domingo, 16 de septiembre de 2012

MARIA CALLAS: LA MUERTE URDIDA... Y BURLADA

Era septiembre de 1977, el domingo 18. Acababa de terminar la función de la tarde en el TUBA.Estábamos en pleno fragor del desarmado de “La ofensiva”, la obra de Martha Lehmann que veníamos representando desde marzo y que seguiríamos dando hasta fines de diciembre, totalizando las 83 funciones que fueron nuestro logro más rotundo (lo que las compañías profesionales llaman “éxito”). El enorme decorado corpóreo de “La ofensiva”, con paredes, techo, montones de muebles de estilo y un sinfín de elementos de utilería debía dar paso, en contados minutos, al despojado escenario de calle suburbana en donde transcurrían los diferentes esquicios de “El alma del suburbio”, una suerte de semblanza del Buenos Aires de ayer, en la que un payador (en realidad, un estudiante de ingeniería), recitaba los poemas de Evaristo Carriego y el resto del elenco animaba las estampas porteñas de “Entre bueyes no hay cornadas”, de José González Castillo; “A media noche”, de Pedro E. Pico y “Marta Gruni”, de Florencio Sánchez. En medio de ese ajetreado ir y venir de gente, decorados y muebles (qué difícil era esconder tantas cosas en los laterales estrechos del escenario de Corrientes 2038, donde además había que escamotear el enorme piano de cola del Coro Polifónico de Ciegos), apareció Gladys Merola, profesora de letras y muy meritoria actriz del TUBA y casi entre balbuceos, alcanzó a decirme: “El viernes murió María Callas”. Fatídico viernes 16 de septiembre de 1977, (del que se cumplen hoy 35 años) en que una muerte nunca explicada, se llevó de este mundo que tanto la había hostigado, combatido, negado en su colosal grandeza, a la siempre insegura, atribulada DIVINA. Apenas un corto tiempo después, ese aparente triunfo de la muerte se vió burlado, porque María revivió de esas cenizas imaginariamente dispersas en las aguas del mar Egeo (a dónde habran ido a parar las verdaderas...), para convertirse en el símbolo indiscutido, admirado sin reservas, del más perfecto, celestial, inalcanzable BEL CANTO. Tantos detractores imbéciles urdieron su muerte cuando aun gozaba de la plenitud de sus dones vocales, como otros tantos, convertidos en millones y en todas las latitudes del planeta, celebraron y celebran su continuidad de vida, su definitiva ETERNIDAD, gracias a las maravillosas grabaciones de estudio o de funciones y recitales tomados “en vivo”, que integran su prodigioso legado. Tantos detractores imbéciles urdieron la muerte del TUBA, cuando gozaba de plena vida, con sus funciones colmadas de público y sus repertorios de autores y obras jamás abordados por otros teatros, ni comerciales ni independientes... y sin embargo, aunque el TUBA haya muerto, abatido por el desamor de una Universidad reaccionaria y oscurantista, en junio de 1983... hoy, merced a este Blog que cuenta su historia y recorre el mundo todos los días, a todas horas, ha recobrado una vigencia impredecible y la seguridad de un permanente renacer de sus (también), desprolijamente dispersadas cenizas. MARIA CALLAS y el TUBA: dos muertes injustas... dos muertes felizmente burladas.
Al cumplirse en 1982 el quinto aniversario de la muerte de María, quisimos lograr un sortilegio: QUE LA CALLAS CANTASE EN EL TUBA. La temporada se abrió con una producción del célebre grotesco de Luiggi Pirandello “El gorro de cascabeles”, con un decorado corpóreo sencillamente descomunal (foto superior), que compartía la cartelera del TUBA con la primer obra de un estudiante universitario que, a regañadientes, la Universidad nos permitió estrenar: “El día que mataron a Batman”, del alumno de derecho e integrante del elenco Hugo Daniel Hadis. La escena final de “El gorro de cascabeles” era un verdadero pandemonium de gritos, amenazas y arranques de locura, en el que el genio pirandeliano pone de manifiesto, con suma ironía, cómo la calumnia se vuelve a menudo en contra de quienes la vierten con imprudente malignidad. Para acentuar el clima de delirio, de casi “irrealidad” de esa escena, se me ocurrió poner de fondo uno de los también demenciales momentos finales de la ópera de Vincenzo Bellini “I puritani”, en la impresionante versión del Palacio de las Bellas Artes de México City, de 1952, con María Callas y Giuseppe Di Stéfano como protagonistas, en una toma rescatada en vivo, que supera en mucho la grabación de estudio, con los mismos intérpretes, hecha al año siguiente. El público quedó sorprendido, deslumbrado y también muy confundido, no sabiendo cuándo aplaudir e interrumpiendo con sus aplausos el desarrollo de una suerte de pantomima cargada de irreverente sarcasmo. Al calmarse los ánimos y también la música de Bellini, renacía una aparente calma, (ese “de esto no se va a volver a hablar”, tan común en los pueblos de provincia, no sólo de Italia sino del mundo entero), subrayada por la melancólica tonada de “Fenesta che lucive”, en la voz de otro grande de la lírica: Franco Corelli. Quien desee escuchar esos cinco minutos y medio en los que Callas, Di Stéfano y Corelli “cantaron” en el TUBA, no tiene más que cliquear en la columna de la izquierda, primero en el año 2010 y luego en el mes de marzo, buscando en la lista de entradas que se abre a continuación, la del lunes 8 de marzo de 2010, titulada “PIRANDELLO, MARÍA CALLAS, DI STÉFANO... Y EL TUBA”.

viernes, 14 de septiembre de 2012

DESPERTAR EN LOS JÓVENES UNA PASIÓN: EL MAYOR LOGRO DEL TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES

Cuando en octubre de 1974 se lanzó la convocatoria en las carteleras de las facultades dependientes del rectorado de la Universidad de Buenos Aires para participar en un “teatro universitario de repertorio”, fueron más de doscientos los que acudieron a inscribirse en las oficinas de la Dirección de Cultura de la UBA, en el viejo edificio de Corrientes 2038. Ninguno de aquellos jóvenes alumnos de abogacía, medicina, ciencias económicas o veterinaria debía tener la menor idea de qué se trataba y por descontado, las torpes empleadas de aquella anquilosada “dirección de cultura” difícilmente podían estar en condiciones de aclarar sus dudas. Finalmente, en una tórrida tarde de noviembre, tuvo lugar la primer reunión con todos ellos en la polvorienta cancha de pelota del último piso de Corrientes 2038, en la que yo, que había lanzado la propuesta, hablé (según me contaron después), por espacio de casi tres horas sobre las bondades de “hacer vida de teatro dentro de un teatro”, algo muy diferente a inscribirse en un curso (pago) de actuación o en un taller literario (también pago, por supuesto). Lo que pasó a partir de allí con aquellos primeros jóvenes y los cientos (alrededor de 1.600), que vinieron después, en los sucesivos nueve años de la historia del TUBA, fue el resultado de un despertar de la pasión por las cosas, abordadas con altruísmo y vocación de servicio. Anoche, en esta confundida Argentina que no termina de encontrar su rumbo, hubo manifestaciones de protesta, cacerola en mano, por “la falta de libertad”, “la imposibilidad de adquirir dólares para viajar a Miami” y “la prepotencia del gobierno”, entre unas cuantas cosas más por el estilo. La mayoría de esa gente que salió a protestar está en contra de la apertura a los jóvenes hacia estímulos de pasión que puedan conferirle a sus vidas objetivos menos estúpidos que la participación en concursos de baile o en encierros en casas, en los que lo único válido es aplastar a los otros para conseguir unos pocos pesos y alguna esquiva notoriedad televisiva. Irrita que en la Argentina de los Kirchner se dé rienda suelta a los jóvenes para el ejercicio de la militancia. Igual que en 1974 y los años siguientes, hasta la derrota de 1983, irritaba a la Universidad oligárquica que un pujante TEATRO DE REPERTORIO hecho a pulmón y defendido por jóvenes entusiastas y heroicos, hiciese sus funciones con entrada GRATUITA y convocase a un promedio de 38.000 espectadores por año, provenientes de todos los sectores sociales de la comunidad y sobre todo de aquellos grupos de jóvenes o no tan jóvenes, que carecían del dinero para pagar una entrada en uno de los ilustres teatros comerciales manejados por empresarios. “Cristina, andate a Venezuela con Chavez”; “Cristina, no te tenemos miedo”, vociferaban algunas señoras bien arregladas, que no tenían miedo de que las cámaras de televisión las tomase en primer plano. En esta Argentina “sin libertad”, nadie tiene miedo de manifestar sus odios ni sus rencores. En aquella Argentina de 1974, cuando empezó el TUBA y en los años que siguieron de su historia, todas las noches, al salir del edificio de Corrientes 2038 o de alguna facultad en la que habíamos actuado, un automóvil con vidrios polarizados nos seguía a marcha lenta, como para hacernos saber que sabían donde estábamos y a dónde íbamos. A la madrugada, el teléfono de mi casa sonaba insistentemente y cuando mi madre me despertaba para que atendiese, una voz desfigurada me amenazaba de muerte. Habrá sonado el mismo teléfono en las casas de esas señoras (repito: bien arregladas), que se quejaban de la “falta de libertad” que padecen en estos días...?. Jóvenes de hoy: no se dejen amedrentar por quienes pretenden cercenar sus derechos al despertar de sus pasiones. Muchos otros, miles, tuvieron que padecer la tortura y la muerte sin tumba para que ustedes, hoy, puedan vivir a pleno su participación APASIONADA en los destinos de su Patria.

lunes, 10 de septiembre de 2012

LO QUE EL TEATRO NACIONAL CERVANTES APORTÓ AL TUBA... Y LO QUE EL TUBA APORTÓ A LA HISTORIA DEL TEATRO NACIONAL CERVANTES

Corría el mes de mayo de 1976. Dos meses atrás había sucedido el golpe de estado contra Isabel Perón, planeado por civiles y militares y al que la mayoría de los argentinos habíamos recibido con alivio. La violencia desatada entre grupos de extrama derecha y extrema izquierda asolaba las calles y la población sólo aspiraba a recuperar un poco de paz y tranquilidad... (Qué equivocación fatal...!!! Cuántos jóvenes habrían de pagarla con la derrota de sus ideales y la pérdida de sus valiosas vidas...!!!). El TUBA, el deambulante TUBA había terminado de montar su primer repertorio: las tres comedias clásica de Terencio, Plauto y Menandro, con las que se había presentado en lugares insólitos como el Complejo Turístico de Chapadmalal, la Biblioteca Popular de Olivos, el salón de actos de la empresa Subterráneos de Buenos Aires y el aula magna de la Facultad de Ingeniería, el mismo día en que un artefacto explosivo había estallado en una oficina del edificio de estilo greco-romano de la avenida Paseo Colón. El TUBA era por entonces un grupo itinarante, muy al estilo de La Barraca, de Federico García Lorca y recién en agosto de ese año lograría instalarse, por propia prepotencia, en el edificio de Corrientes 2038 donde transcurrió el resto de su historia hasta mediados de 1983 y donde hoy funciona el Centro Cultural Rojas. No teníamos nada y sin embargo teníamos MUCHO: un REPERTORIO, cosa que la mayoría de los grupos teatrales no procuran lograr o sencillamente no logran nunca. Un repertorio de alcance popular, sabio, cargado de ironía sobre el presente que nos tocaba sufrir, pese a datar de veinte siglos atrás. “La suegra”, de Terencio, es una joya de alucinante sagacidad; un retrato de la guaranguería y mediocridad social de cualquier época y cualquier lugar, donde esté en juego una herencia y la paternidad de un crío que viene en camino, pero cuyo origen paterno esté más que dudoso. “Los cautivos”, de Plauto, es algo así como la paradoja de una tragedia convertida en la más hilarante farsa, en la que la crueldad se transmuta en ternura y la risa en llanto y viceversa. (Qué genial esa escena de las escupidas, en la que el público llegaba a caerse al piso de sus butacas de tanto reir...). En cuanto a “El díscolo”, de Menandro, qué decir...?: baste comentar que inspiró a Molière su “Misántropo”, quizás su obra más profunda y actual. Y bien: teníamos un repertorio probado ante distintos públicos (la función en Ingeniería, ante cientos de jóvenes, había sido un triunfo descomunal), pero no había dónde representarlo. Y se me ocurrió pedir una audiencia en el Cervantes, que hacía tiempo estaba cerrado y sin actividad en puerta, con su director, el arquitecto y hombre de la cultura Néstor Suárez Aboy. Lo que parecía un delirio, salió bien y en pocos días la cartelera de hierro forjado del Cervantes sobre la avenida Córdoba anunciaba en letras enormes, la presentación del TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES y su REPERTORIO. Cómo fueron las funciones está contado en otro lugar de este Blog, pero agrego aquí que hubo un sábado, en que el Cervantes estuvo colmado hasta las galerías superiores y en el que las ovaciones del público, (salido vaya a saberse de dónde, porque no hubo publicidad previa), no terminaban nunca. (Quedó una grabación, por fortuna). El Cervantes le aportó al TUBA el reconocimiento de su propia IDENTIDAD. Seguiría siendo, por desgracia, “el grupo de teatro dependiente de la Dirección de Cultura de la UBA”, pero para la gente, la calle, el estudiantado, los jóvenes en general y el conglomerado de público de todas las edades que luego acudió masivamente a las funciones semanales en Corrientes 2038, iba a ser de ahí en más el TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES, o sea: el TUBA.
Vayamos ahora a la otra cuestión: qué le aportó el TUBA a la historia del Teatro Nacional Cervantes...?. NADA, me dirán de inmediato cuantos lean esto. Qué pudo haber aportado a semejante historia de esa gloria escénica legada por María Guerrero, los pocos días de actuación en su escenario de un “elencucho” de jóvenes aficionados sin demasiada formación previa...?. Los exégetas e historiadores que han escrito y sigan escribiendo la historia del Cervantes no lo consignan ni lo consignarán. En caso de tener que hacerlo, apuntarán a cierta responsabilidad política. Preferirán acotar que la actuación del TUBA, abriendo la temporada oficial del Cervantes del año 1976, se dió en el marco de los inicios de una era de terror genocida como no se registra otra similar en los anales de la República Argentina. Y sin embargo, inocente de esa connotación que a futuro podría adjudicársele, como tantos otros miles, millones de argentinos que no podía imaginar que iba a suceder lo que sucedió, lo que hizo el TUBA fue aportar a la historia del Cervantes el ÚNICO, hasta hoy, REPERTORIO EN ALTERNANCIA concretado por una compañía teatral nacional, ya que los únicos, hasta hoy, repertorios en alternancia que ostenta su historia son los aportados por compañías teatrales extranjeras: el Teatro de Francia, con Barrault y Madeleine Renaud a la cabeza; el Teatro Nacional Popular, con Jean Vilar y María Casares; el Old Vic de Londres; el Piccolo Teatro de Milán; la Comedia Francesa y tantos, tantos otros ilustres transitadores del sistema del REPERTORIO EN ALTERNANCIA. Han pasado por el Cervantes los nombres más señeros del teatro nacional, desde Orestes Caviglia y Milagros de la Vega hasta Osvaldo Dragún o Armando Discépolo; desde Violeta Antier hasta Ernesto Bianco o Eva Franco (imposible nombrar ni siquiera a una mínima parte de todos ellos), pero REPERTORIO EN ALTERNACIA (“La suegra”, “Los cautivos” y “El díscolo” en una misma semana, un día cada una), solamente, ÚNICAMENTE, lo hizo el TUBA, el TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES. Había que escribirlo en alguna parte... porque no hay otra reseña donde figure. Toda la historia que conocemos, la de los países, la de nuestra tierra, la de la Humanidad como un todo, estará tan plagada de tergiversaciones u omisiones, como la pequeña, ínfima pero heroica y esforzada HISTORIA DEL TUBA...?.

sábado, 25 de agosto de 2012

CRISTINA KIRCHNER Y UNA DEFINICIÓN GENIAL

Recordando al “Gaucho Rivero”, en el 179 aniversario de su heroico izamiento de la bandera argentina en las Islas Malvinas, el 26 de agosto de 1833, la Presidenta de la República tuvo para con la historia de este “soldado desconocido” una definición tan ocurrente como precisa: “LO DIFAMARON Y LO ANONIMARON”. ¡Cuánta similitud con la historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (el TUBA)...!. Como al Gaucho Rivero, al TUBA también lo difamaron, adjudicándole “complicidad con la dictadura militar” (vaya a saberse con qué evidencias probatorias... o sólo habrá sido porque siete de sus nueve años de vida transcurrieron, como el resto de las vidas de los habitantes del país, bajo la obligada opresión de ese regimen...?), pero no conformes con la difamación, luego lo “ANONIMARON” (de nuevo: Gracias, Cristina, por esta genial definición), haciendo desaparecer todo rastro de su existencia de los anales de la Universidad de Buenos Aires y del conglomerado de archivos historiográficos de la labor cultural desarrollada en Argentina en esos aciagos años. Recién en 2010, (27 años después del forzado cierre del TUBA), la aparición de este Blog y la paulatina recuperación de un abundante material fotográfico, documental y sonoro, acumulado en sus 242 “entradas” o capítulos, que en 55 paises del mundo (aparte de Argentina), son consultados y probablemente analizados casi a diario, puede afirmarse con definitivo alivio que EL TUBA HA VUELTO A LA VIDA y ya es patrimonio inalienable de la Humanidad. Nuevamente GRACIAS, señora Presidenta: su agudeza conceptual me ha permitido dejar de lado mi acostumbrada verborragia y decir simplemente: AL TUBA LO DIFAMARON Y ANONIMARON... pero quien recorra este Blog de cabo a rabo comprobará que la difamación fue una infamia y que, como de toda obra de jóvenes, los vestigios que las imágenes y los sonidos de toda aquella esforzada y portentosa gesta se han recuperado, han logrado el triunfo (tardío pero triunfo al fin), de una saludable DESANONIMACIÓN.

martes, 7 de agosto de 2012

LA ÚLTIMA FOTO: UN TESTIMONIO DE ALERTA

Hoy, martes 7 de agosto de 2012, cumplo 72 años. No esperaba llegar hasta aquí. Como decíamos en “Sopa de pollo”, de Wesker (la obra que representé un año entero junto a Alejandra Boero, Héctor Alterio, el "Chucho" Alcalde, Walter Soubrié, José María López, Enrique Pinti, Lucrecia Capello, Adriana Faide y Domingo Basile, allá por 1967): “Llegamos hasta aquí, llenos de cicatrices, pero llegamos”. Mis cicatrices de los cuarenta y tantos años vividos en el teatro no están en el cuerpo (aunque hubo brazos rotos y muchísimos golpes en el camino). Mis cicatrices me las hicieron, durante los nueve años de vida del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, los bofetones, los atropellos, las humillaciones, los escupitajos al alma que a diario recibí de esos necios retrógrados que ocupaban cargos de funcionarios, de empleados y hasta de ordenanzas, en esa nefasta “dirección de cultura” de la que el TUBA, a la fuerza, estaba sometido a depender. Pero si mis cicatrices hubieran tenido posibilidad de borrarse con el tiempo, la indiferencia, el desprecio de los que vinieron después (me refiero a los que aparecieron con la creación del Centro Cultural Rojas, al año de cerrado el TUBA), determinó que permanentemente el dolor de las lastimaduras se reactivase y que aun hoy, a casi treinta años de distancia, esas viejas cicatrices sigan sangrando. No importa. En algún momento (quizás muy, pero muy pronto), dejaré de sufrir por las cosas perdidas (las hermosas cosas que me fueron arrebatadas, como ese teatro de jóvenes universitarios tan pródigo en plenitudes y heroicos entusiasmos) y cuando ya no esté yo para comprobarlo... el milagro suceda y alguien, entre esos actuales portentosos jóvenes que nutren con su savia revitalizadora los talleres del Rojas, tenga la feliz idea de generar una actividad que resulte ser UN NUEVO, DESAFIANTE, INACALLABLE “TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO”. Wesker decía: “Lo que hacen los jóvenes siempre está bien”. El TUBA, para su época (maldita época la que le tocó en suerte), fue revolucionario porque fue hecho por jóvenes. Pero ninguna revolución tiene dueños. Siempre vendrán nuevos jóvenes a plantarse en frentes de lucha, levantando banderas revolucionarias. Hasta que ese nuevo TUBA abra otra vez las puertas GRATUITAMENTE a nuevos miles de espectadores, como las abrió GRATUITAMENTE el TUBA durante nueve años seguidos, quiero dejar un testimonio de alerta, que es la foto de los últimos días del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, en la que tres de sus integrantes (un estudiante de arquitectura, uno de ingeniería y uno de medicina) contemplan cabizbajos las ruinas de lo que había sido alguna vez su espacio experimental, en la cancha de pelota del último piso del edificio de Corrientes 2038. Si al TUBA le tocó terminar de esa manera, por obra de la acción detractora ejercida desde una “dirección de cultura” de la propia Universidad, en una época en la que el terror imperaba por todas partes, que sepan los funcionarios y empleadas de las actuales y futuras “direcciones de cultura” que los jóvenes de hoy, de mañana y de todos los venideros futuros, no van a tolerar NUNCA MÁS, ni sus atropellos, ni sus nefastas clausuras mentales ni sus patéticas, inocuas amenazantes necedades.

viernes, 27 de julio de 2012

LOS TRECE VIDEOS DE YOU TUBE QUE NARRAN EN IMÁGENES LA HISTORIA DEL TUBA

Me atrevo a afirmar que pocos teatros del mundo tienen narrada su historia en forma tan minuciosa como lo que este Blog ha venido acumulando, a partir de febrero de 2010, sobre el devenir de nueve años seguidos (1974 – 1983), del llamado TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES (TUBA) o (a exigencia de la propia Universidad a partir de su quinta temporada), el “TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES”, el único (hasta hoy), centro de drama orgánico dentro del ilustre historial de la Universidad argentina, (más allá de que ésta se niega empecinadamente a reconocerlo). Valdría la pena que estudiosos del teatro y participantes de elencos universitarios de todo el mundo (que lo visitan casi a diario), se ocupasen en leer y analizar todas y cada una de las 240 entradas (o capítulos), que el Blog registra antes de esta, pero me permito dudar de esa posibilidad. Cuántos trabajos de investigación podrían llegar a elaborarse, desmenuzando, descartando reiteraciones, contextualizando índices temáticos... compendiando, en una palabra, tanto material literario que ha ido surgiendo de mi memoria o del aporte de documentación fehaciente y que podría servir de referencia para los jóvenes que en otras universidades siguen intentando (y cada vez con más impulso, a partir de la fundación en 1994 de la AITU en Bélgica), aportar desde tablados erigidos en los claustros académicos, el siempre aleccionador mensaje de los dramaturgos de todas las épocas, haciéndolo sin condicionamientos comerciales ni exitistas, para enriquecimiento de todos los sectores de la sociedad... Este Blog no es un libro de anotaciones de sucesos del presente, sino un reducto de preservación de acontecimientos ocurridos en el pasado, hace treinta años o más. Ya es suficiente con lo que mi tiempo de vida me permitió atesorar, burlando la maliciosamente tramada tarea de abolición por obra del olvido, ejercida obstinadamente por la propia Universidad que le dió nombre y apellido a ese laboriosamente altruísta TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO que fue el TUBA. Una forma de cierre para esta suerte de “cofre de recuerdos de la vida de un teatro”, es trasladar aquí, en lo que pasará a ser su capítulo de apertura para quienes recién lo abran (y también para quienes lo vienen frecuentando desde hace tiempo), los trece videos que figuran en el sitio web llamado “You Tube” y que se encuentran con sólo insertar en el rectángulo de exploración la leyenda TEATRO UNIVERSITARIO DE BUENOS AIRES.

sábado, 21 de julio de 2012

EL TIEMPO Y EL TUBA

Sucede que las cosas que han ocurrido hace mucho tiempo empiezan a cobrar certeza en nuestro propio razonamiento a medida que, precisamente a causa de ese tiempo que transcurre, van cobrando una nitidez y una verosimilitud que antes parecían no tener. Qué estoy tratando de decir, con relación a la historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que es el eje temático de este Blog...?. Bueno... durante larguísimos años (más de dos décadas), yo mismo dudé del mérito de haber llevado a cabo un teatro universitario en las condiciones físicas y en el marco ideológico de la época en la que el TUBA transcurrió: los nueve años que van desde mediados de 1974 a casi fines de 1983. Todo había sido hecho en medio de tanta incertidumbre, de tantas carencias y de tanto miedo... Los comienzos habían sido tan brumosos, tan carentes de propósitos definidos y acordados entre la Universidad y este hombre de teatro sin antecedentes universitarios que era yo, acostumbrado a batallar en los sótanos de los teatros independientes en los que, pese a esas dificultades que la Boero aconsejaba amar (“amemos las dificultades”, decía Alejandra, “porque son el mejor estímulo para seguir luchando”), tenían de algún modo “olor y fisonomía de teatro”. En la Universidad que yo encontré al llegar, en agosto de 1974 y en los años que siguieron, no había nada que se asemejase a un espacio apto para desarrollar una actividad cultural vinculada al milenario hecho escénico. Había aulas y pasillos inhóspitos atestado de vigilantes y espías, de uniforme y de ropa civil. En la “dirección de cultura” en la que el TUBA nació, nadie hablaba de libros, ni de obras de teatro, ni de música, ni de pintura, ni de cine ni de danza ni de nada que se relacionase con el arte de crear cosas bellas para la sociedad. Esas empleadas viejas y feas (créanme: eran todas muy viejas y para colmo, horriblemente feas), sólo sabían de exhalar odio hacia “los malditos zurdos” y “los malditos judíos”, de mostrarse amables y hasta afectuosas con sus celadores de turno y de observar con mucho recelo el avance “amenazador” de ese grupo teatral en el que (según ellas), había tantos melenudos sucios y con fachas de delincuentes... Debo haberlo comentado ya en algún capítulo de este Blog: la señora de Pagani (la única en ese antro que se salía un poco del molde), exclamando cuando me vió entrar con un ánfora de yeso comprada en el Once, para la función del 30 de noviembre de 1974 en la que se recreó el diálogo de Platón llamado “Fedón, o Del alma”: “PERO QUIROGA, ESTA OFICINA SE VA A TERMINAR CONVIRTIENDO EN UN TEATRO...!!!”. Bendita señora de Pagani, que hasta lloró cuando tuvo que venir a hacer el inventario de lo que quedaba, cuando en junio de 1983 el TUBA se cerró definitivamente... Lo cierto es que los nueve años de vida del TUBA fueron tan aciagos, tan colmados de logros y desencantos, tan difíciles de sobrellevar anímica y físicamente, tan extenuantes y tan pletóricos, tan amenazados a diario con la disolución que finalmente llegó, tan arriesgados en propuestas (la erección del espacio experimental en la cancha de pelota del último piso de Corrientes 2038, en 1980), tan saturados de amenazas y al mismo tiempo tan sostenidos por un convencimiento de lo que el desafío de seguir adelante significaba... que cuando todo concluyó y fue reemplazado por el promocionado proyecto del Centro Cultural Rojas y se empezó a hablar del TUBA (las pocas veces que se habló) como de algo obsoleto, pasado de moda y encima “cómplice de la dictadura militar”, no voy a decir que me convencieron... pero de algún modo me generaron dudas: Valió la pena...? No valió la pena...?. La herida era muy profunda (al punto que quedé inválido para seguir haciendo teatro en alguna otra parte y directamente abandoné el teatro para siempre); los eruditos como Dubatti sólo apuntaban al mérito arrollador de Batato Barea, Los Macocos o el Clú del Clawn; la “patota cultural” de los radicales había copado los espacios oficiales y en la Universidad la voz cantante era sólo la de Franja Morada. Pero los revanchismos también pasan y hasta hoy nadie ha podido probar esa malintencionada estupidez de que el TUBA fué “cómplice del Proceso”. El tiempo, aunque parezca lo contrario, juega a favor del TUBA, porque sigue estando solo en la historia de 191 años de la Universidad de Buenos Aires; porque su sistema de trabajo: el REPERTORIO EN ALTERNANCIA, no se practica en la Argentina; porque su aporte investigativo permitió descubrir y divulgar, llegando a cientos de miles de espectadores, la primera comedia escrita por Molière (“El atolondrado o Los contratiempos”); una farsa irritante como “La marquesa Rosalinda”, de Ramón del Valle Inclán; la más augusta de las tragedias: “Fedra”, de Racine; las zafadas pero aleccionadoras comedias de Terencio, Plauto y Menandro; obras de autores nacionales que fueron sucesos de años enteros (como “La ofensiva”, de Martha Lehmann o “El día que mataron a Batman”, de Daniel Hadis); el encanto otoñal de las humoradas de Chéjov (“Una corista”, “El malhechor” y “Un carácter enigmático”); el texto ignorado, monumental, de “Una tragedia florentina”, de Oscar Wilde; los rotundos alegatos contra la tiranía del poder, en “Electra”, de Sófocles o “Las coéforas”, de Esquilo; el arte juglaresco de los entremeses de Lope de Rueda, representandos en el castellano antiguo original; los alertantes sainetes contemporáneos de Enrique Wernicke; los amargos pero sabios grotescos de Armando Discépolo y Luiggi Pirandello (“Relojero”, “Stéfano” y “El gorro de cascabeles”); el último aporte a la dramática del cuestionado pero reflexivo historiador y académico Juan Carlos Ghiano (“Miedos y soledades”); la rebeldía inconformista del jóven Henrik Ibsen (“La noche de San Juan”); la bohemia trasnochada del pre-existencialista Henri Mürger (“Escenas de la vida bohemia”)... y sobre todo y por encima de todo, el aliento revolucionario, la burla feroz a la sociedad formalmente acostumbrada y el grito desgarrador en defensa de los sometidos, de los humillados, de los nacidos para encontrar en la muerte prematura la única posibilidad de redención, del también muerto jóven (a los 24 años), Georg Büchner, en “Leonce y Lena” y “WOYZECK”, el espectáculo más imperecedero de la historia del TUBA, precisamente porque fue tajantemente prohibido tras su tercera representación. Ahora no tengo dudas que la existencia precaria pero contundente del TUBA, valió la pena. El tiempo sin ningún otro centro de drama que se le asemeje, en repertorios, en vitalidad, en alcance masivo de sus realizaciones, ni en la Universidad de Buenos Aires ni en ningún otro espacio de actividad cultural oficial o privado de la Argentina... el sereno pero implacable Tiempo que todo lo pone definitivamente en su lugar, es el que me dá la razón. LAS FOTOS QUE ACOMPAÑAN ESTA ENTRADA PERTENECEN A LA PRODUCCIÓN DE "WOYZECK", DE G. BÜCHNER, EN EL TUBA (1978 - PROHIBIDA POR LA DIRECCIÓN DE CULTURA DE LA UBA, POR "PROPENDER A LA INFILTRACIÓN MARXISTA")

viernes, 20 de julio de 2012

AMIGOS PARA SIEMPRE

EN LA FOTO: UNA MÍNIMA PARTE DEL ELENCO DEL TUBA EN UN CAMARIN DEL TEATRO AUDITORIUM, DE MAR DEL PLATA, MINUTOS ANTES DE LA FUNCIÓN DE “STÉFANO”, DE DISCÉPOLO (AÑO 1982) Se festeja hoy el “día del amigo”: una de las tantas estupideces que ha impuesto la sociedad de consumo. Es probable que reciba (no que haga) algunos llamados de unos pocos pero verdaderamente Buenos Amigos, vinculados a mi actividad de coleccionista de óperas, cosechados aquí, en mi ciudad definitiva, que es Mar del Plata. ¡Justo: acaba de sonar el teléfono y es Ana, de “Amigos de la Ópera”, que ha querido ser la primera...!!!. Sin embargo, los AMIGOS, escrito así, absolutamente con mayúsculas, fueron y serán por siempre, aunque nunca nos volvamos a ver (salvo en el improbable más allá), las chicas y muchachos del TUBA. Aun aquellos que se alejaron enojados por alguna pavada o con los que se compartieron horas (años) de intimidad que terminó en lágrimas y desencantos... Para consolidar una AMISTAD como la que generó la convivencia en el TUBA hizo falta compartir los alegrías y pesares de tantas jornadas de duro trabajo, construyendo decorados, fabricando telones o repartiendo volantes por las calles de una ciudad tan tenebrosa como las de la Europa de las guerras... hizo falta vibrar al unísono con cientos, miles de espectadores, que agradecían con aplausos descomunales el poder asistir GRATUITAMENTE al disfrute de autores y obras que ningún otro teatro de Buenos Aires les llegaría jamás a brindar, ni siquiera pagando en dólares... Salir de gira por provincias o barrios del conurbano, apretujados como vacas sobre camiones destartalados; improvisar funciones en pleno campo o en cuarteles de bomberos o almacenes de ramos generales; contener estoicamente los puños cuando desde la “dirección de cultura de la universidad de buenos aires” se nos humillaba, se nos amenazaba, se nos perseguía, se nos arrebataba el futuro de un TEATRO DE REPERTORIO, precisamente porque era eso: un auténtico, prepotente, contestatario, valeroso TEATRO DE REPERTORIO... Sólo con unos pocos me he vuelto a encontrar en estos ya casi treinta años que han transcurrido sin TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, pero a todos los que estuvieron alguna vez en él, compartiendo por unas horas, unos días, unos meses, unos o casi todos los nueve años de su existencia (1974 – 1983), los recuerdo con ternura, con admiración y con orgullo en este innecesario “día del amigo”, que para mí y respecto de ellos, es todos los días... AMIGOS PARA SIEMPRE, PORQUE COMPARTIMOS LA MISMA TRINCHERA.
OTRA DIVISIÓN DEL TUBA, EN 1981, EN UNA PLAZA DE CÓRDOBA, EL DÍA DE UNA REPRESENTACIÓN DE "STÉFANO" DE DISCÉPOLO, EN EL PABELLÓN DE LAS AMÉRICAS DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA
LAS HUESTES DEL TUBA EN EL AULA MAGNA DE LA FACULTAD DE MEDICINA,LUEGO DE UNA REPRESENTACIÓN QUE TUVIERA LUGAR ALLI, EN 1979, DE "LA VIDA ES SUEÑO" DE CALDERÓN

jueves, 12 de julio de 2012

MI PROPIA HISTORIA EN EL TUBA Y DESPUÉS DE ÉL

Hasta ahora, a lo largo de los cientos de capítulos que componen este Blog sobre la Historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (1974 – 1983), a partir de febrero de 2010, he hablado siempre del esfuerzo, de la pasión, de la alegría y el altruísmo de los cientos de jóvenes que lo integraron y de la maniática, absurda, histérica persecución de que ese Centro de Drama fue objeto por parte de la institución académica en la que fue creado y en la que a duras penas subsistió a lo largo de nueve años en forma ininterrumpida: la Universidad de Buenos Aires (en realidad: su nefasta “dirección de cultura”). No sé por qué (quizás porque los tiempos para hacerlo se van acortando, a medida que la edad avanza: voy a cumplir 72 en los primeros días de agosto), he decidido hablar un poco de mí: Ariel Quiroga, actor, escenógrafo, director teatral, (hombre de teatro, en una palabra) que una mañana de mediados de 1974 se acercó a aquella “dirección de cultura de la UBA”, recomendado por una compañera de trabajo de la oficina pública en la que permanecí por espacio de 46 años, con la idea de ofrecer para su proyección y debate una película que acaba de filmar en super-8, basada en un cuento de Horacio Quiroga: “El solitario” y que, sin siquiera tener una mínima idea de cómo iba a llevarse acabo, convertí en la propuesta de creación de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, dejando de lado y sin mostrarlas siquiera, las tres bobinas que almacenaban la hora y media que dura “El solitario”. Tenía en 1974 treinta y cuatro años y ni siquiera había terminado el secundario (me faltaban rendir física, química y matemáticas de cuarto año); el proyecto de un TEATRO UNIVERSITARIO lo llevaba a cuestas en la mochila con que había recorrido los parques y lagos de Esquel, desde los años de 1960, cuando era un actorcillo celebrado por mis intervenciones en “Lástima que sea una perdida”, de John Ford; “La dama no es para la hoguera”, de Christopher Fry o “La alojadora”, de Jacques Audiberti, protagonizada junto a la gran Alicia Berdaxagar en el TAF. Había pasado unos cinco años en Nuevo Teatro, la heroica trinchera de la escena independiente, junto a forjadores de hierro como Alejandra Boero, Pedro Asquini, Héctor Alterio o Rubens Correa. Junto a ellos y unos cien más “actores-obreros” habíamos construído el Teatro Apolo, “laburando” como egipcios para instalar una tribuna del teatro de compromiso social en plena calle Corrientes, baluarte del teatro comercial de la peor especie desde siempre y allí hicimos los sainetes de Enrique Wernicke; “Sopa de pollo”, de Arnold Wesker (enarbolando la bandera roja de la revolución dentro de un decorado tan sólido como nuestras convicciones, de Saulo Benavente) y una discutida pero alertante versión de “El mercader de Venecia”, de Shakespeare. Mis puestas en escena de los años 1967, 68 y 69 habían hecho derramar ríos de tinta en los matutinos, con elogios desmesurados: “Eximio malabarista”, “Prodigioso alquimista”, “Una puesta en escena que nos lleva a creer que todavía la primavera existe”, “Un ejemplo alto, solitario y aleccionador para todo lo que se haga de aquí en adelante en el teatro de Buenos Aires” (bla, bla, bla, bla... palabras, palabras, palabras, como dice burlonamente Hamlet). Fueron los años de mis montajes de “La Arialda”, de Giovanni Testori; “Historia de Pablo”, de Césare Pavese; “Eurídice”, de Jean Anouilh; “Magia roja”, de Michel de Ghelderode; “El profanador”, de Thierry Maulnier; “Lucrecia Borgia”, de Victor Hugo; “La duquesa de Padua”, de Oscar Wilde; “El doctor y los demonios”, de Dylan Thomas, “Un Fenix demasiado frecuente”, de Chfristopher Fry... Fueron tantas las obras montadas, tantos los actores profesionales y no profesionales dirigidos (y en algunos casos: educados), que mucho de lo hecho se me confunde y rehusa acudir a la memoria en este momento de hilvanar el recuerdo. Desde los 16 años, cuando me atrevi a dirigir por primera vez una obra: “Los dos derechos”, de Gregorio de Laferrére, en un conjunto vocacional de barrio, hasta esos 34 en que sentia un agobiante hastio por todo lo que significaba “seguir estando en el comercio infame” (como definia Vittorio Gassman al teatro), no habia parado un solo dia. Eran años en que las obras se representaban de martes a domingos y los sábados y domingos se hacian hasta tres funciones seguidas. En las carpas municipales, en Plaza Irlanda o Cabildo y Juramento, en los años 1958, 1959 y 1960, hacíamos SEIS funciones los sábados y domingos. Empezábamos a las tres de la tarde y no parábamos hasta entrada la madrugada, cuando exaustos y casi agonizantes, nos íbamos a refugiar en los bares todavía abiertos, a masticar una pizza fría, regándola con el insustituible vino tinto. El teatro que depende de la boletería es agobiante. Las críticas han sido buenas, pero si aprieta el frío o hay dificultades económicas en el país, el público deja de venir. El llamado “éxito” es un maldito juego de azar, en el que, como en toda timba, por lo general se pierde. Saqué tantos préstamos en la vieja Caja Nacional de Ahorro Postal, alegando que me iba a casar, para poder pagar los derechos de alguna obra o levantar las deudas acumuladas en las sastrerías teatrales...!!!. Cada proyecto que fracasaba, era un nuevo “matrimonio”... aunque sigo siendo soltero (mejor dicho: un viejo solterón). Hacer teatro en la Universidad, con jóvenes universitarios que se formasen en la vida de teatro al mismo tiempo que participaban en un REPERTORIO de obras jamás abordadas por los elencos profesionales o las salas comerciales... Hacer teatro de investigación, arriesgándose a conceptos escénicos renovadores... La posibilidad era fascinante y todo anduvo bien hasta que me dí cuenta que me había metido en un antro asfixiante, plagado de fanatismos recalcitrantes, de arraigadas manías persecutorias, de enfermiza sed discriminatoria y, además de todo eso, de una estratificada inercia realizativa. Pero ya era tarde para volverme atrás. Había tenido, a fines de noviembre de 1974, la primera reunión con los más de 250 inscriptos que habían acudido al llamado puesto en las carteleras de las facultades: FORMAR PARTE DE UN TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO. Esa reunion, que se llevó a cabo en la cancha de pelota del último piso de Corrientes 2038, en una tórrida tarde de noviembre de 1974, fue una experiencia fabulosa. Hablé por espacio de más de dos horas y al final todos me rodearon, ansiosos de que les siguiese explicando de que se trataba. Es evidente que de mi charla (iniciada con la frase: “ESTAMOS AQUÍ PARA ERIGIR UN TEATRO”), no habían entendido nada. Que podían saber aquellas chicas y muchachos, de apenas 20 ó 23 años, que andaban a los tumbos con sus vocaciones no resueltas por la medicina o la abogacía o las ciencias económicas, que no habían conocido la época de oro del teatro independiente... que era eso de ERIGIR UN TEATRO...?. A partir de alli pasaron tantas cosas, que ya estan contadas desmenuzadamente en los sucesivos capítulos de este Blog: la prohibición inicial de ensayar obras; las reuniones, apretujados entre los escritorios de las oficinas del noveno piso de la calle Azcuénaga; el tener que esconderse bajo los pupitres para zafar de los tiroteos en Ciencias Económicas entre el estudiantado y la policia; los viajes con todo a cuestas a lugares inverosímiles del conurbano: el cuartel de bomberos en Florencio Varela (donde se hizo “El alma del suburbio” en 1977); la Biblioteca Popular de Olivos (donde se dieron a conocer las comedias de Terencio, Plauto y Menandro, que después pasaron al Teatro Nacional Cervantes); el salón de actos del Colegio Carlos Pellegrini (que en estos dias está tomado por los alumnos, porque no quieren que haya un bar concesionado), donde hicimos “A Buenos Aires”, con textos de Sábato, Cortázar y Evaristo Carriego, con lo cual una profesora de la casa nos denunció por subversivos... Luego, cuando logramos instalarnos (por prepotencia; nadie nos lo facilitó), en la sala de Corrientes 2038 y comenzamos a hacer tres, cuatro, seis funciones CON ACCESO GRATUITO cada fin de semana, la amenaza constante de los cortes de luz por tapones desconectados a propósito; los decorados y afiches estropeados; las herramientas de trabajo (serruchos, martillos), que los propios integrantes traían de sus casas, robadas por los custodios y ordenanzas del edificio; los autores y obras prohibidos con cualquier pretexto; la información de funciones dentro de las facultades enviada con fechas equivocadas o cuando esas funciones ya se habían hecho; la sospecha permanente sobre nuestra supuesta “militancia subversiva”; la afrenta, la burla, la humillación de todos los días... Sin embargo, estoy en condiciones de afirmar, ya sobre el final de mi vida, que la epopeya del TUBA fue lo mejor que me sucedió, no sólo en mi vida teatral, sino en mi vida toda. Valió la pena tanto esfuerzo, tanto sobrehumano trabajo, tanto dolor, tanta sofocante amargura, tanta indignación, tanto sometimiento, tantas lastimaduras, tantos golpes, tantas lágrimas chorreando a borbotones por las mejillas... PORQUE HICIMOS UN TEATRO DE REPERTORIO EN LA UNIVERSIDAD, durante nueve años seguidos. En ese teatro pude hacer los autores y las obras que ningún empresario comercial me hubiera permitido hacer, por temor al fracaso de boletería. Y trabajé con cientos de “proyectos de actores”, de “proyectos de hombres de teatro”, que me brindaron su maravilloso entusiasmo, su osadía, su inocencia incontaminada, su fe en la función social del teatro, a partir de contribuir a materializar 1.163 representaciones sin percibir un centavo de recompensa... pero llevando a sus casas, a sus vidas privadas, a su futura vida profesional como médicos, abogados o economistas, unas alforjas colmadas de aplausos, de vítores, de gratitud incondicional de esos miles y miles de espectadores, a los que habían seguramente modificado, enriquecido, ILUMINADO. No me costó dejar el teatro para siempre después que se cerró el TUBA, en junio de 1983 y fracasaron todos los intentos por reabrirlo, en tiempos supuestamente menos cerriles política y culturalmente hablando. Los de aquella torpe y perversa “dirección de cultura”, que yo sepa, no fueron castigados tan severamente como se castigó al TUBA y a todos los que estuvimos en él, con el exilio forzado en nuestro propio suelo. De hecho, todavía quedan “personajes” de esa “dirección de cultura” dando vueltas (cumpliendo funciones...?), por el moderno Centro Cultural Ricardo Rojas, (edificado sobre las ruinas del TUBA) y por algunos recovecos de otros edificios de la Universidad. Por mi parte, alejado hace casi cinco años de Buenos Aires y disfrutando de la buena música, de mi colección de óperas y películas y de un grupo encantador de amigos marplatenses en mi ciudad definitiva, que es Mar del Plata, aprovecho mis ratos de ocio para escribir en este Blog los recuerdos imborrables de aquel TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, que -como “La Barraca”, de García Lorca-, murió tempranamente... pero hizo tanto por arrimar las bondades del teatro al pueblo.

martes, 10 de julio de 2012

LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA Y EL TUBA

FOTOGRAFÍA DEL MONTAJE DE "LAS COÉFORAS", DE ESQUILO, EN EL TUBA (TEMPORADA 1982): ASOMBROSA SEMEJANZA CON LA "OSCURA CAVERNA" EN LA QUE PASABAN SUS DÍAS LOS EMPLEADOS DE LA DIRECCIÓN DE CULTURA DE LA UBA POR AQUELLOS AÑOS (HABRÁN CAMBIADO LAS COSAS EN LA ACTUALIDAD...?). La alegoría de la caverna, una suerte de metáfora que Platón incluye al comienzo del séptimo libro de La República, explica de manera rotunda lo que el conocimiento aporta al mundo inteligible y además sensible de los seres humanos. Es que sólo CONOCIENDO podemos llegar a entender, a razonar y luego a sentir amor, odio, desprecio o estima por los seres y las cosas que nos rodean. Ese grupo de hombres que Platón describe en su alegoría, prisioneros en una caverna desde su nacimiento y forzados a mirar sólo hacia el fondo oscuro de la caverna, simboliza el triste, irracional destino de todos los grupos humanos cegados por una única visión de la realidad. Esos grupos humanos encerrados en credos, sectas, ideologías, núcleos de poder, estamentos armados, elitismos, absolutismos en una palabra, admiten sólo como VERDAD la oscuridad sombría, informe, de sus propias cavernas. Toman únicamente por cierta esa oscuridad a la que sus ojos y sus mentes se han acostumbrado, la oscuridad en la que han sido educados y formados. No les intriga saber qué otras cosas ocurren a sus espaldas. Si por descuido, alguno de esos seres se libera y sale a la luz del sol y comprueba que hay otras realidades, al volver a la caverna para intentar liberar a los que siguen ensimismados en la oscuridad, se burlarán de él al principio pero luego lo atacarán y hasta intentarán matarlo. De seguro, habrán de poner fin a su vida no bien tengan oportunidad de hacerlo. Bajo ningún punto de vista aceptarán que hay alguna salida hacia la luz, que los tiente a modificar su existencia en la oscuridad. La Universidad en la que el TUBA fue creado, a medidos de 1974, era un cavernoso reducto oscurecido por la llamada “misión Ottalagano”, un giro de ultraderecha promovido desde el pseudogobierno de Isabel Perón, pero no nos engañemos: ni Ottalagano y sus esbirros ni la dictadura militar autodenominada “proceso de reorganización nacional” generaron el oscurantismo mental de los funcionarios y empleadas de la Dirección de Cultura de la UBA, de la que el TUBA estuvo obligado a depender. Esa gente venía de antes, de mucho antes. Prácticamente puede decirse que su odio al CONOCIMIENTO y sus ataduras a la oscuridad provenián de su formación hogareña o de su formación escolar. Jamás quisieron girar la cabeza y contemplar la luz que el TUBA aportaba a sus tétricas, cavernosas oficinas. Si yo llegaba los lunes, grabador en mano, con el testimonio de los aplausos del público a las funciones de fin de semana, se burlaban descaradamente en mis narices o se ponían a hablar de cualquier otra cosa mientras el bullicio de la grabación seguía. No querían escuchar, NO QUERÍAN VER. Y en el fondo de sus conciencias crecía día tras día el designio de dar muerte al TUBA, para que sus vidas pudieran seguir igual que antes, en su aceptada rutina de oscuridad frente a la pared sin reflejos de luz de su caverna. Finalmente lo lograron: el TUBA murió en junio de 1983, nueve años después de haber nacido. La Universidad casi ni se enteró de su existencia; pocos, escasos funcionarios asistieron alguna vez, de mala gana, a alguna de sus 1.163 representaciones. Si Platón hubiese estado vivo por entonces, hubiera aplicado la misma definción epistemológica de su alegoría, asociando la vida y la tarea luminosa del TUBA (descubrimiento de autores ignorados; su accionar formativo brindado gratuitamente hacia todos los sectores de la sociedad), con los esfuerzos de Sócrates por ayudar a los hombres a llegar a la Verdad y su fracaso al ser condenado a muerte. Curiosa semejanza: Sócrates y el TUBA forzados a compartir, con 2.382 años de diferencia, la misma inmerecida pero estoica y ennoblecedora muerte.

lunes, 2 de julio de 2012

ORESTES CAVIGLIA: SU EJEMPLO ÉTICO EN LA ETAPA FINAL DEL TUBA

Este blog sobre la historia del TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES (llamado “el TUBA”), que transcurrió entre fines de 1974 y mediados de 1983, acumula ya un volumen de 235 “entradas” o capítulos (140 en 2010; 58 en 2011 y 37 en lo que va de 2012), cuya aglutinación en forma de texto impreso daría (permítaseme el silogismo) para producir algo similar a un equivalente a la Enciclopedia Británica o, remontándonos a la antigüedad, para una imaginaria resurrección de sus cenizas de la biblioteca de Alejandría. Había tanto para escribir de un teatro universitario que en su país de origen (Argentina) nadie recuerda ya, a próximos treintas años de su desaparición...?. No se asusten los eventuales seguidores de este blog, pero lo cierto es que es mucho más lo omitido que lo que hasta el día de hoy se ha volcado, porque las circunstancias adversas en medio de las cuales le tocó existir (subsistir, mejor dicho), a ese Centro de Drama llamado “el TUBA” determinó que quienes lo sosteníamos esforzadamente nos protegiésemos del presumible urdido olvido que sobrevendría después, dejando testimonio escrito, grabado, fotografiado y hasta filmado de cada momento bueno o malo de nuestra azarosa historia. Cuando el TUBA se cerró, en junio de 1983, tras nueve años de labor pública en continuidad, los diarios titularon sus notas con la palabra DESAPARICIÓN. “Desaparece el Teatro de la Universidad” sentenció Clarín con letras de molde de considerable tamaño, lo cual incomodó bastante a la Universidad, la que a través de su oficina de prensa se apresuró a desmentir la noticia, afirmando en un escueto comunicado que “la renuncia del señor Ariel Quiroga no significaba la desaparición del Teatro de la Universidad” y que “el Teatro iba a continuar con otro director”. La historia demuestra que no fue así y que el TUBA realmente DESAPARECIÓ en junio de 1983. Por mi parte, la apurada (cuan inconsistente) desmentida de la UBA acerca de la “no desaparición” de su Teatro de Repertorio me llevó a enviarle al Rector de entonces una misiva, que merece ser volcada en forma textual en este blog, porque sintetiza de algún modo la maraña de testimonios que se han introducido antes y porque trae a colación en uno de sus párrafos (hermoso homenaje), el ejemplo de rectitud dado por un señero hombre de teatro: Don Orestes Caviglia, (foto adjunta) al deponer su cargo de director de la Comedia Nacional en 1960. He aquí la carta fechada el 21 de junio de 1983 que dirigí a Carlos Segovia Fernández, Rector de la UBA, que fue recibida por su secretaria Beatriz Rufino y (desde luego) nunca contestada: “Señor Rector de la Universidad de Buenos Aires Dr. Carlos Segovia Fernández El comunicado hecho público en estos días, en el que desmiente Ud. en forma terminante la disolución del Teatro de la Universidad de Buenos Aires, me obliga a quebrar la determinación antes tomada, en el sentido de no prolongar con secuelas de ninguna índole, lo irremediable de un renunciamiento a una tarea que enalteció prácticamente una década de mi vida de hombre de teatro. Que el Teatro de la Universidad de Buenos Aires desapareció tras la representación del domingo 5 de junio ppdo. es, en realidad, una interpretación razonada de los hechos por parte de algunos órganos periodísticos y no la transcripción de términos obrantes en el material de prensa suministrado, tanto por mí como por los integrantes del elenco que lo constituían al producirse mi renuncia. Evidentemente, no escapa al criterio periodístico que si un ente de tan gravitante accionar, como lo fue durante nueve años consecutivos este Teatro, no existía en forma legal dentro de la Universidad, menos puede existir hoy, cuando quienes le daban vida con la intensidad de su aliento, ya no están. Sobre este particular, me permito traer a colación un hecho concomitante: la renuncia interpuesta en el año 1960 por Orestes Caviglia al cargo de director de la Comedia Nacional, seguida también por la de la totalidad del elenco que a la sazón la conformaba. La Comedia Nacional se crea por aplicación del artículo 69 de la Ley Nº 11.723, relativa al fomento de las artes y las letras, incorporándose a partir del año 1936 a la vida cultural del país. Cuando, con fecha 15 de julio de 1960, su director artístico, Orestes Caviglia, presenta su renuncia indeclinable, alegando en ella que “hay en la Dirección de Cultura (de la Nación) un estado de inoperancia que conforma un proceder irregular que no puede ser por más tiempo aceptado”, la renuncia de Caviglia y de los comediantes a sus órdenes no constituye bajo ningún punto de vista, ni la desaparición ni la disolución de la Comedia Nacional. El caso del Teatro de la Universidad de Buenos Aires es bien distinto: existe a partir de que, en un día del mes de agosto de 1974, el Director de Cultura de la U.B.A., -por entonces, el bioquímico Carlos Eduardo Salas-, autoriza de palabra al director teatral Ariel Quiroga, por entonces con más de veinte años de rigurosa trayectoria, a llamar a inscripción en el ámbito de la Universidad, para formar un elenco de teatro. De ahí en más, todo se irá consolidando de un modo muy particular. Dependiendo de la Dirección de Cultura de la Universidad, el teatro asume una línea de continuidad y una fisonomía institucional que su regidora no tiene. El accionar de la Dirección de Cultura es disperso, mediante el sistema de actos aislados, no emanados de una programación previa ni de un criterio divulgador coherente. El teatro, por su cuenta, cumple rígidamente con una de las misiones primordiales del recinto académico en el cual funciona: la investigación. Cada título que ingresa al repertorio, es objeto de profunda tarea de investigación, y la resultante de esta tarea –la producción escénica integral que es exhibida al público-, es también, -por cuenta y obra exclusiva del teatro-, preservada de la transitoriedad inherente al hecho escénico, mediante la elaboración de un archivo historiográfico, consistente en grabaciones, fotografías y hasta filmaciones, que constituyen hoy, tras nueve años de intensa productividad, un verdadero acervo de labor creativa, emanado de la voluntad realizativa de cientos de jóvenes universitarios; acervo permanentemente revertido hacia la comunidad, en lo que puede definirse sin titubeos como el mayor aporte cultural hecho por la Universidad del Estado a la comunidad, dentro y fuera de sus claustros. La opinión pública sabe, al margen de lo informado recientemente, de esa autonomía “de hecho” en la que se desenvolvió el Teatro de la Universidad de Buenos Aires. Los medios periodísticos se han acercado muchas veces en todos estos años y han podido comprobar por sí mismos cómo funcionaba el Teatro, sin necesidad de mayores aclaraciones. No debe, pues, extrañar la coincidencia de los titulares periodísticos, que usan el término “desaparición” al comentar los hechos que han llevado al director-fundador del Teatro de la Universidad de Buenos Aires, a un indeclinable alejamiento del sitio para el cual trabajó sin sosiego todos los días de la semana, sin recesos ni licencias reglamentarias, durante nueve años y en el cual, según rezan los programas de mano del teatro, tenía depositadas “todas sus aspiraciones de logro para el futuro”. Mas allá de todo esto, que es harto desgraciado por lo que implica de fracaso, de abandono de lo que pudo ser la tarea de toda una vida y hasta un legado, no puedo menos que hacerle llegar mi congratulación, al leer en ese comunicado de la oficina de prensa del Rectorado, que la Universidad está dispuesta a mantener en pie al teatro universitario. Quizá recién ahora, por obra de nuestro quiebre, el teatro que reaparezca sea plena, institucionalmente, el elenco oficial de la Universidad de Buenos Aires. Pero habrá que partir de cero, como se partió de cero en agosto de 1974, porque el teatro que existió durante nueve años –suena un tanto insolente decirlo-, se fue conmigo y con los jóvenes que se vieron, por obra de las circunstancias, éticamente obligados a seguirme. El gran actor de Francia y del mundo que fue Gerard Philipe dijo una vez, ante una multitud de estudiantes de La Sorbona: “El teatro es mi vida. Cuando yo muera, morirá mi teatro, o sea, mi vida”. El Teatro de la Universidad, aquel que transcurre entre el 30 de noviembre de 1974 y el 5 de junio de 1983, fue nuestra vida, porque se hizo siempre muy dentro de nosotros, en lo más cercano a las vísceras que es como decir: a la esencialidad del ser. Hago votos para que ese renacer de un teatro en la Universidad de Buenos Aires, que anuncia el comunicado de referencia, sea no sólo concretado a la brevedad, como se asegura, sino además definitivo.”

domingo, 1 de julio de 2012

CUANDO LAS UNIVERSIDADES SE NIEGAN A DAR RESPUESTAS

ESCENA FINAL DE "LOS DISFRAZADOS", DE CARLOS MAURICIO PACHECO, EN UNA REPRESENTACIÓN DEL TUBA EN EL TEATRO SAN MARTÍN (AÑO 1975) El cierre del TUBA en junio de 1983 generó una serie de testimonios de adhesión de instituciones relacionadas con el quehacer teatral y el devenir cultural de ese momento, entre los cuales merece traerse a colación el de la Sociedad General de Autores de la Argentina (Argentores), que con la firma de su Presidente, Don Roberto Tálice, se dirigió al entonces Rector de la UBA en los siguientes términos: “Distinguido Señor: Con verdadero sentimiento, la Junta Directiva de esta Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES) ha tomado conocimiento de la decisión del elenco del “Teatro de la Universidad de Buenos Aires”, en el sentido de dar por terminadas sus funciones, en razón de la indiferencia e incomprensión de las autoridades universitarias. La actitud sería lamentable enfrentada a los esfuerzos que otras instituciones, privadas y oficiales, vienen haciendo para compensar el déficit provocado por el desaliento de una época en inexplicable decepción. ARGENTORES no puede ser ajena a este menoscabo y es por esa razón que se dirige al señor Rector para invitarlo muy cordialmente a hacer cuanto esté a su alcance, a los fines de regularizar el funcionamiento del elenco en falencia. Será una postura que le reconocerá el país, no muy sobrado de estímulos culturales en estos momentos de crisis. Le agradecemos de antemano el interés que quiera prestar a la solución de este asunto.” El entonces Rector de la Universidad de Buenos Aires hizo oídos sordos a la carta de Argentores y ni siquiera se molestó en contestarla. El TUBA había abarcado en sus nueve años de vida un repertorio universalista, pero el teatro rioplatense había ocupado dentro de él un espacio que otros centros dramáticos oficiales, privados o independientes prácticamente habían dejado desierto. Los “éxitos” (no de taquilla, porque el TUBA no vendía entradas pero sí convocaba a multitudes de espectadores), que habían significado las obras puestas en escena de Martha Lehmann, Enrique Wernicke, Juan Carlos Ghiano, Alberto Wainer, Roberto Cossa, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Victoria Ocampo, Felisa Kudyumjian, William Shand (autores contemporáneos) y de Armando Discépolo, Nemesio Trejo, Ezequiel Soria, Enrique Buttaro, Florencio Sánchez, Carlos Mauricio Pacheco, Alberto Novión, José González Castillo, Alberto Vacarezza, Roberto Cayol, Samuel Eichelbaum, (de épocas anteriores), habían hecho del TUBA un ámbito referencial para la divulgación de ese “maltratado teatro nacional” del que ARGENTORES era esencial cuidadora. El TUBA había llegado, además, a generar una dramática surgida de su propio seno: “EL DÍA QUE MATARON A BATMAN”, del entonces estudiante de derecho e integrante de su elenco Hugo Daniel Hadis, había estado un año entero en cartel en la temporada de 1982 y varios miles de jóvenes habían vibrado de entusiasmo al asistir a su demoledor mensaje sobre la fatuidad del poder y la farsa de las “idolatrías incondicionales”. Además de las más de sesenta representaciones en la sala de Corrientes 2038, las realizadas de “El día que mataron a Batman” en el Aula Magna de la Facultad de Derecho en Buenos Aires y en el Teatro Auditorium de Mar del Plata habían alcanzado ribetes de verdadera MOVILIZACIÓN, estando todavía la dictadura militar en el gobierno. Casi treinta años después del cierre del TUBA, la actitud del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires sigue siendo la misma, frente a la posible continuidad de un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO por la cual (sin posibilidad alguna de formar ya parte de él a mis 72 años), vengo haciendo tantos y tan reiterados reclamos: NO RESPONDER. Cosa rara, porque las universidades deberían estar obligadas a dar respuestas a la sociedad a cualquier interrogante que tenga que ver con su formación cultural, científica o humanística. Es que acaso un TEATRO UNIVERSITARIO DE REPERTORIO, como lo fue el TUBA durante nueve años seguidos, no encuadra en ninguna de esas premisas...?. ¡Qué parecidas son las universidades en democracia a las universidades de las dictaduras...cuando niegan las mismas respuestas...!

martes, 26 de junio de 2012

EL TUBA: UN TEATRO DE ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS QUE FUE COMO UN TEATRO PROFESIONAL

No recuerdo en qué año fue que el servicio RAE (Radiodifusión argentina al exterior), calificó al TUBA como “EL TERCER ELENCO OFICIAL EN IMPORTANCIA, JUNTO AL TEATRO MUNICIPAL SAN MARTÍN Y AL TEATRO NACIONAL CERVANTES”. Tiene que haber sido en alguna de sus últimas temporadas (1979, 1980, 1981 ó 1982), cuando el TUBA había logrado afianzarse en su fisonomía de TEATRO DE REPERTORIO, con las características de un auténtico COMPLEJO TEATRAL. Para esos años que acabo de mencionar el TUBA ya contaba con repertorios cuidadosamente planificados con mucha anticipación, que por su cuenta anunciaba al fin de cada temporada desde los medios periodísticos. Lo tenía que hacer “por su cuenta” porque la Dirección de Cultura de la UBA, (de la cual aparentemente dependía), carecía de todo indicio de programación a futuro de sus escasas actividades anuales en las áreas de música, folclore o charlas y conferencias. Los veranos del TUBA solían ser época de cursillos introductorios para nuevos postulantes a ingresar a los cuadros actorales o técnicos de la compañía y de estudio y preparación de los espectáculos anunciados. En marzo ya comenzaba el ciclo de funciones semanales con entrada gratuita desde la sala de Corrientes 2038, que se prolongaba hasta fines de diciembre. Entre un viernes, un sábado y un domingo de diez meses de temporada, el TUBA llegaba a ofrecer hasta SEIS espectáculos en alternancia, con decorados corpóreos y un enfoque integral en cuanto a “producción”, que debía permitir la reposición de esos espectáculos en años posteriores. A las funciones de fin de semana en Corrientes 2038 (un viejo edificio de la Universidad que en tiempos del TUBA era una suerte de caserón de fantasmas atestado de ratas y hoy, totalmente reacondicionado y ampliado, es la sede del Centro Cultural Rojas), se sumaban las funciones en días de semana en los aulas magnas o auditorios de las facultades dependientes del Rectorado de la UBA y también las giras a lugares del conurbano o del interior del país. Sin contar con apoyatura logística en lo más mínimo (teniendo que hacerse cargo de la limpieza de los baños, la sala y el largo pasillo de acceso desde la calle, vereda incluída), sin camarines para cambiarse, maquillarse o asearse, los integrantes del TUBA lograron que su teatro experimental, salido de la nada a fines de 1974, funcionase no sólo como un teatro igual a los demás teatros profesionales o independientes, sino como un verdadero COMPLEJO TEATRAL, con varias actividades anexas (audiciones radiales, exposiciones fotográficas, sesiones de teatro leído, recitales poéticos, conferencias, seminarios internos de estudio de autores y obras...). El resultado de todo ese esfuerzo y ese derroche de altruísmo por parte de un caudal humano sometido a desprecio y vejamen por parte de personeros con cargos rentados dentro de la propia Universidad (algunos de los cuales, 30 años después, siguen estando), fueron unos 140 montajes de obras de autores como Molière, Terencio, Shakespeare, Juan Carlos Ghiano, Nemesio Trejo, Oscar Wilde, Leopoldo Marechal, Ramón del Valle Inclán, Sófocles, Esquilo, Florencio Sánchez, Alberto Wainer, Enrique Wernicke, Jean Racine, Anton Chéjov, Luiggi Pirandello, John Synge o Armando Discépolo... Fueron 1.163 representaciones a sala llena, con espectadores de pie o sentados en el piso, a lo largo de nueve temporadas consecutivas... Fueron infinitos momentos de gozo, de celebración, de desencanto, de frustración, de miedo, de festejo, de exaltación, de vergüenza, de pánico, de manos apretujadas, de besos escondidos, de lágrimas a borbotones, de griterío, de extenuamiento, de meditación... tanto por parte de los jóvenes oficiantes del drama representado como de esos cientos de miles de espectadores ignotos, que a cambio del dinero que no tenían que abonar para entrar al TUBA, nos traían caramelos (a veces hasta empanadas) o cuanta cosa vieja pero transformable en un objeto escénico podían acarrear de sus casas: sombreros, puntillas, botas, cinturones, alhajas, radios, palanganas, juguetes rotos y hasta muebles... Si todo eso de inverosímil, maravilloso y exultante que fue el TUBA, aislado en un gheto de terror por la amenaza permanente, diaria, de una “dirección de cultura” nefasta y en gran parte de su historia enmarcado en el caos y la desintegración social de la más horrible dictadura de la historia argentina... qué es lo que se podría hacer hoy, desde un TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES revivido y puesto a seguir marcando rumbos en materia de repertorios... en esta Argentina libre, democrática a rajatablas, en la que los ciudadanos MUEREN CUANDO LES TOCA MORIR “DE SU PROPIA MUERTE”, (como sentenciaba el licenciado Vidriera de las Novelas Ejemplares cervantinas), y no cuando la muerte pasa a ser patrimonio exclusivo de una minoría usurpadora del poder...? Alguien está dispuesto a tomar la pregunta y aceptar el desafío de contestarla...?.

viernes, 15 de junio de 2012

EL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES: UNA CÁTEDRA VACÍA - FRAGMENTOS DE UN ENSAYO QUE INTENTÓ CONTAR SU HISTORIA ALGUNOS AÑOS ANTES DE ESTE BLOG

En el año 1982, en que el TUBA atravesaba su octava temporada de vida, la revista dominical del diario Clarín publicó una nota en su primera página, cuyo título era: “UNA CÁTEDRA DE TEATRO”. En algún lugar de este Blog está el texto de la nota completa, que merece ser leído con detención, porque los entrevistados habían sido sus propios integrantes y el periodista había reflejado con mucha veracidad y honestidad lo que era el TUBA por dentro y lo que significaba su accionar divulgador en la sociedad. Veintitrés años después del cierre del TUBA, en octubre de 2006, yo escribí un extenso ensayo de más de doscientas páginas, en el que narraba la Historia del TUBA con inclusión de documentos que demostraban en forma irrecusable cómo había sido la faena altruista de aquellos cientos de jóvenes que formaron parte de sus talleres y representaciones durante nueve años seguidos y de qué forma tan inescrupulosa la Universidad había boicoteado esa faena hasta lograr desarticularla, extinguirla y ocultarla en un ominoso y premeditado olvido. El título del ensayo era: “EL TEATRO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES: UNA CÁTEDRA VACÍA”, en alusión al testimonio de Clarín del año 1982. Como no contaba con medios para concretar su publicación, me aboqué a volcar el texto de mi ensayo en decenas de CDs., que repartí por montones de lugares, dependencias universitarias, periódicos, radios, teatros... sin obtener jamás una mínima respuesta. En 2010, ya radicado definitivamente en Mar del Plata (la ciudad “de mi destino final”, como reza el título de un bello film de James Ivory, en el que junto a notables actores ingleses está nuestra también notable Norma Aleandro), apareció la posibilidad de crear este Blog, cuyo contenido (por cierto, un tanto abrumador), ya circula por el mundo entero, sin necesidad de andar repartiendo CDs. Tanto como para darle un lugarcito en la HISTORIA DEL TUBA que abundantemente, aunque en forma no cronológica, acumula este Blog en sus ya voluminosas “entradas” o capítulos, voy a insertar a continuación algunos fragmentos del texto inicial del ensayo de 2006, que tal vez interese a sus ignotos y perseverantes seguidores: “El teatro ha ejercido influencia en la civilización humana durante 2.500 años. El alcance sorprendente de la palabra teatro se puede observar también si se analiza la diversidad de intereses que impulsan a los estudiantes universitarios a inscribirse en los centros de drama que surgieron en los albores del Humanismo. La función formativa de los centros de drama universitarios, tanto para los teatristas aficionados como para el público, sobrepasa con creces en el mundo entero (con la curiosa excepción de nuestro país) a la que posibilitan los elencos profesionales, incluidos los de la esfera no comercial. Es una cuestión de recursos y hasta una necesidad de subsistencia. Porque los teatros que dependen del aporte del público y aun los que el Estado subsidia, forzosamente se hallan condicionados al factor “éxito”. En cambio los centros de drama universitarios, desentendidos del marcketing, gozan de la misma libertad y osadía de comportamiento que tuvieron aquellos cómicos ambulantes que acampaban en las caballerizas o a la intemperie, cuyo arte desfachatado no conocía la prudencia y cuyos ropajes hechos harapos olían a tocino recalentado y estiércol. Con elementos jóvenes dispuestos a que se los estimule a explayar su capacidad creadora, -trataré de demostrarlo a la luz de la experiencia por mí vivida durante diez años en la Universidad de Buenos Aires-, se puede experimentar con obras desconocidas, nuevas técnicas de escenificación, nuevos estilos de actuación y de dirección, sin tropezar con los riesgos comerciales abrumadores y con las restricciones y reglas de la costumbre adquirida por empresarios y público, que neutralizan tantas ideas renovadoras en el ámbito del cine y de la televisión. De hecho, yo no estaba en condiciones de prever que en la Universidad esas restricciones y censuras iban a estar presentes, todos los días y a toda hora, con terrorífico poder. Por qué tanto énfasis en eso del teatro con universitarios, después de haber trabajado tantos años con actores talentosos y no por ello menos disciplinados...? Visconti, que había hecho memorables experiencias teatrales con figuras como Vittorio Gassman, Laura Adani, Rina Morelli, Vittorio De Sica, Memo Benassi, Giorgio De Lullo, Marcello Mastroianni, Tino Buazzelli o Lila Brignone, decidió un buen día romper con todos ellos y abordar su primera aproximación a Thomas Mann en “Mario e il Mago” o la “Maratona di danza”, el experimento musical de Hans Werner Henze, apelando a grupos experimentales de jóvenes recolectados en las academias dramáticas de Bologna y Pavía. Es quizá, la disyuntiva del hombre de teatro que siente que sus recursos frente a actores profesionales se han ido agotando (o que los actores profesionales ya no le aportan estímulos que rejuvenezcan esos recursos) y que sale a la búsqueda de nuevas vitalidades en un campo donde las ciencias que se estudian producen cierto grado de anemia de la sensibilidad emocional en los educandos. Lo curioso es que, por lo general, uno se deja llevar por las influencias del medio. En aquel momento en que me decidí a abordar la puesta en marcha de un teatro universitario, lo que imperaba en Buenos Aires era la “ensañanza” del teatro, impulsada por una serie de profesores, cuyos nombres son por todos conocidos y cuyas respectivas metódicas de inducción al ejercicio de la profesión actoral terminaron siendo aceptadas como única garantía de lograr un estatus formativo respetable, por encima del que pudieran otorgar con sus diplomas las escuelas oficiales de arte dramático o la experiencia práctica en los elencos vocacionales. No importaba que un Alfredo Alcón, una María Rosa Gallo, (o tantos otros que sería largo mencionar) hubiesen salido de las aulas del llamado “Conservatorio”, ni que un Héctor Alterio, una María de la Paz, una Haydée Padilla o un Walter Santa Ana se hubiesen hecho a golpes en los sótanos independientes. Para ser considerado un actor a tener en cuenta por la solidez de su preparación, había que haber estado unos cuántos años bajo las enseñanzas de alguno de aquellos “supremos maestros” puestos de moda. Se decía de tal o cual actor o actriz que apuntaban a la consagración: “Estudió con Fulano catorce años”, “Cómo no van a ser buenos, si salieron de la escuela de Mengano”. O bien porque nunca me dejé llevar por ningún tipo de moda impuesta o bien porque nunca creí del todo en la excesiva “intelectualización” de los impulsos creativos espontáneos, lo cierto es que, sin tener puntos de referencia ni en el presente ni en el pasado que me influenciasen, todo mi entusiasmo por seguir en la vida de teatro se hallaba puesto en la posibilidad de continuar esa vida metiéndome a experimentar con jóvenes universitarios. Algo que, por otra parte, muy lejos en latitud y en el tiempo de nuestro Buenos Aires de 1974, se había venido haciendo con increíble asiduidad, desde cientos de años antes. Parece ser, -por ejemplo-, que ya en tiempos de Isabel I y pese a la oposición  de los puritanos, se hacía teatro en las universidades de la vieja Albión. En Hamlet se menciona un drama, que alguna vez se habría representado en la Universidad y se dice también que el rebelde Marlowe hacía representar sus obras por troupes de universitarios. Si nos remitimos a nuestra lengua y a nuestros orígenes culturales, que son los españoles, descubriremos que el teatro universitario en España no sólo tiene un historial que arranca de la época renacentista, sino que –a diferencia de nuestra Universidad del Estado, en la Argentina-, hubo y hay en España investigadores de nombradía que se han tomado el trabajo (que para un investigador debiera no ser fatigoso sino el mayor de los placeres) de abrevar en cuanta fuente hubiere sobre el asunto, por remota que esta fuese. Vale la pena traer a colación un estudio hecho por el profesor Julio Alonso Asenjo, de la Universidad de Valencia, titulado: “Panorámica del teatro humanístico-universitario del Renacimiento hispánico”. Cuando a continuación yo  relate la historia de casi una década del Teatro de la Universidad de Buenos Aires que se inició, poco menos que por casualidad, a partir de una entrevista con un improvisado Director de Cultura de la UBA, a mediados de 1974, se podrá comprobar cuántas similitudes hubo en propuesta de objetivos, criterios para la elección de los repertorios y estilos de formación para la integración de los jóvenes universitarios en el devenir integral de una compañía estable y con permanente actividad frente al público, entre aquella secular epopeya de los universitarios hispánicos y ese hoy olvidado teatro del Río de la Plata, que nació y murió, vencido por la desidia y el oscurantismo, en los otrora ilustres claustros regidos alguna vez por hombres como Ricardo Rojas (1882 – 1957) que, paradojalmente, nunca obtuvo ningún grado universitario, hasta que su prestigio  literario  le valiera la membresía de la Academia Real de Letras de Madrid, a raíz de lo cual la Universidad de Buenos Aires decidió nombrarlo como primer profesor de literatura argentina dentro de sus claustros, de los que fue elegido Rector en 1926. Sin buscar semejanza con otros exilios, vale acotar que por su militancia en el radicalismo, Ricardo Rojas fue confinado por algunos meses en el penal de Ushuaia, en el año 1934. Volviendo al profesor Alonso Asenjo, asombra enterarse a través de su estudio de la variedad de espectáculos estudiantiles que hubo en el Renacimiento español. Destaca este erudito el teatro que hacían los jesuitas, que arranca de obras nacidas en el ámbito de Academias y Universidades, pero por otra parte, advierte que el de los jesuitas no era el único teatro estudiantil. Cita a personas laicas o clérigos, religiosos y municipios, quienes establecían centros de enseñanza en los que siempre aparece la actividad teatral como parte del programa pedagógico. Entusiasma el relato de Alonso Asenjo, cuando menciona que desde los años de 1480 empezaron a darse en las universidades hispánicas representaciones de obras de Plauto y de Terencio, a semejanza de lo que se hacía en Italia, donde desde tiempo atrás le eran ofrecidas a Alfonso de Este, en Ferrara, representaciones de los mismos comediógrafos latinos, al punto que se sabe que osados estudiantes se atrevieron a montar “El eunuco”, de Terencio, obra desfachatada si las hay. Mención especial le merecen al estudioso español las comparsas o mascaradas estudiantiles, que eran también desfiles, paseos o bailes, con o sin representaciones teatrales. Mediante estos espectáculos se señalaban acontecimientos o fechas particulares con desenfadado humor. Se hacía burla de costumbres, ideas, doctrinas y se ridiculizaba a personas notables, tanto de la vida pública como de la universitaria, y los estudiantes varones iban disfrazados de célebres parejas de enamorados: Febo y Dafne; César y Cleopatra; Acis y Galatea; Dido y Eneas; Píramo y Tisbe; Ruggero y la bella Bradamante; Leandro y Hero; Tristán e Isolda; Abindarráez y la linda Jarifa, hasta un total de 17 parejas. Según Alonso Asenjo, los testimonios de desfiles y mascaradas carnavalescas estudiantiles penetran en el siglo XVII, especialmente en Italia, en la Universidad de Pavía y en España es en la augusta Universidad de Salamanca donde se representa el “Diálogo entre el Viejo, el Amor y la Hermosa”, que es anterior a “La Celestina”. Las universidades del Renacimiento, -esto es lo que me interesa destacar, a la luz del trabajo de Alonso Asenjo-, dejaron de albergar manifestaciones teatrales estudiantiles a modo de meras fiestas, para dedicarse al estudio de las obras serias de los trágicos griegos, especialmente de Eurípides y también del latino Séneca. Todo hace pensar que el autor preferido por aquellos teatros universitarios fue Terencio. (Qué magnífica coincidencia con el teatro universitario que nacería en Buenos Aires cinco siglos más tarde...!). Las representaciones teatrales en los centros universitarios pasaron a ser obligatorias desde los primeros años del siglo XVII, y si se tiene en cuenta la multiplicación de centros universitarios y de academias en este siglo en España, podrá conjeturarse el crecido número de representaciones y obras que debieron producirse y también barruntar que esta actividad teatral debe haber producido un vivero de dramaturgos y de actores, formados en las academias de los humanistas o en las aulas universitarias. Es aquí, en este punto, donde Alonso Asenjo se atreve a afirmar que “los ejercicios dramáticos de los estudiantes necesariamente “parieron” a la mayoría de los escritores de teatro que llegaron a la celebridad”. Comparemos el desdén (por no decir desprecio) que la Universidad de Buenos Aires tuvo para con su teatro de universitarios durante los nueve años que existió, con el estímulo que este tipo de actividad llegó a tener en Salamanca, donde los premios a las representaciones se otorgaban en parte en función del «valor de la actuación de los alumnos» . Alta era, pues, la estima en que se tenía la función actoral del estudiante. Nos consta, -afirma Alonso Asenjo-, el afán de los jóvenes universitarios por intervenir en las representaciones. Ser elegido para ello era un triunfo; ser rechazado podía causar verdaderos traumas”. Este ensayo sobre el teatro universitario en el Renacimiento español, del que he citado sólo una ínfima parte, lo descubrí en ese pozo sin fondo que es la moderna Internet, en agosto de 2006, a treinta y dos años transcurridos desde que, prácticamente a ciegas, yo me lanzase a la aventura de crear un teatro de repertorio en la Universidad de Buenos Aires y debo confesar que su lectura  me produce cierto intraducible estupor. Cómo fue que, a partir de aquella fortuita entrevista con un “milico” puesto a Director de Cultura, en agosto de 1974, yo logré encaminarme por ese mismo derrotero de lo lúdico y lo festivo que caracterizó a aquel primigenio teatro en las universidades, en los albores del Humanismo...?. Quien me guió hacia la jocunda osadía y sapiencia de Terencio, que el TUBA hizo por primera vez en la Argentina, nada menos que en la sala del Cervantes, en 1976, formando parte de un repertorio en el que también estaban el latino Plauto y el griego Menandro...?. Cómo se me ocurrió relacionar el espíritu de estudiantina, que de entrada quise inculcar a ese teatro de universitarios, con las jácaras y mojigangas de Lope de Rueda, llamado precisamente “el Terencio sevillano” y que echó a andar su carromato por los caminos en esos años del 1500 que narra con tanta riqueza de imágenes el profesor Alonso Asenjo...?. Puedo pecar de inmodestia al atribuirme una suerte de “clarividencia retrospectiva” (si se me permite el eufemismo), pero quizá valga apelar a la contrafigura de la modestia y confesar que yo nunca pisé la Universidad como estudiante, toda vez que a los sesenta y siete años mantengo inconcluso el bachillerato, faltándome rendir física, química y matemáticas de cuarto año. No pude ser universitario pero fui director de teatro, durante una década, en la Universidad de Buenos Aires y creo haber cumplido con rigor el lejano mandato histórico de aquellos académicos del Renacimiento que, a diferencia de los actuales de la UBA, auspiciaron el surgimiento de las troupes estudiantiles, cuyo legado ha llegado hasta nuestros días. Mi añoranza por la vida universitaria, (que debo haber idealizado a partir del deslumbramiento que me produjo a los quince años la película “El príncipe estudiante”, que transcurre en la vieja Heidelberg), hizo que yo no reparase en 1974 en qué Universidad facciosa me estaba metiendo, la mañana que, en aquella ocasional entrevista en la Dirección de Cultura de la UBA tiré la idea de crear un teatro con estudiantes. Es curioso, pero si bien yo no tenía claro cómo se iba a concretar ese teatro universitario en la práctica, cuando escribí la nota (que no sé si existe todavía, archivada en alguna parte), lo denominé “Teatro Universitario de Repertorio”. Los teatros de repertorio son la mejor escuela para el actor y agudizan la capacidad de apreciación del público. Le gente se pregunta: “Cómo harán esta temporada “El avaro”, de Molière, esos nuevos actores que tiene la compañía...?”; “Volveremos a ver la misma vieja escenografía en “La dama duende” o nos sorprenderán con una nueva...?”; “Dicen que el papel de Electra lo van a hacer dos actrices, una noche cada una. Habrá que ir a verlas a las dos para saber cual está mejor...?”. Luego, está la búsqueda de autores que nunca antes hayan sido abordados y la posibilidad de montar obras totalmente alejadas de las corrientes de preferencia impuestas por la costumbre o las modas y eso sólo puede hacerse en un teatro de repertorio, desentendido en absoluto de intereses comerciales o exitistas. Qué elenco armado circunstancialmente, organizado en cooperativa, donde todos sus miembros se comprometen a poner algo de dinero, se podría animar a montar “Los coribantes”, de Esopa de Samos, esposa del célebre fabulista...?. Y sin embargo “Los coribantes” es una sátira de urticante actualidad, sobre la decadencia de una comunidad gobernada, en apariencia, democráticamente, a causa de la ineficiencia y deshonestidad de sus gobernantes. Se puede pedir algo mas actual como punto de partida para la reflexión crítica, en esta Argentina del siglo XXI...?. En cambio, en un teatro de repertorio, “Los coribantes” puede perfectamente integrar la cartelera, junto con un drama de Ibsen; un grotesco de Pirandello y una obra sobre problemas de la vida moderna, escrita por un integrante de la compañía que debuta como autor. Esopa de Samos no ha sido recordada como comediógrafa, a pesar de que integró el selecto grupo de mujeres aventajadas en el arte de la poesía, como Safo de Lesbos. Lo poco que se sabe de esa época del teatro es que las representaciones de dramas satíricos como los de Aristófanes se hacían a modo de rituales paganos, con un desenfreno orgiástico y apelando a la exhibición de enormes fantoches con formas de genitales. Esto abre un inmenso campo de exploración, que sólo puede atravesarse en la ilimitada dimensión creativa de un teatro de repertorio. Puede que los intentos iniciales fracasen... puede que sean necesarios muchos meses de intentonas inconducentes... puede que “Los coribantes” se resista a salir de su ignota oscuridad de siglos y que la puesta al público no se concrete nunca (de hecho eso fue lo que sucedió en el TUBA), pero el teatro de repertorio se habrá dado el gusto de intentarlo; otras obras habrán mantenido la cartelera activa y los miembros de la compañía, a pesar del fracaso, habrán invertido un caudal de horas, días y meses de investigación que en ningún otro teatro se les habría podido brindar. Subconscientemente, yo quería eso antes que nada: crear un teatro de repertorio, aprovechando la Universidad y sus alumnos como reemplazo de los teatros tradicionales y los elementos actorales que conocía demasiado bien y de los que estaba decididamente desilusionado. La vida de un teatro de repertorio es algo tan alucinante, que por más que uno quiera ser sobrio en su relato, los acontecimientos por si mismos se encargan de situarse en el terreno de la desmesura. Este teatro de repertorio que iba a comenzar su historia el 30 de noviembre de 1974, en la Universidad de Buenos Aires, en la sede de su Dirección de Cultura (Corrientes 2038) no habría de ser la excepción. Su vida estuvo llena de claroscuros; de zonas radiantes de luz (los espectáculos representados ante multitudes vibrantes de entusiasmo; los innumerables actos de amor y altruismo de una juventud pródiga en entrega de sus energías físicas y emocionales) y de zonas de cavernosa penumbra, de aterradora ruindad, de escatológica suciedad (los inmundos y solapados procederes de los funcionarios y empleados  a sueldo de una Universidad facciosa, racista, medieval y psicópata, renegada del Humanismo que le dio origen y razón de ser). No fue la Universidad la que salió ganando, cuando el TUBA se cerró, en junio de 1983. Nada ni nadie iban a poder borrar ya su portentosa historia de nueve años. Al TUBA lo cerramos los mismos que lo mantuvimos abierto, hasta que nos cansamos de ser  humillados diariamente. Me atrevería a afirmar que la existencia del TUBA tuvo mucho que ver con esa plenitud de la celebración de la vida, del goce de la vida, que dio origen a las grandes bacanales o trietarias, que fueron la cimiente del hecho teatral. El TUBA, cual falo báquico, penetró a una Universidad reacia al disfrute sensual del sentimiento mágico de la vida; volcó en ella el fermento de sus potencialidades creadoras con la fuerza incontrolable de un semental y la abandonó a su antojo, una vez consumado el acto (que duró nueve años) y que ningún posterior urdido olvido podría ya suprimir.”.