestros espectáculos con entrada LIBRE y GRATUITA, en el viejo edificio de Corrientes 2038, que hoy ocupa (totalmente remodelado) el Centro Cultural Rojas.
Eduardo participó de toda la ardua etapa inicial, cuando lo que sería –recién algunos años después-, el elenco oficial de Teatro de la Universidad de Buenos Aires, era sólo un bosquejo y fue testigo, en soledad, de mis derrumbes anímicos, de mis “desinfles” y mis llantos de impotencia, cuando la encarnizada animosidad emergente del seno de la propia Universidad, amenazaba todos los días con destruir ese TEATRO DE REPERTORIO, que con su prepotencia de trabajo y su indoblegable espíritu de libertad les demostraba todos los días que no eran más que una manga de retrógrados facciosos.
Eduardo partió hace dos días a una tierra tal vez mejor.
Descansa en paz Eduardo, luego de tantas batallas, de tantos viajes mochila al hombro y de tantas ilusiones como las que nos llevó a imaginar que un TEATRO DE REPERTORIO podía ser posible dentro de una Universidad.
Durante nueve gloriosos años, el TUBA fue posible y como tantos otros que pusieron su granito de arena, su pasión y su feroz idealismo, vos también, Eduardo, podés estar orgulloso de haber sido partícipe.
domingo, 6 de julio de 2014
LLEGAR, 40 AÑOS DESPUES, CON LAS MISMAS CONVICCIONES INTACTAS
Hace unos días, dos amigos de
mi ciudad de adopción –Mar del Plata-, que me guiaron a comienzos de 2010 en la
tarea de abrir este Blog, donde depositar en fragmentos no cronológicos la
historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (1974 – 1983), me tomaron
esta foto con mi gato Patricio, muy anciano él con sus quince años de vida y
muy anciano yo, con mis 74, próximos a cumplirse en los primeros días de
agosto.
Sin la menor intención de
buscar el contraste, a la izquierda de la foto aparece, colgada en la pared, la
que me fue tomada en 1957, a mis 17 años, por el luego importante fotógrafo del
cine argentino y europeo Ricardo Aronovich, para el frente de unas carpas municipales
donde yo estaba empezando a ser actor, en un legendario elenco independiente de
Buenos Aires, llamado “Los pies descalzos”.Hay una clave entre ese perfil de un adolescente taciturno, en la foto de Aronovich y en el rostro de frente, 57 años más tarde, que retrataron ahora mis amigos. Una clave que, tal vez, yo sólo conozca pero que necesito revelar, para que se sepa que todo lo hecho tuvo un objetivo claro desde el comienzo.
Dos años después de la foto de Aronovich, yo ponía en escena mi primer espectáculo en funciones de director: “La casa sobre el agua”, de Ugo Betti, con una enorme crítica favorable, a toda página, junto a la nota necrológica del gran Gerard Philipe, en el prestigioso (aunque ultra-derechista) diario La Nación.
En los siguientes catorce años llegué a poner en escena unas 22 obras, de autores clásicos y modernos; actué en otras tantas a las órdenes de directores-maestros de aquellos ilustres años de la década del sesenta (la década que contó), y participé de todas las faenas propias de los teatros de repertorio, desde barrer la sala, colgarme a los andamios para instalar puentes de luces, armar escenografías o repartir volantes por las calles.
Fueron fundamentales para ese aprendizaje de todas las disciplinas del ambiente escénico y el desdén por la fatua búsqueda del “éxito comercial”, mis seis años en Nuevo Teatro, la compañía creada por Alejandra Boero y Pedro Asquini, en la que militaban el sin par Héctor Alterio, Lucrecia Capello, Enrique Pinti, Rubens Correa y unos cien heroicos jóvenes más, para lograr el sueño de Romain Rolland: “Que el teatro sea pueblo y no reducto de oligarquías”.
Ya en esos años vertiginosos, febriles y apasionados, de la década del sesenta, yo tenía claro un objetivo, que recién a mediados de 1974 (hacen exactos 40 años), logré cumplir: llevar el teatro al seno de las universidades, para que los jóvenes estudiantes del derecho, la medicina, la economía, las letras o la agronomía y la veterinaria, aprendiesen, desde el oficio teatral, a ser profesionales menos apegados al rédito económico cuando se doctorasen y además, fundamentalmente además, conseguir que los espectadores de todas las clases sociales sin distinción pudiesen ingresar GRATUITAMENTE a un teatro dentro de la Universidad, para enriquecerse con el disfrute de textos dramáticos que ningún teatro comercial, de los que manejan burócratas empresarios, -ni cobrando una entrada carísima-, se molestaría en ofrecerles.
La clave entre las dos fotos, la de los 17 años que tomó Ricardo Aronovich y esta de los 74, que tomaron mis amigos de Mar del Plata, es que el OBJETIVO no se modificó nunca, porque las CONVICCIONES tampoco dejaron de ser una doctrina de vida, férreamente inmodificable hasta la llegada de la hora final.
Una vez más, en este año de sus cuarenta de haber sido creado, los invito a recorrer este Blog, como les guste, tomando en el índice de la izquierda, un año, un mes, un capítulo al azar.
Estoy seguro que la historia fragmentada de aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (que el público prefería llamar “el TUBA”) no los va a aburrir ni a resultar superflua en nuestros días, porque desgraciadamente no volvió a haber un TEATRO DE REPERTORIO hecho por jóvenes en la Universidad de Buenos Aires… y porque la voluntad de servicio y el apasionado fervor que pusieron aquellos 1600 jóvenes estudiantes y hasta graduados, que participaron durante nueve años seguidos de sus talleres artísticos y escenotécnicos merece ser revisada, comprobada y -¿por qué no-, homenajeada.
Fue producto de severas CONVICCIONES, que en mi caso –y lo hago cómplice a mi gato Patricio-, permanecen intactas, a pesar del tiempo transcurrido.
martes, 3 de junio de 2014
EL ULTIMO LEGADO, UNA MANERA DE SEGUIR ESTANDO JUNTO A AQUELLOS OTRORA JOVENES DEL TUBA
Siempre
fui coleccionista de música grabada, desde los 18 años, con mi primer sueldo de
empleado público, cuando compré mi primer disco “long play” en la afamada Casa
Piscitelli de Buenos Aires, con dos poemas sinfónicos de Richard Strauss
dirigidos por Arturo Toscanini.
De esos obsoletos “long play” llegué a tener más de 5.000, que un buen día doné a distintas instituciones. Más adelante coleccioné videos, discos compactos, DVDs. y a partir de su rutilante aparición en el mercado internacional, el asombroso BLU-RAY.
He donado todo a la Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la Pontificia Universidad Católica Argentina, para que sirva de apoyo a las disciplinas académicas de los actuales y futuros jóvenes estudiantes de música de mi país.
He recibido por estos días una valiosa carta de parte de las autoridades de esa Institución.
¿Por qué digo “valiosa”…?
Porque a mis 74 años, siento que esa carta es el testimonio tangible de mi devoción por los jóvenes y una manera tal vez caprichosa (pero valedera para mí) de seguir estando cerca de la juventud estudiantil, como cuando –cuarenta años atrás-, me acerqué a la Universidad de Buenos Aires, para proponer esa suerte de “descabellada locura”, que fue la erección del único hasta hoy, Teatro Universitario de Repertorio de la UBA, el que logró existir –pese a todas las trabas habidas y por haber-, durante nueve gloriosos años, en el contexto de una Argentina sumida en el terror más pavoroso, pero que en estos definitivos tiempos de Democracia nadie se ha interesado por continuar, traer al presente y superar.
He aquí la copia textual de mi carta de gratitud a la Universidad Católica, por su “valiosa carta” documentando mi donación:
Si pudiera encontrar las palabras que tradujesen su significado para mí…
Soy de los que todavía valoran la importancia del papel escrito, aunque los medios de comunicación modernos intenten suplirlo.
Esta carta, -este papel-, me significa muchas cosas, a mis 74 años.
Me significa, al conservarlo en la misma caja rústica en la que guardo recuerdos de aquel Teatro de la Universidad de Buenos Aires, que fundé hace 40 años, que mi dedicación a los jóvenes de todas las disciplinas científicas y humanísticas que pasaron por sus talleres artísticos y artesanales, no se interrumpió, cuando nueve años más tarde, en junio de 1983, ese hermoso Centro Dramático debió cerrar sus puertas.
Nunca milité en ninguna corriente política, pero las universidades, por desgracia, suelen estar sometidas a vaivenes ideológicos contrapuestos y el Teatro de la Universidad de Buenos Aires, en cuyo repertorio se habían dado cita los clásicos y los modernos y a cuyas 1.163 representaciones con acceso libre y gratuito habían asistido unos 48.000 espectadores por temporada, feneció víctima de esos irracionales vaivenes.
En este año 2014 se cumplen, en agosto, los 40 años de la mañana en que yo formulase ante las autoridades de la UBA, mi propuesta de crear un Centro de Drama Universitario, como los que existen en la mayoría de las Casas de Altos Estudios del mundo entero.
Cuarenta años más tarde y sin que, pese a denodados intentos, se haya podido volver a erigir un Teatro Universitario en la UBA, yo he podido cumplir una secreta, íntima promesa, de volver a reunirme con los jóvenes estudiantes.
Ya no es en el marco fatigoso del drama representado (¡cuesta tanto armar decorados, coser trajes, ensayar obras completas, llevarlas en gira por distintos lugares…!), sino con el mero hecho de haber podido transferir (no uso el término “donar”) una determinada acumulación de óperas, ballets y conciertos, para que sirvan de apoyo a las clases teóricas en una facultad de música.
Y con este mero papel –esta hermosa carta- en mis manos o sabiéndola guardada junto a los recuerdos de aquel Teatro de la UBA, yo voy a poder sentir que sigo estando allí: junto a los jóvenes, que son y serán siempre la esperanza de un porvenir más justo y luminoso.
¡Aunque hagan lío, como les pide Francisco…!
Gracias, Dra. Diana y un muy cariñoso “Hasta siempre”.
De esos obsoletos “long play” llegué a tener más de 5.000, que un buen día doné a distintas instituciones. Más adelante coleccioné videos, discos compactos, DVDs. y a partir de su rutilante aparición en el mercado internacional, el asombroso BLU-RAY.
La foto ilustra una de las paredes del living de mi
casa en Mar del Plata, donde había acumulado hasta no hace mucho un caudal
enorme de óperas, ballets y conciertos, todo en ediciones originales, adquiridas
a un costo que siempre superó mis posibilidades, aunque jamás quedé en deuda
con nadie.
Dije en el párrafo anterior “había”, porque hoy
esos cientos, miles de testimonios visuales y sonoros de los más grandes
artistas de todos los tiempos, ya no están.He donado todo a la Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la Pontificia Universidad Católica Argentina, para que sirva de apoyo a las disciplinas académicas de los actuales y futuros jóvenes estudiantes de música de mi país.
He recibido por estos días una valiosa carta de parte de las autoridades de esa Institución.
¿Por qué digo “valiosa”…?
Porque a mis 74 años, siento que esa carta es el testimonio tangible de mi devoción por los jóvenes y una manera tal vez caprichosa (pero valedera para mí) de seguir estando cerca de la juventud estudiantil, como cuando –cuarenta años atrás-, me acerqué a la Universidad de Buenos Aires, para proponer esa suerte de “descabellada locura”, que fue la erección del único hasta hoy, Teatro Universitario de Repertorio de la UBA, el que logró existir –pese a todas las trabas habidas y por haber-, durante nueve gloriosos años, en el contexto de una Argentina sumida en el terror más pavoroso, pero que en estos definitivos tiempos de Democracia nadie se ha interesado por continuar, traer al presente y superar.
He aquí la copia textual de mi carta de gratitud a la Universidad Católica, por su “valiosa carta” documentando mi donación:
Dra. Diana
Fernández Calvo
Tengo en mis
manos la carta que Ud. tuviera la deferencia de enviarme, cuyo contenido me
fuera adelantado vía correo electrónico.Si pudiera encontrar las palabras que tradujesen su significado para mí…
Soy de los que todavía valoran la importancia del papel escrito, aunque los medios de comunicación modernos intenten suplirlo.
Esta carta, -este papel-, me significa muchas cosas, a mis 74 años.
Me significa, al conservarlo en la misma caja rústica en la que guardo recuerdos de aquel Teatro de la Universidad de Buenos Aires, que fundé hace 40 años, que mi dedicación a los jóvenes de todas las disciplinas científicas y humanísticas que pasaron por sus talleres artísticos y artesanales, no se interrumpió, cuando nueve años más tarde, en junio de 1983, ese hermoso Centro Dramático debió cerrar sus puertas.
Nunca milité en ninguna corriente política, pero las universidades, por desgracia, suelen estar sometidas a vaivenes ideológicos contrapuestos y el Teatro de la Universidad de Buenos Aires, en cuyo repertorio se habían dado cita los clásicos y los modernos y a cuyas 1.163 representaciones con acceso libre y gratuito habían asistido unos 48.000 espectadores por temporada, feneció víctima de esos irracionales vaivenes.
En este año 2014 se cumplen, en agosto, los 40 años de la mañana en que yo formulase ante las autoridades de la UBA, mi propuesta de crear un Centro de Drama Universitario, como los que existen en la mayoría de las Casas de Altos Estudios del mundo entero.
Cuarenta años más tarde y sin que, pese a denodados intentos, se haya podido volver a erigir un Teatro Universitario en la UBA, yo he podido cumplir una secreta, íntima promesa, de volver a reunirme con los jóvenes estudiantes.
Ya no es en el marco fatigoso del drama representado (¡cuesta tanto armar decorados, coser trajes, ensayar obras completas, llevarlas en gira por distintos lugares…!), sino con el mero hecho de haber podido transferir (no uso el término “donar”) una determinada acumulación de óperas, ballets y conciertos, para que sirvan de apoyo a las clases teóricas en una facultad de música.
Y con este mero papel –esta hermosa carta- en mis manos o sabiéndola guardada junto a los recuerdos de aquel Teatro de la UBA, yo voy a poder sentir que sigo estando allí: junto a los jóvenes, que son y serán siempre la esperanza de un porvenir más justo y luminoso.
¡Aunque hagan lío, como les pide Francisco…!
Gracias, Dra. Diana y un muy cariñoso “Hasta siempre”.
sábado, 10 de mayo de 2014
SIETE MINUTOS PARA CONTAR UNA HISTORIA DE NUEVE AÑOS QUE SE INICIO HACE CUARENTA
Los siete minutos de este
pequeño video, rescatado de YouTube, resumen todo lo que quedó en imágenes
filmadas de la historia de nueve años del Teatro de la Universidad de Buenos
Aires.Filmábamos con una rudimentaria cámara de Super-8 que yo tenía, con unos rollitos de celuloide de la marca Kodak, que se revelaban en otro país.
Un buen día, varios años después de que el TUBA se cerrara, apareció la técnica para transformar esas cintas de celuloide en imágenes de video. Era tarde. Como sucedió con muchas películas de Hollywood, la humedad había dañado las casi cuatro horas que habíamos logrado registrar, de los más de 100 espectáculos montados en el TUBA y sólo su pudieron rescatar algunos fragmentos: estos milagrosos siete minutos, en los que se amalgaman escenas de “Comedia de errores”, de Shakespeare; “Leonce y Lena” y “Woyzeck”, de Georg Buchner; “Relojero”, de Armando Discépolo; “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca; “Blanco, negro, blanco”, de Alfonsina Storni; “El poeta”, de Enrique Wernicke; “Lucía Miranda”, de Miguel Ortega; “Una tragedia florentina”, de Oscar Wilde; “La sombra del valle”, de John Synge; “Un trágico a la fuerza”, de Anton Chéjov; “Miedos y soledades”, de Juan Carlos Ghiano; “Fedra”, de Jean Racine y “La marquesa Rosalinda”, de Ramón del Valle Inclán.
¡Cuánto se perdió de todo lo que habíamos filmado, pagando el costo de filmación de nuestro propio bolsillo…!
Sin embargo, -increíblemente-, hay unos pocos instantes, y EN COLORES, del primer espectáculo del TUBA: la escenificación del diálogo de Platón llamado “Fedón, o Del alma”, con que se inició la historia cuarenta años atrás, el 30 de noviembre de 1974…!!!
Quien compaginó las secuencias, puso al azar momentos de audio de las grabaciones de diversos espectáculos del TUBA, con lo cual el diálogo entre dos compadritos, en el sainete “Entre bueyes no hay cornadas”, de José González Castillo, fue a encimarse (no muy adecuadamente, por cierto) con las imágenes del último encuentro de Sócrates con sus discípulos, en ese hoy lejano “Fedón”, de noviembre de 1974.
Para quien vea hoy estos siete minutos en algún remoto lugar del mundo o aquí, en la Argentina, en medio de una era tecnológica en la que los teléfonos celulares filman cualquier cosa en la más perfecta Alta Definición, seguramente el testimonio va a carecer de valor.
Sin embargo, lo tiene y mucho.
Estos siete minutos tienen hoy la fuerza de una denuncia. Aquel teatro de jóvenes universitarios EXISTIO, aunque desde el Centro Cultural Rojas de la UBA, (emplazado en el mismo solar en donde el TUBA llevó a cabo 1.163 representaciones), se empecinen en negarlo.
Trabajó denodadamente durante nueve años seguidos para acercar el teatro en forma LIBRE y GRATUITA, desde los claustros de la Universidad, a decenas de miles de espectadores provenientes de todos los sectores sociales de la comunidad. Fue combatido, censurado y amenazado y finalmente no tuvo otro remedio que sucumbir…
¡Pero fueron tantos sus desafíos, tanto su coraje en medio de una época tenebrosa, que estos siete minutos son –por fortuna-, la elocuente demostración de que el idealismo y la vital pasión de los jóvenes NUNCA MUERE…!
viernes, 14 de marzo de 2014
A CUARENTA AÑOS DEL NACIMIENTO DEL TUBA
En pocos meses más –en agosto-, se van a cumplir cuarenta años del surgimiento del Teatro de la Universidad de Buenos Aires, el que existió entre 1974 y casi fines de 1983.
La Universidad de Buenos Aires cuenta con un área de teatro desde la creación del Centro Cultural Ricardo Rojas, allá por 1985, en la que se convoca a grupos, probablemente formados por universitarios –o no-, pero sin la fisonomía de “teatro de repertorio” que caracterizó al TUBA.
El TUBA (sigla cuestionada por la Universidad por su parecido con la de la FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires), identificaba a una congregación heterogénea de estudiantes, docentes, no docentes y graduados, a la que se sumaban actores profesionales o en formación, que había tenido su origen en una propuesta mía, tirada poco menos que al azar en una reunión con un Director de Cultura de la UBA, en agosto de 1974, a la que yo había sido convocado para proyectar mi película “El solitario”, filmada en Super-8 sobre un cuento homónimo de Horacio Quiroga.
Yo (Ariel Quiroga, sin parentesco con Horacio), era un director teatral con casi veinte años de trayectoria en los elencos independientes, a partir de 1956. A los 34 años acumulaba una experiencia de lucha por la consolidación de una cultura popular, desintoxicada de intereses comerciales y exitistas.
Había estado cinco años en Nuevo Teatro, trabajando como actor-obrero al lado de Pedro Asquini, Alejandra Boero y Héctor Alterio y como realizador escénico tenía el mérito de haber llevado a cabo un repertorio sin indulgencias, con títulos como “El viaje”, de Georges Schehadé o “Historia de Pablo”, de Cesare Pavese (1967); “La Arialda”, de Giovanni Testori o “Magia Roja”, de Michel de Ghelderode (1968), para culminar con “El profanador”, de Thierry Maulnier en 1969, de la que se dijo que marcaba “un punto de referencia alto, solitario y aleccionador para todo lo que se hiciese sobre los escenarios a partir de allí”.
Ninguno de esos “voluminosos” antecedentes me capacitaba para abordar la erección de un Teatro Universitario en un ámbito despojado, inerte y para colmo faccioso, como lo era la Dirección de Cultura de la Universidad de Buenos Aires en 1974.
Yo sabía desde mucho tiempo atrás que quería hacer teatro sin depender del gusto de los empresarios, ni de la aprobación de los críticos ni de los relativos “éxitos de boletería”, pero no tenía la menor idea sobre cómo concretar la existencia de una “troupe teatral universitaria”, que funcionase bajo el método del llamado “repertorio en alternancia”.
Había oído hablar de los teatros universitarios europeos, que venían desde los albores del Humanismo o del teatro combativo que se hacía en las universidades norteamericanas, pero no habiendo cursado ninguna carrera universitaria, desconocía por completo cómo funcionaban internamente las universidades en la Argentina.
La historia del TUBA está ampliamente contada en las 277 “entradas” o capítulos de este Blog, sin seguir un derrotero cronológico. Yo invito –siempre lo hago- a los jóvenes teatristas que se interesen por la experimentación, a que ingresen a este sitio y busquen en distintos años (a partir de 2010), los temas, agrupados por mes, cuyos títulos de la columna de la izquierda más les atraigan.
En cada “entrada” o capítulo ha quedado preservado para una difusa “posteridad” la epopeya de juventud que significó erigir un TEATRO DE REPERTORIO, con continuidad a lo largo de nueve años consecutivos (1.163 representaciones concretadas), en el seno de una Universidad –y de una época de la Argentina-, signada por el terror, la amenaza, el desprecio por la vida; la prohibición ignorante y el afán destructivo de todo arte renovadoramente contestatario.
El mérito del TUBA es haber logrado existir (hasta el último desfallecimiento, en junio de 1983), en medio de tanta degradación, de la que no fue para nada “cómplice” como se trató de argumentar después.
El desmérito de la Universidad y de su Centro Cultural Rojas, mantenido sin variantes en estos treinta y un años ya trascurridos desde el día en que ese teatro se cerró, es no haberle hecho honor a esa epopeya de juventud que fue el TUBA y –para pérdida de generaciones de jóvenes teatristas-, no haber creado espacios –al amparo de una vigente, inabolible democracia-, donde los repertorios y la función social del TUBA, con sus representaciones de acceso gratuito, pudieran gozar de una permanente vitalidad, libre de prohibiciones y acechanzas.
lunes, 29 de abril de 2013
FINAL DE UN CAMINO HACIA ATRÁS
Comunico a quienes se
dedican a menudo a abrir este Blog o a quienes lo abran por primera
vez de aquí en más, que hoy -29 de abril de 2013-, he decidido
poner fin a su escritura.
Empecé a desarrollarlo el 17 de febrero de 2010, con una primera “entrada” (o “capítulo”) titulada: “SENTIDO DEL TEATRO HECHO CON JÓVENES UNIVERSITARIOS” y a lo largo de los años subsiguientes se han ido acumulando (incluída esta), 276 entradas (o capítulos) más, en los que traté de narrar, con la mayor cantidad posible de testimonios fehacientes (imágenes, grabaciones, documentación fidedigna), lo que fue la historia de nueve años seguidos de un Centro de Drama que se originó, a mi propuesta, en la Dirección de Cultura de la Universidad de Buenos Aires, a mediados de 1974.
Empezaba, por entonces, la más negra, la más horrenda circunstancia histórica que ha debido atravesar la República Argentina desde su nacimiento como tal, pero yo no lo sabía. Como la mayoría de los habitantes de esta tierra, no lo supimos hasta muchos años después, hasta que el primer presidente de la era democrática que se inició a fines de 1983, el Dr. Don Raul Alfonsín, a medida que él también se fue enterando, nos lo hizo saber, al crear la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), con fecha 15 de diciembre de 1983.
En ese contexto histórico que hoy la conciencia moral de los argentinos repudia, surgió de las entrañas de la Universidad de Buenos Aires el primer (y hasta hoy Único) TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, que empezó llamándose genéricamente “TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES” y que a partir de su quinta temporada, por exigencia de la propia Universidad, figuró en programas de mano y anuncios como “TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES”.
Esa historia de nueve años del que popularmente se conoció como “el TUBA” es la que he venido desbrozando, en forma no cronológica, en este Blog, que en 68 países del mundo (incluída la Argentina), ha sido visitado13.929 veces hasta hoy. Hay mucho, muchísimo material a disposición de eventuales investigadores que quisieran recopilarlo. Yo empecé a militar en las trincheras (casi siempre subterráneas) de los teatros independientes en 1956 y hoy, cerca de cumplir los 73 años, me siento muy cansado. Como le hace decir Federico Fellini en "8 1/2" al personaje de Mastroianni (que es él mismo): "Hay que prepararse para el silencio".
Me sigue sorprendiendo que nadie, en ese lugar llamado “Centro Cultural Rector Ricardo Rojas”, que ocupa el mismo viejo solar de la avenida Corrientes al 2038, (en el que el TUBA llevó a cabo unas 1.100 representaciones con entrada LIBRE y GRATUITA para un público verdaderamente multitudinario), que nadie -repito- me haya llamado alguna vez, en estos casi tres años y medio de existencia del Blog en la web, para intentar un acercamiento que nos permitiera dilucidar juntos la verdadera razón por la cual la UBA no quiso seguir, luego de mi renuncia en junio de 1983, la historia de ese TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, siendo que a partir de 1994 existe la AITU (la Asociación Internacional del Teatro Universitario), creada en Lieja, Bélgica y que congrega a todas las formaciones de elencos universitarios del mundo entero, con la lamentable (e inexplicable) excepción de la Universidad de Buenos Aires.
No importa. Me cansé de esperar respuestas. El Blog seguirá estando, a disposición de quienes quieran abrirlo y consultarlo, mientras los contenidos de la web existan. Me felicito de haber tenido suficiente tiempo y ganas para dejar tantos testimonios de una epopeya de juventud que no merecía quedar sepultada en la nebulosa del tiempo, por culpa de tantos como tuvieron la intención de sepultarla y abolirla.
La MEMORIA, de la que carecen los animalitos, (hoy es su día y lo vamos a celebrar con mi gato Patricio), es un privilegio de la condición humana que no podemos (ni debemos) desperdiciar.
Los invito a recorrer ese “camino hacia atrás”, que propone este Blog sobre la Historia del TUBA. Puede que los jóvenes teatristas del mundo encuentren incentivos en él para iniciar sus propios caminos.
Yo, a la manera del personaje de la novela de Daniel de Foe, trataré que “unos pocos años de tranquila felicidad compensen mis anteriores desventuras”...
Empecé a desarrollarlo el 17 de febrero de 2010, con una primera “entrada” (o “capítulo”) titulada: “SENTIDO DEL TEATRO HECHO CON JÓVENES UNIVERSITARIOS” y a lo largo de los años subsiguientes se han ido acumulando (incluída esta), 276 entradas (o capítulos) más, en los que traté de narrar, con la mayor cantidad posible de testimonios fehacientes (imágenes, grabaciones, documentación fidedigna), lo que fue la historia de nueve años seguidos de un Centro de Drama que se originó, a mi propuesta, en la Dirección de Cultura de la Universidad de Buenos Aires, a mediados de 1974.
Empezaba, por entonces, la más negra, la más horrenda circunstancia histórica que ha debido atravesar la República Argentina desde su nacimiento como tal, pero yo no lo sabía. Como la mayoría de los habitantes de esta tierra, no lo supimos hasta muchos años después, hasta que el primer presidente de la era democrática que se inició a fines de 1983, el Dr. Don Raul Alfonsín, a medida que él también se fue enterando, nos lo hizo saber, al crear la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), con fecha 15 de diciembre de 1983.
En ese contexto histórico que hoy la conciencia moral de los argentinos repudia, surgió de las entrañas de la Universidad de Buenos Aires el primer (y hasta hoy Único) TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, que empezó llamándose genéricamente “TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES” y que a partir de su quinta temporada, por exigencia de la propia Universidad, figuró en programas de mano y anuncios como “TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES”.
Esa historia de nueve años del que popularmente se conoció como “el TUBA” es la que he venido desbrozando, en forma no cronológica, en este Blog, que en 68 países del mundo (incluída la Argentina), ha sido visitado13.929 veces hasta hoy. Hay mucho, muchísimo material a disposición de eventuales investigadores que quisieran recopilarlo. Yo empecé a militar en las trincheras (casi siempre subterráneas) de los teatros independientes en 1956 y hoy, cerca de cumplir los 73 años, me siento muy cansado. Como le hace decir Federico Fellini en "8 1/2" al personaje de Mastroianni (que es él mismo): "Hay que prepararse para el silencio".
Me sigue sorprendiendo que nadie, en ese lugar llamado “Centro Cultural Rector Ricardo Rojas”, que ocupa el mismo viejo solar de la avenida Corrientes al 2038, (en el que el TUBA llevó a cabo unas 1.100 representaciones con entrada LIBRE y GRATUITA para un público verdaderamente multitudinario), que nadie -repito- me haya llamado alguna vez, en estos casi tres años y medio de existencia del Blog en la web, para intentar un acercamiento que nos permitiera dilucidar juntos la verdadera razón por la cual la UBA no quiso seguir, luego de mi renuncia en junio de 1983, la historia de ese TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, siendo que a partir de 1994 existe la AITU (la Asociación Internacional del Teatro Universitario), creada en Lieja, Bélgica y que congrega a todas las formaciones de elencos universitarios del mundo entero, con la lamentable (e inexplicable) excepción de la Universidad de Buenos Aires.
No importa. Me cansé de esperar respuestas. El Blog seguirá estando, a disposición de quienes quieran abrirlo y consultarlo, mientras los contenidos de la web existan. Me felicito de haber tenido suficiente tiempo y ganas para dejar tantos testimonios de una epopeya de juventud que no merecía quedar sepultada en la nebulosa del tiempo, por culpa de tantos como tuvieron la intención de sepultarla y abolirla.
La MEMORIA, de la que carecen los animalitos, (hoy es su día y lo vamos a celebrar con mi gato Patricio), es un privilegio de la condición humana que no podemos (ni debemos) desperdiciar.
Los invito a recorrer ese “camino hacia atrás”, que propone este Blog sobre la Historia del TUBA. Puede que los jóvenes teatristas del mundo encuentren incentivos en él para iniciar sus propios caminos.
Yo, a la manera del personaje de la novela de Daniel de Foe, trataré que “unos pocos años de tranquila felicidad compensen mis anteriores desventuras”...
sábado, 6 de abril de 2013
EL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES EXISTIÓ, PORQUE NOSOTROS EXISTIMOS...
Un estudiante de Ciencias Económicas y una estudiante de Medicina, en una escena
de "Comedia de errores", de Shakespeare (TUBA, temporada de 1978)
La UBA es una universidad dispersa. Sus edificios se desparraman por
barrios muy alejados entre sí de la ciudad de Buenos Aires, con lo
cual es muy difícil instrumentar actividades que agrupen a alumnos,
docentes y personal no docente de las distintas Casas de estudio.
De un modo inesperado, el
TUBA (que empezó llamándose genéricamente TEATRO UNIVERSITARIO DE
BUENOS AIRES, con lo cual bien pudo no haber dependido de la UBA,
pero al que la UBA hizo “suyo” a partir del quinto año de
actividad permanente de este Centro de Drama, al exigir que figurase
como TEATRO “DE LA” UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES), el TUBA (estaba
diciendo antes de irme por las ramas), lo consiguió.
En
sus cuadros artísticos y escenotécnicos y en sus cursos
introductorios participaron estudiantes y hasta egresados de todas
las carreras dependientes del Rectorado de la UBA. Nunca llegué a
contar con una estadística que me revelase de qué carrera habían
llegado en mayor número; recuerdo que hubo muchos “futuros
abogados” y “futuros médicos”; también muchos “futuros
economistas” y “futuros arquitectos”. Lo cierto es que el TUBA,
además de ser un auténtico TEATRO DE REPERTORIO, fue también un
lugar de convocatoria participativa,
en una época en la que ambas cosas eran palabra prohibida por el
terrorismo de Estado imperante.
Fuimos
el primer teatro de repertorio estable desde la fundación de la UBA
en 1821 y el último hasta hoy, ya que en el ámbito del Centro
Cultural Rojas se hace teatro, pero a través de grupos no vinculados
entre sí, de permanencia circunstancial.
Los
repertorios del TUBA, que se exhibieron al público GRATUITAMENTE
durante nueve temporadas consecutivas (con un total de 1.163
representaciones entre noviembre de 1974 y septiembre de 1983),
abarcaron todas las corrientes estético-filosóficas del drama
representado, desde la remota antigüedad de un Esquilo, un Terencio,
un Sófocles o un Menandro hasta la inmediata contemporaneidad de un
Armando Discépolo, un Ramón del Valle Inclán, un Enrique Wernicke
o un Daniel Hadis (por entonces, estudiante de derecho en la UBA, que
escribió “El día que mataron a Batman”, uno de los textos más
irritantes, provocadores y audaces que el TUBA dió a conocer en toda
su historia, que sacudió a miles de jóvenes en la temporada de
1982, junto a “consagrados” en la cartelera alternativa de ese
año, como Chéjov, Pirandello, Ibsen o el irlandés John Synge).
Se
pudo hacer tanto desde el precario escenario de la sala de la planta
baja del arruinado edificio de Corrientes 2038; desde la sala
inventada, a modo de “espacio multívoco” (idea de Gastón
Breyer), en el vacío y gélido páramo de la cancha de pelota del
último piso de ese edificio o deambulando por tantos otros lugares,
como el cuartel de bomberos de Florencio Varela, los gimnasios y
aulas magnas de casi todas las facultades, el salón de actos de la
Universidad de Morón, el pabellón de las Américas de la
Universidad de Córdoba, la parroquia Santa María de Betania, el
Teatro Nacional Cervantes, el Regio de Colegiales, el Centro Cultural
San Martín, la Biblioteca Popular de Olivos o la Biblioteca
Argentina para Ciegos, el Centro Cultural de Tigre, el Teatro
Auditorium de Mar del Plata o un tablado en pleno campo en la
localidad de Chacabuco; sin presupuesto, sin paga de viáticos, sin
ayuda de ninguna naturaleza por parte del personal de la “dirección
de cultura” de la UBA, sin promociones periodísticas, televisivas
ni radiales... que uno no se explica porqué después del forzado
cierre del TUBA, en junio de 1983, no hubo nunca más, a lo largo de
estos 30 años que han venido sucediéndose, una suerte de
continuidad de aquel,
o un nuevo teatro de repertorio
en la Universidad de Buenos Aires.
Cuesta
aceptar (aunque nos orgullesca y al mismo tiempo nos apesadumbre),
que el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (conocido como “el
TUBA”), existió... sólo porque nosotros (los del TUBA),
existimos.
¿Qué
factor desalentador ha privado para que nadie, ningún funcionario
del área de cultura y extensión universitaria de la UBA, a lo largo
de estos ya definitivos 30 años de vida democrática en la
Argentina, haya pensado en convocar a los alumnos, docentes, no
docentes y graduados de todas las disciplinas académicas que dictan
las facultades y colegios dependientes del Rectorado de la UBA, para
recrear -como se hacía en el TUBA-, la vida de teatro dentro
del teatro, difundiendo además -sin propósitos comerciales ni
exitistas-, las obras siempre vigentes de un Molière, un Lope de
Rueda, un Francisco Deffilippis Novoa, un Nemesio Trejo o un ignoto
amanuense de las caballerizas llamado William Shakespeare...?
sábado, 23 de marzo de 2013
ELOGIO DE LA POBREZA
Escena de "Los cautivos" de Plauto, en el Teatro Nacional Cervantes (1976)
El "vestuario" fue confeccionado con trozos de arpillera teñida
El presente que nos llega
desde Roma, con un flamante Papa que se siente más cómodo entre los
pobres que en medio de los fastos de su “entronización”, es un
presente que nos lleva a entender mejor algunas cosas del pasado.
Todo este Blog sobre la
historia del Teatro de la Universidad de Buenos Aires (1974 – 1983)
es un viaje de regreso al pasado, pero hoy, a partir de la llegada a
la Casa de Pedro de Francisco Iº, ese pasado tan ominosamente
abolido por la propia Universidad que albergó aquel Teatro de
jóvenes universitarios, adquiere un rechinante, urgente sentido de
VALIDEZ, de honrosa LEGITIMIDAD.
El TUBA (como se lo
llamaba), fue un teatro pobre.
Las herramientas de
trabajo las traían de sus casas sus propios intregrantes.
El edificio donde se
afincó y desde el que proyectó sus repertorios hacia miles de
espectadores, a través de 1.163 representaciones con acceso
GRATUITO, era una ruina. Un lugar inhabitable, al que el TUBA
consiguió habitar durante nueve años seguidos, a fuerza de hacer de
la precariedad, la mugre y el riesgo una suerte de “estoica
costumbre”.
Todo cuanto en escena, en
una obra de época o con decorados necesariamente corpóreos, lucía
como “de un teatro como los demás teatros”, era donado por los
espectadores (sombreros, botas, vestidos largos, sombrillas, guantes,
muebles de estilo, lámparas, arañas, cuadros...) o traído a
urtadillas de las casas de los propios integrantes del elenco.
La máquina de coser “de
lanzadera”, que jugaba un rol importante en “Relojero”, de
Discépolo (temporada 1978), era la que mi madre usaba para
remendarme los guardapolvos del colegio o coserse sus vestidos para
ir a la oficina en la que trabajó cuarenta años.
El TUBA era mal visto
cuando ingresaba con todas “sus porquerías” para hacer una
función en la Facultad de Derecho o en la de Medicina. Las inútiles
pero arrogantes empleadas de la “dirección de cultura”, de la
que el TUBA estaba obligado a depender, se sentían molestas por el
“olor a baño” que había en el pasillo de acceso a la sala de
Corrientes 2038, cuando alguna vez (no habrán sido más de cuatro o
cinco en nueve años), se dignaban asistir a alguna de nuestras
funciones.
Esos baños que daban al
pasillo los usaba el público y también las chicas y muchachos del
TUBA para cambiarse de ropa y pintarse la cara para la actuación.
Una vez ingresados a la caja del escenario, durara lo que durase la
obra, su único “baño” posible era una lata que circulaba por
entre los telones, de mano en mano.
Salvo sus presentaciones
en el Cervantes, en el Auditorium de Mar del Plata o en el Teatro de
las Provincias (hoy “Regio”, de Colegiales), el TUBA siempre
buscó actuar en aquellos lugares donde pudiese salir al encuentro de
la gente que rara vez o nunca hubiese visto un espectáculo teatral,
por carecer del dinero para pagarlo: parroquias, almacenes de ramos
generales en la provincia, un cuartel de bomberos en Florencio
Varela, un tablado en pleno campo en la localidad de Chacabuco, los
chicos de los parajes isleños convocados por el municipio de Tigre
para ver maravillados una obra de Alfonsina Storni, la biblioteca de
ciegos de Medrano y Lezica donde se hacía teatro leído todos los
viernes, el sótano de Filosofía y Letras, con los estudiantes
sentados en el piso, la biblioteca popular de Olivos, donde se
llevaron las comedias satíricas de Terencio, Plauto y Menandro...
El TUBA fue un teatro
hecho con harapos, con pedazos de madera (tengo todavía que contar
en el Blog la historia del sumario administrativo que nos hicieron
por usar tablones de un banco que estaban desde hacía años a la
intemperie, en la terraza de Corerientes 2038, acusándonos de
“destrucción del patrimonio de la Universidad”), con clavos
herrumbrados, telones cosidos con aguja de colchonero y mucha fatiga,
muchas horas robadas al descanso y compartidas con las horas de
estudio, con libretos copiados en máquinas de escribir Olivetti y
carbónicos gastados... y con volantes que se imprimían en la
imprenta de uno de sus integrantes, para salir luego por las calles,
hiciese calor o frío, a convocar a ese público “común y
silvestre”, que la Universidad despreciaba porque (así nos lo
hacían saber sus autoridades), “no estaba a la altura de su
jerarquía académica”.
El TUBA fue un teatro
pobre... que buscó brindar su trabajo, su esfuerzo y su pasión por
la vida de teatro a aquellos cientos de miles que gozaron de esa
pasión sin tener que pagar un solo centavo.
Si Francisco Iº sale de
la opulencia del Vaticano a recorrer los barrios bajos de Roma o de
cualquier otra ciudad del resto del mundo y se le ocurre (por qué
no...?), asistir a una representación teatral, seguramente va a
elegir un teatrucho pobre, hecho por jóvenes pobres, altruístamente
pobres... como lo fue el TUBA.
miércoles, 13 de marzo de 2013
LOS QUE HOY, EN ESTA ARGENTINA EN PLENA DEMOCRACIA, PUEDEN GRITAR: “DE AQUÍ NO NOS VAMOS, ESTE LUGAR ES NUESTRO...!”
Los jóvenes estudiantes de teatro de la sala Alberdi del
Centro Cultural San Martín enfrentándose con las fuerzas represivas, anoche
Los jóvenes del TUBA, saludando desde el escenario de la sala "E.Muiño"
del Centro Cultural San Martín, al finalizar su cabalgata evocativa del
sainete rioplatense, en mayo de 1975
Una de las salas del
Centro Cultural San Martín, en la zona céntrica de Buenos Aires,
lleva años en litigio y ocupada por jóvenes estudiantes de teatro y
otras disciplinas artísticas. Ayer, por la noche, la televisión
daba cuenta de los enfrentamientos con la policía metropolitana, que
intentaba desalojarlos.
Esa sala Alberdi parece
ser un lugar de libre manifestación de propuestas e ideas y ya se
sabe que eso causa malestar en los que gobiernan, tratando de imponer
su visión conservadora de la cultura.
Los tiempos han cambiado
mucho, desde la tenebrosa época en la que le tocó nacer, crecer y
finalmente morir al Teatro de la Universidad de Buenos Aires (el
TUBA). Sin embargo, los procedimientos de los que reprimen el libre
albedrío de la juventud, parecen seguir siendo los mismos.
Fuerzas de choque
arremetiendo al resguardo de sus escudos; gritos, corridas, heridos,
golpeados, detenidos y la misma enfermiza acusación de parte de los
que se consideran “autoridad”: “esos no son artistas... son
subversivos”
Contusos, sofocados,
irrefrenablemente decididos a seguir adelante, los jóvenes que
pudieron acercarse a las cámaras de la televisión, pudieron
expresarse y gritarlo: “Sabemos lo que estamos defendiendo... es
nuestro derecho a mantener nuestro lugar, para que no sea
entregado al mercantilismo”.
Treinta años atrás,
nosotros los del TUBA (los que durante nueve años consecutivos
bregamos por mantener abierto y al alcance libre y gratuito
de la comunidad toda un teatro de repertorio
en la Universidad), no tuvimos oportunidad de expresarnos con igual
firmeza.
Nos
echaron. Nos obligaron a irnos.
Hicieron
tantas porquerías desde la llamada “dirección de cultura de la
universidad de buenos aires”, que no tuvimos otra opción que
irnos, hartos de tanto hostigamiento, de tantas necias acusaciones de
ser “subversivos” y “marxistas”, de tantas prohibiciones, de
tantas burlas, de tanto codiciar nuestro lugar
(aquella mísera sala de la planta baja de Corrientes 2038, atestada
de suciedad y de ratas), para después que nos fuimos cerrarlo,
remodelarlo y volverlo a abrir con otro nombre: Centro Cultural
Rector Ricardo Rojas, pero sin que hubiera más TEATRO DE REPERTORIO
con acceso LIBRE y GRATUITO.
Sepan
valorar, estos jóvenes que hoy luchan a brazo partido por un espacio
de libertad creativa sin condicionamientos de “autoridades
culturales tradicionalistas”, que hoy pueden gritarlo hasta
desgañitarse y salir en la televisión y en los diarios.
Nosotros,
los del TUBA, no pudimos. Nos tuvimos que tragar el grito y las
lágrimas. Dos notas, en Clarín y La Nación, pasaron prácticamente
desapercdibidas.
Hace
treinta años (se van a cumplir en junio de 2013), que el TUBA tuvo
que cerrarse, porque nuestro libre albedrío era demasiado
intolerable para la augusta, sacramental Universidad de Buenos Aires.
No
importa que en nuestro escenario se representase a Esquilo, a
Sófocles, a Molière, a Nemesio Trejo, a Florencio Sánchez, a Jean
Racine, a Calderón de la Barca, a Juan Carlos Ghiano, a Armando
Discépolo, a Luiggi Pirandello, a Anton Chéjov, a Carlos Mauricio
Pacheco, a Alberto Wainer, a Alberto Vacarezza, a Leopoldo Marechal,
a Alexander Pushkin, a Ramón del Valle Inclán, a Junji
Kinoshita, a William Shakespeare, a Alberto Novión, a Roberto Cossa,
a Alejandro Casona, a Terencio, a Plauto, a Menandro...
Por
haber montado “Woyzeck”, de Georg Büchner (el más gigantesco
alegato por el respeto a la condición humana), nos tildaron de
“propulsores de la infiltración marxista”, y nos PROHIBIERON al
término de la tercera representación, en medio de oscuras amenazas.
Eran
tiempos de desaparición y de muerte.
Hoy,
por fortuna, son tiempos de libre manifestación de las ideas, aunque
esas ideas ataquen a los que gobiernan.
Que
los jóvenes de hoy, que se enfrentan contra aquellos necios que
tratan de reprimirlos, sepan valorar que ninguna represión va a
poder hacerlos callar ni que sus ideales van a terminar siendo
tirados a la basura en una tumba sin nombre.
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