martes, 30 de octubre de 2012

ECOS SONOROS DEL TUBA: “STÉFANO”, DE DISCÉPOLO: DEL NÁPOLI LONTANO AL ARRABAL PORTEÑO; LA ÓPERA INCONCLUSA Y EL CANTO DEL POETA HACIA EL PORVENIR

Los espectáculos del TUBA (el Teatro de la Universidad de Buenos Aires, entre 1974 y 1983), llegaban al público con enorme intensidad. Más allá de los logros artísticos, había en el lenguaje escénico de los jóvenes universitarios una suerte de “portentosidad”, de entrega absoluta, desgarradora, que sacudía a los auditorios, fuese donde fuese: en la precaria sala de Corrientes 2038, donde se hacinaban cada fin de semana, con acceso gratuito, más de novecientas personas o en las aulas magnas de las facultades; en salas improvisadas en bibliotecas o centros culturales del conurbano o en las giras plagadas de dificultades a universidades del interior.
Ahora bien: hubo uno, entre los más de cien espectáculos que montó el TUBA en su historia de nueve años, que superó todos los “records” en cuanto a impacto emocional en el público y fue “STÉFANO”, el grotesco de Armando Discépolo que se revivió en 1981, a exactos diez años del fallecimiento del (probablemente) más grande dramaturgo y hombre de teatro argentino, pero que debió reponerse al año siguiente, en inagotada secuela de aprobación por parte de espectadores de todas las edades, aunque jóvenes en su mayoría.
Qué provocaba en la gente (sobre todo en los jóvenes) semejantes aclamaciones, gritos, lágrimas y también carcajadas, aplausos interminables y abrazos y besos a la salida de cada representación de “Stéfano” en el TUBA...?. Al fin de cuentas era una historia de derrotismo, de frustración, de miseria: el músico que había partido del Nápoles natal con un familión a cuestas, con sus padres campesinos, su mujer gastada y una caterva de hijos, en pos de la América esperanzadora, donde habría de componer una ópera a la altura de las de Verdi, pero que terminaba soplando el trombón en la banda municipal (como el propio padre de Discépolo), asfixiado por la opresiva miseria, por la hostilidad competitiva de un medio deshumanizado y cruel.
Es que por encima de tanta dolorosa decadencia, estaba el mensaje esperanzador hacia el joven poeta, el hijo estudioso al que el padre frustrado confiaba, minutos antes de morir, la realización de sus no concretados ideales: “Cante su canto, hijo mío, usted va a poder cantarlo...”.
Nadie sabía con certidumbre, en esa noche de horror en la que vivía la Argentina en esos años en los que la historia del TUBA transcurrió, cuántos estaban desapareciendo y muriendo por haber pretendido levantar las banderas de sus ideales. Tal vez lo sospechábamos o lo presentíamos, sin atrevernos a alzar la voz.
Pero brotaba desde el escenario del TUBA un secreto código acicateante, que alentaba el desafío: OTROS JÓVENES, EN ALGÚN MOMENTO NO MUY LEJANO, IBAN A PODER CANTAR SU CANTO A VOZ EN CUELLO...!
Guay de los que creen que, aniquilando a muchos, los jóvenes se terminan...

FINAL DE LA FUNCIÓN DE "STÉFANO"
EN LA SALA DE LAS AMÉRICAS DE LA UNIVERSIDAD
NACIONAL DE CÓRDOBA - SEPTIEMBRE DE 1981
FRAGMENTO DE UNA FUNCIÓN DE "STÉFANO"
EN LA SALA DEL TUBA (CORRIENTES 2038) - AÑO 1981
 
 OTRO FRAGMENTO DE UNA FUNCIÓN DE "STÉFANO"
EN LA SALA DEL TUBA (CORRIENTES 2038) - AÑO 1981
 
OTRO FRAGMENTO DE UNA FUNCIÓN DE "STÉFANO"
EN LA SALA DEL TUBA (CORRIENTES 2038) - AÑO 1981
 
ESCENA FINAL DE "STÉFANO"
EN EL TEATRO AUDITORIUM, DE MAR DEL PLATA
CON EL AUSPICIO DE LA UNIVERSIDAD DE ESA CIUDAD
OCTUBRE DE 1982 (HACEN EXACTAMENTE 30 AÑOS)

sábado, 27 de octubre de 2012

ECOS SONOROS DEL TUBA: EL FINAL DE “FEDRA”: RACINE Y VANGELIS EN EL DESCENSO A LA CASA DE LOS MUERTOS

“Fedra”, de Jean Racine (1639 – 1699), basada en la tragedia “Hipólito”, de Eurípides, no se había estrenado en nuestro idioma en la Argentina, cuando el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES se atrevió a darla a conocer, en su temporada del año 1980.
Se conocían y estudiaban las traducciones de Manuel Mujica Láinez y de Pedro Henríquez Ureña, pero conscientes de nuestro deber como centro de investigación dramática de la UBA, en un taller interno del TUBA nos ocupamos de hacer nuestra propia traducción.
El reparto de “Fedra” en el TUBA tuvo la característica típica de los teatros de repertorio: el rol de Fedra fue interpretado, alternativamente, por dos actrices: Elena Lloberas y Teo de Pascale, abogadas ambas, recibidas en la UBA y egresada del Conservatorio Nacional de Arte Escénico la segunda, aunque nunca antes había pisado un escenario.
El rol gravitante del hijastro de Fedra, ese joven Hipólito que es víctima del amor incestuoso de su madrastra, fue asumido por un estudiante de ingeniería: Ezequiel Adler y su padre Teseo estuvo a cargo de Jorge Fargas, también abogado y de extensa labor dentro de las filas del TUBA.
El resto del reducido elenco lo conformaron Mirtha Druck (Enona); Juan Ameroso (Terameno); Irene Moszkowski (Aricia); Diana Pogliaga (Ismena) y María C. Galati (Panopa).
El marco sonoro en el que se desarrolló la tragedia fue tomado de la banda sonora del film “Ignacio”, del por entonces desconocido en Argentina Evángelos Odiseas Papathanassiou, o sea: el más tarde super-popular Vangelis.
De una representación a cargo de la Sra. Teo de Pascale interpretando a Fedra, voy a insertar aquí los cinco minutos finales que servirán de prueba, para aquellos que con tanto empeño han relativizado la labor del TUBA como centro de drama de una importante Universidad, que su modo y estilo de “decir” en español el texto de la más augusta de las tragedias escrita en lengua francesa, no fue para nada desacertado.

jueves, 25 de octubre de 2012

ECOS SONOROS DEL TUBA: LA LEYENDA DE LA GRULLA Y EL TEMA DE LA CODICIA


Junji Kinoshita, nacido en Tokyo en 1914, ha influído decisivamente en la conformación del teatro japonés moderno, pese a sus arraigos en Shakespeare y en los cuentos populares antiguos. En su temporada de 1980, inaugurando la sala experimental en el gimnasio en desuso del último piso del edificio de Corrientes 2038, el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES montó, junto a otros seis espectáculos en alternancia, una obra de Kinoshita: “La grulla crepuscular”, inspirada en la leyenda medieval de la grulla herida, que al ser salvada por un campesino, se transforma en mujer para acompañarlo. La tierna historia de gratitud y amor termina desvirtuada por la codicia del campesino, que le exige a su esposa-grulla que teja una tras otra, sin parar, telas con sus propias plumas, para ser vendidas en el mercado de la ciudad. Con la última tela y casi sin fuerzas para poder remontar vuelo, la grulla-mujer abandona a su esposo-hombre, que paga el precio por su codicia demasiado tarde y sin comprenderlo.
Fue para el TUBA una experiencia más (muy bella en su concreción escénica), en pos de abordar estilos y géneros inexplorados o escasamente transitados por otros centros de investigación en el terreno de la dramática.
Teníamos una grabación completa de “La grulla”, pero hoy sólo quedan los escasos instantes finales de una representación de agosto de 1980. Unos ínfimos minuto y medio, que pueden servir aún de testimonio sobre la validez de este tipo de propuestas innovadoras, por parte de un centro de drama universitario tan combatido y negado no sólo en sus aciertos artísticos, sino en toda su existencia misma de nuevo años de labor en continuidad.

martes, 23 de octubre de 2012

ECOS SONOROS DEL TUBA: LA TRAGEDIA DEL VERANEANTE Y EL ÉXITO INUSITADO DE UNA GENIAL HUMORADA DE CHÉJOV

Ya desde los tiempos de Shakespeare y de Molière, las compañías teatrales siempre han necesitado del éxito para sobrevivir, porque el éxito significa rédito de boletería. Paradojalmente, el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES sobrevivió nueve años sin recaudar un solo peso, dado que el público accedía a sus espectáculos de fin de semana en forma gratuita. En su caso, el éxito no buscado como factor de subsistencia, fue (dicho de algún modo), muchísimo más auténtico.
El público, que asistía masivamente a las cuatro y hasta seis funciones que el TUBA ofrecía en la precaria sala de Corrientes 2038 entre los días viernes y domingos, era en definitiva nuestro mejor crítico, ya que los periodistas especializados rara vez acudían a juzgar nuestro trabajo, alegando que los fines de semana preferían dedicarlos al descanso.
“Por supuesto que debía sobrarles público, si no cobraban entrada...!”, podrán argumentar los excépticos, que nunca faltan. Y sin embargo, no todo era así, en realidad.
“La ofensiva”, de Martha Lehmann, estuvo todo un año en cartel, en la temporada de 1977, porque el público se divertía, se identificaba con los personajes...pero también era llevado a reflexionar sobre la necesidad de estar atentos, por las dudas que esa “ofensiva” llegara a concretarse en el momento menos pensado. En 1979, cuando estrenamos “El atolondrado”, de Molière, no sabíamos como hacer para frenar al público, que quería entrar a toda costa cuando la sala ya estaba colmada. “Stéfano”, de Armando Discépolo, puesta en escena en 1981, debió ser repuesta en 1982 y esta vez la consabida frase de los teatros comerciales “a pedido del público”, era absolutamente cierta.
Pero hubo producciones del TUBA encaradas con mucha seriedad y no pocos logros artísticos, a las que ese público presuntamente adicto en forma incondicional, no le prodigó el beneplácito de una abrumadora presencia. Fue el caso de “Miedos y soledades”, de Juan Carlos Ghiano; de “Fedra", de Racine; de “La marquesa Rosalinda”, de Ramón del Valle Inclán o de “La noche de San Juan”, de Ibsen, cuyo esteticismo más bien frío y distante no contribuyó a generar avalanchas de espectadores y se representaron no más de cuatro meses, con la sala del TUBA “aparentemente vacía”, que era la sensación que nos producía no ver jóvenes sentados en el piso, en los pasillos laterales o trepados a las tarimas del coro polifónico de ciegos, que se acumulaban detrás de la última fila de butacas.
Ahora bien: si hubo un ÉXITO que sobrepasó a todos los otros en la historia del TUBA fue el de la farsa en un acto de Anton Chéjov, titulada “Un trágico a la fuerza”. Figuró en el repertorio de las temporadas 1981; 1982 y 1983; se dió durante meses en la sala de Corrientes 2038 pero también en las aulas magnas y auditorios de las facultades de Derecho, de Medicina, de Ciencias Económicas; en el Centro Cultural del Tigre Hotel; en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Plata; en el salón de actos de la Universidad de Morón; en el centro cultural de Zárate y en varios lugares más que no recuerdo.
Fue nuestro “caballito de batalla” y el singular mérito interpretativo de uno de los integrantes del TUBA que permaneció por más tiempo en la compañía: Héctor Becerra, que había ingresado a fines de 1975 cuando era estudiante de arquitectura en la UBA; que en el '79 se recibió de arquitecto y que diseñó y realizó con sus propias manos varios de los decorados corpóreos del TUBA, entre los que cabe mencionar los de “La ofensiva”; “Stéfano”; “El gorro de cascabeles” y “El día que mataron a Batman”.
Si no estoy mal informado, Becerra reside desde hace unos cuantos años en Caracas, Venezuela y conduce los destinos del “Teatro Nacional Juvenil” de ese país del Caribe. Supo aprovechar, no cabe duda, la experiencia adquirida a fuerza de sudor y lágrimas (y muchos golpes, por cierto) en aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, cuya historia tantos en la Argentina han decidido sepultar en el olvido o directamente abolir.
He aquí un fragmento de nueve minutos, tomado de alguna de las tantas funciones de “Un trágico a la fuerza”, de Chéjov, en el Teatro de la Universidad de Buenos Aires:



lunes, 22 de octubre de 2012

ECOS SONOROS DEL TUBA: AQUELLOS SAINETES...!

La “Cabalgata evocativa del Sainete Rioplatense” fue el primer espectáculo en el que participaron más de cien de los casi 250 inscriptos originales en la convocatoria que hizo la Universidad de Buenos Aires, a mi propuesta, para formar un Teatro Universitario de Repertorio, a mediados de 1974.
La foto de gran tamaño con que se abre este Blog, monocromática, corresponde al saludo final de la función de mayo de 1975, en la sala Enrique Muiño del Centro Cultural San Martín, en la que esa Cabalgata de más de dos horas de duración comenzó su travesía nómade por los lugares más insólitos: parroquias, bibliotecas, salones de actos de colegios y facultades dependientes del rectorado de la UBA y hasta un cuartel de bomberos en la localidad de Florencio Varela.
Chicas y muchachos que en ese momento estudiaban carreras tan opuestas como la medicina o las ciencias económicas, las letras o el derecho, la geología o la computación científica, se transformaron de la noche a la mañana en los típicos personajes del arrabal orillero, para dar vida a sainetes breves y pasos de comedia, tales como “El debut de la piba”, de Roberto Cayol; “Tu cuna fue un conventillo”, de Alberto Vaccarezza; “Fumadas”, de Enrique Buttaro; “Los disfrazados”, de Carlos Mauricio Pacheco; “La fonda del pacarito”, de Alberto Novión; “Marta Gruni”, de Florencio Sánchez; “He visto a Dios”, de Francisco Deffilippis Novoa o “Entre bueyes no hay cornadas”, de José González Castillo.
Es precisamente de este último título que vamos a recordar un pasaje, que en su momento interpretaron un estudiante de derecho y un estudiante de ciencias económicas. Muchísimos de esos jóvenes que se animaron a emular a un Francisco Charmiello, a un José Podestá, a un Francisco Petrone, a una Leonor Rinaldi, a una Benita Puértolas o a un Luis Arata, con el transcurrir de los días, los meses y los años, se fueron perdiendo en eso que se suele llamar “las vueltas de la vida”. Alguna vez, con denodada entrega, con febril ilusión de intentar ser comediantes para llegar a la gente del pueblo que no está en condiciones de pagar una entrada en un teatro comercial,, le permitieron a la Universidad de Buenos Aires contar con un batallador Teatro de Repertorio, que podía abordar con similar idoneidad a Molière o a Discépolo; a Lope de Rueda o a Roberto Cossa; a Chéjov o a Enrique Wernicke; a Ramón del Valle Inclán o a Sófocles; a Esquilo o a Nemesio Trejo.
¡Cuánta injusta desmemoria...! ¡Cuánto injustificado desprecio...!

ECOS SONOROS DEL TUBA: “LA VIDA ES SUEÑO”: UN ANTICIPATORIO RECLAMO POR EL DERECHO A LA IDENTIDAD


Cuanto rodeó a la producción de “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca, en la temporada del año 1979 del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, tuvo ribetes de desafío a la espantosa dictadura en cuyo contexto transcurrió gran parte de la azarosa vida del TUBA.
El texto planteaba desde el vamos enormes dificultades para ser transmitido con total realismo por las juveniles voces de los intérpretes universitarios. En medio de una atmósfera de claroscuro, con un decorado que no era otra cosa que rollos de alambre retorcido; una iluminación en base a focos cenitales blancos y azulados; un vestuario en liezo gris similar al que se utiliza en una puesta del “Lohengrin” wagneriano y una alucinante envoltura musical ideada por Héctor Zeoli en base a improvisaciones que se grabaron en el órgano de la Basílica de Santo Domingo, “La vida es sueño” emergió desde el proscenio del TUBA, en la precaria sala de Corrientes 2038 (el edificio donde actualmente funciona el Centro Cultural Rojas), con una suerte de anticipatorio reclamo por ese DERECHO A LA IDENTIDAD que la dictadura militar en la Argentina pisoteó y abolió con tanta crueldad.
No me imagino cómo lograrlo, pero yo (Ariel Quiroga, fundador y director del TUBA), desde este, mi retiro definitivo en Mar del Plata, a los 72 años, querría que este breve fragmento de una función de “La vida es sueño” en el TUBA, fuese escuchado hoy, a 33 años de distancia de aquel entonces, por autoridades de la Universidad de Buenos Aires, del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, de los medios de comunicación que tan “oprimidos” y “perseguidos” se sienten en la actualidad por el gobierno democrático de la Sra. Cristina Kirchner... para que comprueben y terminen aceptando, (aunque quizás demasiado tardíamente), lo que significó que en tiempos de horrenda clausura aquel Teatro Universitario de Repertorio existiese; que se animase a clamar por el derecho a la libertad y el derecho a la identidad de la manera que lo hizo a través de textos de inapelable vigencia como “La vida es sueño”... y cómo, a pesar de tanta entrega, tanta pasión y tanta valentía por parte de esos cientos de jóvenes universitarios que altruístamente lo llevaron a cabo durante casi una década, su memoria ha sido maliciosamente borrada de todos los anales, al punto que desaparecido el TUBA en 1983, NUNCA MÁS (al menos hasta hoy, fines de 2012) HA VUELTO A EXISTIR UN TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO EN LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES.
 

domingo, 21 de octubre de 2012

ECOS SONOROS DEL TUBA: CHEJOV Y LOS MOMENTOS FINALES DE “EL CANTO DEL CISNE”

“Chejoviana” fue uno de los nueve espectáculos que conformaron el repertorio de la octava temporada del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, la de 1982. En una suerte de cabalgata con cierto clima de cabaret triste, con la música circense y un tanto macabra del ballet “El tornillo”, de Dimitri Shostakovicht, se daba vida a tres de los mágicos relatos de Chéjov: “Una corista”, “El malhechor” y “Un carácter enigmático”. Seguía luego la desopilante farsa sobre la vida de un veraneante, que ocupó en varias temporadas la cartelera del TUBA, titulada “Un trágico a la fuerza” y por último la velada se cerraba con ese desgarrador cuadro sobre la vida de un actor de teatro que se enfrenta a la hora decisiva de tener que abandonar las tablas, que es “El canto del cisne”. Valga el audio de los cinco minutos finales de una función de “Chejoviana” que encabeza esta entrada, registrados en la sala de Corrientes 2038 (hoy, asiento del Centro Cultural Rojas), para ratificar la vigencia del legado de ese grupo de jóvenes teatristas universitarios, que durante una década supo llegar al alma del público, sin mediar pago de entrada, logrando una respuesta de gratitud tan elocuente como lo eran, invariablemente, tan fervorosos y prolongados aplausos.
La borrosa fotografía incluída a continuación es el único recuerdo que quedó de esa festiva cabalgata final, con la que las huestes del TUBA celebraban el sabio humor de Chéjov, al compás del frenético ritmo del ballet "El tornillo", de Shostakovicht.

sábado, 6 de octubre de 2012

LA DEUDA

Tal vez lo he dicho en varios capítulos de este Blog, que nace en febrero de 2010, veintisiete años después que el TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES tuviera que cerrar sus puertas, obligado por la propia Universidad de Buenos Aires. La Universidad de la dictadura (años 1976 a 1983) podía tener motivos para lograr la desaparición de ese Centro de Drama que nucleaba cientos de jóvenes universitarios por año; al que asistían miles de espectadores en forma gratuita (un promedio de 38.000 cada año) y en el que si bien se soslayaban los repertorios comprometidos políticamente, no había autor ni título de cada temporada en los que no se propagasen mensajes “encubiertos” sobre el derecho a la libertad, el derecho a la igualdad y el rechazo a los abusos de poder desde el Estado. (Ignorábamos que, encima, ese Estado que nos oprimía y nos censuraba, era un Estado genocida, como no lo había sido ningún otro en el pasado de la República Argentina, por autoritarios y demagógicos que hubieran sido unos cuantos). Jamás entenderé, hasta que alguien me lo explique con fundamentos lógicos, qué motivos tuvo la Universidad renaciente en democracia a partir de fines de 1983 y todos los sucesivos gobiernos universitarios hasta hoy en día, para haber sepultado en el olvido la heroica labor cumplida por el TUBA a lo largo de sus nueve años de existencia y menos podré entender cuales son los impedimentos, ahora que no hay genocidas gobernándonos ni amenazas de censuras ni persecuciones, para que esta Universidad de Buenos Aires, que cuenta con un espacio multidisciplinario como el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas en permanente expansión, no haya incorporado a sus proyectos de extensión extracurricular la creación de un nuevo TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, en cuyos talleres de experimentación pudiesen formarse nuevas generaciones de universitarios en la ejercitación práctica de los distintos quehaceres del drama representado, desde la mera función actoral hasta la de investigadores, ensayistas, escenógrafos, vestuaristas, directores de escena y también (por qué no...?), la de autores de ejercicios de dramaturgia enfocados en problemáticas sociales de la hora actual. Todas esas funciones y muchas más (la de carpintero, barredor de sala, acarreador de decorados por la calle, limpiador de baños, costurero de telones, electricista, repartidor de volantes por la calle, con lluvia o con sol radiante...) fueron cumplidas con entusiasmo digno de mejor suerte por aquellos cientos, (alrededor de 1.600) jóvenes que hicieron del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES su trinchera de combate, con enorme coraje y lozana alegría, entre 1974 y 1983. La Universidad de Buenos Aires, el Estado argentino, el pueblo de esta Argentina plagada de problemas, PERO EN DEMOCRACIA PLENA, tienen contraída una deuda para con toda esa muchachada, que hoy frisa los cincuenta y tantos años, y que sería muy fácil de saldar, sin necesidad de adquirir dólares en el mercado paralelo ni contraer empréstitos con el Fondo Monetario Internacional y otros depredadores por el estilo. La deuda con el TUBA se paga en un santiamén, casi en un abrir y cerrar de ojos: RECONOCIENO SU HISTORIA como parte de la historia de la Universidad de Buenos Aires... y abriendo el próximo martes 9 de octubre, luego del feriado, una convocatoria similar a la que, en octubre de 1974, se puso en precarios cartelitos en las pizarras de consulta de todas las facultades y colegios dependientes del Rectorado de la UBA: “SE INVITA A LOS ESTUDIANTES, DOCENTES, NO DOCENTES Y GRADUADOS A INSCRIBIRSE PARA LA FORMACIÓN DE UN TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO”. ¡Si lo que resta pagar de la deuda externa argentina fuera tán fácil de saldar...!!!!

domingo, 16 de septiembre de 2012

MARIA CALLAS: LA MUERTE URDIDA... Y BURLADA

Era septiembre de 1977, el domingo 18. Acababa de terminar la función de la tarde en el TUBA.Estábamos en pleno fragor del desarmado de “La ofensiva”, la obra de Martha Lehmann que veníamos representando desde marzo y que seguiríamos dando hasta fines de diciembre, totalizando las 83 funciones que fueron nuestro logro más rotundo (lo que las compañías profesionales llaman “éxito”). El enorme decorado corpóreo de “La ofensiva”, con paredes, techo, montones de muebles de estilo y un sinfín de elementos de utilería debía dar paso, en contados minutos, al despojado escenario de calle suburbana en donde transcurrían los diferentes esquicios de “El alma del suburbio”, una suerte de semblanza del Buenos Aires de ayer, en la que un payador (en realidad, un estudiante de ingeniería), recitaba los poemas de Evaristo Carriego y el resto del elenco animaba las estampas porteñas de “Entre bueyes no hay cornadas”, de José González Castillo; “A media noche”, de Pedro E. Pico y “Marta Gruni”, de Florencio Sánchez. En medio de ese ajetreado ir y venir de gente, decorados y muebles (qué difícil era esconder tantas cosas en los laterales estrechos del escenario de Corrientes 2038, donde además había que escamotear el enorme piano de cola del Coro Polifónico de Ciegos), apareció Gladys Merola, profesora de letras y muy meritoria actriz del TUBA y casi entre balbuceos, alcanzó a decirme: “El viernes murió María Callas”. Fatídico viernes 16 de septiembre de 1977, (del que se cumplen hoy 35 años) en que una muerte nunca explicada, se llevó de este mundo que tanto la había hostigado, combatido, negado en su colosal grandeza, a la siempre insegura, atribulada DIVINA. Apenas un corto tiempo después, ese aparente triunfo de la muerte se vió burlado, porque María revivió de esas cenizas imaginariamente dispersas en las aguas del mar Egeo (a dónde habran ido a parar las verdaderas...), para convertirse en el símbolo indiscutido, admirado sin reservas, del más perfecto, celestial, inalcanzable BEL CANTO. Tantos detractores imbéciles urdieron su muerte cuando aun gozaba de la plenitud de sus dones vocales, como otros tantos, convertidos en millones y en todas las latitudes del planeta, celebraron y celebran su continuidad de vida, su definitiva ETERNIDAD, gracias a las maravillosas grabaciones de estudio o de funciones y recitales tomados “en vivo”, que integran su prodigioso legado. Tantos detractores imbéciles urdieron la muerte del TUBA, cuando gozaba de plena vida, con sus funciones colmadas de público y sus repertorios de autores y obras jamás abordados por otros teatros, ni comerciales ni independientes... y sin embargo, aunque el TUBA haya muerto, abatido por el desamor de una Universidad reaccionaria y oscurantista, en junio de 1983... hoy, merced a este Blog que cuenta su historia y recorre el mundo todos los días, a todas horas, ha recobrado una vigencia impredecible y la seguridad de un permanente renacer de sus (también), desprolijamente dispersadas cenizas. MARIA CALLAS y el TUBA: dos muertes injustas... dos muertes felizmente burladas.
Al cumplirse en 1982 el quinto aniversario de la muerte de María, quisimos lograr un sortilegio: QUE LA CALLAS CANTASE EN EL TUBA. La temporada se abrió con una producción del célebre grotesco de Luiggi Pirandello “El gorro de cascabeles”, con un decorado corpóreo sencillamente descomunal (foto superior), que compartía la cartelera del TUBA con la primer obra de un estudiante universitario que, a regañadientes, la Universidad nos permitió estrenar: “El día que mataron a Batman”, del alumno de derecho e integrante del elenco Hugo Daniel Hadis. La escena final de “El gorro de cascabeles” era un verdadero pandemonium de gritos, amenazas y arranques de locura, en el que el genio pirandeliano pone de manifiesto, con suma ironía, cómo la calumnia se vuelve a menudo en contra de quienes la vierten con imprudente malignidad. Para acentuar el clima de delirio, de casi “irrealidad” de esa escena, se me ocurrió poner de fondo uno de los también demenciales momentos finales de la ópera de Vincenzo Bellini “I puritani”, en la impresionante versión del Palacio de las Bellas Artes de México City, de 1952, con María Callas y Giuseppe Di Stéfano como protagonistas, en una toma rescatada en vivo, que supera en mucho la grabación de estudio, con los mismos intérpretes, hecha al año siguiente. El público quedó sorprendido, deslumbrado y también muy confundido, no sabiendo cuándo aplaudir e interrumpiendo con sus aplausos el desarrollo de una suerte de pantomima cargada de irreverente sarcasmo. Al calmarse los ánimos y también la música de Bellini, renacía una aparente calma, (ese “de esto no se va a volver a hablar”, tan común en los pueblos de provincia, no sólo de Italia sino del mundo entero), subrayada por la melancólica tonada de “Fenesta che lucive”, en la voz de otro grande de la lírica: Franco Corelli. Quien desee escuchar esos cinco minutos y medio en los que Callas, Di Stéfano y Corelli “cantaron” en el TUBA, no tiene más que cliquear en la columna de la izquierda, primero en el año 2010 y luego en el mes de marzo, buscando en la lista de entradas que se abre a continuación, la del lunes 8 de marzo de 2010, titulada “PIRANDELLO, MARÍA CALLAS, DI STÉFANO... Y EL TUBA”.

viernes, 14 de septiembre de 2012

DESPERTAR EN LOS JÓVENES UNA PASIÓN: EL MAYOR LOGRO DEL TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES

Cuando en octubre de 1974 se lanzó la convocatoria en las carteleras de las facultades dependientes del rectorado de la Universidad de Buenos Aires para participar en un “teatro universitario de repertorio”, fueron más de doscientos los que acudieron a inscribirse en las oficinas de la Dirección de Cultura de la UBA, en el viejo edificio de Corrientes 2038. Ninguno de aquellos jóvenes alumnos de abogacía, medicina, ciencias económicas o veterinaria debía tener la menor idea de qué se trataba y por descontado, las torpes empleadas de aquella anquilosada “dirección de cultura” difícilmente podían estar en condiciones de aclarar sus dudas. Finalmente, en una tórrida tarde de noviembre, tuvo lugar la primer reunión con todos ellos en la polvorienta cancha de pelota del último piso de Corrientes 2038, en la que yo, que había lanzado la propuesta, hablé (según me contaron después), por espacio de casi tres horas sobre las bondades de “hacer vida de teatro dentro de un teatro”, algo muy diferente a inscribirse en un curso (pago) de actuación o en un taller literario (también pago, por supuesto). Lo que pasó a partir de allí con aquellos primeros jóvenes y los cientos (alrededor de 1.600), que vinieron después, en los sucesivos nueve años de la historia del TUBA, fue el resultado de un despertar de la pasión por las cosas, abordadas con altruísmo y vocación de servicio. Anoche, en esta confundida Argentina que no termina de encontrar su rumbo, hubo manifestaciones de protesta, cacerola en mano, por “la falta de libertad”, “la imposibilidad de adquirir dólares para viajar a Miami” y “la prepotencia del gobierno”, entre unas cuantas cosas más por el estilo. La mayoría de esa gente que salió a protestar está en contra de la apertura a los jóvenes hacia estímulos de pasión que puedan conferirle a sus vidas objetivos menos estúpidos que la participación en concursos de baile o en encierros en casas, en los que lo único válido es aplastar a los otros para conseguir unos pocos pesos y alguna esquiva notoriedad televisiva. Irrita que en la Argentina de los Kirchner se dé rienda suelta a los jóvenes para el ejercicio de la militancia. Igual que en 1974 y los años siguientes, hasta la derrota de 1983, irritaba a la Universidad oligárquica que un pujante TEATRO DE REPERTORIO hecho a pulmón y defendido por jóvenes entusiastas y heroicos, hiciese sus funciones con entrada GRATUITA y convocase a un promedio de 38.000 espectadores por año, provenientes de todos los sectores sociales de la comunidad y sobre todo de aquellos grupos de jóvenes o no tan jóvenes, que carecían del dinero para pagar una entrada en uno de los ilustres teatros comerciales manejados por empresarios. “Cristina, andate a Venezuela con Chavez”; “Cristina, no te tenemos miedo”, vociferaban algunas señoras bien arregladas, que no tenían miedo de que las cámaras de televisión las tomase en primer plano. En esta Argentina “sin libertad”, nadie tiene miedo de manifestar sus odios ni sus rencores. En aquella Argentina de 1974, cuando empezó el TUBA y en los años que siguieron de su historia, todas las noches, al salir del edificio de Corrientes 2038 o de alguna facultad en la que habíamos actuado, un automóvil con vidrios polarizados nos seguía a marcha lenta, como para hacernos saber que sabían donde estábamos y a dónde íbamos. A la madrugada, el teléfono de mi casa sonaba insistentemente y cuando mi madre me despertaba para que atendiese, una voz desfigurada me amenazaba de muerte. Habrá sonado el mismo teléfono en las casas de esas señoras (repito: bien arregladas), que se quejaban de la “falta de libertad” que padecen en estos días...?. Jóvenes de hoy: no se dejen amedrentar por quienes pretenden cercenar sus derechos al despertar de sus pasiones. Muchos otros, miles, tuvieron que padecer la tortura y la muerte sin tumba para que ustedes, hoy, puedan vivir a pleno su participación APASIONADA en los destinos de su Patria.

lunes, 10 de septiembre de 2012

LO QUE EL TEATRO NACIONAL CERVANTES APORTÓ AL TUBA... Y LO QUE EL TUBA APORTÓ A LA HISTORIA DEL TEATRO NACIONAL CERVANTES

Corría el mes de mayo de 1976. Dos meses atrás había sucedido el golpe de estado contra Isabel Perón, planeado por civiles y militares y al que la mayoría de los argentinos habíamos recibido con alivio. La violencia desatada entre grupos de extrama derecha y extrema izquierda asolaba las calles y la población sólo aspiraba a recuperar un poco de paz y tranquilidad... (Qué equivocación fatal...!!! Cuántos jóvenes habrían de pagarla con la derrota de sus ideales y la pérdida de sus valiosas vidas...!!!). El TUBA, el deambulante TUBA había terminado de montar su primer repertorio: las tres comedias clásica de Terencio, Plauto y Menandro, con las que se había presentado en lugares insólitos como el Complejo Turístico de Chapadmalal, la Biblioteca Popular de Olivos, el salón de actos de la empresa Subterráneos de Buenos Aires y el aula magna de la Facultad de Ingeniería, el mismo día en que un artefacto explosivo había estallado en una oficina del edificio de estilo greco-romano de la avenida Paseo Colón. El TUBA era por entonces un grupo itinarante, muy al estilo de La Barraca, de Federico García Lorca y recién en agosto de ese año lograría instalarse, por propia prepotencia, en el edificio de Corrientes 2038 donde transcurrió el resto de su historia hasta mediados de 1983 y donde hoy funciona el Centro Cultural Rojas. No teníamos nada y sin embargo teníamos MUCHO: un REPERTORIO, cosa que la mayoría de los grupos teatrales no procuran lograr o sencillamente no logran nunca. Un repertorio de alcance popular, sabio, cargado de ironía sobre el presente que nos tocaba sufrir, pese a datar de veinte siglos atrás. “La suegra”, de Terencio, es una joya de alucinante sagacidad; un retrato de la guaranguería y mediocridad social de cualquier época y cualquier lugar, donde esté en juego una herencia y la paternidad de un crío que viene en camino, pero cuyo origen paterno esté más que dudoso. “Los cautivos”, de Plauto, es algo así como la paradoja de una tragedia convertida en la más hilarante farsa, en la que la crueldad se transmuta en ternura y la risa en llanto y viceversa. (Qué genial esa escena de las escupidas, en la que el público llegaba a caerse al piso de sus butacas de tanto reir...). En cuanto a “El díscolo”, de Menandro, qué decir...?: baste comentar que inspiró a Molière su “Misántropo”, quizás su obra más profunda y actual. Y bien: teníamos un repertorio probado ante distintos públicos (la función en Ingeniería, ante cientos de jóvenes, había sido un triunfo descomunal), pero no había dónde representarlo. Y se me ocurrió pedir una audiencia en el Cervantes, que hacía tiempo estaba cerrado y sin actividad en puerta, con su director, el arquitecto y hombre de la cultura Néstor Suárez Aboy. Lo que parecía un delirio, salió bien y en pocos días la cartelera de hierro forjado del Cervantes sobre la avenida Córdoba anunciaba en letras enormes, la presentación del TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES y su REPERTORIO. Cómo fueron las funciones está contado en otro lugar de este Blog, pero agrego aquí que hubo un sábado, en que el Cervantes estuvo colmado hasta las galerías superiores y en el que las ovaciones del público, (salido vaya a saberse de dónde, porque no hubo publicidad previa), no terminaban nunca. (Quedó una grabación, por fortuna). El Cervantes le aportó al TUBA el reconocimiento de su propia IDENTIDAD. Seguiría siendo, por desgracia, “el grupo de teatro dependiente de la Dirección de Cultura de la UBA”, pero para la gente, la calle, el estudiantado, los jóvenes en general y el conglomerado de público de todas las edades que luego acudió masivamente a las funciones semanales en Corrientes 2038, iba a ser de ahí en más el TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES, o sea: el TUBA.
Vayamos ahora a la otra cuestión: qué le aportó el TUBA a la historia del Teatro Nacional Cervantes...?. NADA, me dirán de inmediato cuantos lean esto. Qué pudo haber aportado a semejante historia de esa gloria escénica legada por María Guerrero, los pocos días de actuación en su escenario de un “elencucho” de jóvenes aficionados sin demasiada formación previa...?. Los exégetas e historiadores que han escrito y sigan escribiendo la historia del Cervantes no lo consignan ni lo consignarán. En caso de tener que hacerlo, apuntarán a cierta responsabilidad política. Preferirán acotar que la actuación del TUBA, abriendo la temporada oficial del Cervantes del año 1976, se dió en el marco de los inicios de una era de terror genocida como no se registra otra similar en los anales de la República Argentina. Y sin embargo, inocente de esa connotación que a futuro podría adjudicársele, como tantos otros miles, millones de argentinos que no podía imaginar que iba a suceder lo que sucedió, lo que hizo el TUBA fue aportar a la historia del Cervantes el ÚNICO, hasta hoy, REPERTORIO EN ALTERNANCIA concretado por una compañía teatral nacional, ya que los únicos, hasta hoy, repertorios en alternancia que ostenta su historia son los aportados por compañías teatrales extranjeras: el Teatro de Francia, con Barrault y Madeleine Renaud a la cabeza; el Teatro Nacional Popular, con Jean Vilar y María Casares; el Old Vic de Londres; el Piccolo Teatro de Milán; la Comedia Francesa y tantos, tantos otros ilustres transitadores del sistema del REPERTORIO EN ALTERNANCIA. Han pasado por el Cervantes los nombres más señeros del teatro nacional, desde Orestes Caviglia y Milagros de la Vega hasta Osvaldo Dragún o Armando Discépolo; desde Violeta Antier hasta Ernesto Bianco o Eva Franco (imposible nombrar ni siquiera a una mínima parte de todos ellos), pero REPERTORIO EN ALTERNACIA (“La suegra”, “Los cautivos” y “El díscolo” en una misma semana, un día cada una), solamente, ÚNICAMENTE, lo hizo el TUBA, el TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES. Había que escribirlo en alguna parte... porque no hay otra reseña donde figure. Toda la historia que conocemos, la de los países, la de nuestra tierra, la de la Humanidad como un todo, estará tan plagada de tergiversaciones u omisiones, como la pequeña, ínfima pero heroica y esforzada HISTORIA DEL TUBA...?.

sábado, 25 de agosto de 2012

CRISTINA KIRCHNER Y UNA DEFINICIÓN GENIAL

Recordando al “Gaucho Rivero”, en el 179 aniversario de su heroico izamiento de la bandera argentina en las Islas Malvinas, el 26 de agosto de 1833, la Presidenta de la República tuvo para con la historia de este “soldado desconocido” una definición tan ocurrente como precisa: “LO DIFAMARON Y LO ANONIMARON”. ¡Cuánta similitud con la historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA)...!. Como al Gaucho Rivero, al TUBA también lo difamaron, adjudicándole “complicidad con la dictadura militar” (vaya a saberse con qué evidencias probatorias... o sólo habrá sido porque siete de sus nueve años de vida transcurrieron, como el resto de las vidas de los habitantes del país, bajo la obligada opresión de ese regimen...?), pero no conformes con la difamación, luego lo “ANONIMARON” (de nuevo: Gracias, Cristina, por esta genial definición), haciendo desaparecer todo rastro de su existencia de los anales de la Universidad de Buenos Aires y del conglomerado de archivos historiográficos de la labor cultural desarrollada en Argentina en esos aciagos años. Recién en 2010, (27 años después del forzado cierre del TUBA), la aparición de este Blog y la paulatina recuperación de un abundante material fotográfico, documental y sonoro, acumulado en sus 242 “entradas” o capítulos, que en 55 paises del mundo (aparte de Argentina), son consultados y probablemente analizados casi a diario, puede afirmarse con definitivo alivio que EL TUBA HA VUELTO A LA VIDA y ya es patrimonio inalienable de la Humanidad. Nuevamente GRACIAS, señora Presidenta: su agudeza conceptual me ha permitido dejar de lado mi acostumbrada verborragia y decir simplemente: AL TUBA LO DIFAMARON Y ANONIMARON... pero quien recorra este Blog de cabo a rabo comprobará que la difamación fue una infamia y que, como de toda obra de jóvenes, los vestigios que las imágenes y los sonidos de toda aquella esforzada y portentosa gesta se han recuperado, han logrado el triunfo (tardío pero triunfo al fin), de una saludable DESANONIMACIÓN.

martes, 7 de agosto de 2012

LA ÚLTIMA FOTO: UN TESTIMONIO DE ALERTA

Hoy, martes 7 de agosto de 2012, cumplo 72 años. No esperaba llegar hasta aquí. Como decíamos en “Sopa de pollo”, de Wesker (la obra que representé un año entero junto a Alejandra Boero, Héctor Alterio, el "Chucho" Alcalde, Walter Soubrié, José María López, Enrique Pinti, Lucrecia Capello, Adriana Faide y Domingo Basile, allá por 1967): “Llegamos hasta aquí, llenos de cicatrices, pero llegamos”. Mis cicatrices de los cuarenta y tantos años vividos en el teatro no están en el cuerpo (aunque hubo brazos rotos y muchísimos golpes en el camino). Mis cicatrices me las hicieron, durante los nueve años de vida del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, los bofetones, los atropellos, las humillaciones, los escupitajos al alma que a diario recibí de esos necios retrógrados que ocupaban cargos de funcionarios, de empleados y hasta de ordenanzas, en esa nefasta “dirección de cultura” de la que el TUBA, a la fuerza, estaba sometido a depender. Pero si mis cicatrices hubieran tenido posibilidad de borrarse con el tiempo, la indiferencia, el desprecio de los que vinieron después (me refiero a los que aparecieron con la creación del Centro Cultural Rojas, al año de cerrado el TUBA), determinó que permanentemente el dolor de las lastimaduras se reactivase y que aun hoy, a casi treinta años de distancia, esas viejas cicatrices sigan sangrando. No importa. En algún momento (quizás muy, pero muy pronto), dejaré de sufrir por las cosas perdidas (las hermosas cosas que me fueron arrebatadas, como ese teatro de jóvenes universitarios tan pródigo en plenitudes y heroicos entusiasmos) y cuando ya no esté yo para comprobarlo... el milagro suceda y alguien, entre esos actuales portentosos jóvenes que nutren con su savia revitalizadora los talleres del Rojas, tenga la feliz idea de generar una actividad que resulte ser UN NUEVO, DESAFIANTE, INACALLABLE “TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO”. Wesker decía: “Lo que hacen los jóvenes siempre está bien”. El TUBA, para su época (maldita época la que le tocó en suerte), fue revolucionario porque fue hecho por jóvenes. Pero ninguna revolución tiene dueños. Siempre vendrán nuevos jóvenes a plantarse en frentes de lucha, levantando banderas revolucionarias. Hasta que ese nuevo TUBA abra otra vez las puertas GRATUITAMENTE a nuevos miles de espectadores, como las abrió GRATUITAMENTE el TUBA durante nueve años seguidos, quiero dejar un testimonio de alerta, que es la foto de los últimos días del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, en la que tres de sus integrantes (un estudiante de arquitectura, uno de ingeniería y uno de medicina) contemplan cabizbajos las ruinas de lo que había sido alguna vez su espacio experimental, en la cancha de pelota del último piso del edificio de Corrientes 2038. Si al TUBA le tocó terminar de esa manera, por obra de la acción detractora ejercida desde una “dirección de cultura” de la propia Universidad, en una época en la que el terror imperaba por todas partes, que sepan los funcionarios y empleadas de las actuales y futuras “direcciones de cultura” que los jóvenes de hoy, de mañana y de todos los venideros futuros, no van a tolerar NUNCA MÁS, ni sus atropellos, ni sus nefastas clausuras mentales ni sus patéticas, inocuas amenazantes necedades.

viernes, 27 de julio de 2012

LOS TRECE VIDEOS DE YOU TUBE QUE NARRAN EN IMÁGENES LA HISTORIA DEL TUBA

Me atrevo a afirmar que pocos teatros del mundo tienen narrada su historia en forma tan minuciosa como lo que este Blog ha venido acumulando, a partir de febrero de 2010, sobre el devenir de nueve años seguidos (1974 – 1983), del llamado TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES (TUBA) o (a exigencia de la propia Universidad a partir de su quinta temporada), el “TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES”, el único (hasta hoy), centro de drama orgánico dentro del ilustre historial de la Universidad argentina, (más allá de que ésta se niega empecinadamente a reconocerlo). Valdría la pena que estudiosos del teatro y participantes de elencos universitarios de todo el mundo (que lo visitan casi a diario), se ocupasen en leer y analizar todas y cada una de las 240 entradas (o capítulos), que el Blog registra antes de esta, pero me permito dudar de esa posibilidad. Cuántos trabajos de investigación podrían llegar a elaborarse, desmenuzando, descartando reiteraciones, contextualizando índices temáticos... compendiando, en una palabra, tanto material literario que ha ido surgiendo de mi memoria o del aporte de documentación fehaciente y que podría servir de referencia para los jóvenes que en otras universidades siguen intentando (y cada vez con más impulso, a partir de la fundación en 1994 de la AITU en Bélgica), aportar desde tablados erigidos en los claustros académicos, el siempre aleccionador mensaje de los dramaturgos de todas las épocas, haciéndolo sin condicionamientos comerciales ni exitistas, para enriquecimiento de todos los sectores de la sociedad... Este Blog no es un libro de anotaciones de sucesos del presente, sino un reducto de preservación de acontecimientos ocurridos en el pasado, hace treinta años o más. Ya es suficiente con lo que mi tiempo de vida me permitió atesorar, burlando la maliciosamente tramada tarea de abolición por obra del olvido, ejercida obstinadamente por la propia Universidad que le dió nombre y apellido a ese laboriosamente altruísta TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO que fue el TUBA. Una forma de cierre para esta suerte de “cofre de recuerdos de la vida de un teatro”, es trasladar aquí, en lo que pasará a ser su capítulo de apertura para quienes recién lo abran (y también para quienes lo vienen frecuentando desde hace tiempo), los trece videos que figuran en el sitio web llamado “You Tube” y que se encuentran con sólo insertar en el rectángulo de exploración la leyenda TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES.

sábado, 21 de julio de 2012

EL TIEMPO Y EL TUBA

Sucede que las cosas que han ocurrido hace mucho tiempo empiezan a cobrar certeza en nuestro propio razonamiento a medida que, precisamente a causa de ese tiempo que transcurre, van cobrando una nitidez y una verosimilitud que antes parecían no tener. Qué estoy tratando de decir, con relación a la historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que es el eje temático de este Blog...?. Bueno... durante larguísimos años (más de dos décadas), yo mismo dudé del mérito de haber llevado a cabo un teatro universitario en las condiciones físicas y en el marco ideológico de la época en la que el TUBA transcurrió: los nueve años que van desde mediados de 1974 a casi fines de 1983. Todo había sido hecho en medio de tanta incertidumbre, de tantas carencias y de tanto miedo... Los comienzos habían sido tan brumosos, tan carentes de propósitos definidos y acordados entre la Universidad y este hombre de teatro sin antecedentes universitarios que era yo, acostumbrado a batallar en los sótanos de los teatros independientes en los que, pese a esas dificultades que la Boero aconsejaba amar (“amemos las dificultades”, decía Alejandra, “porque son el mejor estímulo para seguir luchando”), tenían de algún modo “olor y fisonomía de teatro”. En la Universidad que yo encontré al llegar, en agosto de 1974 y en los años que siguieron, no había nada que se asemejase a un espacio apto para desarrollar una actividad cultural vinculada al milenario hecho escénico. Había aulas y pasillos inhóspitos atestado de vigilantes y espías, de uniforme y de ropa civil. En la “dirección de cultura” en la que el TUBA nació, nadie hablaba de libros, ni de obras de teatro, ni de música, ni de pintura, ni de cine ni de danza ni de nada que se relacionase con el arte de crear cosas bellas para la sociedad. Esas empleadas viejas y feas (créanme: eran todas muy viejas y para colmo, horriblemente feas), sólo sabían de exhalar odio hacia “los malditos zurdos” y “los malditos judíos”, de mostrarse amables y hasta afectuosas con sus celadores de turno y de observar con mucho recelo el avance “amenazador” de ese grupo teatral en el que (según ellas), había tantos melenudos sucios y con fachas de delincuentes... Debo haberlo comentado ya en algún capítulo de este Blog: la señora de Pagani (la única en ese antro que se salía un poco del molde), exclamando cuando me vió entrar con un ánfora de yeso comprada en el Once, para la función del 30 de noviembre de 1974 en la que se recreó el diálogo de Platón llamado “Fedón, o Del alma”: “PERO QUIROGA, ESTA OFICINA SE VA A TERMINAR CONVIRTIENDO EN UN TEATRO...!!!”. Bendita señora de Pagani, que hasta lloró cuando tuvo que venir a hacer el inventario de lo que quedaba, cuando en junio de 1983 el TUBA se cerró definitivamente... Lo cierto es que los nueve años de vida del TUBA fueron tan aciagos, tan colmados de logros y desencantos, tan difíciles de sobrellevar anímica y físicamente, tan extenuantes y tan pletóricos, tan amenazados a diario con la disolución que finalmente llegó, tan arriesgados en propuestas (la erección del espacio experimental en la cancha de pelota del último piso de Corrientes 2038, en 1980), tan saturados de amenazas y al mismo tiempo tan sostenidos por un convencimiento de lo que el desafío de seguir adelante significaba... que cuando todo concluyó y fue reemplazado por el promocionado proyecto del Centro Cultural Rojas y se empezó a hablar del TUBA (las pocas veces que se habló) como de algo obsoleto, pasado de moda y encima “cómplice de la dictadura militar”, no voy a decir que me convencieron... pero de algún modo me generaron dudas: Valió la pena...? No valió la pena...?. La herida era muy profunda (al punto que quedé inválido para seguir haciendo teatro en alguna otra parte y directamente abandoné el teatro para siempre); los eruditos como Dubatti sólo apuntaban al mérito arrollador de Batato Barea, Los Macocos o el Clú del Clawn; la “patota cultural” de los radicales había copado los espacios oficiales y en la Universidad la voz cantante era sólo la de Franja Morada. Pero los revanchismos también pasan y hasta hoy nadie ha podido probar esa malintencionada estupidez de que el TUBA fué “cómplice del Proceso”. El tiempo, aunque parezca lo contrario, juega a favor del TUBA, porque sigue estando solo en la historia de 191 años de la Universidad de Buenos Aires; porque su sistema de trabajo: el REPERTORIO EN ALTERNANCIA, no se practica en la Argentina; porque su aporte investigativo permitió descubrir y divulgar, llegando a cientos de miles de espectadores, la primera comedia escrita por Molière (“El atolondrado o Los contratiempos”); una farsa irritante como “La marquesa Rosalinda”, de Ramón del Valle Inclán; la más augusta de las tragedias: “Fedra”, de Racine; las zafadas pero aleccionadoras comedias de Terencio, Plauto y Menandro; obras de autores nacionales que fueron sucesos de años enteros (como “La ofensiva”, de Martha Lehmann o “El día que mataron a Batman”, de Daniel Hadis); el encanto otoñal de las humoradas de Chéjov (“Una corista”, “El malhechor” y “Un carácter enigmático”); el texto ignorado, monumental, de “Una tragedia florentina”, de Oscar Wilde; los rotundos alegatos contra la tiranía del poder, en “Electra”, de Sófocles o “Las coéforas”, de Esquilo; el arte juglaresco de los entremeses de Lope de Rueda, representandos en el castellano antiguo original; los alertantes sainetes contemporáneos de Enrique Wernicke; los amargos pero sabios grotescos de Armando Discépolo y Luiggi Pirandello (“Relojero”, “Stéfano” y “El gorro de cascabeles”); el último aporte a la dramática del cuestionado pero reflexivo historiador y académico Juan Carlos Ghiano (“Miedos y soledades”); la rebeldía inconformista del jóven Henrik Ibsen (“La noche de San Juan”); la bohemia trasnochada del pre-existencialista Henri Mürger (“Escenas de la vida bohemia”)... y sobre todo y por encima de todo, el aliento revolucionario, la burla feroz a la sociedad formalmente acostumbrada y el grito desgarrador en defensa de los sometidos, de los humillados, de los nacidos para encontrar en la muerte prematura la única posibilidad de redención, del también muerto jóven (a los 24 años), Georg Büchner, en “Leonce y Lena” y “WOYZECK”, el espectáculo más imperecedero de la historia del TUBA, precisamente porque fue tajantemente prohibido tras su tercera representación. Ahora no tengo dudas que la existencia precaria pero contundente del TUBA, valió la pena. El tiempo sin ningún otro centro de drama que se le asemeje, en repertorios, en vitalidad, en alcance masivo de sus realizaciones, ni en la Universidad de Buenos Aires ni en ningún otro espacio de actividad cultural oficial o privado de la Argentina... el sereno pero implacable Tiempo que todo lo pone definitivamente en su lugar, es el que me dá la razón. LAS FOTOS QUE ACOMPAÑAN ESTA ENTRADA PERTENECEN A LA PRODUCCIÓN DE "WOYZECK", DE G. BÜCHNER, EN EL TUBA (1978 - PROHIBIDA POR LA DIRECCIÓN DE CULTURA DE LA UBA, POR "PROPENDER A LA INFILTRACIÓN MARXISTA")

viernes, 20 de julio de 2012

AMIGOS PARA SIEMPRE

EN LA FOTO: UNA MÍNIMA PARTE DEL ELENCO DEL TUBA EN UN CAMARIN DEL TEATRO AUDITORIUM, DE MAR DEL PLATA, MINUTOS ANTES DE LA FUNCIÓN DE “STÉFANO”, DE DISCÉPOLO (AÑO 1982) Se festeja hoy el “día del amigo”: una de las tantas estupideces que ha impuesto la sociedad de consumo. Es probable que reciba (no que haga) algunos llamados de unos pocos pero verdaderamente Buenos Amigos, vinculados a mi actividad de coleccionista de óperas, cosechados aquí, en mi ciudad definitiva, que es Mar del Plata. ¡Justo: acaba de sonar el teléfono y es Ana, de “Amigos de la Ópera”, que ha querido ser la primera...!!!. Sin embargo, los AMIGOS, escrito así, absolutamente con mayúsculas, fueron y serán por siempre, aunque nunca nos volvamos a ver (salvo en el improbable más allá), las chicas y muchachos del TUBA. Aun aquellos que se alejaron enojados por alguna pavada o con los que se compartieron horas (años) de intimidad que terminó en lágrimas y desencantos... Para consolidar una AMISTAD como la que generó la convivencia en el TUBA hizo falta compartir los alegrías y pesares de tantas jornadas de duro trabajo, construyendo decorados, fabricando telones o repartiendo volantes por las calles de una ciudad tan tenebrosa como las de la Europa de las guerras... hizo falta vibrar al unísono con cientos, miles de espectadores, que agradecían con aplausos descomunales el poder asistir GRATUITAMENTE al disfrute de autores y obras que ningún otro teatro de Buenos Aires les llegaría jamás a brindar, ni siquiera pagando en dólares... Salir de gira por provincias o barrios del conurbano, apretujados como vacas sobre camiones destartalados; improvisar funciones en pleno campo o en cuarteles de bomberos o almacenes de ramos generales; contener estoicamente los puños cuando desde la “dirección de cultura de la universidad de buenos aires” se nos humillaba, se nos amenazaba, se nos perseguía, se nos arrebataba el futuro de un TEATRO DE REPERTORIO, precisamente porque era eso: un auténtico, prepotente, contestatario, valeroso TEATRO DE REPERTORIO... Sólo con unos pocos me he vuelto a encontrar en estos ya casi treinta años que han transcurrido sin TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, pero a todos los que estuvieron alguna vez en él, compartiendo por unas horas, unos días, unos meses, unos o casi todos los nueve años de su existencia (1974 – 1983), los recuerdo con ternura, con admiración y con orgullo en este innecesario “día del amigo”, que para mí y respecto de ellos, es todos los días... AMIGOS PARA SIEMPRE, PORQUE COMPARTIMOS LA MISMA TRINCHERA.
OTRA DIVISIÓN DEL TUBA, EN 1981, EN UNA PLAZA DE CÓRDOBA, EL DÍA DE UNA REPRESENTACIÓN DE "STÉFANO" DE DISCÉPOLO, EN EL PABELLÓN DE LAS AMÉRICAS DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA
LAS HUESTES DEL TUBA EN EL AULA MAGNA DE LA FACULTAD DE MEDICINA,LUEGO DE UNA REPRESENTACIÓN QUE TUVIERA LUGAR ALLI, EN 1979, DE "LA VIDA ES SUEÑO" DE CALDERÓN

jueves, 12 de julio de 2012

MI PROPIA HISTORIA EN EL TUBA Y DESPUÉS DE ÉL

Hasta ahora, a lo largo de los cientos de capítulos que componen este Blog sobre la Historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (1974 – 1983), a partir de febrero de 2010, he hablado siempre del esfuerzo, de la pasión, de la alegría y el altruísmo de los cientos de jóvenes que lo integraron y de la maniática, absurda, histérica persecución de que ese Centro de Drama fue objeto por parte de la institución académica en la que fue creado y en la que a duras penas subsistió a lo largo de nueve años en forma ininterrumpida: la Universidad de Buenos Aires (en realidad: su nefasta “dirección de cultura”). No sé por qué (quizás porque los tiempos para hacerlo se van acortando, a medida que la edad avanza: voy a cumplir 72 en los primeros días de agosto), he decidido hablar un poco de mí: Ariel Quiroga, actor, escenógrafo, director teatral, (hombre de teatro, en una palabra) que una mañana de mediados de 1974 se acercó a aquella “dirección de cultura de la UBA”, recomendado por una compañera de trabajo de la oficina pública en la que permanecí por espacio de 46 años, con la idea de ofrecer para su proyección y debate una película que acaba de filmar en super-8, basada en un cuento de Horacio Quiroga: “El solitario” y que, sin siquiera tener una mínima idea de cómo iba a llevarse acabo, convertí en la propuesta de creación de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, dejando de lado y sin mostrarlas siquiera, las tres bobinas que almacenaban la hora y media que dura “El solitario”. Tenía en 1974 treinta y cuatro años y ni siquiera había terminado el secundario (me faltaban rendir física, química y matemáticas de cuarto año); el proyecto de un TEATRO UNIVERSITARIO lo llevaba a cuestas en la mochila con que había recorrido los parques y lagos de Esquel, desde los años de 1960, cuando era un actorcillo celebrado por mis intervenciones en “Lástima que sea una perdida”, de John Ford; “La dama no es para la hoguera”, de Christopher Fry o “La alojadora”, de Jacques Audiberti, protagonizada junto a la gran Alicia Berdaxagar en el TAF. Había pasado unos cinco años en Nuevo Teatro, la heroica trinchera de la escena independiente, junto a forjadores de hierro como Alejandra Boero, Pedro Asquini, Héctor Alterio o Rubens Correa. Junto a ellos y unos cien más “actores-obreros” habíamos construído el Teatro Apolo, “laburando” como egipcios para instalar una tribuna del teatro de compromiso social en plena calle Corrientes, baluarte del teatro comercial de la peor especie desde siempre y allí hicimos los sainetes de Enrique Wernicke; “Sopa de pollo”, de Arnold Wesker (enarbolando la bandera roja de la revolución dentro de un decorado tan sólido como nuestras convicciones, de Saulo Benavente) y una discutida pero alertante versión de “El mercader de Venecia”, de Shakespeare. Mis puestas en escena de los años 1967, 68 y 69 habían hecho derramar ríos de tinta en los matutinos, con elogios desmesurados: “Eximio malabarista”, “Prodigioso alquimista”, “Una puesta en escena que nos lleva a creer que todavía la primavera existe”, “Un ejemplo alto, solitario y aleccionador para todo lo que se haga de aquí en adelante en el teatro de Buenos Aires” (bla, bla, bla, bla... palabras, palabras, palabras, como dice burlonamente Hamlet). Fueron los años de mis montajes de “La Arialda”, de Giovanni Testori; “Historia de Pablo”, de Césare Pavese; “Eurídice”, de Jean Anouilh; “Magia roja”, de Michel de Ghelderode; “El profanador”, de Thierry Maulnier; “Lucrecia Borgia”, de Victor Hugo; “La duquesa de Padua”, de Oscar Wilde; “El doctor y los demonios”, de Dylan Thomas, “Un Fenix demasiado frecuente”, de Chfristopher Fry... Fueron tantas las obras montadas, tantos los actores profesionales y no profesionales dirigidos (y en algunos casos: educados), que mucho de lo hecho se me confunde y rehusa acudir a la memoria en este momento de hilvanar el recuerdo. Desde los 16 años, cuando me atrevi a dirigir por primera vez una obra: “Los dos derechos”, de Gregorio de Laferrére, en un conjunto vocacional de barrio, hasta esos 34 en que sentia un agobiante hastio por todo lo que significaba “seguir estando en el comercio infame” (como definia Vittorio Gassman al teatro), no habia parado un solo dia. Eran años en que las obras se representaban de martes a domingos y los sábados y domingos se hacian hasta tres funciones seguidas. En las carpas municipales, en Plaza Irlanda o Cabildo y Juramento, en los años 1958, 1959 y 1960, hacíamos SEIS funciones los sábados y domingos. Empezábamos a las tres de la tarde y no parábamos hasta entrada la madrugada, cuando exaustos y casi agonizantes, nos íbamos a refugiar en los bares todavía abiertos, a masticar una pizza fría, regándola con el insustituible vino tinto. El teatro que depende de la boletería es agobiante. Las críticas han sido buenas, pero si aprieta el frío o hay dificultades económicas en el país, el público deja de venir. El llamado “éxito” es un maldito juego de azar, en el que, como en toda timba, por lo general se pierde. Saqué tantos préstamos en la vieja Caja Nacional de Ahorro Postal, alegando que me iba a casar, para poder pagar los derechos de alguna obra o levantar las deudas acumuladas en las sastrerías teatrales...!!!. Cada proyecto que fracasaba, era un nuevo “matrimonio”... aunque sigo siendo soltero (mejor dicho: un viejo solterón). Hacer teatro en la Universidad, con jóvenes universitarios que se formasen en la vida de teatro al mismo tiempo que participaban en un REPERTORIO de obras jamás abordadas por los elencos profesionales o las salas comerciales... Hacer teatro de investigación, arriesgándose a conceptos escénicos renovadores... La posibilidad era fascinante y todo anduvo bien hasta que me dí cuenta que me había metido en un antro asfixiante, plagado de fanatismos recalcitrantes, de arraigadas manías persecutorias, de enfermiza sed discriminatoria y, además de todo eso, de una estratificada inercia realizativa. Pero ya era tarde para volverme atrás. Había tenido, a fines de noviembre de 1974, la primera reunión con los más de 250 inscriptos que habían acudido al llamado puesto en las carteleras de las facultades: FORMAR PARTE DE UN TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO. Esa reunion, que se llevó a cabo en la cancha de pelota del último piso de Corrientes 2038, en una tórrida tarde de noviembre de 1974, fue una experiencia fabulosa. Hablé por espacio de más de dos horas y al final todos me rodearon, ansiosos de que les siguiese explicando de que se trataba. Es evidente que de mi charla (iniciada con la frase: “ESTAMOS AQUÍ PARA ERIGIR UN TEATRO”), no habían entendido nada. Que podían saber aquellas chicas y muchachos, de apenas 20 ó 23 años, que andaban a los tumbos con sus vocaciones no resueltas por la medicina o la abogacía o las ciencias económicas, que no habían conocido la época de oro del teatro independiente... que era eso de ERIGIR UN TEATRO...?. A partir de alli pasaron tantas cosas, que ya estan contadas desmenuzadamente en los sucesivos capítulos de este Blog: la prohibición inicial de ensayar obras; las reuniones, apretujados entre los escritorios de las oficinas del noveno piso de la calle Azcuénaga; el tener que esconderse bajo los pupitres para zafar de los tiroteos en Ciencias Económicas entre el estudiantado y la policia; los viajes con todo a cuestas a lugares inverosímiles del conurbano: el cuartel de bomberos en Florencio Varela (donde se hizo “El alma del suburbio” en 1977); la Biblioteca Popular de Olivos (donde se dieron a conocer las comedias de Terencio, Plauto y Menandro, que después pasaron al Teatro Nacional Cervantes); el salón de actos del Colegio Carlos Pellegrini (que en estos dias está tomado por los alumnos, porque no quieren que haya un bar concesionado), donde hicimos “A Buenos Aires”, con textos de Sábato, Cortázar y Evaristo Carriego, con lo cual una profesora de la casa nos denunció por subversivos... Luego, cuando logramos instalarnos (por prepotencia; nadie nos lo facilitó), en la sala de Corrientes 2038 y comenzamos a hacer tres, cuatro, seis funciones CON ACCESO GRATUITO cada fin de semana, la amenaza constante de los cortes de luz por tapones desconectados a propósito; los decorados y afiches estropeados; las herramientas de trabajo (serruchos, martillos), que los propios integrantes traían de sus casas, robadas por los custodios y ordenanzas del edificio; los autores y obras prohibidos con cualquier pretexto; la información de funciones dentro de las facultades enviada con fechas equivocadas o cuando esas funciones ya se habían hecho; la sospecha permanente sobre nuestra supuesta “militancia subversiva”; la afrenta, la burla, la humillación de todos los días... Sin embargo, estoy en condiciones de afirmar, ya sobre el final de mi vida, que la epopeya del TUBA fue lo mejor que me sucedió, no sólo en mi vida teatral, sino en mi vida toda. Valió la pena tanto esfuerzo, tanto sobrehumano trabajo, tanto dolor, tanta sofocante amargura, tanta indignación, tanto sometimiento, tantas lastimaduras, tantos golpes, tantas lágrimas chorreando a borbotones por las mejillas... PORQUE HICIMOS UN TEATRO DE REPERTORIO EN LA UNIVERSIDAD, durante nueve años seguidos. En ese teatro pude hacer los autores y las obras que ningún empresario comercial me hubiera permitido hacer, por temor al fracaso de boletería. Y trabajé con cientos de “proyectos de actores”, de “proyectos de hombres de teatro”, que me brindaron su maravilloso entusiasmo, su osadía, su inocencia incontaminada, su fe en la función social del teatro, a partir de contribuir a materializar 1.163 representaciones sin percibir un centavo de recompensa... pero llevando a sus casas, a sus vidas privadas, a su futura vida profesional como médicos, abogados o economistas, unas alforjas colmadas de aplausos, de vítores, de gratitud incondicional de esos miles y miles de espectadores, a los que habían seguramente modificado, enriquecido, ILUMINADO. No me costó dejar el teatro para siempre después que se cerró el TUBA, en junio de 1983 y fracasaron todos los intentos por reabrirlo, en tiempos supuestamente menos cerriles política y culturalmente hablando. Los de aquella torpe y perversa “dirección de cultura”, que yo sepa, no fueron castigados tan severamente como se castigó al TUBA y a todos los que estuvimos en él, con el exilio forzado en nuestro propio suelo. De hecho, todavía quedan “personajes” de esa “dirección de cultura” dando vueltas (cumpliendo funciones...?), por el moderno Centro Cultural Ricardo Rojas, (edificado sobre las ruinas del TUBA) y por algunos recovecos de otros edificios de la Universidad. Por mi parte, alejado hace casi cinco años de Buenos Aires y disfrutando de la buena música, de mi colección de óperas y películas y de un grupo encantador de amigos marplatenses en mi ciudad definitiva, que es Mar del Plata, aprovecho mis ratos de ocio para escribir en este Blog los recuerdos imborrables de aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que -como “La Barraca”, de García Lorca-, murió tempranamente... pero hizo tanto por arrimar las bondades del teatro al pueblo.

martes, 10 de julio de 2012

LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA Y EL TUBA

FOTOGRAFÍA DEL MONTAJE DE "LAS COÉFORAS", DE ESQUILO, EN EL TUBA (TEMPORADA 1982): ASOMBROSA SEMEJANZA CON LA "OSCURA CAVERNA" EN LA QUE PASABAN SUS DÍAS LOS EMPLEADOS DE LA DIRECCIÓN DE CULTURA DE LA UBA POR AQUELLOS AÑOS (HABRÁN CAMBIADO LAS COSAS EN LA ACTUALIDAD...?). La alegoría de la caverna, una suerte de metáfora que Platón incluye al comienzo del séptimo libro de La República, explica de manera rotunda lo que el conocimiento aporta al mundo inteligible y además sensible de los seres humanos. Es que sólo CONOCIENDO podemos llegar a entender, a razonar y luego a sentir amor, odio, desprecio o estima por los seres y las cosas que nos rodean. Ese grupo de hombres que Platón describe en su alegoría, prisioneros en una caverna desde su nacimiento y forzados a mirar sólo hacia el fondo oscuro de la caverna, simboliza el triste, irracional destino de todos los grupos humanos cegados por una única visión de la realidad. Esos grupos humanos encerrados en credos, sectas, ideologías, núcleos de poder, estamentos armados, elitismos, absolutismos en una palabra, admiten sólo como VERDAD la oscuridad sombría, informe, de sus propias cavernas. Toman únicamente por cierta esa oscuridad a la que sus ojos y sus mentes se han acostumbrado, la oscuridad en la que han sido educados y formados. No les intriga saber qué otras cosas ocurren a sus espaldas. Si por descuido, alguno de esos seres se libera y sale a la luz del sol y comprueba que hay otras realidades, al volver a la caverna para intentar liberar a los que siguen ensimismados en la oscuridad, se burlarán de él al principio pero luego lo atacarán y hasta intentarán matarlo. De seguro, habrán de poner fin a su vida no bien tengan oportunidad de hacerlo. Bajo ningún punto de vista aceptarán que hay alguna salida hacia la luz, que los tiente a modificar su existencia en la oscuridad. La Universidad en la que el TUBA fue creado, a medidos de 1974, era un cavernoso reducto oscurecido por la llamada “misión Ottalagano”, un giro de ultraderecha promovido desde el pseudogobierno de Isabel Perón, pero no nos engañemos: ni Ottalagano y sus esbirros ni la dictadura militar autodenominada “proceso de reorganización nacional” generaron el oscurantismo mental de los funcionarios y empleadas de la Dirección de Cultura de la UBA, de la que el TUBA estuvo obligado a depender. Esa gente venía de antes, de mucho antes. Prácticamente puede decirse que su odio al CONOCIMIENTO y sus ataduras a la oscuridad provenián de su formación hogareña o de su formación escolar. Jamás quisieron girar la cabeza y contemplar la luz que el TUBA aportaba a sus tétricas, cavernosas oficinas. Si yo llegaba los lunes, grabador en mano, con el testimonio de los aplausos del público a las funciones de fin de semana, se burlaban descaradamente en mis narices o se ponían a hablar de cualquier otra cosa mientras el bullicio de la grabación seguía. No querían escuchar, NO QUERÍAN VER. Y en el fondo de sus conciencias crecía día tras día el designio de dar muerte al TUBA, para que sus vidas pudieran seguir igual que antes, en su aceptada rutina de oscuridad frente a la pared sin reflejos de luz de su caverna. Finalmente lo lograron: el TUBA murió en junio de 1983, nueve años después de haber nacido. La Universidad casi ni se enteró de su existencia; pocos, escasos funcionarios asistieron alguna vez, de mala gana, a alguna de sus 1.163 representaciones. Si Platón hubiese estado vivo por entonces, hubiera aplicado la misma definción epistemológica de su alegoría, asociando la vida y la tarea luminosa del TUBA (descubrimiento de autores ignorados; su accionar formativo brindado gratuitamente hacia todos los sectores de la sociedad), con los esfuerzos de Sócrates por ayudar a los hombres a llegar a la Verdad y su fracaso al ser condenado a muerte. Curiosa semejanza: Sócrates y el TUBA forzados a compartir, con 2.382 años de diferencia, la misma inmerecida pero estoica y ennoblecedora muerte.

lunes, 2 de julio de 2012

ORESTES CAVIGLIA: SU EJEMPLO ÉTICO EN LA ETAPA FINAL DEL TUBA

Este blog sobre la historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (llamado “el TUBA”), que transcurrió entre fines de 1974 y mediados de 1983, acumula ya un volumen de 235 “entradas” o capítulos (140 en 2010; 58 en 2011 y 37 en lo que va de 2012), cuya aglutinación en forma de texto impreso daría (permítaseme el silogismo) para producir algo similar a un equivalente a la Enciclopedia Británica o, remontándonos a la antigüedad, para una imaginaria resurrección de sus cenizas de la biblioteca de Alejandría. Había tanto para escribir de un teatro universitario que en su país de origen (Argentina) nadie recuerda ya, a próximos treintas años de su desaparición...?. No se asusten los eventuales seguidores de este blog, pero lo cierto es que es mucho más lo omitido que lo que hasta el día de hoy se ha volcado, porque las circunstancias adversas en medio de las cuales le tocó existir (subsistir, mejor dicho), a ese Centro de Drama llamado “el TUBA” determinó que quienes lo sosteníamos esforzadamente nos protegiésemos del presumible urdido olvido que sobrevendría después, dejando testimonio escrito, grabado, fotografiado y hasta filmado de cada momento bueno o malo de nuestra azarosa historia. Cuando el TUBA se cerró, en junio de 1983, tras nueve años de labor pública en continuidad, los diarios titularon sus notas con la palabra DESAPARICIÓN. “Desaparece el Teatro de la Universidad” sentenció Clarín con letras de molde de considerable tamaño, lo cual incomodó bastante a la Universidad, la que a través de su oficina de prensa se apresuró a desmentir la noticia, afirmando en un escueto comunicado que “la renuncia del señor Ariel Quiroga no significaba la desaparición del Teatro de la Universidad” y que “el Teatro iba a continuar con otro director”. La historia demuestra que no fue así y que el TUBA realmente DESAPARECIÓ en junio de 1983. Por mi parte, la apurada (cuan inconsistente) desmentida de la UBA acerca de la “no desaparición” de su Teatro de Repertorio me llevó a enviarle al Rector de entonces una misiva, que merece ser volcada en forma textual en este blog, porque sintetiza de algún modo la maraña de testimonios que se han introducido antes y porque trae a colación en uno de sus párrafos (hermoso homenaje), el ejemplo de rectitud dado por un señero hombre de teatro: Don Orestes Caviglia, (foto adjunta) al deponer su cargo de director de la Comedia Nacional en 1960. He aquí la carta fechada el 21 de junio de 1983 que dirigí a Carlos Segovia Fernández, Rector de la UBA, que fue recibida por su secretaria Beatriz Rufino y (desde luego) nunca contestada: “Señor Rector de la Universidad de Buenos Aires Dr. Carlos Segovia Fernández El comunicado hecho público en estos días, en el que desmiente Ud. en forma terminante la disolución del Teatro de la Universidad de Buenos Aires, me obliga a quebrar la determinación antes tomada, en el sentido de no prolongar con secuelas de ninguna índole, lo irremediable de un renunciamiento a una tarea que enalteció prácticamente una década de mi vida de hombre de teatro. Que el Teatro de la Universidad de Buenos Aires desapareció tras la representación del domingo 5 de junio ppdo. es, en realidad, una interpretación razonada de los hechos por parte de algunos órganos periodísticos y no la transcripción de términos obrantes en el material de prensa suministrado, tanto por mí como por los integrantes del elenco que lo constituían al producirse mi renuncia. Evidentemente, no escapa al criterio periodístico que si un ente de tan gravitante accionar, como lo fue durante nueve años consecutivos este Teatro, no existía en forma legal dentro de la Universidad, menos puede existir hoy, cuando quienes le daban vida con la intensidad de su aliento, ya no están. Sobre este particular, me permito traer a colación un hecho concomitante: la renuncia interpuesta en el año 1960 por Orestes Caviglia al cargo de director de la Comedia Nacional, seguida también por la de la totalidad del elenco que a la sazón la conformaba. La Comedia Nacional se crea por aplicación del artículo 69 de la Ley Nº 11.723, relativa al fomento de las artes y las letras, incorporándose a partir del año 1936 a la vida cultural del país. Cuando, con fecha 15 de julio de 1960, su director artístico, Orestes Caviglia, presenta su renuncia indeclinable, alegando en ella que “hay en la Dirección de Cultura (de la Nación) un estado de inoperancia que conforma un proceder irregular que no puede ser por más tiempo aceptado”, la renuncia de Caviglia y de los comediantes a sus órdenes no constituye bajo ningún punto de vista, ni la desaparición ni la disolución de la Comedia Nacional. El caso del Teatro de la Universidad de Buenos Aires es bien distinto: existe a partir de que, en un día del mes de agosto de 1974, el Director de Cultura de la U.B.A., -por entonces, el bioquímico Carlos Eduardo Salas-, autoriza de palabra al director teatral Ariel Quiroga, por entonces con más de veinte años de rigurosa trayectoria, a llamar a inscripción en el ámbito de la Universidad, para formar un elenco de teatro. De ahí en más, todo se irá consolidando de un modo muy particular. Dependiendo de la Dirección de Cultura de la Universidad, el teatro asume una línea de continuidad y una fisonomía institucional que su regidora no tiene. El accionar de la Dirección de Cultura es disperso, mediante el sistema de actos aislados, no emanados de una programación previa ni de un criterio divulgador coherente. El teatro, por su cuenta, cumple rígidamente con una de las misiones primordiales del recinto académico en el cual funciona: la investigación. Cada título que ingresa al repertorio, es objeto de profunda tarea de investigación, y la resultante de esta tarea –la producción escénica integral que es exhibida al público-, es también, -por cuenta y obra exclusiva del teatro-, preservada de la transitoriedad inherente al hecho escénico, mediante la elaboración de un archivo historiográfico, consistente en grabaciones, fotografías y hasta filmaciones, que constituyen hoy, tras nueve años de intensa productividad, un verdadero acervo de labor creativa, emanado de la voluntad realizativa de cientos de jóvenes universitarios; acervo permanentemente revertido hacia la comunidad, en lo que puede definirse sin titubeos como el mayor aporte cultural hecho por la Universidad del Estado a la comunidad, dentro y fuera de sus claustros. La opinión pública sabe, al margen de lo informado recientemente, de esa autonomía “de hecho” en la que se desenvolvió el Teatro de la Universidad de Buenos Aires. Los medios periodísticos se han acercado muchas veces en todos estos años y han podido comprobar por sí mismos cómo funcionaba el Teatro, sin necesidad de mayores aclaraciones. No debe, pues, extrañar la coincidencia de los titulares periodísticos, que usan el término “desaparición” al comentar los hechos que han llevado al director-fundador del Teatro de la Universidad de Buenos Aires, a un indeclinable alejamiento del sitio para el cual trabajó sin sosiego todos los días de la semana, sin recesos ni licencias reglamentarias, durante nueve años y en el cual, según rezan los programas de mano del teatro, tenía depositadas “todas sus aspiraciones de logro para el futuro”. Mas allá de todo esto, que es harto desgraciado por lo que implica de fracaso, de abandono de lo que pudo ser la tarea de toda una vida y hasta un legado, no puedo menos que hacerle llegar mi congratulación, al leer en ese comunicado de la oficina de prensa del Rectorado, que la Universidad está dispuesta a mantener en pie al teatro universitario. Quizá recién ahora, por obra de nuestro quiebre, el teatro que reaparezca sea plena, institucionalmente, el elenco oficial de la Universidad de Buenos Aires. Pero habrá que partir de cero, como se partió de cero en agosto de 1974, porque el teatro que existió durante nueve años –suena un tanto insolente decirlo-, se fue conmigo y con los jóvenes que se vieron, por obra de las circunstancias, éticamente obligados a seguirme. El gran actor de Francia y del mundo que fue Gerard Philipe dijo una vez, ante una multitud de estudiantes de La Sorbona: “El teatro es mi vida. Cuando yo muera, morirá mi teatro, o sea, mi vida”. El Teatro de la Universidad, aquel que transcurre entre el 30 de noviembre de 1974 y el 5 de junio de 1983, fue nuestra vida, porque se hizo siempre muy dentro de nosotros, en lo más cercano a las vísceras que es como decir: a la esencialidad del ser. Hago votos para que ese renacer de un teatro en la Universidad de Buenos Aires, que anuncia el comunicado de referencia, sea no sólo concretado a la brevedad, como se asegura, sino además definitivo.”

domingo, 1 de julio de 2012

CUANDO LAS UNIVERSIDADES SE NIEGAN A DAR RESPUESTAS

ESCENA FINAL DE "LOS DISFRAZADOS", DE CARLOS MAURICIO PACHECO, EN UNA REPRESENTACIÓN DEL TUBA EN EL TEATRO SAN MARTÍN (AÑO 1975) El cierre del TUBA en junio de 1983 generó una serie de testimonios de adhesión de instituciones relacionadas con el quehacer teatral y el devenir cultural de ese momento, entre los cuales merece traerse a colación el de la Sociedad General de Autores de la Argentina (Argentores), que con la firma de su Presidente, Don Roberto Tálice, se dirigió al entonces Rector de la UBA en los siguientes términos: “Distinguido Señor: Con verdadero sentimiento, la Junta Directiva de esta Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES) ha tomado conocimiento de la decisión del elenco del “Teatro de la Universidad de Buenos Aires”, en el sentido de dar por terminadas sus funciones, en razón de la indiferencia e incomprensión de las autoridades universitarias. La actitud sería lamentable enfrentada a los esfuerzos que otras instituciones, privadas y oficiales, vienen haciendo para compensar el déficit provocado por el desaliento de una época en inexplicable decepción. ARGENTORES no puede ser ajena a este menoscabo y es por esa razón que se dirige al señor Rector para invitarlo muy cordialmente a hacer cuanto esté a su alcance, a los fines de regularizar el funcionamiento del elenco en falencia. Será una postura que le reconocerá el país, no muy sobrado de estímulos culturales en estos momentos de crisis. Le agradecemos de antemano el interés que quiera prestar a la solución de este asunto.” El entonces Rector de la Universidad de Buenos Aires hizo oídos sordos a la carta de Argentores y ni siquiera se molestó en contestarla. El TUBA había abarcado en sus nueve años de vida un repertorio universalista, pero el teatro rioplatense había ocupado dentro de él un espacio que otros centros dramáticos oficiales, privados o independientes prácticamente habían dejado desierto. Los “éxitos” (no de taquilla, porque el TUBA no vendía entradas pero sí convocaba a multitudes de espectadores), que habían significado las obras puestas en escena de Martha Lehmann, Enrique Wernicke, Juan Carlos Ghiano, Alberto Wainer, Roberto Cossa, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Victoria Ocampo, Felisa Kudyumjian, William Shand (autores contemporáneos) y de Armando Discépolo, Nemesio Trejo, Ezequiel Soria, Enrique Buttaro, Florencio Sánchez, Carlos Mauricio Pacheco, Alberto Novión, José González Castillo, Alberto Vacarezza, Roberto Cayol, Samuel Eichelbaum, (de épocas anteriores), habían hecho del TUBA un ámbito referencial para la divulgación de ese “maltratado teatro nacional” del que ARGENTORES era esencial cuidadora. El TUBA había llegado, además, a generar una dramática surgida de su propio seno: “EL DÍA QUE MATARON A BATMAN”, del entonces estudiante de derecho e integrante de su elenco Hugo Daniel Hadis, había estado un año entero en cartel en la temporada de 1982 y varios miles de jóvenes habían vibrado de entusiasmo al asistir a su demoledor mensaje sobre la fatuidad del poder y la farsa de las “idolatrías incondicionales”. Además de las más de sesenta representaciones en la sala de Corrientes 2038, las realizadas de “El día que mataron a Batman” en el Aula Magna de la Facultad de Derecho en Buenos Aires y en el Teatro Auditorium de Mar del Plata habían alcanzado ribetes de verdadera MOVILIZACIÓN, estando todavía la dictadura militar en el gobierno. Casi treinta años después del cierre del TUBA, la actitud del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires sigue siendo la misma, frente a la posible continuidad de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO por la cual (sin posibilidad alguna de formar ya parte de él a mis 72 años), vengo haciendo tantos y tan reiterados reclamos: NO RESPONDER. Cosa rara, porque las universidades deberían estar obligadas a dar respuestas a la sociedad a cualquier interrogante que tenga que ver con su formación cultural, científica o humanística. Es que acaso un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, como lo fue el TUBA durante nueve años seguidos, no encuadra en ninguna de esas premisas...?. ¡Qué parecidas son las universidades en democracia a las universidades de las dictaduras...cuando niegan las mismas respuestas...!