sábado, 6 de septiembre de 2014

LA HISTORIA DEL TUBA CRONOLOGICAMENTE NARRADA

Amigos de todo el mundo: En este Blog sobre el TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES o, en realidad, sobre el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el único hasta hoy, el que tuvo la desgracia de existir entre 1974 y 1983), he narrado en forma dispersa, a partir de febrero de 2010, hechos y circunstancias vinculadas a la heroica historia de este Centro de Drama, pero sin respetar una estricta cronología; sólo a medida que los recuerdos acudían a mi gastada memoria de septuagenario. También existe otro Blog: ARIEL QUIROGA: EL TEATRO QUE HICE, UN COMPROMISO CON LA VIDA, en el que me dediqué a narrar (también en forma no cronológica), mis comienzos en la vida de teatro, allá por 1956 y la concreción de algunos montajes que "hicieron historia", como los de "El viaje", de Georges Schehadé o "La Arialda", de Giovanni Testori, entre muchísimos más. Podría decirse que en este Blog quise dejar testimonio de cómo había llegado a ser un director "importante" (...?) en el ambiente del teatro profesional de la ciudad de Buenos Aires, en la que nací en 1940. Allá por 2006 había escrito un frondoso libro, que nunca llegué a publicar, en el que no sólo narraba, cronológicamente, mi vida como Hombre de Teatro entre 1956 y 1989, sino que intentaba abarcar varios períodos del devenir de la escena a nivel mundial y la incidencia de ciertos dramaturgos en ese devenir. Recientemente, merced a la técnica de Blogger, logré "subir" el texto de ese proyectado libro, adjuntando videos y fotografías, al ámbito sin fronteras de la web. Lo encontrarán en el siguiente sitio: www.arielquirogateatro.blogspot.com Gracias.

jueves, 7 de agosto de 2014

EL ENCUENTRO DE ESTELA Y GUIDO... Y EL FINAL DE ESTA "HISTORIA DEL TUBA"



Hoy cumplo 74 años.
Hoy acabo de leer, a primera hora de la mañana, que Estela y Guido ya se han encontrado.
Hace cuarenta años, por estos mismos días de agosto de 1974, yo presentaba ante la "dirección de cultura" (...?) de la Universidad de Buenos Aires, el proyecto de crear un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO.
Nueve años después ese teatro, salido de la nada pero convertido por su propio accionar en un Centro de Drama reconocido a nivel internacional, se veía forzado a cerrar sus puertas, por la tarea constante emanada de esa "dirección de cultura" (...?), para lograr su destrucción.
El TUBA, como se conoció popularmente a ese teatro de jóvenes universitarios (alrededor de 1.600), tuvo que existir (en realidad: subsistir) en una época de terror, depredadora de los más bellos ideales de la juventud: 1974 - 1983.
En una Argentina en Democracia para siempre no le fue permitido volver a abrir sus puertas.
Hubo mucha muerte, mucho desprecio por la vida... y luego, -tal vez comprensiblemente-, mucho rencor.
Los que hicimos el TUBA fuimos metidos en la misma bolsa que los genocidas.
Desde el escenario del TUBA se cantó a la Vida, a la Libertad y al Derecho a Pensar, a través de 1.163 representaciones ante auditorios colmados, en Buenos Aires, en Córdoba, en Mar del Plata y en tablados precarios, armados en parroquias, bibliotecas, cuarteles de bomberos, almacenes de ramos generales y a cielo abierto, en pleno campo.
 

Tal vez su canto no bastó para limpiar su historia de la sospecha de que "aceptó ser cómplice de la dictadura militar".
Esa supuesta complicidad no fue ni será jamás probada, sencillamente porque no existió.
Hubo de parte de aquella muchachada: pasión, coraje, idealismo y entrega sin reservas de sus mejores fuerzas.
Hoy leo que Estela y Guido se han podido, por fin, abrazar en el encuentro.
Hoy cumplo 74 años y esta Historia del TUBA ya no necesita seguir siendo contada.
Hay demasiados textos, fotos, videos en este Blog como para que quien quiera saberla tenga años por delante para revisarla, aprobarla o descartarla.
Lo importante hoy es que Estela terminó su búsqueda, aunque la muy empecinada vaya a seguir buscando infatigablemente.

lunes, 28 de julio de 2014

EL INCIERTO COMIENZO DEL TUBA, HACE CUARENTA AÑOS

Primeros días de agosto de 1974, cuarenta años atrás.
Una compañera de la oficina en la que yo -Ariel Quiroga-, trabajaba desde los 18 años, sabía que me estaba dedicando al cine en Super-8 y que acababa de terminar un largometraje en ese sistema: la adaptación del cuento de Horacio Quiroga "El solitario".
Esta compañera quiso que me entrevistase con un antiguo jefe, un bioquímico que acababa de ser nombrado Director de Cultura en la Universidad de Buenos Aires, para que se pudiese proyectar allí, en esa dependencia de la UBA, mi película.
Acudí a la entrevista con los tres rollos de "El solitario" bajo el brazo y mientras esperaba ser atendido me surgió la idea de volver a un proyecto que me obsesionaba desde comienzos de los años sesenta: la creación de un Teatro Universitario.
Lo habíamos intentado allá por 1961 junto con Emilio Stevanovich, el único crítico teatral del que fui realmente muy amigo, pero no fue posible concretarlo. En la Facultad de Derecho, donde estuvimos, los centros de estudiantes de distintos bandos andaban por entonces a los tiros y una encargada del área de extensión cultural (omito su nombre por respeto, porque ha fallecido), fue la que nos dijo aquella "genialidad" de: "Aquí, en esta facultad, no se puede hacer nada, ni de teatro ni de música, porque de inmediato copan los comunistas, que son los únicos que se interesan por la cultura".
En aquel agosto de 1974 la Universidad estaba cambiando de rumbo: de la extrema izquierda pasaba a ser manejada por la extrema derecha. Jamás un término medio en cuanto a lo ideológico dentro de los claustros...
Yo cumplía 34 años en aquel agosto de 1974 y tenía a mis espaldas un considerable bagaje de experiencia como hombre de teatro.
Había sido actor, escenógrafo y principalmente director de escena. "El mejor puestista de Buenos Aires", como me rotuló Alejandra Boero, con quien compartí años de lucha en aquel baluarte del teatro de compromiso social que fue Nuevo Teatro.
Unas cuantas producciones del período 1967 - 1970 me habían, dicho esto con cierto "escozor", consagrado como un director de avanzada. "Sus puestas en escena -escribió Rómulo Berruti en el poco confiable matutino Clarín-, abren nuevos rumbos en las formas de concreción del hecho escénico".
Había un problema, sin embargo, frente a la posibilidad de que yo pudiese llevar a cabo un proyecto teatral dentro de la Universidad: carecía de título universitario y ni siquiera tenía terminado el ciclo secundario.
Es que jamás pude llegar a rendir física, química y matemáticas de cuarto año y hoy, a mis 74 años, sigo siendo un bachiller sin recibir.
Fui llamado al despacho de aquel flamante "director de cultura". No hablé nada de mi película "El solitario" y sin medir las consecuencias (que fueron por igual muy buenas y muy malas), lancé la propuesta, que fue enunciada así, con estas mismas palabras: "Me gustaría formar un Teatro Universitario de Repertorio".
Pocos meses más tarde, ese titubeante, indeciso, temeroso elenco de Teatro Universitario, hacía su primera presentación ante el público: el 30 de noviembre de 1974, con la escenificación que otros cuarenta años atrás se había hecho en la Facultad de Derecho, a las órdenes de Don Antonio Cunill Cabanellas, del diálogo de Platón llamado "Fedón, o Del Alma".
Pero para saber como se consolidó, con la prepotente fuerza de un volcán en erupción, lo que llegaría a ser, hasta hoy, el único Teatro de la Universidad de Buenos Aires en toda su historia, hay que adentrarse en los meollos de este Blog, incursionar en los años y meses donde se alojan sus capítulos, sus imágenes, sus videos y sus testimonios sonoros, y entonces sí, preguntarse en todo caso:
¿Por qué ese teatro, que el público colmó en todas sus 1.163 representaciones con acceso gratuito, fue tan combatido, censurado y aniquilado por la propia Universidad que le dio su nombre...?
¿Por qué, luego de su febril trayectoria de nueve temporadas consecutivas, con tantas obras y autores de valía dados a conocer, tuvo que cerrar sus puertas en junio de 1983...?
¿Y por qué nadie intentó continuar su historia o crear otro "Teatro de la Universidad de Buenos Aires", en estas más de tres décadas en las que la UBA cuenta con el moderno Centro Cultural Rojas...?
El video insertado a continuación de todos estos interrogantes, (que la Universidad de Buenos Aires se resiste a contestar), es un apretado resumen de lo que logró llevar a cabo aquel Centro de Drama universitario, con la participación, denodadamente febril, de unos 1.600 jóvenes estudiantes, docentes y graduados, que rindieron su desinteresada pasión al culto de Talía.
 

 
 


sábado, 26 de julio de 2014

LA HERMOSA TAREA DE CONSTRUIR TEATROS

La imagen superior corresponde a un alto en la construcción del Nuevo Teatro Apolo, que más de cien jóvenes "actores-obreros" llevamos a cabo, capitaneados por la indoblegable Alejandra Boero, el indoblegable Pedro Asquini, el indoblegable Héctor Alterio y el indoblegable Rubens W. Correa, allá por los años 1965, 1966 y 1967.
Una tarea titánica, porque erigimos un moderno teatro en plena calle Corrientes, dominio por décadas del rutinario teatro comercial, para enarbolar desde su escenario la bandera del teatro de compromiso social, el que no cede terreno a los intereses de boletería.
Algunos años más tarde, también en la calle Corrientes, pero "del otro lado de Callao", o sea: en Corrientes y Ayacucho, a una cuadra de donde Nuevo Teatro había hecho su historia, en el barracón del Nro. 2120, un grupo de más de 100 jóvenes universitarios, provenientes de todas las disciplinas científicas y humanísticas del ámbito curricular de la Universidad de Buenos Aires, en otro barracón: el viejo edificio de Corrientes 2038, se largaba a la quijotada de erigir un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, a cuyas representaciones el público que llegase de todos los sectores sociales de la comunidad, pudiese acceder GRATUITAMENTE.
De aquella quijotada, cuya propuesta llevé a cabo hace 40 años, en lo que era una supuesta "dirección de cultura" de la UBA, surgió un prepotente, heroico TEATRO DE REPERTORIO, que el público de Buenos Aires conoció como "el TUBA" y en el cual se dieron a conocer, -durante nueve fatigosos años-, textos ignorados de muchísimos autores clásicos, modernos y actuales.
Los lazos de parentesco del TUBA con aquel Nuevo Teatro de la Boero y Asquini que construyó el Apolo, fueron tejidos por la misma trama de desprecio por lo comercial y la búsqueda de una dramática que despertase las conciencias de los espectadores, en la misma línea de Antoine, Max Reinhardt, Jean Louis Barrault, Bertolt Brecht y Tadeusz Kantor.
Fueron, como dije, nueve fatigosos años, en los que se concretaron 1.163 representaciones, bajo amenazas y detracciones sólo entendibles en el marco de una tenebrosa dictadura como la que sojuzgaba a la Argentina en aquellos años.
Vale la pena recordar hoy que existió "el TUBA", porque la Universidad de Buenos Aires, a lo largo de los 31 años que llevamos en Democracia, no ha intentado darle continuidad a su heroica historia, vaya a saberse por qué motivos, que jamás aceptó revelar.
Dos fotografías de aquel TUBA de 1974 a 1983, que seguramente ya figuran en este Blog: una, con sus jóvenes integrantes llegando a una nueva jornada de trabajo, en la que no sólo se desentrañaba el mensaje de Moliere, de Esquilo o Discépolo, sino que también se cosían ropajes, se serruchaban maderas para decorados, se instalaban puentes de luces y se salía a repartir volantes por la calle, entre infinidad de tareas más y la otra, con una imagen parcial de la platea abarrotada, en alguna de esas 1.163 representaciones en el precario edificio de Corrientes 2038, que hoy y desde hace mucho es sede del Centro Cultural Rojas, pero en el que no hay más un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, como lo fue el TUBA.
 
 
 



 


sábado, 19 de julio de 2014

LA DESPEDIDA A ALGUIEN QUE ESTUVO EN EL COMIENZO DEL TUBA

                                       Eduardo en 1974, el año en que se creó el TUBA 
Hace dos días falleció un amigo mío, con quien compartí largos años de cine, teatro, música clásica, Joan Baez, los Beatles y Mercedes Sosa, viajes de mochileros por los lagos del sur argentino y muchas cosas más.
Eduardo fue quien tomó la enorme foto en gris que encabeza este Blog, que corresponde al primer saludo, en el Centro Cultural San Martín, de la troupe inicial del TUBA, que formaban más de 100 jóvenes estudiantes de las disciplinas más diversas que se cursan en el marco académico de la Universidad de Buenos Aires.
A estos primeros 100 se fueron sumando sucesivas camadas de “iniciados” en la vida de un TEATRO DE REPERTORIO que, en medio de una época de terror, masacradora de todo impulso creativo de la juventud, llegaron a ser alrededor de 1.600, que militaron en el fragor del hecho escénico desde múltiples escenarios, desde el Teatro Nacional Cervantes hasta tablados montados en pleno campo, en pueblos suburbanos y del interior.
Eduardo y aquellos 1.600 idealistas, que se fueron sumando en la quijotada de mantener activo un Centro de Drama que iluminase desde los claustros de la UBA, con la voz inacallable de un Esquilo, un Sófocles, un Valle Inclán, un Georg Buchner, un Armando Discépolo, un Anton Chéjov, un Juan Carlos Ghiano o un trágicamente irónico Moliere, las conciencias de un pueblo sometido al oprobio de la esclavitud, desde un terrorismo de Estado tan inhumano como exterminador.
Eduardo estaba a mi lado cuando emprendí, a lo loco y sin haber pasado antes por la Universidad, la desaforada tarea de erigir un TEATRO DE REPERTORIO en un desierto frío y sin alma, como lo era por entonces la oficina de “extensión cultural” de la Universidad de Buenos Aires.
En nuestro pequeño departamento del barrio de Congreso se pintaron enormes telones de fondo (como el que servía de decorado para “El farsante más grande del mundo”, de John Synge, que se estrenó en el Aula magna de la Facultad de Medicina en marzo de 1975), se llevaron a cabo ensayos clandestinos, cuando los autos de la represión nos esperaban a la salida del barracón que habíamos adoptado como sala, desde la cual proyectábamos nuestros espectáculos con entrada LIBRE y GRATUITA, en el viejo edificio de Corrientes 2038, que hoy ocupa (totalmente remodelado) el Centro Cultural Rojas.
Eduardo participó de toda la ardua etapa inicial, cuando lo que sería –recién algunos años después-, el elenco oficial de Teatro de la Universidad de Buenos Aires, era sólo un bosquejo y fue testigo, en soledad, de mis derrumbes anímicos, de mis “desinfles” y mis llantos de impotencia, cuando la encarnizada animosidad emergente del seno de la propia Universidad, amenazaba todos los días con destruir ese TEATRO DE REPERTORIO, que con su prepotencia de trabajo y su indoblegable espíritu de libertad les demostraba todos los días que no eran más que una manga de retrógrados facciosos.
Eduardo partió hace dos días a una tierra tal vez mejor.
Descansa en paz Eduardo, luego de tantas batallas, de tantos viajes mochila al hombro y de tantas ilusiones como las que nos llevó a imaginar que un TEATRO DE REPERTORIO podía ser posible dentro de una Universidad.
Durante nueve gloriosos años, el TUBA fue posible y como tantos otros que pusieron su granito de arena, su pasión y su feroz idealismo, vos también, Eduardo, podés estar orgulloso de haber sido partícipe.

domingo, 6 de julio de 2014

LLEGAR, 40 AÑOS DESPUES, CON LAS MISMAS CONVICCIONES INTACTAS

Hace unos días, dos amigos de mi ciudad de adopción –Mar del Plata-, que me guiaron a comienzos de 2010 en la tarea de abrir este Blog, donde depositar en fragmentos no cronológicos la historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (1974 – 1983), me tomaron esta foto con mi gato Patricio, muy anciano él con sus quince años de vida y muy anciano yo, con mis 74, próximos a cumplirse en los primeros días de agosto.
Sin la menor intención de buscar el contraste, a la izquierda de la foto aparece, colgada en la pared, la que me fue tomada en 1957, a mis 17 años, por el luego importante fotógrafo del cine argentino y europeo Ricardo Aronovich, para el frente de unas carpas municipales donde yo estaba empezando a ser actor, en un legendario elenco independiente de Buenos Aires, llamado “Los pies descalzos”.
Hay una clave entre ese perfil de un adolescente taciturno, en la foto de Aronovich y en el rostro de frente, 57 años más tarde, que retrataron ahora mis amigos. Una clave que, tal vez, yo sólo conozca pero que necesito revelar, para que se sepa que todo lo hecho tuvo un objetivo claro desde el comienzo.
Dos años después de la foto de Aronovich, yo ponía en escena mi primer espectáculo en funciones de director: “La casa sobre el agua”, de Ugo Betti, con una enorme crítica favorable, a toda página, junto a la nota necrológica del gran Gerard Philipe, en el prestigioso (aunque ultra-derechista) diario La Nación.
En los siguientes catorce años llegué a poner en escena unas 22 obras, de autores clásicos y modernos; actué en otras tantas a las órdenes de directores-maestros de aquellos ilustres años de la década del sesenta (la década que contó), y participé de todas las faenas propias de los teatros de repertorio, desde barrer la sala, colgarme a los andamios para instalar puentes de luces, armar escenografías o repartir volantes por las calles.
Fueron fundamentales para ese aprendizaje de todas las disciplinas del ambiente escénico y el desdén por la fatua búsqueda del “éxito comercial”, mis seis años en Nuevo Teatro, la compañía creada por Alejandra Boero y Pedro Asquini, en la que militaban el sin par Héctor Alterio, Lucrecia Capello, Enrique Pinti, Rubens Correa y unos cien heroicos jóvenes más, para lograr el sueño de Romain Rolland: “Que el teatro sea pueblo y no reducto de oligarquías”.
Ya en esos años vertiginosos, febriles y apasionados, de la década del sesenta, yo tenía claro un objetivo, que recién a mediados de 1974 (hacen exactos 40 años), logré cumplir: llevar el teatro al seno de las universidades, para que los jóvenes estudiantes del derecho, la medicina, la economía, las letras o la agronomía y la veterinaria, aprendiesen, desde el oficio teatral, a ser profesionales menos apegados al rédito económico cuando se doctorasen y además, fundamentalmente además, conseguir que los espectadores de todas las clases sociales sin distinción pudiesen ingresar GRATUITAMENTE a un teatro dentro de la Universidad, para enriquecerse con el disfrute de textos dramáticos que ningún teatro comercial, de los que manejan burócratas empresarios, -ni cobrando una entrada carísima-, se molestaría en ofrecerles.
La clave entre las dos fotos, la de los 17 años que tomó Ricardo Aronovich y esta de los 74, que tomaron mis amigos de Mar del Plata, es que el OBJETIVO no se modificó nunca, porque las CONVICCIONES tampoco dejaron de ser una doctrina de vida, férreamente inmodificable hasta la llegada de la hora final.
Una vez más, en este año de sus cuarenta de haber sido creado, los invito a recorrer este Blog,  como les guste, tomando en el índice de la izquierda, un año, un mes, un capítulo al azar.
Estoy seguro que la historia fragmentada de aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (que el público prefería llamar “el TUBA”) no los va a aburrir ni a resultar superflua en nuestros días, porque desgraciadamente no volvió a haber un TEATRO DE REPERTORIO hecho por jóvenes en la Universidad de Buenos Aires… y porque la voluntad de servicio y el apasionado fervor que pusieron aquellos 1600 jóvenes estudiantes y hasta graduados, que participaron durante nueve años seguidos de sus talleres artísticos y escenotécnicos merece ser revisada, comprobada y -¿por qué no-, homenajeada.
Fue producto de severas CONVICCIONES, que en mi caso –y lo hago cómplice a mi gato Patricio-, permanecen intactas, a pesar del tiempo transcurrido.

martes, 3 de junio de 2014

EL ULTIMO LEGADO, UNA MANERA DE SEGUIR ESTANDO JUNTO A AQUELLOS OTRORA JOVENES DEL TUBA

Siempre fui coleccionista de música grabada, desde los 18 años, con mi primer sueldo de empleado público, cuando compré mi primer disco “long play” en la afamada Casa Piscitelli de Buenos Aires, con dos poemas sinfónicos de Richard Strauss dirigidos por Arturo Toscanini.
De esos obsoletos “long play” llegué a tener más de 5.000, que un buen día doné a distintas instituciones. Más adelante coleccioné videos, discos compactos, DVDs. y a partir de su rutilante aparición en el mercado internacional, el asombroso BLU-RAY.
La foto ilustra una de las paredes del living de mi casa en Mar del Plata, donde había acumulado hasta no hace mucho un caudal enorme de óperas, ballets y conciertos, todo en ediciones originales, adquiridas a un costo que siempre superó mis posibilidades, aunque jamás quedé en deuda con nadie.
Dije en el párrafo anterior “había”, porque hoy esos cientos, miles de testimonios visuales y sonoros de los más grandes artistas de todos los tiempos, ya no están.
He donado todo a la Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la Pontificia Universidad Católica Argentina, para que sirva de apoyo a las disciplinas académicas de los actuales y futuros jóvenes estudiantes de música de mi país.
He recibido por estos días una valiosa carta de parte de las autoridades de esa Institución.
¿Por qué digo “valiosa”…?
Porque a mis 74 años, siento que esa carta es el testimonio tangible de mi devoción por los jóvenes y una manera tal vez caprichosa (pero valedera para mí) de seguir estando cerca de la juventud estudiantil, como cuando –cuarenta años atrás-, me acerqué a la Universidad de Buenos Aires, para proponer esa suerte de “descabellada locura”, que fue la erección del único hasta hoy, Teatro Universitario de Repertorio de la UBA, el que logró existir –pese a todas las trabas habidas y por haber-, durante nueve gloriosos años, en el contexto de una Argentina sumida en el terror más pavoroso, pero que en estos definitivos tiempos de Democracia nadie se ha interesado por continuar, traer al presente y superar.
He aquí la copia textual de mi carta de gratitud a la Universidad Católica, por su “valiosa carta” documentando mi donación:

Dra. Diana Fernández Calvo
Tengo en mis manos la carta que Ud. tuviera la deferencia de enviarme, cuyo contenido me fuera adelantado vía correo electrónico.
Si pudiera encontrar las palabras que tradujesen su significado para mí…
Soy de los que todavía valoran la importancia del papel escrito, aunque los medios de comunicación modernos intenten suplirlo.
Esta carta, -este papel-, me significa muchas cosas, a mis 74 años.
Me significa, al conservarlo en la misma caja rústica en la que guardo recuerdos de aquel Teatro de la Universidad de Buenos Aires, que fundé hace 40 años, que mi dedicación a los jóvenes de todas las disciplinas científicas y humanísticas que pasaron por sus talleres artísticos y artesanales, no se interrumpió, cuando nueve años más tarde, en junio de 1983, ese hermoso Centro Dramático debió cerrar sus puertas.
Nunca milité en ninguna corriente política, pero las universidades, por desgracia, suelen estar sometidas a vaivenes ideológicos contrapuestos y el Teatro de la Universidad de Buenos Aires, en cuyo repertorio se habían dado cita los clásicos y los modernos y a cuyas 1.163 representaciones con acceso libre y gratuito habían asistido unos 48.000 espectadores por temporada, feneció víctima de esos irracionales vaivenes.
En este año 2014 se cumplen, en agosto, los 40 años de la mañana en que yo formulase ante las autoridades de la UBA, mi propuesta de crear un Centro de Drama Universitario, como los que existen en la mayoría de las Casas de Altos Estudios del mundo entero.
Cuarenta años más tarde y sin que, pese a denodados intentos, se haya podido volver a erigir un Teatro Universitario en la UBA, yo he podido cumplir una secreta, íntima promesa, de volver a reunirme con los jóvenes estudiantes.
Ya no es en el marco fatigoso del drama representado (¡cuesta tanto armar decorados, coser trajes, ensayar obras completas, llevarlas en gira por distintos lugares…!), sino con el mero hecho de haber podido transferir (no uso el término “donar”) una determinada acumulación de óperas, ballets y conciertos, para que sirvan de apoyo a las clases teóricas en una facultad de música.
Y con este mero papel –esta hermosa carta- en mis manos o sabiéndola guardada junto a los recuerdos de aquel Teatro de la UBA, yo voy a poder sentir que sigo estando allí: junto a los jóvenes, que son y serán siempre la esperanza de un porvenir más justo y luminoso.
¡Aunque hagan lío, como les pide Francisco…!
Gracias, Dra. Diana y un muy cariñoso “Hasta siempre”.

sábado, 10 de mayo de 2014

SIETE MINUTOS PARA CONTAR UNA HISTORIA DE NUEVE AÑOS QUE SE INICIO HACE CUARENTA


Los siete minutos de este pequeño video, rescatado de YouTube, resumen todo lo que quedó en imágenes filmadas de la historia de nueve años del Teatro de la Universidad de Buenos Aires.
Filmábamos con una rudimentaria cámara de Super-8 que yo tenía, con unos rollitos de celuloide de la marca Kodak, que se revelaban en otro país.
Un buen día, varios años después de que el TUBA se cerrara, apareció la técnica para transformar esas cintas de celuloide en imágenes de video. Era tarde. Como sucedió con muchas películas de Hollywood, la humedad había dañado las casi cuatro horas que habíamos logrado registrar, de los más de 100 espectáculos montados en el TUBA y sólo su pudieron rescatar algunos fragmentos: estos milagrosos siete minutos, en los que se amalgaman escenas de “Comedia de errores”, de Shakespeare; “Leonce y Lena” y “Woyzeck”, de Georg Buchner; “Relojero”, de Armando Discépolo; “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca; “Blanco, negro, blanco”, de Alfonsina Storni; “El poeta”, de Enrique Wernicke; “Lucía Miranda”, de Miguel Ortega; “Una tragedia florentina”, de Oscar Wilde; “La sombra del valle”, de John Synge; “Un trágico a la fuerza”, de Anton Chéjov; “Miedos y soledades”, de Juan Carlos Ghiano; “Fedra”, de Jean Racine y “La marquesa Rosalinda”, de Ramón del Valle Inclán.
¡Cuánto se perdió de todo lo que habíamos filmado, pagando el costo de filmación de nuestro propio bolsillo…!
Sin embargo, -increíblemente-, hay unos pocos instantes, y EN COLORES, del primer espectáculo del TUBA: la escenificación del diálogo de Platón llamado “Fedón, o Del alma”, con que se inició la historia cuarenta años atrás, el 30 de noviembre de 1974…!!!
Quien compaginó las secuencias, puso al azar momentos de audio de las grabaciones de diversos espectáculos del TUBA, con lo cual el diálogo entre dos compadritos, en el sainete “Entre bueyes no hay cornadas”, de José González Castillo, fue a encimarse (no muy adecuadamente, por cierto) con las imágenes del último encuentro de Sócrates con sus discípulos, en ese hoy lejano “Fedón”, de noviembre de 1974.
Para quien vea hoy estos siete minutos en algún remoto lugar del mundo o aquí, en la Argentina, en medio de una era tecnológica en la que los teléfonos celulares filman cualquier cosa en la más perfecta Alta Definición, seguramente el testimonio va a carecer de valor.
Sin embargo, lo tiene y mucho.
Estos siete minutos tienen hoy la fuerza de una denuncia. Aquel teatro de jóvenes universitarios EXISTIO, aunque desde el Centro Cultural Rojas de la UBA, (emplazado en el mismo solar en donde el TUBA llevó a cabo 1.163 representaciones), se empecinen en negarlo.
Trabajó denodadamente durante nueve años seguidos para acercar el teatro en forma LIBRE y GRATUITA, desde los claustros de la Universidad, a decenas de miles de espectadores provenientes de todos los sectores sociales de la comunidad. Fue combatido, censurado y amenazado y finalmente no tuvo otro remedio que sucumbir…
¡Pero fueron tantos sus desafíos, tanto su coraje en medio de una época tenebrosa, que estos siete minutos son –por fortuna-, la elocuente demostración de que el idealismo y la vital pasión de los jóvenes NUNCA MUERE…!

viernes, 14 de marzo de 2014

A CUARENTA AÑOS DEL NACIMIENTO DEL TUBA



En pocos meses más –en agosto-, se van a cumplir cuarenta años del surgimiento del Teatro de la Universidad de Buenos Aires, el que existió entre 1974 y casi fines de 1983.
Cuesta y duele comprobar que en los treinta y un años que siguieron a la desaparición del Teatro de la Universidad de Buenos Aires hasta hoy, nadie haya intentado recrear la historia de aquel Teatro para darle continuidad y futuro.
La Universidad de Buenos Aires cuenta con un área de teatro desde la creación del Centro Cultural Ricardo Rojas, allá por 1985, en la que se convoca a grupos, probablemente formados por universitarios –o no-, pero sin la fisonomía de “teatro de repertorio” que caracterizó al TUBA.
El TUBA (sigla cuestionada por la Universidad por su parecido con la de la FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires), identificaba a una congregación heterogénea de estudiantes, docentes, no docentes y graduados, a la que se sumaban actores profesionales o en formación, que había tenido su origen en una propuesta mía, tirada poco menos que al azar en una reunión con un Director de Cultura de la UBA, en agosto de 1974, a la que yo había sido convocado para proyectar mi película “El solitario”, filmada en Super-8 sobre un cuento homónimo de Horacio Quiroga.
Yo (Ariel Quiroga, sin parentesco con Horacio), era un director teatral con casi veinte años de trayectoria en los elencos independientes, a partir de 1956. A los 34 años acumulaba una experiencia de lucha por la consolidación de una cultura popular, desintoxicada de intereses comerciales y exitistas.
Había estado cinco años en Nuevo Teatro, trabajando como actor-obrero al lado de Pedro Asquini, Alejandra Boero y Héctor Alterio y como realizador escénico tenía el mérito de haber llevado a cabo un repertorio sin indulgencias, con títulos como “El viaje”, de Georges Schehadé o “Historia de Pablo”, de Cesare Pavese (1967); “La Arialda”, de Giovanni Testori o “Magia Roja”, de Michel de Ghelderode (1968), para culminar con “El profanador”, de Thierry Maulnier en 1969, de la que se dijo que marcaba “un punto de referencia alto, solitario y aleccionador para todo lo que se hiciese sobre los escenarios a partir de allí”.
Ninguno de esos “voluminosos” antecedentes me capacitaba para abordar la erección de un Teatro Universitario en un ámbito despojado, inerte y para colmo faccioso, como lo era la Dirección de Cultura de la Universidad de Buenos Aires en 1974.
Yo sabía desde mucho tiempo atrás que quería hacer teatro sin depender del gusto de los empresarios, ni de la aprobación de los críticos ni de los relativos “éxitos de boletería”, pero no tenía la menor idea sobre cómo concretar la existencia de una “troupe teatral universitaria”, que funcionase bajo el método del llamado “repertorio en alternancia”.
Había oído hablar de los teatros universitarios europeos, que venían desde los albores del Humanismo o del teatro combativo que se hacía en las universidades norteamericanas, pero no habiendo cursado ninguna carrera universitaria, desconocía por completo cómo funcionaban internamente las universidades en la Argentina.
La historia del TUBA está ampliamente contada en las 277 “entradas” o capítulos de este Blog, sin seguir un derrotero cronológico. Yo invito –siempre lo hago- a los jóvenes teatristas  que se interesen por la experimentación, a que ingresen a este sitio y busquen en distintos años (a partir de 2010), los temas, agrupados por mes, cuyos títulos de la columna de la izquierda más les atraigan.
En cada “entrada” o capítulo ha quedado preservado para una difusa “posteridad” la epopeya de juventud que significó erigir un TEATRO DE REPERTORIO, con continuidad a lo largo de nueve años consecutivos (1.163 representaciones concretadas), en el seno de una Universidad –y de una época de la Argentina-, signada por el terror, la amenaza, el desprecio por la vida; la prohibición ignorante y el afán destructivo de todo arte renovadoramente contestatario.
El mérito del TUBA es haber logrado existir (hasta el último desfallecimiento, en junio de 1983), en medio de tanta degradación, de la que no fue para nada “cómplice” como se trató de argumentar después.
El desmérito de la Universidad y de su Centro Cultural Rojas, mantenido sin variantes en estos treinta y un años ya trascurridos desde el día en que ese teatro se cerró, es no haberle hecho honor a esa epopeya de juventud que fue el TUBA y –para pérdida de generaciones de jóvenes teatristas-, no haber creado espacios –al amparo de una vigente, inabolible democracia-, donde los repertorios y la función social del TUBA, con sus representaciones de acceso gratuito, pudieran gozar de una permanente vitalidad, libre de prohibiciones y acechanzas.

 

lunes, 29 de abril de 2013

FINAL DE UN CAMINO HACIA ATRÁS

Comunico a quienes se dedican a menudo a abrir este Blog o a quienes lo abran por primera vez de aquí en más, que hoy -29 de abril de 2013-, he decidido poner fin a su escritura.
Empecé a desarrollarlo el 17 de febrero de 2010, con una primera “entrada” (o “capítulo”) titulada: “SENTIDO DEL TEATRO HECHO CON JÓVENES UNIVERSITARIOS” y a lo largo de los años subsiguientes se han ido acumulando (incluída esta), 276 entradas (o capítulos) más, en los que traté de narrar, con la mayor cantidad posible de testimonios fehacientes (imágenes, grabaciones, documentación fidedigna), lo que fue la historia de nueve años seguidos de un Centro de Drama que se originó, a mi propuesta, en la Dirección de Cultura de la Universidad de Buenos Aires, a mediados de 1974.
Empezaba, por entonces, la más negra, la más horrenda circunstancia histórica que ha debido atravesar la República Argentina desde su nacimiento como tal, pero yo no lo sabía. Como la mayoría de los habitantes de esta tierra, no lo supimos hasta muchos años después, hasta que el primer presidente de la era democrática que se inició a fines de 1983, el Dr. Don Raul Alfonsín, a medida que él también se fue enterando, nos lo hizo saber, al crear la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), con fecha 15 de diciembre de 1983.
En ese contexto histórico que hoy la conciencia moral de los argentinos repudia, surgió de las entrañas de la Universidad de Buenos Aires el primer (y hasta hoy Único) TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, que empezó llamándose genéricamente “TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES” y que a partir de su quinta temporada, por exigencia de la propia Universidad, figuró en programas de mano y anuncios como “TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES”.
Esa historia de nueve años del que popularmente se conoció como “el TUBA” es la que he venido desbrozando, en forma no cronológica, en este Blog, que en 68 países del mundo (incluída la Argentina), ha sido visitado13.929 veces hasta hoy. Hay mucho, muchísimo material a disposición de eventuales investigadores que quisieran recopilarlo. Yo empecé a militar en las trincheras (casi siempre subterráneas) de los teatros independientes en 1956 y hoy, cerca de cumplir los 73 años, me siento muy cansado. Como le hace decir Federico Fellini en "8 1/2" al personaje de Mastroianni (que es él mismo): "Hay que prepararse para el silencio".
Me sigue sorprendiendo que nadie, en ese lugar llamado “Centro Cultural Rector Ricardo Rojas”, que ocupa el mismo viejo solar de la avenida Corrientes al 2038, (en el que el TUBA llevó a cabo unas 1.100 representaciones con entrada LIBRE y GRATUITA para un público verdaderamente multitudinario), que nadie -repito- me haya llamado alguna vez, en estos casi tres años y medio de existencia del Blog en la web, para intentar un acercamiento que nos permitiera dilucidar juntos la verdadera razón por la cual la UBA no quiso seguir, luego de mi renuncia en junio de 1983, la historia de ese TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, siendo que a partir de 1994 existe la AITU (la Asociación Internacional del Teatro Universitario), creada en Lieja, Bélgica y que congrega a todas las formaciones de elencos universitarios del mundo entero, con la lamentable (e inexplicable) excepción de la Universidad de Buenos Aires.
No importa. Me cansé de esperar respuestas. El Blog seguirá estando, a disposición de quienes quieran abrirlo y consultarlo, mientras los contenidos de la web existan. Me felicito de haber tenido suficiente tiempo y ganas para dejar tantos testimonios de una epopeya de juventud que no merecía quedar sepultada en la nebulosa del tiempo, por culpa de tantos como tuvieron la intención de sepultarla y abolirla.
La MEMORIA, de la que carecen los animalitos, (hoy es su día y lo vamos a celebrar con mi gato Patricio), es un privilegio de la condición humana que no podemos (ni debemos) desperdiciar.
Los invito a recorrer ese “camino hacia atrás”, que propone este Blog sobre la Historia del TUBA. Puede que los jóvenes teatristas del mundo encuentren incentivos en él para iniciar sus propios caminos.
Yo, a la manera del personaje de la novela de Daniel de Foe, trataré que “unos pocos años de tranquila felicidad compensen mis anteriores desventuras”...

sábado, 6 de abril de 2013

EL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES EXISTIÓ, PORQUE NOSOTROS EXISTIMOS...

Un estudiante de Ciencias Económicas y una estudiante de Medicina, en una escena
de "Comedia de errores", de Shakespeare (TUBA, temporada de 1978)


La UBA es una universidad dispersa. Sus edificios se desparraman por barrios muy alejados entre sí de la ciudad de Buenos Aires, con lo cual es muy difícil instrumentar actividades que agrupen a alumnos, docentes y personal no docente de las distintas Casas de estudio.
De un modo inesperado, el TUBA (que empezó llamándose genéricamente TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES, con lo cual bien pudo no haber dependido de la UBA, pero al que la UBA hizo “suyo” a partir del quinto año de actividad permanente de este Centro de Drama, al exigir que figurase como TEATRO “DE LA” UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES), el TUBA (estaba diciendo antes de irme por las ramas), lo consiguió.
En sus cuadros artísticos y escenotécnicos y en sus cursos introductorios participaron estudiantes y hasta egresados de todas las carreras dependientes del Rectorado de la UBA. Nunca llegué a contar con una estadística que me revelase de qué carrera habían llegado en mayor número; recuerdo que hubo muchos “futuros abogados” y “futuros médicos”; también muchos “futuros economistas” y “futuros arquitectos”. Lo cierto es que el TUBA, además de ser un auténtico TEATRO DE REPERTORIO, fue también un lugar de convocatoria participativa, en una época en la que ambas cosas eran palabra prohibida por el terrorismo de Estado imperante.
Fuimos el primer teatro de repertorio estable desde la fundación de la UBA en 1821 y el último hasta hoy, ya que en el ámbito del Centro Cultural Rojas se hace teatro, pero a través de grupos no vinculados entre sí, de permanencia circunstancial.
Los repertorios del TUBA, que se exhibieron al público GRATUITAMENTE durante nueve temporadas consecutivas (con un total de 1.163 representaciones entre noviembre de 1974 y septiembre de 1983), abarcaron todas las corrientes estético-filosóficas del drama representado, desde la remota antigüedad de un Esquilo, un Terencio, un Sófocles o un Menandro hasta la inmediata contemporaneidad de un Armando Discépolo, un Ramón del Valle Inclán, un Enrique Wernicke o un Daniel Hadis (por entonces, estudiante de derecho en la UBA, que escribió “El día que mataron a Batman”, uno de los textos más irritantes, provocadores y audaces que el TUBA dió a conocer en toda su historia, que sacudió a miles de jóvenes en la temporada de 1982, junto a “consagrados” en la cartelera alternativa de ese año, como Chéjov, Pirandello, Ibsen o el irlandés John Synge).
Se pudo hacer tanto desde el precario escenario de la sala de la planta baja del arruinado edificio de Corrientes 2038; desde la sala inventada, a modo de “espacio multívoco” (idea de Gastón Breyer), en el vacío y gélido páramo de la cancha de pelota del último piso de ese edificio o deambulando por tantos otros lugares, como el cuartel de bomberos de Florencio Varela, los gimnasios y aulas magnas de casi todas las facultades, el salón de actos de la Universidad de Morón, el pabellón de las Américas de la Universidad de Córdoba, la parroquia Santa María de Betania, el Teatro Nacional Cervantes, el Regio de Colegiales, el Centro Cultural San Martín, la Biblioteca Popular de Olivos o la Biblioteca Argentina para Ciegos, el Centro Cultural de Tigre, el Teatro Auditorium de Mar del Plata o un tablado en pleno campo en la localidad de Chacabuco; sin presupuesto, sin paga de viáticos, sin ayuda de ninguna naturaleza por parte del personal de la “dirección de cultura” de la UBA, sin promociones periodísticas, televisivas ni radiales... que uno no se explica porqué después del forzado cierre del TUBA, en junio de 1983, no hubo nunca más, a lo largo de estos 30 años que han venido sucediéndose, una suerte de continuidad de aquel, o un nuevo teatro de repertorio en la Universidad de Buenos Aires.
Cuesta aceptar (aunque nos orgullesca y al mismo tiempo nos apesadumbre), que el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (conocido como “el TUBA”), existió... sólo porque nosotros (los del TUBA), existimos.
¿Qué factor desalentador ha privado para que nadie, ningún funcionario del área de cultura y extensión universitaria de la UBA, a lo largo de estos ya definitivos 30 años de vida democrática en la Argentina, haya pensado en convocar a los alumnos, docentes, no docentes y graduados de todas las disciplinas académicas que dictan las facultades y colegios dependientes del Rectorado de la UBA, para recrear -como se hacía en el TUBA-, la vida de teatro dentro del teatro, difundiendo además -sin propósitos comerciales ni exitistas-, las obras siempre vigentes de un Molière, un Lope de Rueda, un Francisco Deffilippis Novoa, un Nemesio Trejo o un ignoto amanuense de las caballerizas llamado William Shakespeare...?


sábado, 23 de marzo de 2013

ELOGIO DE LA POBREZA

Escena de "Los cautivos" de Plauto, en el Teatro Nacional Cervantes (1976)
El "vestuario" fue confeccionado con trozos de arpillera teñida

El presente que nos llega desde Roma, con un flamante Papa que se siente más cómodo entre los pobres que en medio de los fastos de su “entronización”, es un presente que nos lleva a entender mejor algunas cosas del pasado.
Todo este Blog sobre la historia del Teatro de la Universidad de Buenos Aires (1974 – 1983) es un viaje de regreso al pasado, pero hoy, a partir de la llegada a la Casa de Pedro de Francisco Iº, ese pasado tan ominosamente abolido por la propia Universidad que albergó aquel Teatro de jóvenes universitarios, adquiere un rechinante, urgente sentido de VALIDEZ, de honrosa LEGITIMIDAD.
El TUBA (como se lo llamaba), fue un teatro pobre.
Las herramientas de trabajo las traían de sus casas sus propios intregrantes.
El edificio donde se afincó y desde el que proyectó sus repertorios hacia miles de espectadores, a través de 1.163 representaciones con acceso GRATUITO, era una ruina. Un lugar inhabitable, al que el TUBA consiguió habitar durante nueve años seguidos, a fuerza de hacer de la precariedad, la mugre y el riesgo una suerte de “estoica costumbre”.
Todo cuanto en escena, en una obra de época o con decorados necesariamente corpóreos, lucía como “de un teatro como los demás teatros”, era donado por los espectadores (sombreros, botas, vestidos largos, sombrillas, guantes, muebles de estilo, lámparas, arañas, cuadros...) o traído a urtadillas de las casas de los propios integrantes del elenco.
La máquina de coser “de lanzadera”, que jugaba un rol importante en “Relojero”, de Discépolo (temporada 1978), era la que mi madre usaba para remendarme los guardapolvos del colegio o coserse sus vestidos para ir a la oficina en la que trabajó cuarenta años.
El TUBA era mal visto cuando ingresaba con todas “sus porquerías” para hacer una función en la Facultad de Derecho o en la de Medicina. Las inútiles pero arrogantes empleadas de la “dirección de cultura”, de la que el TUBA estaba obligado a depender, se sentían molestas por el “olor a baño” que había en el pasillo de acceso a la sala de Corrientes 2038, cuando alguna vez (no habrán sido más de cuatro o cinco en nueve años), se dignaban asistir a alguna de nuestras funciones.
Esos baños que daban al pasillo los usaba el público y también las chicas y muchachos del TUBA para cambiarse de ropa y pintarse la cara para la actuación. Una vez ingresados a la caja del escenario, durara lo que durase la obra, su único “baño” posible era una lata que circulaba por entre los telones, de mano en mano.
Salvo sus presentaciones en el Cervantes, en el Auditorium de Mar del Plata o en el Teatro de las Provincias (hoy “Regio”, de Colegiales), el TUBA siempre buscó actuar en aquellos lugares donde pudiese salir al encuentro de la gente que rara vez o nunca hubiese visto un espectáculo teatral, por carecer del dinero para pagarlo: parroquias, almacenes de ramos generales en la provincia, un cuartel de bomberos en Florencio Varela, un tablado en pleno campo en la localidad de Chacabuco, los chicos de los parajes isleños convocados por el municipio de Tigre para ver maravillados una obra de Alfonsina Storni, la biblioteca de ciegos de Medrano y Lezica donde se hacía teatro leído todos los viernes, el sótano de Filosofía y Letras, con los estudiantes sentados en el piso, la biblioteca popular de Olivos, donde se llevaron las comedias satíricas de Terencio, Plauto y Menandro...
El TUBA fue un teatro hecho con harapos, con pedazos de madera (tengo todavía que contar en el Blog la historia del sumario administrativo que nos hicieron por usar tablones de un banco que estaban desde hacía años a la intemperie, en la terraza de Corerientes 2038, acusándonos de “destrucción del patrimonio de la Universidad”), con clavos herrumbrados, telones cosidos con aguja de colchonero y mucha fatiga, muchas horas robadas al descanso y compartidas con las horas de estudio, con libretos copiados en máquinas de escribir Olivetti y carbónicos gastados... y con volantes que se imprimían en la imprenta de uno de sus integrantes, para salir luego por las calles, hiciese calor o frío, a convocar a ese público “común y silvestre”, que la Universidad despreciaba porque (así nos lo hacían saber sus autoridades), “no estaba a la altura de su jerarquía académica”.
El TUBA fue un teatro pobre... que buscó brindar su trabajo, su esfuerzo y su pasión por la vida de teatro a aquellos cientos de miles que gozaron de esa pasión sin tener que pagar un solo centavo.
Si Francisco Iº sale de la opulencia del Vaticano a recorrer los barrios bajos de Roma o de cualquier otra ciudad del resto del mundo y se le ocurre (por qué no...?), asistir a una representación teatral, seguramente va a elegir un teatrucho pobre, hecho por jóvenes pobres, altruístamente pobres... como lo fue el TUBA.


miércoles, 13 de marzo de 2013

LOS QUE HOY, EN ESTA ARGENTINA EN PLENA DEMOCRACIA, PUEDEN GRITAR: “DE AQUÍ NO NOS VAMOS, ESTE LUGAR ES NUESTRO...!”

Los jóvenes estudiantes de teatro de la sala Alberdi del
Centro Cultural San Martín enfrentándose con las fuerzas represivas, anoche
Los jóvenes del TUBA, saludando desde el escenario de la sala "E.Muiño"
del Centro Cultural San Martín, al finalizar su cabalgata evocativa del
sainete rioplatense, en mayo de 1975
 
Una de las salas del Centro Cultural San Martín, en la zona céntrica de Buenos Aires, lleva años en litigio y ocupada por jóvenes estudiantes de teatro y otras disciplinas artísticas. Ayer, por la noche, la televisión daba cuenta de los enfrentamientos con la policía metropolitana, que intentaba desalojarlos.
Esa sala Alberdi parece ser un lugar de libre manifestación de propuestas e ideas y ya se sabe que eso causa malestar en los que gobiernan, tratando de imponer su visión conservadora de la cultura.
Los tiempos han cambiado mucho, desde la tenebrosa época en la que le tocó nacer, crecer y finalmente morir al Teatro de la Universidad de Buenos Aires (el TUBA). Sin embargo, los procedimientos de los que reprimen el libre albedrío de la juventud, parecen seguir siendo los mismos.
Fuerzas de choque arremetiendo al resguardo de sus escudos; gritos, corridas, heridos, golpeados, detenidos y la misma enfermiza acusación de parte de los que se consideran “autoridad”: “esos no son artistas... son subversivos”
Contusos, sofocados, irrefrenablemente decididos a seguir adelante, los jóvenes que pudieron acercarse a las cámaras de la televisión, pudieron expresarse y gritarlo: “Sabemos lo que estamos defendiendo... es nuestro derecho a mantener nuestro lugar, para que no sea entregado al mercantilismo”.
Treinta años atrás, nosotros los del TUBA (los que durante nueve años consecutivos bregamos por mantener abierto y al alcance libre y gratuito de la comunidad toda un teatro de repertorio en la Universidad), no tuvimos oportunidad de expresarnos con igual firmeza.
Nos echaron. Nos obligaron a irnos.
Hicieron tantas porquerías desde la llamada “dirección de cultura de la universidad de buenos aires”, que no tuvimos otra opción que irnos, hartos de tanto hostigamiento, de tantas necias acusaciones de ser “subversivos” y “marxistas”, de tantas prohibiciones, de tantas burlas, de tanto codiciar nuestro lugar (aquella mísera sala de la planta baja de Corrientes 2038, atestada de suciedad y de ratas), para después que nos fuimos cerrarlo, remodelarlo y volverlo a abrir con otro nombre: Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, pero sin que hubiera más TEATRO DE REPERTORIO con acceso LIBRE y GRATUITO.
Sepan valorar, estos jóvenes que hoy luchan a brazo partido por un espacio de libertad creativa sin condicionamientos de “autoridades culturales tradicionalistas”, que hoy pueden gritarlo hasta desgañitarse y salir en la televisión y en los diarios.
Nosotros, los del TUBA, no pudimos. Nos tuvimos que tragar el grito y las lágrimas. Dos notas, en Clarín y La Nación, pasaron prácticamente desapercdibidas.
Hace treinta años (se van a cumplir en junio de 2013), que el TUBA tuvo que cerrarse, porque nuestro libre albedrío era demasiado intolerable para la augusta, sacramental Universidad de Buenos Aires.
No importa que en nuestro escenario se representase a Esquilo, a Sófocles, a Molière, a Nemesio Trejo, a Florencio Sánchez, a Jean Racine, a Calderón de la Barca, a Juan Carlos Ghiano, a Armando Discépolo, a Luiggi Pirandello, a Anton Chéjov, a Carlos Mauricio Pacheco, a Alberto Wainer, a Alberto Vacarezza, a Leopoldo Marechal, a Alexander Pushkin, a Ramón del Valle Inclán, a Junji Kinoshita, a William Shakespeare, a Alberto Novión, a Roberto Cossa, a Alejandro Casona, a Terencio, a Plauto, a Menandro...
Por haber montado “Woyzeck”, de Georg Büchner (el más gigantesco alegato por el respeto a la condición humana), nos tildaron de “propulsores de la infiltración marxista”, y nos PROHIBIERON al término de la tercera representación, en medio de oscuras amenazas.
Eran tiempos de desaparición y de muerte.
Hoy, por fortuna, son tiempos de libre manifestación de las ideas, aunque esas ideas ataquen a los que gobiernan.
Que los jóvenes de hoy, que se enfrentan contra aquellos necios que tratan de reprimirlos, sepan valorar que ninguna represión va a poder hacerlos callar ni que sus ideales van a terminar siendo tirados a la basura en una tumba sin nombre.
 



domingo, 3 de marzo de 2013

CIELOS TRANSFIGURADOS Y EL INICIO DE UN CAMINO DE REDENCIÓN

El 30 de noviembre de 1974 tuvo lugar, en el viejo solar de Corrientes 2038 (sede, por entonces, de la Dirección de Cultura de la Universidad de Buenos Aires), la primera representación del que, un tiempo despés, pasaría a ser durante nueve años seguidos, el elenco oficial de teatro de la UBA.
Esa primera (y única representación) estuvo destinada a recrear un texto del año 1942, cuando había un elenco de teatro universitario en la Facultad de Derecho que dirigía el eminente Don Antonio Cunill Cabanellas. En esa oportunidad los profesores Carlos Biedma y Manuel Somoza habían adaptado el diálogo de Platón llamado “Fedón, o Del Alma”, que trata sobre los últimos instantes de la vida de Sócrates, obligado a tomar la cicuta bajo la acusación de “haber pervertido a la juventud con sus equívocas enseñanzas”.
Lo puse en escena con un grupo de actores profesionales, porque recién estaba en marcha la convocatoria a estudiantes de todas las carreras para integrar el todavía incipiente TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO que finalmente sería conocido como “el TUBA” y que concretó 1.163 representaciones en una época tan difícil y dolorosa de la historia argentina.
Conté con el vestuario cedido a duras penas por el Teatro San Martín, que había utilizado el elenco de “Las troyanas”, de Eurípides (en adaptación de Jean Paul Sartre), capitaneado por la gran María Rosa Gallo.
El escenario apenas tenía un simple entarimado, sobre el cual un ánfora griega de yeso (comprada en el barrio de Once), era el único detalle que nos remitía a la época. La música fue la de la imponente Segunda sinfonía (llamada “Resurrección”), de Gustav Mahler y sobre la pared del fondo del espacio escénico se proyectaron gigantescas fotografías de cielos “transfigurados”, que yo había tomado con mi cámara reflex desde la azotea del viejo edificio de la calle Pavón y San José, donde vivía mi ya extinguida familia.
Ayer, domingo 2 de marzo de 2013, asistí a una de esas experiencias transformadoras de lo más profundo del ser (como diría Mallea), que fue la transmisión en directo desde el Met de Nueva York al Teatro Auditorium de mi ciudad de adopción: Mar del Plata, de la última ópera de Richard Wagner “Parsifal”.
El regisseur François Girard utilizó un recurso (perdón por lo que voy a escribir) similar al que yo utilizara 39 años atrás, en aquella primera representación del TUBA: la proyección sobre el gigantesco ciclorama de fondo del Met de bellísimos cielos transfigurados, sirviendo de marco a una escena prácticamente despojada y a cantantes y coros vestidos con ropa de calle actual.
Fueron exactamente seis horas, que casi no se sintieron (comenzó a las dos en punto de la tarde y finalizó a las ocho de la noche), en las que los asistentes nos sentimos llevados a ese viaje de iniciación hacia la santidad del alma, que emprende ese simplote tonto llamado Parsifal.
Cientos, varios cientos de “simplotes tontos” (los jóvenes que se fueron sumando con el correr del tiempo a las trincheras también despojadas del Teatro de la Universidad de Buenos Aires), emprendieron (sin saberlo todavía) un viaje similar al de Parsifal aquel 30 de noviembre de 1974.
Una Universidad cerril, persecutoria del libre pensamiento, les clausuró ese viaje nueve años más tarde, en junio de 1983.
Yo confío, necesito confiar a punto de cumplir los 73 años, que otros jóvenes (PORQUE LOS JÓVENES SIEMPRE ESTÁN), emprenderán en algún momento nuevos viajes esperanzadores de nuevas transformaciones, desde un escenario instalado en algún lugar de esa misma Universidad, que alguna vez no supo ser guía orientadora de un derrotero tan pleno de pasión y altruísmo, como lo fue nuestro derrotero de nueve años, desde el TUBA y hacia la comunidad toda.

sábado, 23 de febrero de 2013

RECORDAR, RECORDAR, RECORDAR, RECORDAR...

Si existiese hoy un “Teatro de la Universidad” en la Universidad de Buenos Aires, no sería necesario (salvo a título meramente anecdótico) recordar aquel primer (y hasta hoy único) “Teatro de la Universidad” que existió entre fines de 1974 y fines de 1983; que dió a conocer autores y obras nunca antes representados en la Argentina; que realizó 1.163 representaciones con acceso libre y gratuito; que formó e introdujo en la vida interna de un teatro de repertorio a unos 1.600 estudiantes universitarios provenientes de todas las disciplinas científicas y humanísticas y que debió cerrar sus puertas (que tanto esfuerzo demandó abrir), agobiado por detracciones, prohibiciones y amenazas provenientes del seno de la propia Universidad.
Recordar hoy a aquel teatro universitario, que se popularizó bajo la sigla TUBA (rechazada por los funcionarios de la UBA por asemejarse a la de la FUBA, que estaba proscripta en esa época), significa rendir tributo de gratitud a aquellos heroicos jóvenes, devenidos en actores, técnicos, escenógrafos, utileros, acomodadores y personal de limpieza de un teatro que funcionó todo el año durante nueve años seguidos; que visto desde la platea de la sala de Corrientes 2038 parecía “un teatro como los demás teatros”, pero en cuya trastienda las chicas y los muchachos estaban obligados a orinar en un tacho que pasaba de mano en mano o a desnudarse para vestir los ropajes de una Electra, un Mascarilla o una percanta o un guapo de arrabal, escondiéndose entre los telones o en algún recoveco de algún decorado.
Desde que se creó el Centro Cultural Rojas en el mismo viejo edificio remodelado donde había estado el TUBA (el solar de Corrientes 2038), no hubo más allí ni en ningún otro ámbito de la Universidad de Buenos Aires un Teatro de Repertorio como lo fue el TUBA (lo que en la mayoría de las universidades del mundo existe por lo común bajo la denominación de “Centro de Drama”).
¿Por qué, si en el Rojas (una “usina de actividades multidisciplinarias”, como lo definen sus propulsores), las condiciones ambientales se han mejorado diametralmente... no pudo volver a existir un teatro universitario con el emblema de la Casa, como lo llevó el TUBA desde sus inicios hasta su cierre...?
¿Por qué si el Rojas tiene en su orgánica una “Orquesta de la Universidad” (que ya había sido creada en tiempos de aquella malhadada “dirección de cultura” de la que dependía el TUBA), y que siempre actuó en forma por demás esporádica... no puede tener también en su orgánica un “Teatro de la Universidad”, con el antecedente de aquel “Teatro de la Universidad” que a lo largo de nueve años seguidos llevó a cabo 1.163 representaciones con acceso gratuito, dando a conocer textos tan valiosos como la “Electra”, de Sófocles, “La vida es sueño”, de Calderón o las tragicomedias del académico Juan Carlos Ghiano...?
Existe alguna posibilidad de que la Universidad de Buenos Aires conceda alguna vez respuesta a estos interrogantes...?
Mientras esto no suceda y para que la heroica trayectoria de aquel “Teatro de la Universidad” conocido popularmente como “el TUBA” no se hunda en los abismos del irrecuperable olvido... es imprescindible RECORDAR, RECORDAR, RECORDAR, RECORDAR... y seguir mostrando estas viejas fotografías, (es un pequeño video de algo de dos minutos, cuyo sonido de fondo es el final de una representación de “La marquesa Rosalinda”, de Ramón del Valle Inclán, en la temporada de 1981), que prueban que el TUBA existió, pese a tanto empeño estúpido por demostrar lo contrario.
 

lunes, 11 de febrero de 2013

LAS VOLUNTADES Y LOS HECHOS

En tiempos del TUBA (el Teatro de la Universidad de Buenos Aires), yo tenía un cargo en la Dirección de Cultura de la UBA (que por cierto nunca desempeñé sentado detrás de un escritorio), que era algo así como “jefe del departamento de teatro”. Mi concurrencia a las oficinas de la calle Azcuénaga era esporádica, alguna que otra tarde. No había nada que hacer allí, porque allí nadie hacía nada. Lo común era que me preguntasen: ¿Qué obra están dando...?, o ¿Cómo les fue con la gira a Córdoba...?, uno o dos años después que esa gira se había realizado.
Mi tarea concreta comenzaba a eso de las siete de la tarde, todos los días de la semana, invierno y verano, en el viejo edificio de Corrientes 2038, y se prolongaba invariablemente hasta pasada la medianoche.
Los sábados y domingos llegaba bastante más temprano, a eso de las cuatro, acarreando un equipo de audio, un grabador, un proyector de diapositivas y un bolso con ropa de trabajo, libretos, apuntes... y un martillo.
¿Para que el martillo traído de la calle, si adentro, en el teatro, teníamos algunos más, convenientemente escondidos para que no se los robasen...?: Para abrir la pesada puerta herrumbrada del edificio, porque el sereno era sordo y además el timbre había dejado de funcionar mucho tiempo atrás.
Era así, tal cual: El “director titular” del Teatro de la Universidad de Buenos Aires tenia que abrir la puerta del edificio donde ese teatro funcionaba, a martillazos...!
Siempre hubo intentos de hacer teatro dentro de la Universidad, desde aquellos remotos antecedentes del elenco de la Facultad de Derecho que dirigía Antonio Cunill Cabanellas, en la década del cuarenta del siglo XX. Lo más recordable, años después, fue el Instituto de Teatro confiado a regañadientes al ilustre Oscar Fessler, que duró poco tiempo y no llegó a montar espectáculos y una suerte de secuela de él, que fue GEITUBA (Grupo de Egresados del Instituto de Teatro de la UBA), creado por Julio Piquer, que montó (si mal no recuerdo), “Corazón de tango”, de Juan Carlos Ghiano y “Yerma”, de García Lorca.
No hay dudas que la voluntad de divulgar teatro sin depender de los esquemas comerciales, desde los claustros de la Universidad, siempre estuvo a la orden del día. Ahora bien... pasar del plano de la voluntad al de los hechos... “that is the question”, como diría el dubitativo Hamlet.
Los nueve años de vida del TUBA (repito: el Teatro de la Universidad de Buenos Aires), fueron producto de una férrea VOLUNTAD por concretarlos, en medio de mucha incertidumbre y de una infernal parafernalia de impedimentos, trabas, ofensas, prohibiciones, amenazas... provenientes del seno de la propia Universidad; pero pasar del poemático idealismo de las voluntades a los decisivos HECHOS, de haber realizado 1.163 funciones con acceso gratuito para estudiantes universitarios y para público en general... más de cien montajes escénicos corpóreos... giras por el conurbano y el interior de la República... dando a conocer, en muchos casos por vez primera en Argentina, textos reveladores de Terencio, Oscar Wilde, Ramón del Valle Inclán, Jean Racine, Sófocles, Molière, Henrik Ibsen, Luiggi Pirandello, Esquilo, Anton Chéjov... eso sí que aparte de mucha VOLUNTAD requiere de mucha energía física y mucha, muchísima tosudez y empecinamiento.
Nuestro pasado en el TUBA (nueve difíciles pero gloriosos años), se hizo únicamente a fuerza de PREPOTENCIA DE TRABAJO.
Nuestro futuro...? Han transcurrido 30 años desde que el TUBA se cerró. El único futuro posible para aquella hermosa historia es que la Universidad de Buenos Aires se decida, de una vez por todas, a repetirla. (Repetirla y superarla).
Pero eso sí: Rindiendo homenaje de reconocimiento a su hasta hoy suprimida Memoria.


domingo, 3 de febrero de 2013

SIETE MINUTOS PARA LA ETERNIDAD...

El montaje integral de “La Orestíada”, de Esquilo (dada a conocer en 480 a.C.), iba a ser, hacia mediados de 1981, uno de los proyectos más ambiciosos de ese TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que me tocó crear, dirigir durante nueve años seguidos y finalmente clausurar, obligado por aberrantes detracciones, emanadas (aunque parezca increíble) del seno de la propia Universidad.
La Dirección de Cultura de la UBA, de la cual el Teatro orgánicamente dependía, puso en estado de alerta todos su armamento destructivo cuando se dió cuenta que el proyecto, anunciado por nuestra cuenta y divulgado con notas a toda página por los que en ese momento eran los principales diarios de la Ciudad, amenazaba con sacar a luz (en medio de una espantosa noche de injusticia como la que padecíamos los argentinos en aquellos años), el peliagudo tema de la administración de justicia.
Contar todo lo que aquellos nefastos funcionarios, empleadas e incluso ordenanzas de la “dirección de cultura” hicieron para impedir que “La Orestíada” llegara a representarse completa (esto es: sus tres tragedias en forma sucesiva: “Agamemnón”, “Las coéforas” y “Las euménides”) en el escenario del TUBA, llevaría más tiempo y espacio que el que vengo empleando en escribir los 269 capítulos anteriores a este, en este Blog.
La temporada del año 1982 del TUBA fue, como ya lo he contado, un verdadero delirio de montajes complicadísimos: “El gorro de cascabeles”, de Pirandello (con su mastodónico decorado corpóreo); “El día que mataron a Batman”, una obra que movilizó a la juventud a lo largo de todo el año, escrita por un estudiante de derecho e integrante del TUBA: Hugo Daniel Hadis; “Escenas de la vida bohemia”, de Henri Mürger (que Giácomo Puccini utilizó como base argumental para su célebre ópera “La bohème”); “Chejoviana II”, que incluía varios cuentos adaptados a la escena y el drama en un acto llamado “El canto del cisne”, del amado Anton Chéjov; “La noche de San Juan”, de Henrik Ibsen; “El velo”, de Martha Lehmann; “El poeta”, de Enrique Wernicke y además, la reposición (esta vez dicho apropiadamente: “a pedido del público”), del grotesco de Armando Discépolo “Stéfano”. Qué pasaba, entretando, con “La Orestíada”...?
La astucia detractora del Director de Cultura lo había llevado a arrogarse “el derecho” a colaborar en la adaptación del texto de las tres tragedias, pero transcurrido un año del inicio del proyecto, él no había salido de borronear algunas pocas carillas del “Agamemnón”. Un buen día dije “basta” y le comuniqué que el TUBA había decidido abandonar el montaje integral de “La Orestíada”. Una vez más, nos ganaban por cansancio.
A mediados de 1982 me decidí por abordar sólo la segunda de las tragedias, “Las coéforas”, que es donde se concreta la venganza de Electra por medio de la acción sangrienta de su hermano Orestes.
Como en otras oportunidades, me refugié en la polvorienta biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, hasta que encontré allí una arcaica traducción hecha por un jesuita chileno unos cien años antes, que me pareció adecuada.
Sobre el cierre de la temporada el TUBA ponía en escena una orgiástica ceremonia tribal (un concepto tomado por mí de la lectura de las memorias de Jean Louis Barrault en ocasión de montar él “La Orestíada” en el Teatro de Francia, en colaboración con el músico Pierre Boulez), cuya propuesta (demasiado osada, por cierto), consistía en elevar, en medio del salvajismo del entorno musical de la partitura de Iannis Xenakis, un sofocado y postergado clamor de justicia, en boca de aquellos jóvenes intérpretes del TUBA, partícipes de una generación aniquilada: ¡Y QUE MUERAN HOY LOS QUE AYER MATARON! ¡LA MUERTE ES LA ÚNICA LEY PARA JUZGAR A LOS TIRANOS...!.
Teníamos una filmación en formato VHS de nuestra versión completa de “Las coéforas”, pero la cinta se arruinó con el paso del tiempo.Queda una grabación en audio de una de las funciones, pero sería complicado insertarla aquí en forma completa. Voy a dejar el testimonio de los siete minutos finales, a partir de la entrada de Orestes luego de matar a Egisto y a su madre Clitemnestra, con la aparición de las furias convocadas para perseguirle y el doloroso lamento final de Electra: “CUANDO SE CALMARÁ, CUANDO SE SACIARÁ, CUANDO SE APLACARÁ LA SED DEL MAL POR PERPETUAR EL MAL...”.
Perdón por la inmodestia: considero que son siete minutos para la Eternidad, que ponen de manifiesto el valor de ese TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA) tan olvidado por una posteridad sumamente interesada en la desaparición de su Memoria.
Y si logran escuchar los siete minutos hasta el final, escucharán también los enronquecidos gritos de “Bravo...!” de los jóvenes espectadores que colmaban todas las funciones del TUBA: ellos también encontraron en nuestro escenario un estrado de Justicia.
Lo decíamos en una nota en el programa de mano de "Las coéforas" (que yo suscribía con mis iniciales: A.Q.): "Pretendemos concretar con este montaje escénico un medio de transmisión de los conceptos éticos más urgentemente necesarios a las actuales audiciencias, sobre el tema de la dignidad con que debe ser enfrentada toda tiranía, cuando la justicia Superior se muestra tardía".
¿Éramos, nomás, "cómplices del Proceso", como nos atribuyeron...?

viernes, 25 de enero de 2013

INTERROGANTES INSISTIDOS... PERO HASTA HOY NO ESCUCHADOS NI RESPONDIDOS


UNA ESCENA DE "LA OFENSIVA", DE MARTHA LEHMANN
TEATRO DE LA UNIVERSIDAD - TEMPORADA 1977
 
Quien venga siguiendo este Blog desde sus primeros capítulos, allá por Febrero de 2010, habrá advertido que hay de mi parte una suerte de reiterada insistencia en el planteo de dos interrogantes.
A saber:
¿Por qué la Universidad de Buenos Aires se niega a incorporar a su historial la historia del Teatro de la Universidad de Buenos Aires...?
¿Por qué la Universidad de Buenos Aires no cuenta, como el resto de las universidades del mundo, con un elenco de Teatro Universitario, habiendo tenido uno que existió nueve años seguidos, treinta años atrás...?
Respecto del primero de los interrogantes no encuentro explicación válida, salvo que quienes manejan los destinos de la Universidad de Buenos Aires a lo largo de los últimos treinta años se hayan puesto de acuerdo en convalidar aquella maliciosa presunción de un periodista del diario La Nación, que dijo (al cerrarse el TUBA en junio de 1983), que “nos íbamos para desprendernos del Proceso (o sea: la dictadura militar) del que habíamos sido cómplices”.
Por si no quedó claro todas las veces que lo conté a lo largo de las 268 entradas del Blog yo, Ariel Quiroga, fundador del TUBA y su director titular durante los nueve años de su existencia, renuncié en junio de 1983 y todos los jóvenes universitarios que lo constituían en ese momento se fueron conmigo, porque la Universidad se negaba a pagarnos los viáticos de una estadía de quince días en la ciudad de Mar del Plata, invitados por el Teatro Auditorium de esa ciudad para una breve temporada de invierno en la que íbamos a estrenar un importante título (que sigue sin ser dado a conocer) del repertorio dramático nacional: “El gajo de enebro”, de Eduardo Mallea.
El tema de los viáticos (a los que los integrantes del TUBA no eran acreedores, “por no ser personal rentado de la Universidad”, según nos dijeron, fue sólo la gota que rebalsó el vaso. Detrás y en derredor estaban las persecuciones, las trabas, las prohibiciones, las amenazas, el abandono que desde la propia “dirección de cultura” de la Universidad venía obstaculizando nuestra labor desde sus mismos inicios, allá por fines de 1984.
Que el TUBA había existido durante los años de la dictadura militar...?. Desde luego. Toda Argentina siguió existiendo durante la dictadura militar. Nadie supo de centros clandestinos de detención y exterminio hasta que llegó Raul Alfonsín al poder. Las batidas de las fuerzas “del orden” eran tan temidas por la población que circulaba por las calles para ir a sus trabajos como las explosiones de bombas puestas en cualquier parte por las agrupaciones extremistas.
El TUBA hizo su primera representación pública el 30 de noviembre de 1974 y la dictadura militar comenzó el 24 de marzo de 1976. Fueron años incruentos de la historia argentina, en la que miles de ciudadanos, sobre todo jóvenes, entregaron su vida por un ideal revolucionario. Pero durante esos años la vida continuó; se hizo cine, teatro (los sólidos ejemplos del San Martín y el Cervantes), egresaron médicos, abogados, ingenieros, economistas, agrónomos, de los claustros de la Universidad de Buenos Aires y de las universidades privadas.
Habría que abolir de la memoria las puestas en escena de Rodolfo Graziano en la Comedia Nacional o los audaces montajes de Alejandra Boero en el Teatro San Martín, que tuvieron lugar durante los años de la dictadura militar...?
Se podría no reconocer los títulos profesionales otorgados por la UBA durante esos mismos años ...?
Entonces: POR QUÉ LA UNIVERSIDAD NIEGA LA EXISTENCIA DEL TUBA, que fue SU Teatro Universitario de Repertorio durante nueve años seguidos; que realizó 1.163 representaciones dentro de uno de sus edificios (la casona de Corrientes 2038) y que cada año hizo ciclos de representaciones en las aulas magnas, auditorios y hasta en los frios gimnasios de todas las facultades dependientes del Rectorado de la UBA...?
En una palabra: el primero de los interrogantes sigue sin tener respuesta.
La Universidad de Buenos Aires niega la existencia del Teatro de la Universidad de Buenos Aires y no se sabe por qué.(Véase el sitio www.uba.ar/institucional/contenidos y compruébese que no figura para nada dentro del historial de la UBA la historia del organismo denominado “Teatro de la Universidad de Buenos Aires”).
Segundo interrogante: ¿Por qué la Universidad de Buenos Aires no cuenta, como el resto de las universidades del mundo, con un elenco de Teatro Universitario, habiendo tenido uno cuya labor durante casi una década constituye una experiencia única, sin precedentes e inexplicablemente, sin continuidad ...?.
Visto fríamente, este segundo interrogante a mí, Ariel Quiroga, debería tenerme sin cuidado. Yo cumplí mi sueño, anhelado desde que tenía menos de veinte años y militaba en los teatros independientes, de “distanciarme” de la escena profesional, saturada de argucias, vilezas, ansias de figuración a toda costa y escaso respeto por el rigor frente a los repertorios y el público. Quise formar un teatro con jóvenes universitarios; lo intenté unas cuantas veces en los primeros años de la década del sesenta e inesperadamente, por un fortuito contacto con un improvisado “director de cultura”, logré concretarlo a mediados de 1974.
“Concretarlo” es un mero decir. De la propuesta inicial, que consistía en formar un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, hasta su llevado a la práctica (que fue la presentación en el Teatro Nacional Cervantes en mayo de 1976, con un repertorio de tres comedias clásicas de Terencio, Plauto y Menandro), fue necesario vencer un sinnúmero de inverosímiles, estúpidos, cerriles impedimentos.
Lo he contado ya en otros capítulos de este Blog: Aquel funcionario de la “direccion de cultura” de la UBA, que cuando comenté que iban a comenzar los ensayos de la obra inicial del grupo (“La montaña de las brujas”, de Julio Sanchez Gardel), empezó a los gritos a espetarme: ¡NO, QUIROGA, NADA DE ENSAYOS POR AHORA...! ¡ES MUY PELIGROSO...! ¡MANTÉNGALOS CON CHARLAS, QUE CON ESO SE QUEDAN QUIETOS...!
Por supuesto, ENSAYAMOS de todos modos, pero hubo que hacerlo a escondidas. Y deambulando de un lugar a otro. En las oficinas de uno de los pisos altos de un edificio de la calle Azcuénaga, entre escritorios y ficheros... en una parroquia del barrio de Once... en la biblioteca de ciegos... en un patio a la intemperie, en los fondos de la facultad de Ciencias Económicas, al ladito de la Morgue Judicial...
Empecinadamente, contra todas las dificultades habidas y por haber, con ese viaje a Chapadmalal donde nos alojaron en un hotel para niños y nos daban de comer raciones para niños y tuvimos que dormir en camitas para niños y donde logramos hacer “La suegra”, de Terencio y “Antígona Velez”, de Marechal; acarreando decorados al hombro o en camionetas alquiladas, para ir a hacer funciones en la Biblioteca Popular de Olivos, la sala de la empresa Subterráneos de Buenos Aires o el Colegio Carlos Pellegrini... hasta que, recién en agosto de 1976, llegó la posibilidad de instalarnos, medio a los empujones, en el edificio de Corrientes 2038, donde nos quedamos hasta junio de 1983...!, y desde el cual convocamos a una corriente de público verdaderamente multitudinaria, que asistió GRATUITAMENTE a disfrutar de obras de Molière, Discépolo, Chejov, Shakespeare, Valle Inclán, Sófocles, Racine, Florencio Sánchez y Oscar Wilde, para nombrar sólo unos pocos de un enorme repertorio de mas de ciento veinte montajes corpóreos originales, diseñados y construidos en los talleres artesanales del TUBA por sus propios integrantes.
Si, desde luego que el sueño de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, se concretó. Lo concreté, nueve años seguidos, acompañado por cientos (casi 1600) de jóvenes universitarios que hicieron del ALTRUISMO una militancia y una profesión de fe.
Tendría que importarme que la Universidad de Buenos Aires no haya querido continuar la experiencia y seguir teniendo un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTIRIO en estos treinta años que han seguido a la desaparición del TUBA...?
En el Centro Cultural Rojas, que ocupa el mismo lugar (el edificio, remodelado, de Corrientes 2038) en el que el TUBA hizo su historia, se dictan cursos sobre teatro (pagos); trabajan grupos que montan espectáculos (pagos) no vinculados entre si ni con proyecto de continuidad; se llevan a cabo mesas redondas, ponencias, encuentros sobre el tema teatro y muchos otros temas más... le depende una “Orquesta de la Universidad” que actúa esporádicamente... pero no existe un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO.
Debería existir o es sólo una empecinada idea mía...?
Tengo casi 73 años; me retiré definitivamente de la vida teatral a partir del cierre del TUBA (que más que “mi proyecto de teatro” se podría decir que fue “mi proyecto de vida, de compromiso con la vida”)... entonces: si a la UBA le interesa o no ubicarse a la par del resto de las universidades del mundo, que cuentan prácticamente todas con un Centro de Drama, que realiza espectáculos en continuidad y divulga esos espectáculos en las festivales a nivel internacional que convoca la AITU, la Asociación Internacional del Teatro Universitario creada en Bélgica en 1990... debería eso preocuparme y llevarme a insistir tanto con ese tema...?
Es que -como me dijo Alejandra Boero tantas veces-, “ESTÁN LOS JOVENES”, que merecen que se les brinden espacios para experimentar, crecer y desarrollarse... y un teatro universitario, desentendido de intereses comerciales o exitistas, es un campo fértil para que se nutran las nuevas generaciones y el anciano arte de la escena se vivifique y rejuvenezca a través de nuevos desafíos, nuevas propuestas, nuevos rechazos al asfixiante mercantilismo que cercena el derecho a expresar con absoluta libertad “todo lo que se nos cante” sobre un tablado.
Los cursos de teatro, las escuelas de teatro, los institutos de teatro son necesarios (imprescindibles) para la formación de futuros actores, directores, escenógrafos, vestuaristas, iluminadores, que una vez graduados en cada disciplina (o en todas, preferentemente), pasen a cubrir los puestos vacantes de los que, cumplido su ciclo, se retiren de la profesión.
Los teatros universitarios, en cambio, no apuntan (así lo apliqué al crear el TUBA) a formar profesionales del arte del espectáculo, sino a brindar un espacio extracurricular donde los futuros médicos, abogados, economistas o ingenieros PUEDAN HACER VIDA DE TEATRO en un marco de libertad creativa extrovertido, celebratorio, espontáneo, jovialmente comunitario y juglarescamente expansivo.
El TUBA fue todo eso nueve años seguidos.
¿No merecería figurar en la historia de la Universidad que lo albergó...?
¿No tendría que haber hallado continuadores dentro de esa Universidad, cuando los que lo hicimos nos replegamos obligadamente, PERO SIN DEPONER NUESTRAS BANDERAS...?

 
UNA ESCENA DE "JÁCARAS Y MOJIGANGAS", SOBRE TEXTOS
DE LOPE DE RUEDA - TEATRO DE LA UNIVERSIDAD
TEMPORADA 1977